Jacques Derrida

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LA VIOLENCIA DE LA DISCUSIÓN.
EL HABLA ESTANDARIZADA DE J. R. SEARLE Y LA TEORÍA DE LOS “SPEECH ACTS”
Marc Goldschmit

En «Jacques Derrida, una introducción», Buenos Aires, Nueva Visión, 2004.
Edición digital de Derrida en Castellano.

Searle

En 1971-1972, Jacques Derrida publica “Signature, événement, contexte”, reeditado en Marges en 1972, y traducido el mismo año en lengua inglesa. Este texto es discutido por uno de los representantes más conocidos de la teoría angloamericana de los actos de habla, Speech acts theory”, J. R. Searle. La réplica de Searle al texto de Derrida está publicada en la revista americana Glyph (“Reiteración de las diferencias. Respuesta a Derrida”) y la respuesta de Derrida está publicada en la misma revista (“Limited Inc a b c...”). Una serie de debates y de intervenciones tendrán lugar, luego, en gran parte en los medios, y no se limitarán a los Estados Unidos ya que rápidamente llegarán a Europa: pueden encontrarse numerosas huellas de esta importante controversia en los representantes de la tradición analítica, como Jacques Bouveresse en Francia, pero también entre aquellos en la línea de la escuela de Frankfurt, como Jürgen Habermas en Alemania.

Lo que está en juego en esta discusión no tiene nada de “académico” ni de puramente filosófico, sino que es plenamente político. A través de las tesis de Searle, ciertas objeciones masivas y recurrentes que se hacen al pensamiento de Derrida son recapituladas. La escena de estos intercambios es, pues, sobre todo, sintomática de la resistencia a la deconstrucción, de los ataques y de la incomprensión de la que es objeto.

 

"SIGNATURA, ACONTECIMIENTO, CONTEXTO

En “Signature, événement, contexte”, Derrida piensa la deconstrucción en relación con la determinación filosófica de la escritura, aquella que puede encontrarse de modo ejemplar en Condillac, la escritura como medio de comunicación. Según esta interpretación, Condillac puede afirmar que “si los hombres escriben es: 1. Porque tienen algo que comunicar; 2. Porque lo que tienen para comunicar son sus “pensamientos”, sus “ideas”, sus representaciones. El pensamiento representativo precede y dirige la comunicación que transporta la “idea”, el contenido significado; 3. Porque los hombres ya están en estado de comunicar sus pensamientos cuando de manera continua inventan un medio de comunicación que es la escritura.[i] Las tesis de Condillac establecen una jerarquía y una cronología que van del pensamiento a la comunicación y de la comunicación a la escritura.

En efecto, según Condillac el pensamiento está primero; es puro, ideal, y sucede sin soporte material. La existencia en sociedad obliga entonces a los hombres a comunicarse, es decir, a transmitir sus ideas, a intercambiarlas y a discutirlas. La comunicación tiene lugar, pues, en el elemento del habla viva y la escritura no aparece sino a posteriori; es un suplemento técnico en relación con la presencia del sentido propio en el habla. La escritura permite así el transporte de un mensaje (el transporte de la idealidad del sentido) pero debe no poder afectar o transformar lo que transporta. Pero este esquema bien articulado ya no es admisible desde que se demuestra, como hace Derrida, que la diferancia y la ausencia de destinatario son la condición de posibilidad de la escritura: “Es necesario que [la escritura] sea repetible – iterable– en ausencia absoluta del destinatario [...] Una escritura que no fuera estructuralmente legible –iterable- más allá de la muerte del destinatario no sería una escritura”.[ii] La escritura lleva así en ella la ausencia del destinatario como su posibilidad.

A partir de ese momento, el texto “Signature, événement, contexte” va a pensar la escritura, no ya según las categorías metafísicas de la presencia que subsiste y de la permanencia, sino según el concepto de “resto” que remite también al de “huellas” o al de “cenizas”. La escritura no es entonces concebida como un simple medio de comunicación que transportaría significados sin afectarlos ni parasitarios. La escritura no tiene lugar sino desbordando su uso, excediendo su sentido, y escapando al destinatario: “1. Un signo escrito, en el sentido común de la palabra, es pues una marca que queda, que no se agota en el presente de su inscripción y que puede dar lugar a una iteración en ausencia y más allá de la presencia del sujeto empíricamente determinado que, en un contexto dado, la ha emitido o producido [...]; 2. Al mismo tiempo, un signo escrito contiene una fuerza de ruptura respecto de su contexto”.[iii] La escritura debe poder repetirse y reproducirse en otro contexto diferente a aquel en que ha sido producida y emitida; debe entonces poder significar fuera de su contexto de emisión: no existe, en este sentido, escritura fuera de contexto.

Para que la escritura sea posible, es preciso que pueda reconocerse en un contexto y que su significación pueda ser recibida; es el devenir “código” de la escritura. Pero la escritura se vuelve imposible si no puede ser recibida o reconocida en más de un contexto: “Esto no supone que la marca vale fuera de contexto, sino al contrario que no hay sino contextos sin ningún centro de anclaje absoluto”.[iv] El signo o la marca de escritura se inscribe en el contexto en que es emitido pero no le pertenece, no se reduce a él; desde entonces, lo desborda, y no es posible si no puede, en su estructura misma, atravesar más de un contexto. La escritura no es, pues, el medio de comunicación de un mensaje significado e idéntico a sí mismo, sino que se comunica alterando cada vez su significación, en cada una de sus repeticiones en un contexto diferente. No existe entonces sentido propio de un enunciado, puesto que la significación no sucede sino alterándose y difiriendo de sí misma; ella no es incluso nada sino esta diferencia y este desvío de sí.

En consecuencia, aquello que es dicho, comunicado, no se reduce nunca al “querer-decir” del sujeto de la enunciación, porque el signo excede siempre la intención que lo ha emitido y que transporta. Es la “iterabilidad” del signo (la repetibilidad que altera) la que separa la intención significante de sí misma y hace que la significación difiera. La escritura no es posible sino puede repetirse y significar otra cosa que lo que significa. La intención significante del sujeto no deja de dividirse y de multiplicarse, y esto tantas veces como contextos posibles haya. En este sentido, la significación no puede reducirse o identificarse a una supuesta intención consciente del sujeto, origen supuesto de la significación: “Dada esta estructura de iteración, la intención que anima a la enunciación nunca estará presente por completo en sí misma y en su contenido. La iteración que la estructura a priori introduce una dehiscencia y una ruptura esencial”.[v] Este análisis es el que orienta a Derrida hacia la elaboración del concepto de signatura.

La signatura es una marca de escritura; comparte con la escritura todas las características más generales y está notoriamente estructurada por la iterabilidad. La elaboración de un concepto riguroso de signatura implica, así, una deconstrucción de lo presupuesto de la presencia viva del autor, según el cual el texto pertenecería a su autor por la presencia de éste en el texto: el texto le volvería por la firma, marca de su presencia única. Es preciso pensar, al contrario, que la signatura no permite que la intención significante se vuelva una intención presente a sí misma y consciente de todas las significaciones posibles. Por esto Derrida escribe: “Por definición, una signatura escrita implica la no-presencia actual o empírica del que firma. Pero, se dirá, también marca y retiene su haber estado presente en un ahora pasado que será un ahora futuro, así pues, en un ahora en general, en la forma trascendental de la mantenencia. Esta mantenencia general está inscripta de algún modo, prendida en la puntualidad presente, siempre evidente y siempre singular, de la forma signatura”.[vi]

Para Derrida, la signatura deconstruye la posibilidad de la “mantenencia” de la significación por un sujeto consciente, la posibilidad del dominio del sujeto sobre el texto que firma. La posibilidad de la ausencia del que firma se inscribe entonces desde que hay signatura: firmar es separarse de lo que se firma y de la signatura. Aquello que es firmado puede, por efecto de la signatura, evitarme y transportarse, a través de diferentes contextos, desplazando todo lo que digo y lo que he querido decir. Las deformaciones que Searle realiza sobre el pensamiento de Derrida dan cuenta de este desvío irreductible entre la significación y la intención de significación.

 

SEARLE HACE DE POLICÍA. CONFUSIONES DE DERRIDA Y PARASITAJES DEL DISCURSO

Es necesario, entonces, empezar por decir en qué consiste la respuesta de Searle. Puesto que éste ha negado la reproducción de su respuesta a Derrida, sólo puede hallarse un resumen de su texto realizado por G. Graff, el universitario norteamericano que editó el volumen Limited Inc. De todos. modos, en su réplica a Searle (“Limited Inc a b c...”), Derrida hace amplias citas del texto “Reiteración de las diferencias. Respuesta a Derrida”.

Según Searle, Derrida “asimila discurso hablado a escritura” porque elabora un concepto de escritura general que no se limita a la página ni al libro, y “confunde permanencia e iterabilidad”, ya que la permanencia del autor, del sentido o de la significación es deconstruída. Searle distinguiría, entonces, aquello que Derrida confundiría. A diferencia de “Signature, événement, contexte” de Derrida, “Reiteración de las diferencias...” de Searle explica que “comprender un enunciado” supone “reconocer las intenciones ilocucionarias del autor”.[vii] Comprender un enunciado es reconocer e identificar lo que su autor ha querido decir. Para Searle, Derrida habría confundido una vez más la citacionalidad con los “discursos parasitarios”, porque en las citas, las “expresiones son utilizadas [used] y no mencionadas [mentioned]”.[viii] La cita no es entonces general sino restringida; los textos no están constituidos por citas de citas, y la cita no es la estructura de la escritura.

Por otro lado, Derrida “asimila el parasitaje del lenguaje oral, por parte del lenguaje escrito, con el parasitaje del discurso estándar y no ficcional por parte de la ficción”,[ix] mientras que la “relación de dependencia” entre el lenguaje oral y el lenguaje escrito es, para Searle, un “hecho contingente que concierne a la historia de las lenguas” y “no una verdad lógica sobre la naturaleza del lenguaje”.[x] Por el contrario, la “relación de dependencia” entre “el discurso estándar o no ficcional” y “la ficción” es una “relación de dependencia lógica”.[xi] Por último, Searle objeta que la iterabilidad “no está, como Derrida parece pensar, en conflicto con la intencionalidad de los actos lingüísticos, hablados o escritos; es la presuposición necesaria de las formas que toma la intencionalidad”.[xii]

 

¿QUIÉN FIRMA? LA SIGNATURA SE IMITA

Searle hace preceder su artículo, “Reiteración de las diferencias...”, con un “copyright” que es, según Derrida, muy significativo para comprender lo que sucede. En efecto, puede leerse en Glyph, y encabezando el texto de Searle: “Copyright © 1977 by John Searle”. Derrida se pregunta entonces por qué Searle está obligado a colocar así su “copyright”. Si Searle fuese, en efecto, coherente con lo que escribe, no debería naturalmente inquietarse por una falsificación o un desvío posible de su artículo y de su palabra. Cuando afirma perentoriamente, y no sin una gran violencia, que Derrida es “conocido por su inclinación a decir cosas manifiestamente falsas” (“for saying things that are obviously false”), eso significa que Searle sabe diferenciar lo verdadero de lo falso y sabe que Derrida quiere en verdad decir cosas falsas. Searle, por su parte, sería naturalmente conocido por su inclinación a decir cosas verdaderas.

La colocación del copyright encabezando su artículo, lejos de ser insignificante, da cuenta de la inquietud de Searle. Si éste fuese, en efecto, conocido por su inclinación a decir cosas manifiestamente verdaderas, no tendría ninguna necesidad de un copyright; su texto y su palabra estarían en sí mismos inmunizados contra lo falso, contra la reproducción falsificadora y los parásitos de todo tipo. Con este gesto, Searle reconoce sin saberlo, y deja que se inscriba en su texto, la intrusión de lo que querría conjurar: la iterabilidad o la repetición que altera como condición de posibilidad de toda escritura.

Derrida llama a esta torpeza de Searle, que es la confesión de lo que habría querido disimular, “infelicidad”: “¿Cuál es la infelicidad de esto, quiero decir, del discurso de Searle? Es que si Searle dice la verdad, cuando dice que dice la verdad, el obviously true, entonces el copyright no tiene efecto, no tiene interés: todo el mundo podría, habrá podido de antemano, reproducir lo que dice. El sello de Searle está robado de antemano. De allí la angustia y la compulsión a sellar (to seal, ¿no es cierto?) lo verdadero. Pero inversamente, si Searle tuviese oscuramente el sentimiento de que no dice lo obviously true, y que no es obvio para todo el mundo, entonces intentaría con pasión y también inútilmente, preservar esa originalidad, con el riesgo de producir la sospecha, por su sello repetido y entonces dividido, de que su seguridad en cuanto a la verdad sostenida por él disimula mal una gran inquietud”.[xiii]

Al hablar así de “infelicidad”, Derrida alude a la pragmática austiniana, a la que Searle adhiere, y con la cual se legitima. En efecto, en Cómo hacer cosas con palabras,[xiv] Austin afirma que lo verdadero y lo falso no son criterios válidos para juzgar enunciaciones performativas. Estas últimas, a diferencia de los enunciados “constatativos”, ejecutan una acción en su enunciación –Austin toma el ejemplo del “sí”, en una ceremonia de matrimonio, como ejemplo de enunciado “performativo”–. Para tales enunciados, sólo los valores de “fracaso” (infelicity) o de “éxito” (felicity) son pertinentes; el “éxito” o la “felicidad” de un enunciado se define en la “comprensión” del enunciado por parte de aquellos a los que se dirige –el “sí” del matrimonio es “feliz” si la esposa responde “sí”–. El enunciado performativo implica a un sujeto, y su eficiencia (su éxito) convencional depende de la recepción por parte de su destinatario. Al trabajar aquí con uno de los conceptos de Austin contra sí mismo y contra Searle, Derrida permite entender que hay una felicidad y una infelicidad concernientes a lo verdadero y lo falso. Complejiza así la distinción entre los enunciados performativos y los enunciados constatativos, mostrando de este modo que hay una dimensión performativa de la verdad.

Al colocar su sello, Searle confiesa entonces una inquietud: si “dice la verdad” y esto no es obvio para todo el mundo, silo que dice no es entonces “manifiestamente cierto”, o bien si “dice la verdad” manifiestamente, en ambos casos el copyright no tiene efecto y no puede cuidar ni inmunizar el texto de Searle de la reproducción. De este modo, Searle es desposeído de su signatura y el sentido de lo que firma no le pertenece. Derrida formaliza esta desposesión del siguiente modo: « “ “ “Copyright c 1977 John R. Searle” “ “ ».[xv] Searle corre el riesgo, entonces, de traicionar su inquietud por la colocación de un sello, mientras que habría debido saber que “aquel que se excusa se acusa”, o como dice también Derrida, que “la suplencia agrava la falta”.

La cuestión de la signatura no es, entonces, solamente el “objeto” de los textos de Searle y de Derrida, ni tampoco su “sujeto”; más bien traza los bordes de los textos, su límite. Una signatura ¿es en efecto utilizada y funciona entonces como “sujeto”, o es mencionada como “objeto”? ¿Por dónde pasa la frontera entre la utilización y la mención de una signatura? ¿La signatura está en el texto que ella firma o está afuera? Searle responde, imperturbablemente, a tales cuestiones, que la signatura de un texto es una e idéntica a sí misma, que asegura así la identidad de su autor: la signatura representa según él, y de manera tradicionalmente metafísica, la conciencia y la intención de significación del autor. Sin embargo, lo que hace Searle y lo que escribe dan cuenta de lo que no querría decir. En efecto, a pesar de él, muestra que la significación de su texto no es idéntica a su intención consciente de significación sino que, por el contrario, corre el riesgo de desviarse de ella irreversiblemente.

Searle confiesa también su deuda respecto de su hermano D. Searle y de H. Dreyfus. Uno y otro lo ayudaron a leer Derrida: el artículo sobre Derrida no habría sido posible, entonces, sin los intercambios constantes con, al menos, estos dos universitarios. Confesando así su deuda, Searle da cuenta de aquello que querría conjurar y expulsar: la multiplicación y la división de su signatura, y al mismo tiempo, de su propia “intención ilocutoria”. Derrida escribe: “Si hay una deuda de John R. Searle respecto de D. Searle en toda esta discusión, es allí donde el ‘verdadero' copyright debería estar [...]: un Searle dividido, multiplicado, aunado, compartido. ¡Qué signatura complicada! Aún más complicada cuando la deuda se dirige también a mi viejo amigo H. Dreyfus, con quien yo mismo he trabajado, discutido, intercambiado, de modo que si es a través de él que los Searle me han ‘leído', ‘comprendido', ‘replicado', yo también puedo pretender alguna ‘acción', u ‘obligación', si no algún holding' en la sociedad de este copyright'. Y también es cierto que a veces he tenido el sentimiento, volveré sobre esto, de haber casi dictado esta réplica. ‘Yo' pretendo también el copyright de la Respuesta”.[xvi]

Según Derrida, la signatura es posible si es reproducible, y es reproductible desde que está inscripta. Entonces, de antemano, está destinada a multiplicarse y dividirse: ni el que firma ni la intención de significación pueden nunca constituir una conciencia presente a sí misma y a su enunciación o a su intención. El que firma no puede ser uno ni idéntico a sí; no puede, entonces nunca apropiarse por medio de lo que escribe. En este sentido, Derrida puede escribir: “Hay, en el origen de todo speech act, sociedades (más o menos) anónimas de responsabilidad limitada, una multiplicidad de instancias, si no de ‘sujetos', de significaciones abiertas a un gran parasitaje; fenómenos que el ‘yo consciente' del locutor y del auditor (últimas instancias de la teoría de los speech acts) es capaz de incorporar en tanto que tales y respecto de las que, a decir verdad, hace todo por excluir. Sin llegar nunca, porque la incorporación en términos de ‘psicoanálisis' debe, en propia defensa del sujeto, dar lugar ‘en ella' a aquello mismo que excluye”.[xvii] El locutor y el oyente excluyen su multiplicación, su división y el parasitaje de sus enunciados al incorporarlos. Pero en el momento en que quieren callar ese parasitaje lo dicen y le dan lugar, dejándose asediar por él al querer ocultarlo en ellos. No hay, entonces, simplemente “preinscripción del Sujeto en el Discurso”, como quería Lacan, aunque fuese el Sujeto del inconsciente, puesto que hay más de un sujeto potencial en un discurso; e incluso ni siquiera un sujeto.

Es entonces erróneo o infeliz hablar, como hace Antoine Compagnon en Le démon de la théorie, de “esos teóricos que no resisten el deseo de corregir los contrasentidos que sus adversarios realizan sobre sus intenciones, replicándoles por ejemplo, como Derrida a Searle: ‘no era lo que yo quería decir'. Al mismo tiempo, niegan su propia tesis”.[xviii] No es pertinente creer que Derrida, que somete el concepto de “querer-decir” a la más rigurosa deconstrucción, oponga su “querer-decir” al “contrasentido” de Searle: la signatura de Derrida y el sentido de sus textos trabajan precisamente para demultiplicarse. El concepto de contrasentido marca, pues, por completo, lo que producen los propios textos de Derrida.

Searle replica sin cesar al parasitaje de las significaciones y la división de los sujetos de la comunicación, mientras que su texto da cuenta de ese parasitaje y de esa división mismas por la colocación de un copyright, y por la confesión de sus deudas. Derrida puede, entonces, afirmar que, de alguna manera, él mismo “dictó” a Searle “su” respuesta, en el sentido en que el discurso de éste estaba previsto, era conocido y estaba jugado de antemano en “Signature, événement, contexte”. El programa del texto de Searle, escrito en 1972, ya está analizado, transformado, deconstruido, en el texto escrito por Derrida en 1967. Desde este punto de vista no presenta ninguna sorpresa.

Searle realiza la siguiente objeción a Derrida: la escritura no puede funcionar sino en presencia del emisor, puesto que la significación está determinada por la intención de éste. La significación de un texto es la que ha sido querida por su autor, y comprender implica restituir el querer-decir. Para Searle, un texto, un signo, no funcionan, pues, en ausencia de su emisor. Lejos de restituir el querer-decir de Derrida, Searle hace decir al texto de Derrida lo que no ha sido dicho: “Nunca fue dicho, en Sec [“Signature, événement, contexte”] que esta ausencia era necesaria, sino solamente que era posible (Sarl estaría de acuerdo) y que es necesario entonces tener en cuenta esta posibilidad: ella pertenece, en tanto que posibilidad, a la estructura de toda marca, precisamente a la estructura de su iterabilidad”.[xix] Searle confunde, pues (¿voluntariamente?, ¿inconscientemente?, ¿manifiestamente?) iterabilidad e iteración. La iterabilidad de la marca es la posibilidad misma de la marca: no hay ninguna marca o signo posible sin la separación de la marca respecto de su emisor. La inscripción de un rasgo de escritura es el retiro del escritor; ella lo ausenta.

Searle confunde así el hecho contingente de la escritura (la posibilidad de que el emisor esté empíricamente presente) con la posibilidad de la escritura, y afirma así que el sujeto de la enunciación debe estar presente y que está presente en sus enunciados a través de su intención. Esta teoría de la escritura es empirista, en el sentido en que Searle cree constatar un hecho allí donde interpreta una posibilidad.

Derrida escribe entonces: “El hecho (aparente) de la presencia del emisor o del receptor ¿no es complicada, dividida, contaminada, parasitada por la posibilidad de una ausencia en tanto que se inscribe necesariamente en la función de la marca?”.[xx] Searle toma, así, el hecho (aparente) por la condición de posibilidad del hecho; en este sentido, su análisis de la escritura es pre-fenomenológico: es incapaz de suspender y de reducir el hecho de la escritura para pensar su posibilidad.

Al mismo tiempo que se caracteriza por una falta de rigor pre-fenomenológico, el análisis de Searle está estructurado por un presupuesto fenomenológico en el sentido husserliano: la intencionalidad o la intención que anima un texto está presente y es idéntica a sí misma; no se multiplica y no se altera. El cumplido de la intención de significación se hace por una intuición. Este presupuesto fenomenológico del discurso de Searle ya ha sido deconstruido en 1967, antes incluso de la respuesta de Searle a Derrida: “Lo que está puesto en cuestión [en Sec] no es la intención o la intencionalidad, sino su telos [el fin como cumplimiento natural], lo que orienta y organiza su movimiento, la posibilidad de su cumplimiento, de su plenitud actual y presente, presente a sí, idéntica a sí”.[xxi]

Antoine Compagnon cree suficiente distinguir el “proyecto” del autor de su “intención”. Según él, “la tesis antiintencionalista [de Derrida] se basa en una concepción simplista de la intención”[xxii] que confundiría proyecto e intención. Lo que Antoine Compagnon llama “intención” pertenece de lleno a la metafísica de la presencia (del autor y del sentido en el texto). La deconstrucción, por parte de Derrida, del telos de la intención (que no puede nunca volverse una presencia plena e unívoca) impide atribuirle el concepto simplista de “anti-intencionalismo”, puesto que, si la intención de un texto no se cumple nunca plenamente, y puede, por añadidura, no llegar a destino, esto no significa en ningún momento que no hay intencionalidad del texto.

Searle no ve que la marca o el signo sólo es posible si puede de antemano diferenciarse de sí, alterarse sin nunca recapturarse ni volver a sí. La teoría “anglo-americana” de los actos de habla –la de Austin y de Searle– es, pues, solidaria de aquello que hay de más constante y de más estructurante en la tradición occidental: la metafísica de la presencia. Esta teoría presupone, en efecto, que los fenómenos del lenguaje son “actos” y que en, este sentido, son la actualización de la intención de un sujeto: el autor, idéntico al que firma, sabe lo que quiere decir -y comprende lo que dice; es pues su presencia consciente la que se actualiza en el lenguaje. Este presupuesto explica que Searle no pueda comprender tampoco que Derrida, precisamente, no piensa ya la escritura como una presencia permanente e imborrable. Lo que Derrida llama la escritura “no llega sino a borrarse” (la marca, el signo, no son posibles sino en tanto pueden borrarse yen tanto son destruibles). La escritura no tiene una presencia constante y no es la escritura en el sentido estricto y común del término, el que la opone al habla viva: es escritura general, “grafema”. En este sentido, el habla es de esencia grafemática.

A fin de cuentas, la “discusión” entre Searle y Derrida no tiene lugar porque ya ha tenido lugar de antemano, desde “Signature, événement, contexte”, en el momento en que son deconstruidos los motivos más constantes de la filosofía del lenguaje. El pensamiento de Searle no se desvincula, en efecto, de los presupuestos metafísicos más profundos; por el contrario, los reinviste, sin cesar y con completa “inocencia”: “Searle se atiene a una definición estrecha de la escritura como transcripción o representación del habla”.[xxiii] Por esto, puede decirse con rigor que el discurso de Searle no es el suyo, sino que obedece a un programa más tradicional del fonocentrismo en filosofía: “la definición del texto como comunicación y comunicación de un contenido”.[xxiv] Toda la respuesta de Searle, finalmente, está estructurada por los valores de presencia/ausencia, propio/parasitario, estándar/reiterable, serio/ficcional; es decir, por oposiciones conceptuales simples y dogmáticas, nunca analizadas ni argumentadas. Entonces, la “violencia” en relación con los textos de Derrida es inevitable.

 

LA DECONSTRUCCIÓN
COMO TRANSFORMACIÓN DE LA VIOLENCIA

En varios sentidos, el interés y el valor del texto de Searle son muy limitados. Importa interesarse, más bien, en el contexto de esta discusión y en lo que ella significa y hace aparecer como régimen de violencia. Si la falsificación sistemática del texto de Derrida, por parte de Searle, no resiste un instante a la lectura de “Signature, événement, contexte”, muestra, en cambio, la dimensión originariamente polémica y violenta de la palabra llamada “teórica”. Como escribe Derrida en el posfacio de Limited Inc (“Vers un éthique de la discussion”), la controversia con Searle y lo que acompaña a esta controversia son, ante todo, una “experiencia de la violencia”: “Lo que sucedió hace más de diez años alrededor de Sec y de Limited Inc... concernía ante todo a nuestra experiencia de la violencia y de la relación con la ley [...] De esta violencia, intenté entonces decir algo. Intenté a la vez hacer algo”.[xxv] Cuando Derrida muestra la violencia de Searle, establece así que nunca hay no-violencia en la palabra y en la discusión llamada “teórica”. De este modo, implica una estrategia ética y política: Derrida juega una violencia menor contra una más grande; disminuye la violencia de la discusión.

En consecuencia, una cierta relación con las instituciones universitarias y académicas se juega en la experiencia de la violencia que ha sido la controversia con Searle. Derrida analiza la manera en que las instituciones comprometen y estructuran toda discusión y, al mismo tiempo, intenta transformar estas instituciones por el análisis: “Es necesario reconocer la violencia política u otra, tal como funciona en los discursos académicos o intelectuales en general [...] Y si, como lo creo, la violencia es de hecho (más o menos) irreductible, su análisis y la consideración más refinada de sus condiciones serán los gestos menos violentos, tal vez gestos no violentos, en todo caso aquellos que contribuirán mejor a la transformación de las reglas jurídico-políticas: en la universidad y fuera de la universidad.[xxvi]

Las instituciones, incluso “académicas”, no son no violentas y, más bien, hacen posible, en ellas como fuera de ellas, las discusiones más violentas y los gestos más brutales. Se trata, entonces, para la deconstrucción de analizar interminablemente la dimensión política de las instituciones y de actuar así sobre ellas y sobre las reglas de discusión. La deconstrucción está así, por completo, interesada en la responsabilidad en relación con una “ética de la discusión”; cualesquiera sean los lugares en que trabaja, siempre actúa en el sentido de una mayor cortesía y de una menor violencia.

Desde este punto de vista, a pesar de la brutalidad y la violencia de su interlocutor, la paciencia de Derrida y su probidad en el análisis de los gestos y de las estrategias del texto de Searle habrán sido ejemplares. La deconstrucción trabaja por transformar la violencia de la discusión jugando y apostando al análisis y al pensamiento, más que a la polémica. La táctica de Searle es, por el contrario, característica de lo que tan a menudo tiene lugar en las discusiones “intelectuales” o “teóricas” (notoriamente en el uso de los medios para desplazar la violencia y amplificar la polémica): “¿Qué hace entonces? Por un lado, mantiene a toda costa, en sus libros, la forma más rígida y más tradicional del tercero excluido; aplica el mismo principio cuando es necesario, para eso, practicar las exclusiones más brutales y más inmotivadas. Pero, por otro lado, cuando le es preciso batirse en retirada en la polémica periodística, practica la denegación y finge haber renunciado a la distinción tajante. Para esto, distingue (¡aún!) entre, por un lado, los conceptos teóricos y, por otro, la ‘vida real' [‘real life']. Si los primeros son inadecuados a la segunda, si excluyen de ella todos los fenómenos llamados ‘marginales', de los que no son capaces, y en verdad no están encargados, de dar cuenta, esto no parece molestarle en absoluto. Mi sentimiento es que está equivocado y se engaña en ambos casos. O más bien que se equivoca en el primero y quiere engañarnos en el segundo. Uno cree soñar cuando lee de su pluma, en el artículo al que usted [G. Graff] se refiere, esto: ‘El (Culler) supone también por error [mistakenly] que la teoría de los speechs acts busca una suerte de línea de separación precisa entre lo que es una promesa y lo que no lo es'. Ah bueno, ¿por error, en serio? Yo supongo exactamente lo que Culler supone en efecto. Y lo supongo aún. Y creo que tenemos razón”.[xxvii]

 


 

[i] "Signature, événement, contexte", Limited Inc., Galilée, París, 1990, p. 22.

[ii] Íd., p. 27.

[iii] Íd., p. 30.

[iv] Íd., p. 36.

[v] Íd., p. 46.

[vi] Íd., p. 48.

[vii] Limited Inc., op. cit., p. 97.

[viii] Id., p. 206.

[ix] Íd., p. 208.

[x] Íd.

[xi] Íd.

[xii] Íd.

[xiii] Íd., pp. 65-66..

[xiv] How to do things with words, trad. fr., Seuil, París, 1970. [Cómo hacer cosas con palabras, Barcelona, Paidós, 1982].

[xv] Íd., p. 66. 166

[xvi] Íd., p. 68.

[xvii] Íd., p. 143.

[xviii] Antoine Compagnon, Le démon de la théorie, Seuil, París, 1998.

[xix] Íd., p. 95.

[xx] Íd., p. 97.

[xxi] Íd., p. 116.

[xxii] Antoine Compagnon, Le démon de la théorie, op. cit., p. 106.

[xxiii] Íd., p. 149.

[xxiv] Íd.

[xxv] Íd., p. 202.

[xxvi] Íd., p. 203.

[xxvii] Íd., p. 224.

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