Jacques Derrida

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JONATHAN CULLER
Sobre la deconstrucción. Teoría y crítica después del estructuralismo

Traducción de Luis Cremades en Cátedra, Salamanca, 1984. Edición digital de Derrida en Castellano.
CAPÍTULO II, 2.

«SIGNIFICADO Y REPETITIVIDAD»

 Jacques Derrida

Dentro de la perspectiva de Saussure, el significado es el producto de un sistema lingüístico, el efecto de un sistema de diferencias. Explicar el significado equivale a presentar las relaciones de contraste y las posibilidades de combinación que componen una lengua. Este procedimiento es esencial para el análisis de los procesos de significación, pero se hace preciso realizar dos observaciones en torno a la teoría que lo propone. Primero, como hemos visto al seguir la deconstrucción de sí mismo que hace Saussure, una teoría basada en la diferencia no escapa al logocentrismo sino que se ve apoyada en la presencia, no sólo porque los conceptos de análisis, demostración y objetividad conlleven esta referencia, sino también porque para identificar las diferencias responsables de los significados es necesario tratar algunos significados como si estuvieran dados de antemano, como si estuvieran «presentes» en alguna parte, como punto de partida.

Segundo, una teoría que deriva el significado de la estructura lingüística, aunque contribuye mucho al análisis del significado, no lo explica por completo. Si se concibe el significado en tanto que efecto de las relaciones lingüísticas manifestadas en una expresión, entonces deberemos enfrentarnos con el hecho de que, como decimos, un hablante pueda significar cosas distintas en momentos distintos con la misma secuencia lingüística. «¿Podría usted desplazar esa caja?» puede ser una petición, o una pregunta sobre la fuerza física del interlocutor, o incluso, como pregunta retórica, la indicación resignada de una imposibilidad.

Estos ejemplos parecen reinstaurar un modelo en el que el sujeto -la consciencia del hablante- se considera la fuente del significado: pese a la contribución de la estructura lingüística, el significado de la emisión varía de un caso a otro; su significado es el que el hablante le otorgue. Confrontados con este modelo, el partidario de la explicación estructural preguntará qué es lo que posibilita que el hablante signifique cosas diversas con una sola emisión. Del mismo modo que explicamos el significado de las frases analizando el sistema lingüístico deberíamos explicar el significado de las emisiones (o como lo denomina Austin, su fuerza locutiva) analizando otro sistema, el sistema de los actos del habla. En su calidad de fundador de la teoría del acto del habla, Austin está de hecho repitiendo en otro nivel (aunque menos explícitamente) el paso crucial dado por Saussure: para explicar los hechos de la significación (parole) se intenta describir el sistema que los hace posibles.

Así afirma Austin, por ejemplo, que significar algo por medio de una emisión no es llevar a cabo un acto interno de significado que acompaña a la emisión. La noción de que puedo significar cosas diversas con «¿Podría usted desplazar esa caja?» parece incitar a que podemos explicar el significado investigando lo que el hablante tiene en mente, como si esto constituyese el factor determinante, pero esto es lo que niega Austin. Lo que hace de una emisión una orden, una promesa o una petición no es el estado de ánimo del hablante en el momento de la emisión sino normas convencionales que incluyen características del contexto. Si digo en circunstancias adecuadas «prometo devolverle esto», he hecho una promesa, sea lo que fuese lo que ocupase mi mente en ese momento, y, a la inversa, cuando antes en esa frase escribí las palabras «prometo devolverle esto» no conseguí hacer una promesa aunque mis pensamientos fueran similares a los que se dieron en la ocasión en que sí hice la promesa. Prometer es un acto regido por ciertas convenciones que el teórico de los actos del habla intenta hacer explícitos.

El proyecto de Austin es por lo tanto un intento de explicación estructural que ofrece una crítica pertinente de las premisas logocéntricas, pero en su comentario reintroduce precisamente las premisas que su proyecto cuestiona. Derrida esboza este acto de deconstrucción en una parte de «Signature événement contexte» (Marges), pero la egregia malinterpretación de John Searle en su «Reiterating the differences: A Reply to Derrida» indica que puede ser importante proceder con mayor lentitud que Derrida con un comentario más completo del proyecto de Austin y de las observaciones de Derrida.

Austin comienza How to Do Things with Words con la observación siguiente: «Ha sido durante demasiado tiempo premisa de los filósofos que la función de una “afirmación” sólo podía ser “describir” un estado de las cosas, o “afirmar” un hecho, lo cual habría de realizarse verdadera o falsamente» (pág. 1). La frase normal se concebía como una representación verdadera o falsa del estado de las cosas, y el gran número de frases que no correspondían a este modelo recibían un tratamiento de excepciones sin importancia o de «pseudoafirmaciones» desviacionistas. «Sin embargo nosotros o sea, incluso los filósofos, ponemos algunos límites a la cantidad de tonterías que estamos dispuestos a admitir que expresamos; es por tanto natural que pasemos a preguntar, en una segunda etapa, si muchas pseudoafirmaciones aparentes pretendieron en algún momento ser “afirmaciones”» (pág. 2).

Austin propone así prestar atención a los casos ignorados previamente por marginales y problemáticos y tratarlos no como afirmaciones fallidas sino como clase independiente. Propone una distinción entre las afirmaciones, o emisiones aseverativas , que describen un estado de las cosas y son verdaderas o falsas, y otra clase de emisiones que no son ni verdaderas ni falsas y que de hecho llevan a cabo la acción a la que se refieren (por ejemplo, «Prometo pagarle mañana» consigue realizar el acto de la promesa). A estas las llama performativas*.

Esta distinción entre performativa y aseverativa ha resultado ser muy fructífera en el análisis del lenguaje, pero cuando Austin va más allá en su descripción de las características distintivas de las performativas y de las diversas formas que pueden tomar, llega a una conclusión sorprendente. Una emisión como «Por la presente afirmo que el gato está en el trapo» parece también incorporar la característica fundamental de llevar a cabo el acto (de afirmar) al que se refiere. Afirmo X, al igual que prometo X, no es ni verdadero ni falso sino que lleva a cabo el acto que denota. Parece entonces que se debería incluir entre las performativas. Pero otra característica importante de las declarativas, así lo ha demostrado Austin, es la posibilidad de suprimir el verbo que hace explícita la realización. En lugar de decir «Prometo pagarle mañana» se puede, en condiciones adecuadas, llevar a cabo el acto de prometer diciendo «le pagaré mañana», una afirmación cuya fuerza ilocutiva sigue siendo performativa. De forma similar, se puede llevar a cabo el acto de afirmar omitiendo «por la presente afirmo que». «El gato está en el trapo» se puede considerar una versión abreviada de «Por la presente afirmo que el gato está en el trapo» y por lo tanto una performativa. Pero, por supuesto, «El gato está en el trapo» es un ejemplo clásico. de emisión aseverativa.

El análisis de Austin ofrece un espléndido ejemplo de la lógica de lo suplementario en acción. Partiendo de la jerarquía filosófica que hace de las afirmaciones verdaderas o falsas la norma del lenguaje y trata a las demás emisiones de afirmaciones defectuosas o de formas extra -suplementarias-, la investigación que hace Austin de las cualidades del caso marginal conduce a una deconstrucción y a una inversión de la jerarquía: el acto performativo no es un aseverativo defectuoso: más bien el aseverativo es un caso especial del performativo. La posibilidad de que una aseverativa sea una performativa de la que uno de los verbos haya sido suprimido ha venido siendo considerada desde entonces por numerosos lingüistas. John Lyon señala, «es natural considerar la posibilidad de derivar todas las frases de estructuras subyacentes con una proposición principal suprimible que contiene un sujeto en primera persona, un verbo declarativo de dicción, y de forma optativa una expresión de objeto indirecto referida al interlocutor» (Semantics, vol. 2, pág. 773).

Esta sería una forma de extender la gramática a la explicación de parte de la fuerza de las emisiones. En lugar de decir que los hablantes pueden significar varias cosas con la frase «esta silla está rota», los lingüistas pueden extender el sistema lingüístico, para explicar ciertas variaciones del significado. «Esta silla está rota» es susceptible de tener varios significados porque se puede derivar de cualquiera de las ramas subyacentes -ramas que se podrían expresar como «te advierto que esta silla está rota», «te informo que esta silla está rota», «reconozco que esta silla está rota», «proclamo que esta silla está rota», «me quejo de que esta silla está rota».

Austin no plantea de esta forma su proyecto y sería escéptico ante estos intentos de extender la gramática. Cita relaciones entre pares como «te advierto que esta silla está rota» y «esta silla está rota» para mostrar que la fuerza ilocutiva no se sigue necesariamente de la estructura gramatical. De hecho, propone una distinción entre actos locutivos y no locutivos o ilocutivos. Cuando digo «esta silla está rota» realizo el acto locutivo de emitir una frase castellana concreta y el acto ilocutivo de afirmar, advertir, o quejarme. (Está también lo que Austin denomina un acto locutivo-perfectivo, el acto que puedo culminar con mi realización de los actos locutivos y no locutivos: razonando puedo persuadir, proclamando puedo dar a conocer.) Las normas del sistema lingüístico explican el significado del acto locutivo; el fin del acto de habla es explicar el significado del acto ilocutivo o, como lo denomina Austin, de la fuerza ilocutiva de una emisión.

Explicar la fuerza ilocutiva equivale a hallar las convenciones que hacen posible la realización de diversos actos ilocutivos: lo que se ha de hacer para prometer, advertir, quejarse y ordenar. «Además de la emisión de las palabras de la así llamada declarativa», escribe Austin, «una gran cantidad de cosas distintas tienen que ser como norma general, correctas y salir correctamente si se quiere afirmar que se ha realizado una acción con éxito. Cuáles sean es algo que esperamos descubrir observando y clasificando tipos de casos en los que algo sale mal y el acto matrimonio, apuesta, herencia, bautizo, o cualquier otro- es entonces, al menos hasta cierto punto, fallido» (pág. 14). Austin entonces no trata el fracaso como accidente externo que les sucede a las performativas y que no tiene relación con su naturaleza. La posibilidad de fracaso es interna en las performativas y un punto de partida para investigarlas. Algo no puede ser performativo si no es susceptible de salir mal.

Esta aproximación puede parecer inusual, pero de hecho se corresponde con aspectos básicos de la semiótica. «Un signo», escribe Umberto Eco en A Theory of Semiotics, «es todo lo que se puede considerar que sustituye significativamente a otra cosa. La semiótica es en principio la disciplina que estudia todo lo que se puede usar para mentir. Si algo no se puede usar para mentir, tampoco se podrá usar a la inversa: para decir la verdad» (pág. 7). El murciélago está en el piélago no sería una secuencia significativa si no fuera posible emitirla falsamente. De manera similar, os declaro marido y mujer no será una performativa a menos que sea posible que no dé los resultados esperados, que se use en circunstancias inadecuadas y sin la consecuencia de la realización de un matrimonio.

Para que una performativa funcione sin problemas, dice Austin, «(A.1) tiene que haber un procedimiento convencional aceptado que tenga un cierto efecto convencional, para que ese procedimiento incluya la emisión de ciertas palabras por ciertas personas en ciertas circunstancias, es también preciso, (A.2) que las personas y circunstancias concretas en un caso dado sean adecuadas para acogerse al procedimiento concreto que se ha elegido. (B.1). El procedimiento debe ser llevado a cabo por todos los participantes de forma correcta y (B.2) completa» (How to Do Things with Words, págs. 14-15). Como sugiere este análisis, prometer consiste en emitir una de las fórmulas convencionales en circunstancias adecuadas. Sería incorrecto, afirma Austin, pensar la emisión «como (meramente) el signo externo y visible, por conveniencia y otro registro o por información, de un acto interno y espiritual» (pág. 9). Por ejemplo, «el acto de casarse, como, pongamos por caso, el acto de apostar es al menos preferiblemente... descrito como decir ciertas palabras y no como realizar una acción diferente, interna y espiritual, de la cual estas palabras serían tan sólo el signo externo y audible. Que esto sea así quizá es algo muy difícil de probar, pero es, puedo afirmarlo, un hecho» (pág. 13).

Austin rechaza la explicación del signo en términos de estado de ánimo y propone, mejor, un análisis de las convenciones del discurso. ¿Se puede llevar a cabo un programa así? ¿Puede de hecho esta teoría evitar acogerse de nuevo a la noción de presencia? Saussure en su proyecto reintroduce la presencia en su tratamiento de la voz; ¿puede Austin proceder sin reinstaurar también la noción de significado como intención significativa presente a la conciencia cuya intención es por completo presentarse a sí misma? La lectura que hace Derrida se centra en la forma en que ocurre esta reimplantación. Un momento especialmente interesante en el que se puede mostrar que la argumentación no resuelve esta cuestión se da en las páginas iniciales de How to Do Thigns with Words,  cuando Austin está preparándole el terreno a su empresa. Tras castigar a los filósofos por considerar marginales todas las emisiones que no constituyan aseveraciones verdaderas o falsas y con ello llevándonos a suponer que él mismo se ocupará de cuestiones como emisiones ficticias que no son verdaderas ni falsas, Austin propone una objeción al concepto de emisión performativa: «¿Es necesario que las palabras se digan “en serio” para que se entiendan “en serio”? Esto es, si bien ambiguo, bastante cierto en general -es un lugar común importante en el comentario del significado de cualquier emisión. Yo no debo estar bromeando, por ejemplo, ni escribiendo un poema» (pág. 9).

La estructura retórica de este pasaje es en sí misma bastante reveladora. Aunque propone excluir lo poco serio, Austin no nos da ninguna descripción de lo que pueda ser; presumiblemente porque en ese momento está especialmente ansioso de evitar toda referencia a una intención interna que estaría ineludiblemente incluida en la descripción. En lugar de ello su texto plantea una objeción anónima que introduce «en serio» entrecomillado, como si por sí mismo no fuera del todo serio. Desdoblándose para crear esta objeción cuyo término clave permanece indeterminado, el texto puede entonces asumir la objeción como aceptada de antemano.

En otro tiempo, nos ha dicho Austin, era normal que los filósofos excluyesen -sin justificación posible- las emisiones que no constituían aseveraciones verdaderas o falsas. Ahora su propio texto hace que parezca normal excluir emisiones que no sean serias. Tenemos aquí, tal como indica la observación sobre la ambigüedad de lo «serio», no un paso riguroso ceñido a la filosofía sino una exclusión normalizada sobre lo que se apoya la filosofía En otro momento escribe Austin en un comentario que puede pertenecer a las complejidades de lo poco serio y lo quizá no del todo serio, «no son las cosas, son los filósofos los simples. Habrán oído decir, supongo, que la simplificación excesiva es la enfermedad profesional de los filósofos, y en cierto modo se puede estar de acuerdo en ello. Si no fuera por una sospecha creciente de que es su ocupación» (Philosophical Papers, pág. 252).[i]

La exclusión de lo poco serio se repite en un pasaje más largo que ayuda a delimitar lo que está en juega. Tras anotar varios fracasos que pueden impedir la consecución de una performativa. Austin señala que las performativas están sujetas,

 

a otras enfermedades concretas que contaminan a todas las emisiones. Y estamos, del mismo modo, excluyéndolas deliberadamente de momento, aunque también se pueden plantear en una explicación más general. Me refiero, por ejemplo, a las siguientes: una emisión performativa será, por ejemplo, en cierto modo hueca o vacía si la dice un actor en escena o si está en un poema u ocurre hablada en un monólogo. Esto se aplica de forma similar a cualquiera y a todas las emisiones -un cambio inesperado en circunstancias especiales. El lenguaje en estas circunstancias, no se usa de una forma especial con seriedad -inteligiblemente-, sino en un sentido parasitario respecto a su uso normal -un sentido que entra en la doctrina de las degeneraciones del lenguaje. Excluimos de nuestra consideración este sentido. Nuestras emisiones performativas, oportunas o no, se deben entender como realizadas en circunstancias normales (How to Do Things with Words, págs.  21-22).

 

Como sugiere la imagen del parásito, tenemos aquí una relación familiar de lo suplementario: el uso poco serio del lenguaje es algo extra, añadido al lenguaje normal y dependiente por completo de él. No es preciso tenerlo en consideración al estudiar el uso normal del lenguaje puesto que es sólo un parásito.

John Searle mantiene en su contestación a Derrida que esta exclusión carece de importancia y es puramente provisional.

 

La idea de Austin es sencillamente ésta: si queremos saber lo que es hacer una promesa o una afirmación, será mejor no empezar nuestra investigación con promesas hechas por actores en el escenario en el curso de una obra o con afirmaciones que haga un escritor en una novela sobre los personajes, porque está bastante claro que estas emisiones no son casos normalizados de promesas o afirmaciones... Austin vio correctamente que era necesario mantener al margen un conjunto de preguntas lógicamente prioritario sobre el discurso «serio». («Reiterating the Differences», págs. 204-205).

 

Esta puede muy bien haber sido «la idea de Austin», pero lo adecuado de esta idea es precisamente lo que se cuestiona. «Lo que se pone en tela de juicio», escribe Derrida, «es sobre todo la imposibilidad estructural y lo ilegítimo de esta “idealización” incluso aunque sea metodológica y provisional»  (Limited Inc., pág. 39). Efectivamente, el mismo Austin, que comienza su investigación de las performativas fijándose en las maneras en que pueden salir mal, rebate la noción de Searle con simple prioridad lógica: «El proyecto de clarificar todos los modos y variedades posibles de no hacer las cosas del todo... tiene que realizarse hasta el final si hemos de entender con propiedad lo que es hacer las cosas» (Philosophical Papers, pág. 27; la cursiva es de Austin). Dejar al margen por parásitos a ciertos usos del lenguaje para poder fundamentar la propia teoría en otros usos «normales» del lenguaje equivale a evadir las preguntas sobre la naturaleza esencial del lenguaje, precisamente las que una teoría del lenguaje debería contestar. Austin rechazó esta exclusión que hicieron sus predecesores: al asumir que el uso normal del lenguaje era hacer afirmaciones verdaderas o falsas, excluían precisamente aquellos casos que le permitían llegar a la conclusión de que las aseveraciones son una subclase encuadrada en las declarativas. Cuando Austin realiza luego una exclusión similar, su propio ejemplo nos incita a preguntar si no será igualmente ilícito, especialmente ya que tanto Searle como él mismo, al poner «serio» entrecomillado, sugieren lo dudable de la oposición jerárquica serio/poco-serio. El hecho de que el propio estilo de Austin sea a menudo alegre y seductor, o de que no dude en combatir distinciones que él mismo ha propuesto, sólo hace hincapié en lo inadecuado de no tomar en consideración el discurso poco serio[ii].

Searle utiliza su «Réplica a Derrida» no para investigar este problema sino para reafirmar dogmáticamente la estructura de la cuestión. «La existencia de la forma fingida del acto de habla es dependiente lógicamente de la posibilidad del acto de habla no fingido, del mismo modo que cualquier forma fingida de comportamiento depende de formas no fingidas de comportamiento, y en este sentido las formas fingidas son parasitarias de las no fingidas». («Reiterating the Differences», página 205).

¿En qué sentido es lo fingido dependiente de lo no fingido? Searle ofrece un ejemplo: «no podría, por ejemplo, haber promesas hechas por actores en una obra si no existiera la posibilidad de hacer promesas en la vida real». Estamos ciertamente habituados a pensar del modo siguiente: una promesa que haga yo es real; una promesa en una obra es una imitación ficticia de una promesa real; una repetición vacía de una fórmula que se usa para hacer verdaderas promesas. Pero de hecho se puede plantear que la relación de dependencia opera también en el otro sentido. Si no fuera posible para un personaje de una obra hacer una promesa, no habría promesas en la vida real, porque lo que posibilita el acto de prometer, como nos dice Austin, es la existencia de un procedimiento convencional, de fórmulas que cabe repetir. Para que yo pueda hacer una promesa en la «vida real», tiene que haber procedimientos o fórmulas repetibles, como las usadas en el escenario. El comportamiento «serio» es un caso especial de actuación.

«¿Podría darse con éxito una emisión performativa», pregunta o finge preguntar Derrida, «si su formulación no repitiese una emisión “codificada” o repetible, o con otras palabras, si las fórmulas que pronuncio para dar comienzo a una reunión, para botar un barco o para realizar un matrimonio no fuesen identificables como acordes con un modelo repetible, si no fueran por tanto identificables de algún modo con una cita?» (Marges, pág. 389). Para que se dé el «caso prototípico» de prometer, éste debe ser reconocible como repetición de un procedimiento convencional, y la interpretación de un actor en el escenario es un modelo excelente de esa repetición. La posibilidad de performativas «serias» depende de la posibilidad de interpretaciones, porque las performativas dependen de la repetitividad la cual se manifiesta más explícitamente en las interpretaciones[iii]. Del mismo modo que Austin invirtió la oposición jerárquica de sus predecesores mostrando que las aseverativas suponían un caso especial de las performativas, podemos nosotros invertir la oposición de Austin entre lo serio y lo parasitario demostrando que sus así llamadas performativas «serias» son sólo un caso especial de las interpretaciones.

Este es un principio de extensión considerable. Algo puede ser una secuencia significativa sólo si es repetible, sólo si se puede repetir en varios contextos serios y no serios, citados y parodiados. La imitación no es un accidente que recaiga en un original sino en su condición de posibilidad. Existirá algo como un estilo original de Hemingway sólo si se puede citar, imitar, y parodiar. Para que exista ese estilo tiene que haber características reconocibles que lo caractericen y produzcan sus efectos distintivos; para que las características sean reconocibles debe ser posible aislarlas en elementos repetibles, y por tanto la repetitividad manifestada en lo no auténtico, en lo derivativo, lo imitativo o lo paródico es lo que hace posible al original y a lo auténtico. O, por tomar un ejemplo más pertinente, la deconstrucción existe sólo en virtud de la repetición. Estamos tentados a hablar de una práctica original de la deconstrucción en los escritos de Derrida y a marginar como derivativas las imitaciones de sus admiradores, pero de hecho esas repeticiones, parodias, «debilitamientos» o distorsiones son las que confieren un método al ser y articulan, dentro de la obra misma de Derrida, una práctica de deconstrucción.

Una lectura deconstructiva de Austin se centra en el modo en que repite el paso que identifica y critica en otros y en el modo en que la distinción entre lo serio y la parasitario, que le permite llevar a cabo un análisis de los actos de habla, se ve anulada por las implicaciones de ese análisis. Puesto que cualquier performativa seria se puede reproducir de varias maneras y es en sí misma una repetición de un procedimiento convencional, la posibilidad de repetición no es algo externo que pueda afectar negativamente a las performativas serias. Por el contrario, insiste Derrida, la performativa se estructura desde el principio por su plausibilidad. «Esta plausibilidad forma parte del así llamado caso “regularizado”. Es una parte esencial, interna y permanente, y excluir de la propia descripción lo que el mismo Austin admite que es una posibilidad constante equivale a describir algo distinto del así llamado caso regularizado» (Limited Inc. pág. 61).

Sin embargo, como la exclusión de la escritura que hace Saussure la exclusión de Austin de lo parasitario no es simplemente un error, un error que podía haber evitado. Es una parte estratégica de su empresa. Como vimos antes, para Austin una emisión puede funcionar como una performativa y por tanto tener un cierto significado o fuerza ilocutiva cuando haya un procedimiento convencional que incorpore «la emisión de ciertas palabras por ciertas personas en ciertas circunstancias» y cuando estas condiciones específicas estén de hecho realizadas. La fuerza ilocutiva se considera por tanto dependiente del contexto, y el teórico debe, para explicar el significado, especificar las características necesarias del contexto -la naturaleza de las palabras, las personas y las circunstancias necesarias. ¿Qué ocurre cuando intenta esa especificación? El matrimonio es un ejemplo que cita Austin. Cuando el sacerdote dice «Os declaro marido y mujer», su emisión lleva a cabo con éxito el acto de unir a una pareja en matrimonio si el contexto ocurre en ciertas condiciones. El hablante debe estar autorizado para hacer matrimonios; las personas a las que se dirige deben ser un hombre y una mujer no casados, que han obtenido licencia para casarse, y que han emitido las frases necesarias en la ceremonia precedente. Pero cuando se formulan esas condiciones respecto a las palabras, las personas y las circunstancias que son necesarias para que una emisión tenga una fuerza concreta, un oyente o un crítico pueden normalmente imaginarse sin grandes dificultades circunstancias que encajen en estas condiciones pero en las cuales la emisión carecería de la fuerza no locutiva que supuestamente las sigue. Supongamos que se dieran los requisitos de una ceremonia matrimonial pero que uno de los contrayentes estuviera hipnotizado, u otro caso: que la ceremonia fuese impecable en todo pero que fuese un «ensayo», o finalmente, que aunque el hablante fuese un sacerdote con capacidad para realizar matrimonios y la pareja hubiese obtenido la licencia, los tres estuviesen en esta ocasión interpretando una obra que, por coincidencia, incluyese una ceremonia matrimonial.

Cuando alguien propone un ejemplo de frase sin sentido, los oyentes pueden imaginarse normalmente un contexto en el que de hecho tendría significado; enmarcándola la pueden hacer significante. Este aspecto del funcionamiento del lenguaje, la posibilidad de injertar una secuencia en un contexto que altere su funcionamiento, está también en el caso de las performativas. Para cualquier especificación de las circunstancias en las que una emisión se considere una promesa podemos imaginar más detalles de los que resultaría una distinción o bien colocar otro marco rodeando las circunstancias (imaginemos que las condiciones se cumplen en un escenario o en un ejemplo).

Para detener o controlar este proceso, que amenaza las posibilidades de éxito de una teoría de los actos de habla, Austin se ve obligado a reintroducir la noción, antes rechazada, de que el significado de una emisión depende de la presencia de una intención significativa en la conciencia del hablante. Primero, deja al margen lo poco serio -una noción no definida explícitamente pero que implicaría una clara referencia a la intención: un acto de habla «serio» es aquel en que el hablante asiente conscientemente al acto que parece estar realizando; segundo, introduce la intención como una característica de las circunstancias al dejar al margen los actos de habla realizados no inintencionadamente- «hechos bajo coacción, o por accidente, o digamos, debido a esta o a aquella variedad de errores, o a cualquier otra inintencionadamente» (pág. 21).

Sin embargo esta reintroducción no soluciona el problema de que la intención no pueda servir de determinante decisivo o de fundamento último de una teoría de los actos de habla. Para ver esta necesidad única baste considerar lo que sucedería tras completar aparentemente una ceremonia matrimonial si uno de los contrayentes dijera que había estado bromeando cuando emitió sus frases -sólo fingiendo, ensayando o actuando bajo coacción. Aceptando que los demás crean su afirmación o su intención, no será por eso decisiva en sí misma. Lo que tenía en mente en el momento de la emisión no determina qué acto de habla realizó su emisión. Al contrario, la cuestión de si el matrimonio tuvo o no lugar dependerá de una discusión posterior de las circunstancias. Si el sacerdote había dicho que iba a haber un ensayo general inmediatamente antes de la verdadera ceremonia, o si el novio puede fundamentar su afirmación de que durante toda la ceremonia el padre de la novia estaba amenazándole con una pistola, entonces se puede llegar a una conclusión distinta sobre la fuerza ilocutiva de sus emisiones. Lo que cuenta es la plausibilidad en la descripción de las circunstancias: creen o no las características del contexto aducido en un marco que altere la fuerza ilocutiva de las emisiones.

Así la posibilidad de injertar una emisión en un nuevo contexto, de repetir una fórmula en circunstancias distintas, no desacredita el principio por el cual la fuerza ilocutiva está determinada por el contexto más que por la intención. Al contrario, confirma este principio: en la citación, repetición, o encuadramiento son las nuevas características contextuales las que altera la fuerza ilocutiva. Estamos ahora entrando en un principio general de gran importancia. Lo que la indisociabilidad de las performativas y la declaración cuestionan no es la determinación por el contexto de la fuerza ilocutiva, sino la posibilidad de dominar el campo de los actos de habla por medio de la especificación exhaustiva de los determinantes de la fuerza ilocutiva. Una teoría de los actos de habla debe en principio ser capaz de especificar todas las características de contexto que puedan afectar al éxito o fracaso de un acto de habla dado o que puedan referirse a qué acto de habla concreto se realizó de hecho con una emisión. Esto requeriría, como reconoce Austin, un dominio del contexto global: «el acto de habla total en la situación total del habla es el único fenómeno de hecho que, en última instancia, estamos comprometiéndonos a aclarar» (pág. 148). Pero el contexto total es indomable, tanto en teoría como en la práctica. El significado está marcado por el contexto, pero el contexto no está marcado por nada. Derrida afirma, «Este es mi punto de partida: no se puede determinar ningún significado fuera de su contexto, pero ningún contexto permite la saturación. A lo que me estoy refiriendo aquí no es a la riqueza de la sustancia, a su fertilidad semántica, sino a la estructura, la estructura de lo restante o de la repetición» («Living On», pág. 81).

El contexto es indeterminable en dos sentidos. Primero, cualquier contexto dado está abierto a cualquier descripción suplementaria. En principio no existe un límite a lo que se puede incluir en un contexto dado, a lo que puede mostrarse como relevante en la realización de un acto de habla concreta. Esta apertura estructural del contexto es esencial para todas las disciplinas: el científico descubre que los factores antes desdeñados son relevantes en el comportamiento de ciertos objetos; el historiador descubre datos nuevos o reinterpretados sobre un suceso concreto; el crítico relaciona un texto o un pasaje con un contexto que lo hace aparecer bajo una nueva luz. Ejemplos sorprendentes de las posibilidades de especificación suplementaria del contexto, señala Derrida, son los cambios y sustituciones que permite la noción del inconsciente. En su  Speach Acts, Searle propone como una de las condiciones de la promesa, que si lo que pretende la promesa es ser no-defectiva, la cosa prometida debe ser algo que el oyente quisiera ver hecho, o que considere de interés propio» (pág. 59). Si el deseo inconsciente se convierte en una consideración contextual, cambiaría la consideración de algunos actos de habla: una emisión que promete hacer lo que el oyente desea en apariencia pero inconscientemente puede dejar de ser promesa para convertirse en una amenaza; y a la inversa, una emisión que Searle consideraría una promesa fracasada, porque «promete» algo que el oyente afirma no desear, puede convertirse en una promesa bien hecha (Limited inc., página 47). El significado se determina por el contexto y por eso mismo está abierto a la alteración cuando entran en acción posibilidades suplementarias.

El contexto es indomable también en un segundo sentido: cualquier intento de codificar el contexto se puede siempre injertar en el contexto que pretendía describir, presentando un nuevo contexto que escapa a la formulación previa. Los intentos de delimitar posibilitan siempre la movilidad de esos límites, por lo que la observación de Wittgenstein de que no cabe decir «bu bu bu» y significar «si no llueve saldré a dar un paseo», ha posibilitado paradójicamente, que quiera decir exactamente eso. Su negación establece una conexión que puede explotarse. Los adeptos a la teoría de los actos de habla, interesados en excluir las emisiones poco serias del corpus que están intentando dominar, pueden admirar el principio que opera en un anuncio colocado en algunos aeropuertos americanos en el lugar donde se registra a los pasajeros y su equipaje personal: «Toda observación referente a bombas y armas se tomará en serio.» Pensado para dominar la significación especificando la fuerza ilocutiva de ciertos mensajes en este contexto pretende evitar la posibilidad de decir en chanza «tengo una bomba en mi zapato», identificando estas emisiones como mensajes serios. Pero esta codificación fracasa en la paralización del juego del significado, y su fracaso no es accidental. La estructura del lenguaje injerta esta codificación en el contexto que pretende dominar; y el nuevo contexto crea nuevas oportunidades para el comportamiento irresponsable. «Si dijera que tengo una bomba en mi zapato, tendría que tomárselo en serio ¿no es cierto?» es sólo una de las numerosas observaciones cuya fuerza es una función del contexto pero que escapan al intento fundamental de codificar la fuerza contextual. Un meta-anuncio, «Toda observación referente a bombas y armas, incluidas las observaciones referentes a las observaciones referentes a bombas y armas, se tomarán en serio», aumentaría la confusión, generando la posibilidad de observaciones irresponsables sobre este anuncio sobre observaciones.

Pero si éste parece un ejemplo poco serio, consideremos otro más serio. ¿Qué acto de habla es más serio que el acto de firmar un documento, una acción cuyas implicaciones legales, financieras y políticas pueden ser eternas? Austin cita el acto de la firma como el equivalente en la escritura a las emisiones performativas explícitas con la fórmula «Por la presente...» , y, efectivamente, es añadiendo una firma la manera en que en nuestra cultura con mayor autoridad se puede alguien responsabilizar de una emisión. Firmando un documento definimos la intención de cumplir su significado, y se realiza seriamente el acto significativo que lleva a cabo por completo.

Derrida finaliza su «Signature événement contexte» con lo que llama una «firma improbable», la «reproducción» de un «J. Derrida» a mano encima de un «J. Derrida» tipográfico acompañado por la siguiente «observación»: «(observación: el-texto-escrito-de-esta-comunicación-oral debería haberse enviado a la Association des sociétés de philosophie de langue française antes de la reunión. Este informe debería haber sido firmado. Lo cual hago y falsifico aquí. ¿Dónde? Ahí. J. D.)» (Marges, pág. 393). ¿Es la cursiva «J. Derrida» una firma aunque sea una cita de la firma añadida a la copia del texto que se envió por correo? ¿Es todavía una firma cuando el supuesto firmante la califica de falsificación? ¿Se puede falsificar la propia firma? ¿Qué es, en fin, una firma?

Tradicionalmente, como sugiere la observación de Austin, una firma certifica supuestamente la validez de la presencia en la consciencia de una intención significativa en un momento concreto. Sean cuales fueren mis pensamientos antes o después, hubo un momento en el que pretendí por completo dar a entender un significado concreto. El concepto de firma parece implicar por lo tanto un momento de presencia en la consciencia que constituye el origen de las obligaciones subsiguientes o de otros efectos. Pero si nos preguntamos qué es lo que hace posible que una firma opere así, vemos que los efectos de la firma dependen de la repetitividad. Como escribe Derrida, «la condición de posibilidad de esos efectos es simultáneamente, de nuevo, la condición de su imposibilidad, la imposibilidad de su pureza rigurosa. Para que opere, esto es, para que sea legible, una firma ha de tener una forma repetible, reiterable o imitable; debe ser susceptible de ser abstraída de la intención presente y concreta en el momento de su realización. Es su igualdad la que, corrompiendo su identidad y su singularidad, divide su marca» (Marges, págs. 391-392).

Una firma adecuada, una que convalidase un cheque o algún otro documento, es aquella que se ciñe a un modelo y se puede reconocer como repetición. Esta repetitividad, una característica esencial de la estructura de la firma, introduce corno parte de su estructura una independencia de cualquier intención significativa. Si la firma en un cheque se corresponde con el modelo, el cheque se podrá cobrar sean cuáles sean mis intenciones en el momento de la firma. Esto es tan cierto que ni siquiera la presencia empírica del firmante es una característica esencial de la firma. Es parte de la estructura de la firma que ésta se puede reproducir con un sello o con una máquina. Podemos, afortunadamente, cobrar cheques firmados por una máquina y recibir un salario aunque el firmante nunca hubiese visto el cheque o contemplado una intención específica de pagarnos la suma en concreto.

Es tentador pensar en cheques firmados por una máquina como excepciones perversas irrelevantes a la naturaleza esencial de las firmas. La idealización logocéntrica deja al margen a estos casos considerándolos accidentes, «suplementos» o «parásitos» en su intento de preservar un modelo predicado sobre la presencia de una intención plena en la consciencia en el momento de la firma.

Las firmas se deberían incluir por tanto en lo que Derrida llama «una tipología de las formas de repetición»:

 

En una tipología así la categoría de la intención no desaparecerá: tendrá su lugar, pero desde ese lugar ya no podrá regir toda la escena y el sistema de la emisión. Por encima de todo, estaremos tratando entonces con clases de marcas o cadenas de marcas repetibles distintas y no con una oposición entre emisiones citadas por una parte, y emisiones originales y únicas por la otra. La primera consecuencia de ésto será la siguiente: dada la estructura de la repetición, la intención que anima la emisión nunca estará absoluta y totalmente presente en sí misma y en su contenido. La repetición, al estructurarla, introduce en ella a priori una distancia esencial [brisure ] (Marges, pág. 389).

 

No es cuestión de negar que los firmantes tengas intenciones, sino de situar esas intenciones. Una forma de hacerlo sería tomar lo inconsciente, como ha mantenido Vincent Descombes, «no como un fenómeno de la voluntad sino como un fenómeno de la enunciación» (L’Inconscient malgré lui, pág. 85). La tesis del inconsciente «tiene sentido sólo con relación al sujeto de la enunciación: no sabe lo que dice» (pág. 15). El inconsciente es lo sobrante de lo que se dice sobre lo que se sabe, o de lo que se dice sobre lo que se quiere decir. O bien la intención del hablante es el contenido, sea el que sea, presente a su consciencia en el momento de la emisión, en cuyo caso será invariable e incompleto, incapaz de explicar la fuerza ilocutiva de las emisiones, o bien es comprehensiva y dividida -consciente e inconsciente- una intencionalidad estructural que nunca está presente y qué incluye implicaciones que nunca, como decimos, pasaron por mi mente. Este último concepto de la intención, determinado por lo que Derrida llama una distancia o división esencial, es de hecho bastante común. Cuando se me pregunta sobre las implicaciones de una emisión puedo de forma bastante rutinaria incluir en mi intención implicaciones que nunca se me habían ocurrido previamente. Mi intención es la suma de ulteriores explicaciones que puedo dar cuando se me pregunta sobre algún punto y es por lo tanto menos un origen que un producto, menos un contenido delimitado que un conjunto abierto de posibilidades discursivas ligadas a las consecuencias de los actos repetibles y a los contextos que plantean preguntas concretas sobre esos actos.

Así el ejemplo de la firma nos sitúa ante la misma estructura que hallamos en el caso de otros actos de habla: (1) la dependencia del significado con respecto a los factores convencionales y contextuales, pero (2) la imposibilidad de agotar las posibilidades contextuales para poder especificar los límites de la fuerza ilocutiva, y por tanto (3) la imposibilidad de controlar los efectos de significación, o la fuerza del discurso por medio de una teoría, significación que se fundamenta en las intenciones de los sujetos o en los códigos y contextos. Austin como otros filósofos y teóricos de la literatura, intenta que el significado sea dominable considerando marginal lo que se escapa a su teoría -excluyéndolo, dice Derrida, «en nombre de una especie de normalización ideal» (Marges, pág. 385).

Como otros intentos de comprehensión, individuales o colectivos, el de Austin oscila entre intentos de definir contextos determinantes -su inventario de las condiciones de realización de diversos actos de habla y el recurso a versiones de la intención cuando la descripción del contexto no es capaz de agotar las posibilidades contextuales. Nuestra primera fórmula, «el significado está determinado por el contexto, pero el contexto es indeterminable», nos ayuda a recordar por qué fallan ambos proyectos: el significado está determinado por el contexto, por lo que las intenciones, efectivamente, no se bastan para determinar el significado; se debe poner en juego al contexto. Pero el contexto no ofrece nunca determinaciones completas del significado. Contra cualquier conjunto de formulaciones cabe imaginar nuevas posibilidades de contexto, incluyendo la expansión del contexto producida por la reinscripción de su descripción dentro de un contexto.

Esta explicación del significado y el contexto puede aclarar el tratamiento que hace la deconstrucción del concepto de la historia, que sigue siendo para muchos una cuestión poco clara. Aquellos que hablan de la historia la aducen en tanto base que determina el significado, y puesto que Derrida no la utiliza así lo ven como «textualista» que niega que los contextos históricos determinan al significado. Pero en su crítica de la filosofía y de otras teorías esencialistas, la deconstrucción hace hincapié en que el discurso, el significado y la lectura son completamente históricos, y se producen en procesos de contextualización, descontextualización y recontextualización. Cuando Derrida escribe que debemos intentar considerar la presencia (incluyendo el significado en calidad de presencia consciente) «à partir du temps comme différance» [a partir de/ en relación con el tiempo como diferencia, diferenciador y dominador], deja claro tanto la historicidad de las articulaciones, como la imposibilidad de hacer de esta historicidad una base o fundamento (De la grammatologie, pág. 237). El tiempo como diferenciador y aplazamiento debilita a la presencia haciendo de ella un producto más que algo dado, pero el tiempo no es un fundamento. «Distinguiremos con el término différance», escribe Derrida, «el paso por el que el lenguaje, o cualquier código, cualquier sistema de referencia en general, se torna constituido “históricamente” como productor de diferencias». « Si la palabra historia no conllevase el tema de una represión final de la diferencia, podríamos decir que las diferencias por sí solas podrían ser “históricas” total y absolutamente y desde el principio» (Marges, pág. 12/«Différance», pág. l41).

Los que defienden una «aproximación histórica» o reprenden a la deconstrucción por rechazar el valor de la determinación histórica del significado ofrecen una alternativa dudosa. Una «aproximación histórica» se acoge a las narrativas históricas -las narraciones de cambios en el pensar y en los pensamientos o creencias correspondientes a periodos históricos diferenciables- para cualquier control del significado de obras complejas y ricas excluyendo significados posibles que sean históricamente inadecuados. Estas narrativas históricas se elaboran interpretando los textos supuestamente menos complejos y ambiguos de un periodo, y su autoridad es indudablemente cuestionable. La historia, considerada como realidad última y fuente de la verdad, se manifiesta en productos narrativos designados para someter al significado bajo una ordenación narrativa. En Positions Derrida hace hincapié en su desconfianza hacia el concepto de historia con su sistema de implicaciones completamente empírico, pero señala que él mismo usa con frecuencia el término historia de forma crítica, para reincidir su fuerza (págs. 77-78). Derrida usa la historia contra la filosofía cuando se enfrenta con las teorías idealistas y esencialistas y con defensas de la comprensión ahistórica o transhistórica, afirma la historicidad de estos discursos y premisas teóricas. Pero también usa la filosofía contra la historia y las pretensiones de las narrativas históricas. La deconstrucción compatibiliza una crítica filosófica de la historia y la comprensión histórica con la especificación de que el discurso es histórico y el significado está determinado históricamente tanto en la teoría como en la práctica.

La historia no es una autoridad privilegiada sino parte de lo que Derrida llama «le texte général» -el texto global, que carece de fronteras («Avoir l’oreille de la philosophie», pág. 310). Siempre estamos implicados en la interpretación de este texto global, realizando determinaciones del significado y deteniéndonos por razones de índole práctica, en la investigación y nueva descripción del contexto. Los significados que determinamos al interpretarnos mutuamente el habla, la escritura y la acción son normalmente suficientes para nuestras intenciones, y algunos oponentes de la deconstrucción han mantenido que deberíamos aceptar esta determinación relativa en calidad de naturaleza del significado. Significado es lo que entendemos; y en lugar de exponer su falta de fundamento o autoridad decisiva sencillamente deberíamos decir, con Wittgenstein, «este juego que es el lenguaje se juega».

En cierto sentido ésta es una objeción pertinente: podemos razonablemente considerar lo tratado en las páginas precedentes irrelevante a nuestras preocupaciones e intentar ignorarlas (si somos realmente capaces de ignorarlas es otra cuestión: un problema de la fuerza histórica de estos discursos teóricos). Pero a aquellos que presentan esta objeción es raro que les baste con sólo ignorar a la deconstrucción. Comienzan señalando que continuamente realizamos determinaciones del significado pero están tentados a defender por ello que el significado está determinado. Comienzan señalando, que, digan lo que digan los filósofos, tenemos experiencias de determinación y captación de significados, pero acto seguido tratan esta experiencia como si fuera una base sólida para la refutación filosófica del escepticismo[iv]. Wittgenstein afirma que «el juego del lenguaje consiste en decir algo impredecible, quiero decir, no está fundamentado en bases. No es razonable (o irrazonable). Está ahí -como nuestra vida» (On Certainty, pág. 73). Sus admiradores hablan como si el juego del lenguaje fuese en sí mismo una base -una verdadera presencia que determinase el significado. Pero cuando se intenta expresar este argumento presentando las reglas y las convenciones del juego del lenguaje, nos encontramos con todos los problemas que hemos estado discutiendo. Un seguidor de Derrida estaría de acuerdo en que el lenguaje es un juego pero puede seguir con el problema de que nunca se puede estar del todo seguro de quién juega, o juega «seriamente», o de cuáles son sus reglas, o cuál el juego. Y esta incertidumbre no es accidental o externa. Aquellos que citan a Wittgenstein tienden a aducir que el juego del lenguaje y sus reglas simplemente vienen dadas. «Pero es sencillamente un hecho». Se afirma que Wittgenstein dijo «que la gente ha establecido tales y tales reglas» (Lectores and Conversations, pág. 66). Es siempre posible, sin embargo, que una nueva descripción altere las reglas o sitúe una emisión en un juego lingüístico diferente. Al comentar una frase que aparece entrecomillada en Nachlass de Nietzsche: «He olvidado mi paraguas», Derrida escribe «un millar de posibilidades permanecen siempre abiertas» (Limited Inc, pág. 35). Permanecen abiertas no porque el lector pueda hacer que la frase signifique cualquier cosa sino porque cabe siempre realizar otras especificaciones del contexto o interpretaciones del «texto global».

Como debería estar ya claro, la deconstrucción no es una teoría que defina el significado para decirnos cómo encontrarlo. En calidad de desmontaje crítico de las oposiciones jerárquicas de las que dependen las teorías, demuestra las dificultades que determinan las convenciones o lo que experimenta el lector, «Hay dos interpretaciones de la interpretación», escribe Derrida en un pasaje muy citado de «La structure, le signe, et le jeu dans le discours des sciences humaines».

 

Uno pretende descifrar, sueña con descifrar una verdad o un origen que escapa al juego y al orden del signo y que vive la necesidad de interpretación en calidad de exiliado. El otro, que ya no se orienta hacia el origen, confirma el juego e intenta ir más allá del hombre y del humanismo, siendo el nombre del ser humano el de ese ser que, a lo largo de la historia de la metafísica y de la ontología -en otras palabras, a lo largo de toda su historia- ha soñado con la presencia plena, con el fundamento tranquilizador, con el origen y el final del juego... Podemos ver a través de varios signos actuales que estas dos interpretaciones de la interpretación -que son del todo irreconciliables incluso si las vivimos simultáneamente y las reconciliamos en una oscura economía- dividen el campo de lo que llamamos, tan problemáticamente, las ciencias humanas.

Yo no creo por mi parte, aunque estas dos interpretaciones deben subrayar su diferencia y agudizar su irreductibilidad, que pueda haber hoy ninguna cuestión de elección -en primer lugar porque aquí estamos en una región (digamos provisionalmente de historicidad) en la que el concepto de elección es especialmente trivial; y en segundo lugar porque debemos primero intentar concebir la base común y la différance de esta diferencia irreductible (L’Écriture et la différence, págs. 427-428).

 

Derrida ha sido leído a menudo como incitándonos a elegir la segunda interpretación de la interpretación, y defendiendo un juego libre del significado[v]; pero como señala aquí, no es posible elegir sencilla o efectivamente entre que el significado sea el que originalmente pretende el autor o la experiencia creativa del lector. Como vimos en el Capítulo Primero, el intento de que el significado sea la experiencia del lector no resuelve el problema del significado sino que lo aplaza, creando un concepto dividido y postergado de la experiencia, y el concepto de libertad creativa del lector se derrumba con bastante rapidez. Se puede, por supuesto, elegir o afirmar que se ha elegido esta segunda interpretación de la interpretación, pero no hay garantía de que esta elección se pueda hacer realmente en la economía del propio discurso. El concepto de elección aquí es «bien légère», como dice Derrida, porque sea cual sea la elección del teórico, la teoría parece ofrecernos un significado o interpretación dividido -por ejemplo entre el significado como cualidad del texto y el significado como experiencia del lector. Lo que llamamos nuestra experiencia no es casi ni una guía fiable en los efectos semánticos que se experimentan como una cualidad del texto contra la que se intenta contrarrestar la propia experiencia. Puede ser que lo que hace indispensable la noción de significado es este carácter y referencia divididos: a lo que entendemos y a lo que nuestro entendimiento capta o deja de captar.

Este carácter doble del significado se presupone efectivamente en la mayoría de nuestros contactos con él. Si decimos que el significado de una obra es la respuesta del lector, mostramos sin embargo, en nuestra descripción de la respuesta, que la interpretación es un intento de descubrir el significado en el texto. Si proponemos algún otro determinante decisivo del significado, descubrimos que los factores que se consideraban cruciales se encuentran sujetos a interpretación de la misma manera que el mismo texto y por lo tanto postergan el significado que determinan. ¿Y qué si Derrida sugiere -«el significado del significado (en el sentido más amplio del significado y no de indicación) es una implicación infinita? ¿la referencia no controlada de significante a significante? ¿Si su fuerza es la de un cierto equívoco puro e infinito, que no otorga al significado pretendido ningún respiro o descanso, sino que lo involucra dentro de su propia economía para que siga significando y para que difiera?» (L’Écriture et la différence, pág. 42).

La combinación del significado determinado por el contexto y el contexto indeterminable hace posible por una parte la defensa de la indeterminación del significado -aunque el pretencioso carácter iconoclasta de estas defensas pueda ser irritante-, pero por otra parte incita a que continuemos interpretando los textos, clasificando los actos de habla, e intentando aclarar las condiciones de significación. Incluso aunque se tengan razones para creer, como dice Derrida, que «el lenguaje de la teoría siempre deja un residuo que no es ni formalizable ni idealizable en términos de esa teoría del lenguaje», ésta no es una razón para dejar de trabajar en la teoría (Limited Inc., pág. 41)[vi]. En matemáticas, por ejemplo, la demostración de Gödel de lo incompleto de la metamatemática (la imposibilidad de construir un sistema teórico dentro del cual todas las afirmaciones verdaderas de la teoría numérica sean teoremas) no lleva a los matemáticos a abandonar su trabajo. Las ciencias humanas, sin embargo parecen imbuidas a veces de la creencia de que una teoría que afirma la indeterminación última del significado, interpretaciones concretas de pasajes y textos, debería plantear duda ante un impetuoso nihilismo. Una oposición que se deconstruye no se abandona o destruye, sino que se reinscribe. El comentario de Austin de las emisiones performativas y aseverativas demuestra las dificultades de realizar una distinción fundamentada entre dos clases de emisión, pero lo que revela este fracaso es una diferencia dentro de cada acto de habla que ha sido tratada como si fuera una diferencia entre tipos de actos de habla. La diferencia inestable entre performativo y aseverativo se convierte no en la base de una tipología fiable, sino en una caracterización de la oscilación indomable del lenguaje entre plantear y corresponder. «La aporía entre el lenguaje performativo y el aseverativo», escribe Paul de Man en una reinscripción ampliada de su oposición, «no es más que una versión de la aporía entre el tropo y la persuasión que tanto genera como paraliza la retórica y ofrece así el aspecto de una historia académica» (Allegories of Reading, pág. 131).

Lo que propone la deconstrucción no es un final a las distinciones, ni una indeterminación que hace del significado la invención del lector. El juego del significado es el resultado de lo que Derrida llama «el juego del mundo», en el que el texto global siempre ofrece nuevas conexiones, correlaciones y contextos (L’Écriture et la différence, pág. 427). La noción del «juego libre del significado» ha tenido una gran carrera, especialmente en América, pero un concepto más útil, que aclara los procesos de significación que hemos estado comentando al tiempo que ofrece una aproximación a la estructura de los propios escritos de Derrida, es la del injerto. El significado se elabora mediante un proceso de injerto, y los actos del habla, tanto los serios como los poco serios, son injertos.

JONATHAN CULLER

 



* El invento es bastardo pero efectivo; indican cumplimiento [N. del T.]

[i] Por supuesto, esta simplificación está pensada para permitir investigaciones complejas. El agudo análisis de Austin capta la estructura de lo suplementario que hemos comentado: el supuesto riesgo profesional -una enfermedad externa de la que puede sufrir o estar infectado el analista- puede resultar esencial, ser la ocupación misma, sin por ello perder su calidad de enfermedad. De hecho, los seguidores de Austin, han intentado mejorar su análisis por medio de exclusiones y simplificaciones más radicales. Jerrold Katz, en Propositional Structure and Illocutionary Force, Nueva York, Harper anda Row, 1977, se propone mostrar, en un capítulo titulado “How to save Austin from Austin”, que una idealización más sistemática protegería la distinción entre preformativa y aseverativa de la penetrante deconstrucción que se hace a sí mismo Austin (Págs. 184-185). Ver el excelente comentario de Shoshana Feldman el Le Scandale du corps parlant, páginas 190-201).

[ii] Shoana Feldman, en un comentario fascinante, coloca a Austin en el papel de una Don Juan que seduce a los lectores y desbarata toda norma. Pretende poner al margen de la exclusión que hace Austin del discurso poco serio sugiriendo que cuando Austin escribe: “No debo estar bromeando, por ejemplo, o escribiendo un poema”, “cette phrase ne pourrait-elle pas être considrée elle même comme une dénegation -comme une plaisanterie?” [No podría considerarse esta frase en si misma como una negación -como una broma?] (Le Scandale du corps parlant, pág. 188). Es una sugerencia inteligente, parte del intento sostenido por Felman de atribuir a Austin todo lo que ha aprendido de Derrida, para poder acusara a Derrida de malinterpretar a Austin. A pesar de todo, tratar la exclusión de las bromas como si fuera una broma impide la explicación de la economía lógica del proyecto de Austin, que puede admitir impropiedades y explotarlas con tanto provecho sólo excluyendo lo ficticio y poco serio. Esta lógica es la que cuestiona, no la actitud de Austin o su preferencia por lo que Felman llama “le fun” [“el sentido del humor”]

[iii] Searle acusa a Derrida de «confundir al menos tres fenómenos separados y distintos: repetitividad, citación y parasitismo». «Hay una diferencia básica en la que, en el discurso parasitario, estas expresiones se usan, no se mencionan» -una diferencia que, se dice, Derrida no entiende («Reiterating the Differences», página 206). Pero la distinción entre usar y mencionar es precisamente una de las jerarquizaciones que combate la argumentación de Derrida. La distinción parece clara e importante en los ejemplos clásicos: Boston es populosa usa la palabra o la expresión Boston, mientras que «Boston» es bisilábica no usa la expresión sino que la menciona -menciona la palabra «Boston» usando una expresión que es un metanombre. Aquí la distinción parece clara porque se refiere a la diferencia entre usar una palabra para hablar sobre una ciudad y para hablar sobre una palabra. Pero cuando nos planteamos otros ejemplos de citación el problema se hace más complicado. Si escribo de un estudioso, «Algunos de mis colegas piensan que su obra es “aburrida e incompetente y sin sentido”», ¿qué he hecho? ¿He usado las expresiones «aburrido e incompetente» y «sin sentido» además de mencionarlas? Si deseamos mantener aquí la distinción entre uso y mención, volveremos a esas nociones de seriedad e intención que Derrida supone. Uso las expresiones sólo en tanto que pretendo serios significados de las secuencias de signos que emito; las menciono cuando reitero algunos de esos signos (entre comillas, por ejemplo), sin comprometerme con el significado que conllevan. Mencionar, para Searle, sería por tanto parasitario del uso, y la distinción separaría el uso propio del lenguaje, en el que pretendo seriamente conseguir un significado de los signos que uso, de la reiteración derivativa que sólo menciona. Tenemos por tanto una distinción -¿estoy aplicando « seriamente» las expresiones «aburrido», «sin sentido» e «incompetente», o sólo mencionándolas?- entre dos tipos de repetición, basadas aparentemente en la «intención»; y Derrida no está del todo equivocado al mantener que el uso/mención es en última instancia una jerarquía del mismo tipo que serio/poco serio y habla/escritura. Todos intentan controlar el lenguaje caracterizando aspectos distintivos de su repetitividad como parasitarios o derivativos. Una lectura deconstructiva demostraría que la jerarquía debe invertirse y que el uso no es sino un caso especial de mención.
La distinción sigue siendo útil: entre otras cosas nos ayuda a describir cómo el lenguaje la subvierte. Por mucho que intente sólo mencionarle a un amigo lo que otros dicen de él uso efectivamente sus expresiones dotándolas de fuerza y significado en mi discurso. Y no importa la intensidad con la que desee «usar» ciertas expresiones, me encontraré mencionándolas: «Te amo» tiene siempre algo de cita, como les consta a muchos amantes.

[iv] Ver Charles Altieri, Act and Quality, págs. 23-52, y «Wittgenstein on Consciousness and Language: A Challenge to Derridean Literary Theory». Una argumentación similar sugiere en «How to Do Things with Texts», págs. 570-571 de M. H. Abrams.

[v] Wayne Booth, por ejemplo, nos dice: «Jacques Derrida busca un “juego libre” que equivale a una “locura metódica”, a producir una dissemination de textos que interminable, traidora y terrorífica nos libera de un errance joyeuse» (Critical Understanding, pág. 216). Puede ser que a Booth le hayan ayudado en su comprensión de Derrida los artículos de Geoffrey Hartman, en los que aparece con formulaciones similares.

[vi] Las primeras seis palabras de esta frase faltan en el texto francés. Una línea a máquina se ha omitido en la linea 35 de la página 41, detrás de «toujours».

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