Cenobia Rodríguez

Una trayectoria como tantas

cenobiaHe dedicado mi vida a la educación. Estando en tercer año de primaria, un día me vi jugando a la escuelita con mi hermana y mis vecinas, sentí el placer de dirigir y la necesidad de mandar, entonces decidí que iba a ser maestra. A muchísimos años de ahí, descubrí de la mano de Paul Michel que vigilar y castigar no sólo son características inherentes al hombre, sino también un aspecto de la subjetividad humana que es necesario cultivar y autocontrolar. Descubrí también que no sólo son individuales sino que constituyen una estructura social que, hoy por hoy, avasalla a todos en su expresión más cruda -€“la de los tiempos líquidos-.

Sufrí, disfruté, lloré con niños de primaria, hice mía su fragilidad y la promesa que encerraban y, siendo tan joven -sólo diez y siete años-, les quedé mal. De pronto me encontré reprobando a medio grupo porque no aprendieron a leer. Ahí surgió mi primera pregunta de fondo ¿Por qué reprobarlos? Desde entonces han pasado cuarenta años y sigo preguntándomelo, sólo que ahora estoy segura de que no repruebo a nadie. Y con la pregunta vinieron las contradictorias, complejas e inocentes respuestas, tanto que tiré mi ancla hacia la barca de la pedagogía y nunca he vuelto a bajarme.

Pedagógicamente acogí a la escuela nueva y el discurso freireano pasando por los susurros del discurso del sesenta y ocho, los grupos operativos y el análisis institucional. Transité por los patios de la universidad queriendo mover conciencias más que llenar cabezas. No lo he abandonado, pero descubrí una de sus trampas, reflexionar sin información y formación limita el panorama y hacerlo sin un posicionamiento teórico cierra las posibilidades de la creación. Decidí entonces formarme para formar y en el trayecto aprendí que la única posibilidad real de hacerlo con cierta responsabilidad histórica era uniendo la docencia con la investigación, me costó trabajo pero lo torné en una forma de vida.

Sigo transitando por los patios universitarios y ahora enseño a pensar el mundo y tratar de comprenderlo, aprendo de la mano de Paul Michel a conocer mi ser histórico y a cuidar mi ser hoy y, con el ejemplo, ayudo a otros aprendientes a iniciar su camino por los rumbos de la historia de la ciencia, la enseñanza y su planificación y la teoría educativa y su filosofía.

Un día de muertos en México

 

 

 

 

 

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