Jacques Derrida

 Derrida en castellano

Nietzsche
Heidegger

Principal

En francés

Textos

Comentarios

Fotos

Cronología

Bibliografía

Links


Deconstructivistas o derridianos: políticas del nombre propio
Paco Vidarte

Paco Vidarte

 “La amistad es algo interno a la filosofía, ya que el filósofo no es un sabio sino un ‘amigo’” (Gilles Deleuze)

 

Las dosis de patetismo de la experiencia institucional de los psiconalistas en general y de los lacanianos en particular pueden enseñar no poco a la deconstrucción para no seguir ese camino, una senda que está a punto de abrirse, ya que aún no puede hablarse de una “institución derridiana” o de una “institución deconstructiva” per se ─al menos, medianamente relevante, medianamente grande, con algún tipo de repercusión fuera de sus propias fronteras─, parece una contradicción en los términos, pero seguro que algún día existirá. También la institución parecía ser lo más contrario al psicoanálisis y no se puede decir que la vertiente institucional de esta disciplina haya sido escasa. Será cuestión de no pertenecer nunca a ninguna institución ni a ningún grupo (yo a este tipo de purismos farisaicos de los que no se pringan, ni toman partido, ni quieren pertenecer a nada, ni que se los adscriba a grupo alguno, para alardear de la belleza de su alma incontaminada lo llamo Complejo de Inmaculada Concepción). Pero, en fin, este tipo de llamamientos y advertencias se han repetido tanto a lo largo de la historia del pensamiento que hasta da vergüenza repetirlos virginalmente yo aquí una vez más. Que cada cual haga lo que le dé la gana. Por otra parte, desde la deconstrucción también sería fácil justificar una institución deconstructiva trayendo a colación algunos textos de Derrida que ahora se me vienen a la memoria (así como su propia pertenencia a ciertas instituciones) para refutar cualquier arrebato antiinstitucional de algún derridiano iluminado, víctima  también del prurito de la autenticidad y la pureza, que no tuviera en cuenta la necesidad de transigir con algunos principios, la urgencia del momento, la conveniencia de una institución, aunque fuera provisoria y desjerarquizada, etc. Dejémoslo: pero también habrá de sufrir, si no lo hace ya, la deconstrucción con la política y las instituciones como sufre el psicoanálisis, sobre todo, con su propia política institucional.

En lo que respecta a la fundación de algo así como una Academia Derridiana, una Liga Deconstructivista o como quisiera bautizarse y comenzar a institucionalizar ya mínimamente la deconstrucción, creo que no sucederá, no logrará consolidarse ni obtener apoyos de ningún tipo, mientras Jacques Derrida esté vivo[i]. Mientras él viva disfrutaremos del respiro que supone tener la garantía de que nadie sabe lo que es la deconstrucción y de que ésta se puede realizar aún con cierta alegría y libertad dentro de eso que se quiere llamar las deconstrucciones. Más grave será cuando se imponga como necesaria la decisión más absurda de todas: si se es deconstructivista o si se es derridiano. Aún peor, la decisión acerca de si dicha decisión es posible, siquiera planteable o si tiene algún sentido; o si ambos términos significan lo mismo; o qué significa ser deconstructivista; o quién se apropia y llena de contenido el apellido derridiano; o si deconstructivista está contenido analíticamente en derridiano; o si ser derridiano implica de por sí haber renunciado a la deconstrucción en favor de un nombre propio; qué opciones de entre todas éstas lograrán mayor soporte institucional, qué nombres propios tomarán qué opciones y en qué filas se alinearán, etc. Sea como fuere siempre habrá, por suerte o por desgracia, un Jesucristo para llamar ladrones a los que construyan su morada, negocio, prestigio y siniestra cueva en el templo edificado en el nombre del padre común. Y habrá que volver a crucificarlo.

De lo que trato de hablar, que puede ser cuestión baladí, es de algo tan estúpido como la elección que cada uno de los que andamos en estas lides haga, o hace de hecho, o “le hagan”, de su denominación de origen, a saber, nuestra preferencia por hacernos llamar, o por autoproclamarnos, “deconstructivistas” o “derridianos” (o “concepcionistas”). Para ser un poco consecuente con las premisas de la deconstrucción y, tal vez, para ser un buen “derridiano”, diré que no me gusta este adjetivo o, mejor, este apellido filosófico. Aunque Derrida no quiso privilegiar en modo alguno el nombre de “deconstrucción”[ii] para designar lo que hacía y repetidas veces confesó que más bien fueron las cosas, las circunstancias las que acabaron imponiéndose hasta que tuvo que rendirse, un tanto molesto, al poder que el nombre de “deconstrucción” había adquirido sobre otros como “diseminación”, “huella” o “différance”, sustituir o privilegiar por nuestra parte el adjetivo “derridiano” por el de “deconstructivo” no creo que le fuera a parecer muy adecuado ni a hacerle mucha gracia. En buena fe creo que le daría igual, siempre nos ha dejado hacer: en eso es poco lacaniano. En todo caso, el adjetivo “derridiano” a mí sí me molesta a veces. Cada vez más. Sobre todo cuando se utiliza para soslayar un problema y se corre a buscar la seguridad del nombre propio allí donde la deconstrucción no sirve ya de refugio. La deconstrucción nunca ha sido refugio de nada ni lugar donde buscar cobijo. O no ha debido serlo. Pero el nombre propio... ¡cuántas dificultades encierra!, ¡cuántos deseos, vacíos y carencias viene a colmar!, ¡también en la deconstrucción! “Derridiano” parece tener una “consistencia” que no tiene “deconstructivo”. Hay en “derridiano” como un plus, no diré de goce (sí diré tal vez de amistad: me llamo como mi amigo, porto el nombre de mi amigo; esto me resulta más amable), pero como que se antoja más pregnante, más entitativo, más sustantivo. Toda la ambigüedad de la deconstrucción respecto de su definición, que no la hay aunque se den muchas, incluso por el propio Derrida, todo el amplio margen, el vasto campo de las deconstrucciones se apacigua si decimos “derridiano”. Derrida no necesita definición. Derrida tranquiliza. Derrida, sin lugar a dudas. Eso se creen algunos. “No sé ser deconstructivista pero sí sé ser derridiano”: estupefacción porque esto ocurra, ¡pero ocurre! Cosas del nombre propio. El problema surge cuando uno reconoce que, “en fin de cuentas, nadie hace mejor de Derrida, que Derrida mismo”[iii] y que, humildemente, uno no quiere hacer de Derrida (tampoco puede por fortuna), sino que quiere hacer deconstrucción o quiere hacer otra cosa, o a ratos sí a ratos no. René Major dice a propósito de Lacan y los suyos algo que yo quisiera hacer extensivo a los derridianos (como buen psicoanalista, tiende a ver la viga en el ojo propio, a saber, en el psicoanálisis y parece creernos liberados a los filósofos de caer en esta tentación; esto es cosa común para quienes andamos entre dos aguas, se ven menos faltas en el lugar de adopción; por mi parte, yo tiendo a ver la viga que señala Major, en el ojo de Lacan y los lacanianos, peligrosamente cerca también de los ojos de la deconstrucción) referente a una cierta política del nombre propio y del lugar y el papel fundamental que el propio nombre ocupa estratégicamente en la teoría. Lacan, que es muy listo, sabe esto perfectamente, tanto como para exponerlo sin tapujos y con bastante desfachatez, en primera persona. He aquí las palabras de Lacan al respecto, citadas y comentadas por Major:

 

“‘Lo que he adelantado, en mi nudo borromeo de lo imaginario, de lo simbólico y de lo real, me ha conducido a distinguir estas tres esferas, estas bolas y después, a continuación, a reanudarlas. He enunciado lo simbólico, lo imaginario y lo real en 1954 al titular una conferencia inaugural con estos tres nombres que se han convertido en suma para mí en lo que Frege llama nombre propio. Fundar un nombre propio es una cosa que enaltece un poquito tu nombre propio. El único nombre propio en todo esto es el mío. Es la extensión de Lacan a lo simbólico, a lo imaginario y a lo real lo que permite a estos tres términos consistir’.

[...] Decir ‘lo Simbólico, lo Imaginario y lo Real’ o, como se dice, SIR, es decir también el nombre de Lacan [...] ¿Qué hay que decir pues, cuando Lacan sostiene que los tres términos de la trilogía, en cuanto nombres propios, dependerían en su consistencia del nombre propio de Lacan? ¿Quiere decir que, desvinculados de este nombre, de este único nombre, pierden toda consistencia? ¿Qué es una teoría que depende de un nombre propio? ¿O cuál sería la condición de esta teoría sin este nombre, cuál sería su consistencia ─suponiendo que pueda aún tener alguna─ si este nombre puede mantenerse en la desistencia de esta teoría o si esta teoría puede mantenerse en la desistencia del nombre propio que la habría hecho, o la haría aún, consistir? Esta última hipótesis se deja habitar por una lógica paradójica y por una experiencia aporética que implica que una ley del doble rige el nombre propio, que el nombre propio pueda ser simbólicamente asemántico sin perder por ello sus propiedades imaginarias, que pueda asimismo tornar idénticos referentes disímiles y desdoblar un mismo referente”[iv].

 

Yo no he conocido a Lacan y de su talante sólo me han llegado testimonios de una singular perfidia intelectual y de una astucia muy capaz de decir algo tan funesto como estas palabras suyas que acabamos de leer, con tanto descaro y aparente despreocupación. También parece este exabrupto muy propio de un seductor aficionado a las escenas, a la provocación y a cultivar una cierta imagen de persona políticamente incorrecta, amante de obscenidades verbales y teóricas como ésta. Evidentemente, a poco que se conozca a Jacques Derrida, se sabe que estos jueguecitos no van con él ni son de su estilo. Jamás pronunciaría Derrida unas palabras semejantes sobre el nombre propio, sobre su propio nombre, en su propio nombre (lo cual nada dice ni desdice o desmiente acerca de si la deconstrucción consiste o no en y por el nombre propio de Derrida: mejor que consiste, tal vez habría que decir consistirá o habrá consistido, ya que la consistencia de un pensamiento parece cosa más bien ligada a sus herederos). Sin embargo, en lo que respecta a Lacan, yo me inclino por no tomarme su discurso demasiado a la ligera y no atacarlo de manera fácil. Sabe perfectamente lo que está en juego. Lleva años luchando contra una política devastadora del nombre propio “Freud” y no va a ser tan idiota como para olvidarlo y repetirlo en su nombre, hacer que lo repitan otros en su nombre. Me da igual lo que en el fondo, y en verdad pudieran querer decir estas palabras, pero sí me gusta pensar que Lacan había experimentado en sus propias carnes las terroríficas consecuencias de la vinculación del nombre propio a la teoría, hecho por el que padecían, padecen y padecerán los psicoanalistas no se sabe aún cuánto tiempo. Lacan sabe lo que dice y sabe de lo que está hablando. Más bien parece que su estrategia frente al tremendo, fascinante y terrible misterio del nombre propio sea otra. Es como si, antes que resignarse a que el nombre propio, su propio nombre, acabe con todo por mucho que diga en su contra, por muchas advertencias que se realicen, por mucha profilaxis onomástica que lleve a cabo entre sus seguidores, hubiera decidido coger el toro por los cuernos, dándose cuenta de lo inútil de toda lucha, y se hubiera autoinmolado, quedando por tonto, se hubiera tachado a sí mismo, por habérselo creído, por haberse creído su propio nombre, dando pie a que todos piensen: “Lacan ya sucumbió, ha identificado su teoría, sus conceptos, con su propio nombre”. Es una posibilidad que de hecho se lo creyera. Otra es que dicho reconocimiento pudiera tener un rendimiento teórico insospechado. La única forma de que la teoría no se identificara a su propio nombre era quedar como un estúpido megalómano. Elevar a nivel de teoría su propio nombre y hacer de su nombre propio la piedra angular de su pensamiento y de su enseñanza: o bien lo tomamos como una fantochada, o como un delirio de grandeza o como un gesto inteligente. Esto lo hemos visto muchas veces en el cine y en los documentales de vida animal salvaje: el padre y/o la madre buenos que se fingen detestables para que sus hijos destetables se decidan por fin a abandonarlos, acaben odiándolos y puedan crecer alejándose de su regazo calentito, seguro, pero nefasto para su autonomía. Normalmente, cuando los hijos se marchan de casa aborreciendo el hogar paterno y a sus engendradores, Hollywood nos obsequia con un plano corto de las lágrimas parentales que desvela el pastel y el gran sacrificio que los padres debieron hacer por amor para lograr que sus hijos crecieran abandonando la seguridad del hogar. Esto no siempre es así. También existen padres y madres canallas, vampiros, mediocres, maltratadores, ególatras, déspotas, perfectamente odiosos y egoístas, autocomplacientes, que es mejor abandonarlos a su suerte y huir de su lado para no tener que oír su propia conmiseración y letanías victimistas, cosas como que los hijos deben besar el suelo que ellos pisan, diatribas sobre la dignidad y nobleza del nombre propio de la familia, deudas de todo tipo para con ellos, etc. Lo mejor que cabe hacer en estos casos es dejar que estos padres y madres se pudran. Lacan será lo uno o lo otro y habrá que reaccionar frente a sus palabras de uno u otro modo: carecemos de la toma (aunque quedarán por desenterrar aún innumerables “tomas falsas” del archivo lacaniano) que nos muestre si en el fondo dijo aquello, escribió aquel texto por nuestro bien ─”Hijos míos, os quiero, pero me voy a comportar odiosamente para que, avergonzados y espantados, no podáis ser lacanianos ni echarme de menos”─, o porque ya todo se le había subido a la cabeza y realmente ni fingía ni hacía teatro. Son diferentes formas de “educar” y “formar” a los discípulos en torno al parricidio o a la tachadura del nombre propio en la teoría: o bien se les advierte de que todo padre, por muy bueno que sea, acaba resultando nefasto y que mejor desligarse de él y de los efectos encantadores de su nombre en su enseñanza, o bien encarna uno mismo ─desde la realidad o la ficción─ ese papel horrible para hacerlos huir despavoridos y conseguir el efecto deseado. Al convertir Lacan su nombre propio en un axioma de su teoría, en otro concepto más, en el concepto, en la piedra angular de su enseñanza, (a mí me) cabe pensar todas estas cosas sin llegar a decidirme por ninguna. Y si lo hizo es porque estaba convencido de la verdad, de la Wirklichkeit de la que esta ecuación era portadora. Para que nunca cayera en el olvido, como una condena, una promesa, una maldición, una profecía: “Las teorías consisten todas en y por el nombre propio; en él viven, se mueven y existen. Estad alerta, porque conmigo sucederá lo mismo, quien funda una teoría ensancha su propio nombre, se hace portador de un cierto narcisismo, lo quiera o no y prolonga su nombre en los conceptos y en la teoría, etc.”. La cuestión estriba en que todos solemos preferir al padre bueno que nos dice: “mira, es mejor que te marches de casa y nos olvides” ─con lo que consigue que nunca nos marchemos─ a ese otro que nos echa violentamente de sus dominios o nos obliga a quedarnos para heredar y perpetuar su nombre y estarle agradecidos ─lo que acaba provocando una segura huida─. O no, que hay gente, seguidores, discípulos y fidelidades de todas clases.

          Hay una escena que nos confirma el hecho de que Lacan era perfectamente consciente de todo lo que se ponía en juego en la política del nombre propio. Escena que también es un maravilloso ejemplo de sus intentos (fallidos) por desvincular su nombre, su persona, su cuerpo presente, de su teoría y, mucho más aún, de su Escuela. Me refiero a la singular fundación de la École Française de Psychanalyse llevada a cabo por un Lacan de cuerpo presente. En la medida de lo posible y dentro de la ambigüedad de esta maravillosa expresión, claro. Porque Lacan pronuncia su discurso fundador estando ausente de la sala. Todos esperaban su llegada y lo único a lo que asisten es a un discurso inaugural pronunciado por un Lacan grabado en cinta magnetofónica. Veamos cómo nos cuenta Major, testigo de excepción, lo sucedido y el desasosiego de los asistentes hasta que llegó Lacan “en persona” o, como podemos decir nosotros, hasta que lo vieron de cuerpo presente:

 

“El discurso de Lacan había sido grabado en magnetófono y escuchamos la voz del maestro en su ausencia. No hizo su entrada en persona al lugar de la reunión sino cuando el discurso de fundación hubo sido enteramente pronunciado. Me pareció claramente a partir de ese día que el nombre de Lacan se desdoblaba y que la voz por la que se anunciaba la fundación se separaba de la del fundador. La fundación debía poder sostenerse por sí misma en su ausencia. Es verdad que el sentimiento de extrañeza que acompañaba una inquietud manifiesta en los que participaron en esta inauguración de la Escuela no se disipó más que con la llegada de Lacan ‘en persona’. Sería aventurado afirmar hoy que el discurso fundador hubiera sido igualmente performativo si esta presencia real nunca se hubiera manifestado. Además, sucede que, tal y como ‘él’ la había fundado, la Escuela no ha podido sobrevivir a la desaparición real de su fundador. No obstante, el carácter mosaico de la fundación de la Escuela levantaba acta de la división del nombre propio del ‘fundador’” [v].

 

No se puede desvincular este hecho, este experimento de desvanecimiento paterno ─de désistance, diría tal vez Major─, de la cita en la que Lacan afirma la con-sistencia de su teoría con su propio nombre. Tal vez esta consistencia a través del nombre propio no sea más que el deseo, la necesidad, la demanda de sus seguidores, de la Escuela. Sin Lacan todo se derrumba, su nombre es lo que hace consistir todo: éstas son quizás las palabras del otro, del analizante, que Lacan se atreve a pronunciar como si fueran suyas, poniéndose en su lugar. De todos modos, no se pueden analizar ni interpretar las cosas tan a la ligera. Estamos yendo demasiado rápido. No se puede pasar por alto algo que señala Major, a saber, la división del nombre propio que de este modo se estaba operando. En otras palabras, que la consistencia del propio nombre no se logra más que dividiéndolo, separándolo de sí mismo, que la performatividad del acto se debió al doble juego de un Lacan de cuerpo presente, absolutamente unheimlich, escindido, desdoblado, “un Lacan ‘al menos doble’, como habría dicho Edgar Poe”[vi], obedeciendo a la ley del doble que, en la anterior cita de Major, vimos que regía la lógica del nombre propio.

          Como ya he señalado de pasada, Derrida no da lugar a estas controversias acerca de su propio nombre propio. Otra cosa es que los derridianos puedan seguirlo en esto sin despeinarse. Porque una cosa es la política del nombre propio de Derrida o de Lacan y otra muy distinta la de sus seguidores. No voy a dedicarme a una profesión que no es la mía vaticinando lo que habrá de pasar en el seno del derridianismo o de la deconstrucción en años venideros. Ni siquiera sé lo que va a ser de mí. Pero tal vez estas páginas sirvan para no tener que sufrir en nuestras propias carnes lo que ya vimos sucedía en carne ajena, en la de los lacanianos. Será cosa de estar advertidos para que no se desaten en el seno de los seguidores de Derrida las mismas tempestades que entre los lacanianos y que la institución (o los grupitos de poder), que alguna acabará habiendo, algunas pocas, no resulte tan dañina. Derrida dice algo muy interesante en Políticas de la amistad acerca de la fundación del psicoanálisis y de sus relaciones con el fundador, quien ocupa un lugar de exención y privilegio: “Si algo no le ha ocurrido, hasta aquí, al psicoanálisis, es justamente el psicoanálisis”[vii]. Es cierto: pasó con Freud y pasó con Lacan, como acabamos de ver. Mi sospecha es si no está condenado Jacques Derrida a que, a pesar de él y contra él, le suceda tres cuartos de lo mismo. De ser así, tan sólo con contemplar esta posibilidad, más nos valdría afirmar que el hecho de que el psicoanálisis no le haya llegado al psicoanálisis no es excusa, todo lo contrario, para que el psicoanálisis no le llegue a la deconstrucción. Al menos en lo que a política institucional, de herencia y de relaciones con el inventor de la deconstrucción ─por primera vez en la historia de la humanidad─ se refiere. Sería lamentable que, en este respecto, el psicoanálisis no le llegara tampoco, aún, a la deconstrucción y se viera envuelta en un calvario similar al del freudismo y el lacanismo. Es más, alguien incluso podría parafrasear a Derrida y decir lapidariamente ante semejante escenario: “Si algo no le ha ocurrido, hasta aquí, a la deconstrucción, es justamente la  deconstrucción”.


 

[i] Agobiado por el amistoso encargo e incapaz de redactar nada en tan escaso plazo, he recurrido a extractar estas páginas de un libro sobre Derrida y Lacan que siempre estoy escribiendo atormentado desde hace años pero que nunca voy a terminar. En concreto, el archivo de sesenta páginas del que procede este fragmento está datado por el procesador de texto como sigue: “Creado: lunes, 17 de marzo de 2003, 22:11:33”. Es necesario decir esto, no sólo para explicar mi referencia a un Derrida aún vivo y sin la menor sospecha de que fuera a sucederle desgracia alguna, sino para contextualizar estas reflexiones en un tiempo en que no se hablaba de estas cosas ni tenía mucho sentido porque Derrida tan sólo tenía 72 años y nadie nos sospechábamos el desastre, así como para señalar de pasada, que estas disquisiciones sobre lo “deconstructivo” y lo “derridiano” venían a cuento de la polémica suscitada por René Major en 1989 durante la organización del Coloquio Lacan avec les philosophes, acerca de la censura de su ponencia por parte de Alain Badiou, que llevaba por título: Depuis Lacan: Y a-t-il une psychanalyse derridienne? Mi interés entonces no era otro que mostrar mi preferencia por un “psicoanálisis deconstructivo” mejor que por un “psicoanálisis derridiano” y de paso experimentar en carne ajena psicoanalítica lo que bajo ningún concepto quería sucediera entre nosotros por culpa del nombre propio.

[ii] Cfr. L’oreille de l'autre (Cl. Lévesque y Ch. McDonald eds.), Montréal, VLB, 1982, pp. 117-118.

[iii] RIPALDA, J. Mª: “La precariedad teórica del marxismo”, en Revista de libros, Abril 2003, nº 76, p. 19. Ripalda también me dijo luego, mucho más recientemente, discutiendo sobre el “aprender/enseñar a vivir” (Cfr. Spectres de Marx) que podía suponer la deconstrucción, que Derrida era “ejemplar sin ser modélico”, lo que venía ser una fórmula, no sé si deconstructiva, cuando menos sensata, de cómo seguir a alguien sin seguirlo.

[iv] MAJOR, R.: Au commencement. La vie la mort, Paris, Galilée,1999, pp. 125-126 (la cita de Lacan corresponde a Ornicar?, nº 12/13, diciembre 1977, p. 7).

[v] MAJOR, R.: Lacan avec Derrida, Paris, Mentha, 1991, pp. 8-9 [Yo subrayo] (Cfr. el relato que de este mismo sucedido hace Roudinesco en el capítulo segundo ─de la séptima parte─ que lleva por título: “‘Je fonde’: Kant avec Sadeen su libro Jacques Lacan, Paris, Fayard, 1993, pp. 403-415; Roudinesco, por su parte, hace este “duro” comentario que deberemos tener también en cuenta para hacernos cargo del acontecimiento en su conjunto: “Lacan había tenido siempre cuidado de estar presente durante los acontecimientos importantes de la historia del freudismo. Y he aquí que, para fundar su escuela, dejaba hablar en su lugar a lo que más detestaba: una grabación. ¿Cómo no ver, en este llamamiento a una resistencia freudiana ‘lanzado a las ondas’, la expresión de una voluntad gaullista? [op. cit., p. 404]).

[vi] MAJOR, R.: Lacan avec Derrida, op. cit., p. 9.

[vii] DERRIDA, J: Politiques de l’amitié, Paris, Galilée, 1994, p. 311.

Principal

En francés

Textos

Comentarios

Fotos

Cronología

Bibliografía

Links

Sitio creado por Horacio Potel