Ser del sURL

Este texto daba la bienvenida al portal red Aprender y Cambiar, desde El Tilo de Olivos, en 2001.

surl Ser del sURLNo te asustes, no voy a hacerte daño. Por ser de acá, yo soy del Sur. He vivido aquí desde el inicio de los tiempos que ocupan mi memoria. Este es mi lugar. No soy lo que tú crees ni tampoco lo que parece. Soy el hijo bicéfalo de esta tierra. No soy un monstruo por eso. Este cuerpo torneado y salvaje que me sostiene, es solamente lo que ves. Pero no es todo lo que soy. Guardo cicatrices como marcas contra el olvido y se me notan a veces. No puedo evitarlo, aunque me gustaría verme de otro modo. ¿A quién no?

Estoy hecho de la elegí­a maldita de Malinche, que abrazó a Cortés y traicionó a sus hermanos indios. Y también he sido con ella la ví­ctima sufriente del imperial Azteca que ofrendaba mi carne en sacrificio a sus dioses.

Una rabia ancestral toma a veces mi voz como un bramido, pero no te asustes. Tengo algo para decir y estoy buscando la manera de hacerlo. Solamente escúchame. Soy este ser del sur enarbolado de la diversidad latinoamericana. Algo mulato, medio indio, cosmopolita, criollo trabajador, melancólico y sumiso. Yo no elegí­ nacer donde nací. Estoy tratando de ser con lo que tengo. No te vayas. Quiero que me escuches. Reclamo el derecho a tu atención. Quiero que conozcas y aprendas de dónde vengo y cómo llegué a ser lo que soy. No estoy pidiendo que me quieras. Solamente que escuches lo que tengo para decir.

Me dicen porteño y vanidoso, pero soy mucho más que eso. Crecí­ embelesado por las fragancias de Parí­s que llegaban al puerto de Buenos Aires y fui Jumelio Méndez, hachero en los quebrachales del Chaco Grande. Allí se derramó mi sangre con su sangre de tanino cuando la Forestal inglesa lo apaleó hasta matarle la carne. Todavía espera, quieto en el monte. Todavía grita en el canto de algunos pájaros. Cabecita negra del 1820.

Fui Miguel Abiyu, junto con Chepoyá, con Abayá y Abiarú, el general de Mbororé, valerosos cuchilleros correntinos que acompañaron a Belgrano, a Rondeau y a San Martí­n en la aventura libertaria de América. Soy Artigas panamericano, desterrado defensor de negros y de pobres. Fui Dorrego fusilado por plantarse frente al imperio y un poco Lavalle fusilador arrepentido. Soy la Graciela maestra que un dí­a se fue de Rosario para quedarse en Lisoite, perdida de tizas en la frontera con Bolivia. Y también fui el Roca alambrador de la pampa india, que impuso la civilización degollando mocoví­es y tehuelches por no malgastar pólvora ni municiones.

Fui Alvear y Rivadavia y un proyecto para pocos que me enfrentó con San Martí­n. Soy este ser al Sur que mira fascinado la sombra dibujada hacia abajo del rí­o Grande, entre las mordazas de la opulencia y el hambre doliente. Que una vez le soltó la mano a las hermanitas Malvinas y a la vuelta le regaló a la guerra, la vida de ochocientos de sus mejores hijos en un ademán absurdo por recuperarlas.

La letra del himno que me enseñaron y tengo, dice libertad, libertad, libertad, o juremos con gloria morir, pero la historia cuenta que en ese canto sangran plagios y versos robados.

Ese soy yo. Unitario vestido de Federal. Hacedor de leyes para que cumplan los otros. Seductor impenitente. No me tengas miedo. Escúchame, que no me estoy quejando. Trato de encontrarme. Extraña mistura de poeta y atorrante, de vengador abnegado y justiciero de la impotencia. Soy Gardel, soy Maradona, soy eterno postulante al campeonato moral de todo. Amante del trabajo y esforzado perseguidor de quimeras. Heredero a veces indigno de la sangre de otros pueblos. Armenios, polacos, mocovíes, españoles, italianos, mapuches, rusos, guaraní­es, árabes y judíos. Hay en mi historia corta y agitada una insistencia pertinaz de mujeres poderosas y hombres débiles que me cuesta cambiar.

Aunque no te guste escucharlo, estoy hecho de las Locas de la Plaza de Mayo. Soy este pueblo que pide castigo para los verdugos y venera a los que acogieron genocidas del nazismo. Cargo con ese peso como una herencia maldita. No te sorprendas. Aquí­ nació Ernesto Guevara, gladiador incansable del sueño libertario y también Rodolfo Galimberti bochornoso mercenario clandestino que fue a asociarse con sus ví­ctimas para repartirse el dinero del rescate.

Vengo de ser Benedetti poeta Mario exiliado de siete llaves, perseguido por la intolerancia y la estupidez rioplatense. Estoy lleno de lágrimas en el llanto pudoroso de Juan Gelman recuperando a su hijo, en el encuentro con su nieta buscada por veinte años. Sube conmigo amor americano.

Soy un poco Pablo muerto de dolor en Isla Negra. Soy Haroldo y soy Rodolfo asesinados por afrentar a los asesinos videlamaseraylamadrequelosparió. De estado civil desaparecido. Y también soy el anónimo hombre urbano que miró para otro lado €“por algo será y después enrojeció de vergüenza con el Nunca Más. Soy el Eternauta y fui Ohesterheld en una Buenos Aires desvastada. Yo tuve que ver con esa historia familiar sangrante que dejó que se los llevaran a todos.

Tengo en mi sangre el nombre de Borges y el de Cortázar, argentinos, cosmopolitas, enormes y opuestos, que se fueron a morir en otra tierra acaso para que los quisiéramos un poco más. Y el de René Favaloro, remendón de corazones que no encontró grito más alto para su impotencia infinita que coserse una bala en el suyo.

Tengo bronca, odio y desconcierto, porque a veces no comprendo porqué tanta insistencia en el equí­voco. No tengo una inteligencia privilegiada y por eso a veces me veo presumiendo como si la tuviera. He sido capaz de tolerar que me roben y me estafen, que me mientan y se burlen de lo que tengo con una extraña paciencia que no encuentro cuando discuto de fútbol o descubro a alguien que ha tomado una calle a contramano. Ese soy. No me tengas miedo. Hablemos. Yo sé que, a pesar de todo, es valioso lo que tengo para ofrecer. Estoy aprendiendo. Quiero ponerme de pie. Dejar de quejarme y dejar de suplicar.

No me mires así­. Quiero que me entiendas. Quiero ganarme tu confianza. No quiero hacerte daño. No quiero sacarte nada que no quieras intercambiar conmigo. Pero escucha: Toda esta tecnologí­a que nos ha llenado la vida en estos últimos años, tiene que servirnos para algo. Para encontrarnos, para conectarnos, para que me veas un poco más parecido a lo que soy de verdad. Para que aprendamos a aceptarnos. Para que podamos reconstruí­r las trazas de la diversidad y enriquecernos con eso. Verás que no tengo nada diferente a tí­. Excepto un destino singular en el universo del que venimos.

Si tienes algo para enseñarme, por favor muéstramelo. Estoy deseoso de aprender. Si solamente quieres ponerte en mi camino porque no te gusta como me veo, mí­rate en mí­, yo también estoy hecho de eso que tú eres. Juntos tenemos algo que hacer con este Ser del Sur. Ya no te quedes ahí­.

© Daniel I. Krichman / 2001
Inspirado en ¿Me quieres? De Quim Gil

 

 

 

%d personas les gusta esto: