Jacques Derrida

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VI. JACQUES DERRIDA:
EL INSTANTE DE LA
MUERTE
Élisabeth Roudinesco

 

Jacques Derrida y Élisabeth RoudinescoEs tiempo de despedirse de los muertos, de aquellos filósofos de la rebelión, tan diferentes entre sí, que no cesaron de disputarse o de amarse, cuyos herederos —nos guste o no— somos nosotros. Por esta razón, quiero terminar este libro con un homenaje a Jacques Derrida, con quien mantuve una amistad durante veinte años. Fue el último sobreviviente de esta generación, el último en morir, y también fue el único que pudo despedirse de la mayoría de aquellos que formaban parte de ella, y de muchos más, en un libro[i] al que quiero añadir aquí una especie de post scríptum en homenaje a lo que hay de inmortal en la amistad, al vigor de evocar el pasado para mirar mejor el futuro: aprender a pensar para mañana, aprender a vivir, comprender de qué estará hecho el mañana.[ii]

La ley que rige las relaciones de cada sujeto con el amigo muerto —esto es, con la muerte y con la amistad— es una ley estructural y universal, una "ley inflexible y fatal: de dos amigos, hay uno que verá morir al otro".[iii] Cuando la muerte llega, no sólo es el fin de tal o cual vida en particular, sino el "fin de algo total". Por consiguiente, no hay duelo posible. Pero como la ausencia de duelo enloquece al amigo que queda, sólo el estado melancólico permite la integración de la muerte del otro en uno y la continuación de la vida.

Tuve que enfrentar esta pérdida. Tuve que escribir despedidas para allegados o amigos desaparecidos, y siempre me despedí del muerto después de su muerte. Nunca pude redactar un elogio fúnebre antes de la muerte real de quien estaba por morir, aunque estuviese condenado por una implacable enfermedad.

Me parece que no se puede decir la muerte antes de la llegada de la muerte. Cada vez que esto se produce, cada vez que se escribe la despedida por adelantado, como un homicidio de la muerte, la impostura puede leerse entre líneas. Se priva a la muerte del posible relato de su muerte y se la identifica con una nada. Traición de la cronología, traición del tiempo necesario para la llegada de la muerte, para su narración y su celebración. Transgresión suprema, además, ya que esta matanza de la muerte, perpetrada antes de la muerte, convierte a quien redacta el texto en amo -forzosamente ilusorio- de una suspensión del tiempo. Nada garantiza, además, que el autor de la necrología previa a la muerte no esté muerto en el momento de la muerte de aquel cuya muerte ha relatado.

La despedida es separación última, el adiós que se enuncia desde la vida, como el momento donde se mezclan la muerte vivida, la muerte padecida, la muerte celebrada, la memoria de la muerte. Decir adiós, despedirse, significa que el que se va remite a Dios el alma del que se queda: para siempre. Decir adiós es también desaparecer uno mismo, retirarse del mundo donde uno ha vivido para acceder a otro mundo. Pero pronunciar un discurso de despedida, decir adiós al amigo muerto, acaso sea para el sobreviviente remitir a Dios el alma del desaparecido para que, más allá de la muerte, viva eternamente la memoria de la amistad. Acaso sea también transformar a Dios en un adiós, pasar discretamente del reino de Dios al de la muerte de Dios. El a Dios supone la existencia de Dios y el adiós su borradura. Y no fue casual que se instalara en el léxico francés la distinción entre adieu [adiós] y au revoir [hasta la vista] a principios del siglo XIX, después de una revolución que había destruido, mediante un regicidio único en el mundo, el lazo que unía a Dios con la soberanía real. El a Dios se borra en beneficio del adiós, y nace el hasta la vista. Un siglo antes, aún se decía: adieu, jusqu'au revoir [adiós, hasta la vista].

La ejecución de Luis XVI no fue sólo la decapitación de un rey sino también la muerte de la monarquía. Desde la vida, y para que viva la Nación, sin ninguna ceremonia de despedida, sin ninguna remisión a Dios del alma del difunto, sin ningún adiós, hasta la vista, fue necesario decir adiós a la realeza, convertida en reino de los muertos.

El duelo del ser amado desaparecido nunca tiene lugar de verdad. En 1915, para dar una significación a este hecho imposible, Freud trató de anudar y desanudar, en un mismo movimiento, los lazos que atan entre sí el duelo y la melancolía, corriendo el riesgo, además, de convertir a esta última ya no en un destino subjetivo, sino en una patología propia de las neurosis narcisistas. Y hubo que esperar la invención de la pulsión de muerte y la experiencia de la muerte de algunos miembros de su familia -en particular, su hija y su nieto- para que el maestro de Viena considerara la idea de que algunos duelos son imposibles de hacer:

 

Se sabe que después de la pérdida -escribió a propósito de la muerte de Sophie- el duelo agudo ha de atenuarse, pero uno queda para siempre inconsolable, sin encontrar sustituto. Todo lo que torna este lugar, aun ocupándolo por completo, sigue siendo siempre otro. Y en el fondo está bien que así sea. Es la única manera de perpetuar este amor que no quiere abandonarse a ningún precio.[iv]

 

Y:

 

Es cierto, perdí a mi hija amada cuando ella tenía 27 años, pero lo soporté extrañamente bien. Fue en 1920, estábamos agotados por la miseria de la guerra, y preparados desde hacía años para enterarnos de que habíamos perdido a un hijo. Así se preparaba la sumisión al destino [...] Desde la muerte de Heinerle, ya no amo a mis nietos y la vida ha dejado de alegrarme Es éste también el secreto de la indiferencia. Se lo ha llamado coraje frente a la amenaza que pesa sobre mi propia vida.[v]

 

Ambos testimonios se contradicen, pero sin embargo ponen de manifiesto que la muerte de una generación por venir se siente como una patología cuando no ocurre por una guerra, una epidemia, una catástrofe o una matanza. La regla de la evolución querría que el orden cronológico nunca fuese perturbado, pues en el gran libro del tiempo está escrito que un hombre debe desaparecer después de sus ascendientes y antes de su progenie.[vi] Por consiguiente, cuando la muerte azota en sentido contrario de este destino, en apariencia inmutable, mayor es el sufrimiento que se instala en el alma del sobreviviente obligado a aceptar lo inaceptable. A partir del siglo XVIII, y más aún a fines del siglo XX, la transgresión a esta regla se vive como una anomalía más aguda todavía.[vii]

 

Las despedidas de Derrida son palabras arrancadas al silencio y a la nada: "In Memorial, el gusto por las lágrimas, a fuerza de duelo tendré que errar solo, amistad incombustible". Y por último, a propósito de Lévinas:

 

Pero he dicho que no quería solamente recordar aquello que nos confió del a Dios, sino decirle primero adiós, llamarlo por su nombre, decir su nombre tal como él se llama en el momento en que, si ya no responde, es también porque responde en nosotros [...] recordándonos: "a Dios". Adiós, Emmanuel.[viii]

 

Delante de la tumba del amigo, ante la muerte que ahora carece de palabras, se trata de conjurar el acontecer del duelo con un desafío. Decir adiós y no a Dios. Y si "cada vez es única", esto significa que cada cual tiene derecho a un envío singular que pueda ser también la repetición de una misma evocación de la pérdida:

 

Demasiado para decir, me falta el corazón, me faltan fuerzas, tendré que errar solo, ahora la ausencia se me queda impensable para siempre, lo que ocurre me corta la respiración, cómo no temblar, cómo hacer, cómo ser, hablar es imposible, callarse también, lo que creía imposible aquí está, indecente, injustificable, intolerable, como una catástrofe que ya ha tenido lugar y que forzosamente ha de repetirse. Pido perdón si hoy sólo tengo fuerzas para algunas palabras muy simples. Más tarde trataré de decirlo mejor.

 

Podría multiplicarse al infinito la lista de las palabras de duelo que marcan las despedidas de Jacques Derrida a sus amigos, como adioses sin Dios.

Sin plantearse la cuestión de las maneras de morir en Occidente, sin hacer diferencias entre las diversas maneras de morir –suicidio, accidente, enfermedad, muerte violenta, muerte suave, muerte deseada, muerte repentina, pasaje al acto–, cualquiera sea la edad de aquel a quien saluda, Jacques Derrida construye su discurso como el palimpsesto del instante de la muerte, como la huella instantánea del momento único en que se produce el pasaje de la vida a la muerte. Por eso puede apelar a la memoria perdida de una existencia fragmentada. Cada vez, un detalle surge de la sombra para que se avive la melodía de la ley "inflexible y fatal":

 

Tener un amigo, mirarlo, seguirlo con la mirada, admirarlo en la amistad, es saber de manera un poco más intensa y herida por adelantado, siempre insistente, cada vez más inolvidable, que, fatalmente, uno de los dos verá morir al otro. Uno de nosotros –piensa cada uno–, uno de nosotros dos, llegará ese día, se verá ya no viendo al otro.[ix]

 

Las despedidas de Jacques Derrida no son ni elogios fúnebres en sentido clásico, ni necrologías, ni relatos de agonía. Su elección nunca fue expresar el momento de la muerte, ni la degradación de la carne, ni el horror del rostro que se inmoviliza o la rigidez del cuerpo. No relató los últimos días de Emmanuel Kant, tampoco escribió un Baudelaire, últimos tiempos ni un Voltaire moribundo. Tampoco dio su testimonio sobre alguna "ceremonia del adiós".[x]

Él no recogió las palabras de la muerte: perecer, desaparecer, sucumbir, fenecer, fallecer (la más horrible). No mostró los últimos instantes del condenado a muerte ni las últimas palabras inventadas para la muerte por los vivos que esperan la muerte: "¡Oh, Muerte, viejo capitán! ¡Ya es tiempo! ¡Levemos anclas!"; también: "Esta idea de la muerte se instaló definitivamente en mí como se instala un amor"; y: "La muerte, espectro enmascarado, nada tiene bajo su visera".[xi] Ni muertes infames ni muertes ilustres. Simplemente la muerte.

Las despedidas de Derrida a sus amigos no llevan máscaras mortuorias, ni grandes ceremonias preparatorias de la muerte. Entre la ruptura y el regreso, entre la separación de Dios y la reintegración del otro en uno, para resumir, entre el adiós y el hasta la vista, dan a entender, a medias palabras, el dolor y el desfallecimiento, y en particular la estructura narrativa y casi ontológica de todo relato de muerte y de amistad: un hombre deberá desaparecer antes que el otro. Por consiguiente, se refieren al recorrido biográfico del ser amado sólo a través de una escritura del inciso comparable a la técnica cinematográfica del flash-back.[xii] El verbo palpitante se quiebra en una perpetua falta de conclusión:

 

Deleuze sigue siendo sin duda, a pesar de tantas diferencias, aquel de quien me he considerado siempre más cerca de entre todos los de esta "generación" […]. Y recuerdo, además, los diez días memorables sobre Nietzsche en Cerisy, en el año 1972, y tantos, tantos otros momentos que me hacen sentir –sin duda como a Jean-François Lyotard (también presente)– muy solo, sobreviviente y melancólico hoy, dentro de lo que se llama, con esta palabra terrible y un poco falsa, una "generación".[xiii]

 

La "generación" de la que habla Derrida está presentada entre comillas, como si la palabra llevase la marca de un historicismo sospechoso. A mí esta palabra me gusta mucho, y la reivindico. Y pienso que la "generación" que he presentado en este libro lo es en un sentido cabal, a pesar de la disparidad de sus actores, pues aquello que los une, como ya he señalado, es más fuerte que aquello que los separa. Es claro que en este conjunto circulan múltiples filiaciones subterráneas, donde se cruzan al menos tres generaciones: la primera, nacida a principios del siglo XX; la segunda, entre las dos guerras; y la tercera, que es la mía, entre 1940 y 1945.

Corriendo el riesgo de efectuar cierta aproximación, quisiera definir algunos rasgos comunes de esta "generación" que reúne en ella a tres. Haya nacido de la fenomenología o se la denomine estructuralista, postestructuralista, antiestructuralista, ella abarca a autores que se caracterizan por haber cuestionado la naturaleza del sujeto y por haber develado lo que se esconde detrás del uso de esta palabra. En lugar de atenerse a la idea de que el sujeto sería a veces radicalmente libre y otras veces enteramente determinado por estructuras sociales o lingüísticas, los pensadores de esta generación prefirieron dudar del principio mismo de esta alternancia. En consecuencia, quisieron criticar –a veces con mucha violencia– las ilusiones de la Aufklärung y del logos, aunque hubiera que expulsar la filosofía del discurso filosófico para interrogar sus márgenes y contornos, a la luz de Marx, Freud, Nietzsche o Heidegger; aunque hubiera que despojar a la literatura de su contenido romántico para centrarla en su propia literalidad o en las condiciones de su surgimiento. Los poetas, escritores o filósofos de esta generación, marcada por el nouveau roman ["nueva novela" ], no escribieron novelas ni "nuevas nuevas novelas" –pues también serían novelas–, sino textos literarios que cuestionaban la noción misma de universo novelesco.

Los amigos a quienes estaban destinadas las despedidas de Derrida –quince hombres y una mujer– fueron testigos o herederos de las dos grandes catástrofes europeas del siglo XX: la Shoá y el gulag. También fueron actores o espectadores del final de los imperios coloniales, de la rebelión de los estudiantes y de la caída del comunismo.

Es cierto que todos se encontraron, en algún momento de sus vidas, frente a la cuestión del genocidio de los judíos, aun-que sólo fuera oponiéndose de manera radical a las posiciones de Heidegger en el "Discurso del rectorado"[xiv] pero ninguno de ellos se enroló en la lucha contra los nazis, como sí lo hicieron, por ejemplo –militar o políticamente, y hasta la muerte–, Marc Bloch, Roger Cavaillès, Boris Vildé, Georges Politzer, Yvonne Piccard.[xv] Algunos porque eran muy jóvenes, otros porque estaban en otra parte.

Barthes enseñó literatura en dos liceos parisinos, desde 1940 hasta 1941. Un año más tarde, debido a una recaída –estaba enfermo de tuberculosis–, se vio obligado a permanecer en distintos sanatorios durante cinco años. Paul de Man, después de haber colaborado en la redacción de al menos dos textos de carácter antisemita en periódicos belgas, protestó contra la influencia alemana en el periódico Le Soir; después trabajó en una editorial.[xvi] Althusser y Lévinas, movilizados en el ejército francés, pasaron la guerra en cautiverio, mientras que Édmond Jabès combatió el fascismo en El Cairo mediante la creación de la Liga contra el Antisemitismo y la Agrupación de amigos de Francia. Gilles Deleuze, demasiado joven para participar en la lucha, asistió al arresto de su hermano, que fue exterminado en Auschwitz por pertenecer a la Resistencia. La misma suerte corrió el padre de Sarah Kofman: fue detenido por la policía de Vichy y deportado en 1942 por ser judío.

Blanchot, que había militado con la juventud de derecha, durante la ocupación escribió dos de sus obras mayores: Tomás el Oscuro y Aminadab. Esta última aludía en su título al personaje bíblico, pero también al nombre del hermano menor de Emmanuel Lévinas, asesinado por los nazis en Lituania. Más tarde, Blanchot mantuvo contactos discretos con la Resistencia. Protegió a clandestinos y a amigos, especialmente a los miembros de la familia Lévinas. En 1944 estuvo a punto de ser ejecutado por un pelotón nazi. Relató este episodio cincuenta años más tarde en El instante de mi muerte.[xvii]

Así se eslabonan las historias de unos con las de otros, como si formaran una sola historia de vida y de muerte donde se entretejen los hilos del hasta la vista y del adiós, de la muerte padecida, de la muerte vivida, del adiós al que se queda y del adiós al que se va.

Ninguna de las despedidas de Cada vez única, el fin del mundo está destinada a Jacques Lacan. En primer lugar, porque nunca fueron amigos, y, en segundo lugar, porque ninguno de los herederos lo invitó al entierro, en 1981, que se realizó dentro de la más estricta intimidad, según la fórmula consagrada: sin honores, sin flores, sin palabras, sin cortejo.

Pero en otra ocasión, sin embargo, Derrida había integrado a Lacan en la lista de sus muertos, en la lista de aquellos cuya muerte había querido celebrar. En 1990 escribió:

 

La muerte estaba entre nosotros, sobre todo fue cuestión de la muerte, diría incluso solamente de la muerte de uno de nosotros, como con o en todos los que se aman. O más bien él solo hablaba de ella, pues yo nunca abría la boca. Hablaba, él solo, de nuestra muerte, de la suya, que no dejaría de llegar, y de la muerte o, más bien, del muerto al que según él yo jugaba.[xviii]

 

Por el amor de Lacan, Derrida menciona en este libro una escena –una escena del padre y de la muerte, podría decirse– que me había contado cinco años antes, y que cito en el segundo volumen de mi Historia del psicoanálisis en Francia. Lacan había criticado a Derrida por "no reconocer la impasse que él mismo ensaya sobre el Otro al jugar al muerto". Es una escena célebre, que ya ha sido archivada. Por el amor de Lacan, por la muerte de Lacan, por la muerte que Lacan dirige a su destinatario, por la carta en suspenso que éste le restituye, Derrida exhuma en esta escena un tramo secreto de sus relaciones con Lacan. Es una promesa de vida y una lucha a muerte. El que queda vivo envía su saludo al muerto, aunque éste fuese el mismo que más había deseado que él no quedara con vida. La escena se actúa en una orilla mortuoria donde han naufragado cuatro personajes –el rey, la reina, el ministro y el caballero– que se muestran con sus puntos sensibles, como en una tragedia de Shakespeare, en cuatro momentos de sus historias, durante los cuales cada uno intenta ejercer una soberanía total sobre el otro.

Aquí las palabras no faltan, la respiración no se corta. Sin duda es una verdadera oración fúnebre, clásica, bien construida, ordenada; por consiguiente, no podía figurar en las despedidas a los amigos. Pues en este juego de vida y de muerte que había opuesto a los dos hombres, no había un amigo sino un adversario, a quien había que rendir un homenaje póstumo.

La muerte de la que habla Derrida al despedir a sus amigos es el adiós de aquel que debe vivir para dar testimonio de que la amistad existió de verdad. No tiene la misma naturaleza que la muerte del adversario homenajeado retroactivamente. Pero tampoco se asemeja a la muerte heroica de los "muertos en los campos del honor".

Más aún que los soldados caídos en las batallas, aquellos que participaron en la Resistencia o en otro tipo de compromiso eligieron una manera de morir. Decidieron morir despidiéndose del mundo donde vivían para que otro mundo pudiera advenir, y dieron la vida sin tener la certeza de que la muerte pudiera ser la coronación de una existencia plena. La aceptación de la muerte equivale entonces al don de la vida, pues la muerte se vuelve más deseable que la servidumbre y la libertad más deseable que la vida. Estos muertos, asesinados, torturados, ejecutados, cortados, convertidos en cenizas, arrojados en las fosas, aniquilados, desaparecidos, nunca tuvieron derecho a un adiós pronunciado en el momento de sus muertes. No tienen cementerios militares, como tampoco los muertos de la "solución final". Su muerte es un crimen contra la muerte.

Pero las despedidas para estos muertos de la libertad, para estos muertos sin garantías ni certezas, siempre ocurren después. Y no conozco nada más conmovedor al respecto que la oración fúnebre para Jean Moulin, pronunciada por André Malraux al pie del Panteón el 19 de diciembre de 1964:

 

entra aquí, Jean Moulin, con tu terrible cortejo. Con aquellos que murieron en los sótanos sin haber hablado, como tú; e incluso, acaso más atroz, habiendo hablado; con todos los suprimidos y todos los de cabeza afeitada de los campos de concentración; con el último cuerpo tropezando en las horribles filas de Noche y Niebla, finalmente derribado a culatazos; con los ocho mil franceses que no volvieron de los presidios; con la última mujer asesinada en Ravensbrück por haber dado asilo a uno de los nuestros, Entra, con el pueblo nacido de la sombra y desaparecido con ella, nuestros hermanos en el orden de la noche.

 

De la misma manera, no conozco nada más riguroso que la despedida de Georges Canguilhem a su amigo Roger Cavaillès.[xix] Y, por último, no hay nada más perturbador en el siglo XX que las despedidas de Claude Lanzmann a los muertos, ante los Sonderkornandos. Palabras secuestradas, hurtadas, extirpadas a lo más profundo del ser de la muerte, conjuro de la nada para acceder a una memoria de la muerte: "Saben, 'sentir' allá... era muy difícil sentir algo: imagínense trabajar noche y día entre los muertos, entre los cadáveres, los sentimientos desaparecen, uno estaba muerto al sentimiento, muerto a todo".[xx]

Al descubrir las despedidas de Derrida a sus amigos, yo estaba terminando la lectura de la gran trilogía de los Mosqueteros de Alejandro Dumas.[xxi] Me sorprendieron las analogías que existían entre ambos textos, entre dos maneras de celebrar la muerte y de decir adiós. Como yo me daba cuenta de que Derrida ya se consideraba a sí mismo como un sobreviviente con la sentencia en suspenso —el sobreviviente que a su vez iba a morir de la enfermedad que padecía y contra la que luchaba sabiendo que no podía curarse—,[xxii] decidí ofrecerle la historia de los treinta y cinco años de amistad de los héroes más célebres de la literatura francesa: Athos, Portos, Aramis, D'Artagnan.

En la Francia anterior a Colbert que Dumas elige resucitar, en pleno ascenso de un cinismo burgués que le repugna, los cuatro amigos encarnan un ideal caballeresco que estaba desapareciendo. Eligieron el heroísmo en estado puro, verdadero desafío contra el nuevo orden del Estado instaurado primero por Richelieu, luego por Mazarin y, por último, por Luis XIV, que impuso el absolutismo. Cada día tienen un combate a duelo, cada día matan para que no los maten, con la espada y de frente, lejos del teatro de la guerra; nunca combaten al enemigo –despreciable, detestable–, sino al adversario, al semejante, al álter ego. Pues sólo aquel que sabe arriesgar su vida por el placer de la gloria, por el esplendor del coraje o por el amor de un príncipe –concebido como el ideal de la realeza, como el ideal de un señorío imaginario– tiene derecho a morir atravesado por la espada: el último éxito de una vida de héroe.

¿Cuál de los cuatro amigos ha de partir primero? ¿Cuál de los cuatro tendrá que despedirse de los demás? Es ésta la gran pregunta de la novela, y también es el interrogante que durante treinta y cinco años acosa a cada uno de ellos: Porthos, el gigante, el ingenuo, el barroco, el más valiente de todos; Athos, el noble melancólico y puritano, apegado a un ideal caballeresco de otra época; Aramis, el libertino, inconstante y femenino, futuro general de los jesuitas, secreto y astuto, pero fiel entre los fieles al único principe que considera su maestro (Fouquet); por último, D'Artagnan, el más inteligente, el más moderno, el más complejo en su búsqueda de un principio de soberanía que se le escapa todo el tiempo. La amistad que une a estos cuatro hombres para toda la vida, que a menudo es de a dos, excluye el amor y la diferencia sexual. Ninguna mujer podrá compartir la vida de cualquiera de ellos sin poner en peligro el pacto que dirige la existencia misma de la amistad.

Así, las figuras femeninas de Dumas son demoníacas, como Milady de Winter y la duquesa de Chevreuse; angelicales, como Constance Bonacieux; o decepcionantes, como Louise de La Vallière y Ana de Austria. Hagan lo que hagan, las mujeres que se cruzan en el camino de los cuatro amigos están destinadas a destruirlos. Pues los Mosqueteros sólo están unidos por los exclusivos lazos de una amistad que prohibe que cada uno de ellos sea esposo, amante, padre. Y cuando Athos hereda un hijo (Bragelone), concebido fuera del matrimonio con la amante de Aramis, este hijo, destinado a perecer, no tiene ni un padre ni una madre, sino cuatro padres, a punto de no existir más que después de haber incorporado lo esencial de cada uno de ellos: el coraje del primero, la melancolía del segundo, la feminidad del tercero y el deseo de gloria del cuarto.

Era necesario hacerlos morir; en caso contrario, Dumas habría estado condenado a no poder terminar su novela, forzado a añadir nuevas aventuras todos los años. Porthos, apegado a la tierra por la sencillez de su espíritu, parte primero, aplastado por unos peñascos dentro de una gruta, después de un hercúleo combate contra una tropa de adversarios. El etéreo Athos, que sufre por la muerte de su hijo, desaparece después, aspirado por un ángel que lo lleva hacia la patria celeste del duelo interminable. D'Artagnan, señor del fuego y de la guerra, desaparece en tercer lugar, atravesado por una bala de cañón. Y en el último párrafo, al final de la trilogía, pronuncia algunas palabras "cabalísticas, que antes habían representado tantas cosas sobre la tierra y que ahora nadie comprendía, excepto este moribundo: 'Athos, Porthos, ¡hasta la vista! Aramis, ¡hasta siempre, adiós!"'.[xxiii]

Asombrosa inversión de la lógica de las despedidas. D'Artagnan, desde su muerte, y desde otro tiempo que los vivos no conocen, desde un tiempo inmemorial anterior a su muerte, dice hasta la vista a los amigos muertos, y adiós, hasta siempre, al amigo que no muere, al amigo cuya alma ya ha sido tomada por Dios, al amigo condenado a vivir eternamente, sabiendo que nunca un amigo le dirá adiós.

 


 

[i] Jacques Derrida, Chaque fois unique, la fin du monde, presentado por Pascale-Anne Brault y Michel Naas, París, Galilée, 2003 [trad. esp.: Cada vez única, el fin del mundo, Valencia, Pre-Textos, 20051. En este libro se reúnen los textos de despedida de Jacques Derrida a Roland Barthes, Paul de Man, Michel Foucault, Max Loreau, Jean-Marie Benoist, Louis Althusser, Edmond Jabès, Joseph N. Riddel, Michel Servière, Louis Marin, Sarah Kofman, Gilles Deleuze, Emmanuel Lévinas, Jean-François Lyotard, Gérard Granel, Maurice Blanchot, Véase también, a propósito de la muerte de Hans-Georg Gadamer: Béliers. Le dialogue ininterrompu entre deux infinis, le poème, París, Galilée, 2003.

[ii] Véase Jacques Derrida y Élisabeth Roudinesco, De quoi demain... Dialogue, París, Galilée/Fayard, 2001 [trad. esp.: Y mañana, qué..., Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2003].

[iii] Jacques Derrida, Béliers, op. cit., p. 20.

[iv] Élisabeth Young-Bruehl, Anna Freud (1988), París, Payot, 1991.

[v] Sigmund Freud y Ludwig Binswanger, Correspondance 1908-1938, París, Calmann-Lévy, 1995 [trad. esp.: Epistolario (1873-1939), Madrid, Biblioteca Nueva, 1963].

[vi] Por esta razón, en la obra de Sófocles, Yocasta se mata antes de que Edipo corneta castigo sobre sí mismo.

[vii] Véase Michel Voyelle, La Mort et l'Occident (1983), París, Gallimard, 2000.

[viii] Jacques Derrida, Chaque fois unique..., op. cit., p. 252.

[ix] Jacques Derrida, Chaque fois unique..., op. cit., p. 137.

[x] Simone de Beauvoir, La Cérémonie des adieux, París, Gallimard, 1981 [trad. esp.: La ceremonia del adiós, Barcelona, Edhasa, 2001].

[xi] Charles Baudelaire, Marcel Proust, Victor Hugo.

[xii] Por esta razón se añaden a esta obra excelentes noticias biográficas y bibliográficas redactadas por Kas Saghafi, que dan una luz histórica a los adioses.

[xiii] Jacques Derrida, Chaque fois unique..., op. cit., p. 236.

[xiv] Martin Heidegger, Auto-affirmation de l'université allemande, Toulouse, TER, 1982, edición bilingüe, traducida al francés por Gérard Granel [trad. esp.: Autoafirmación de la universidad alemana, Madrid, Tecnos, 1996].

[xv] Véase La Liberté de l'esprit. Visages de la Résistance, núm. 16, La Manufacture, otoño de 1987.

[xvi] Sobre esta cuestión, véase Jacques Derrida, Mémoires pour Paul de Man, París, Galilée, 1988 [trad. esp.: Memorias para Paul de Man, Barcelona, Gedisa, 1998].

[xvii] Maurice Blanchot, Thomas l'obscur, París, Gallimard, 1941 [trad. esp.: Tomás el oscuro, Valencia, Pre-Textos, 1982]; Aminadab, París, Gallimard, 1942 [trad. esp.: Aminadab, Madrid, Alfaguara, 1979]; L'Instant de ma mort (1994), Paris, Gallimard, 2002 [trad. esp.: El instante de mi muerte. La locura de la luz, Madrid, Tecnos, 2001].

[xviii] Jacques Derrida, Résistances de la psychanalyse, París, Galilée, 1996 [trad. esp.: Resistencias del psicoanálisis, Buenos Aires, Paidós, 1997]. La conferencia "Por el amor de Lacan", de donde proviene este párrafo, fue pronunciada en mayo de 1990, en ocasión del coloquio "Lacan con los filósofos", organizado por René Major, Philippe Lacoue-Labarthe y Patrick Guyomard, en el marco del Colegio Internacional de Filosofía.

[xix] Para esta despedida, véase el capítulo I de este libro, dedicado a Georges Canguilhem.

[xx] Claude Lanzmann, Shoah, París, Fayard, 1985.

[xxi] Alejandro Dumas, Les Trois Mousquetaires, Vingt ans après y Le Vicomte de Bragelole (1844-1850), 3 vols., París, Laffont, col. Bouquins, 1991 [trad. esp.: Los tres mosqueteros y Veinte años después, Madrid, Alianza, 2002; El vizconde de Bragelone, Buenos Aires, Sopena, 1966]. El segundo volumen cuenta con un excelente prefacio de Dominique Fernandez, "Dumas baroque" [Dumas barroco].

[xxii] Jacques Derrida, Apprendre à vivre enfin, entrevista con Jean Birnbaum, París, Galilée, 2005 [trad. esp.: Aprender por fin a vivir. Entrevista con Jean Birnbaum, Buenos Aires, Amorrortu, 2006]. El título de este libro es la famosa frase de Espectros de Marx, con la cual Derrida elogia la filosofía de la rebelión. Jacques Derrida murió de cáncer de páncreas el 9 de octubre de 2004.

[xxiii] Alejandro Dumas, Le Vicomte de Bragelone, op. cit , p. 850.

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