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LA DEMOCRACIA COMO PROMESA

Jacques Derrida

«A democracia é uma promessa» Entrevista de Elena Fernandez con Jacques Derrida, Jornal de Letras, Artes e Ideias, 12 de octubre, 1994, pp. 9-10.
Edición digital de Derrida en castellano.

 Jacques Derrida 2003

 

En esta entrevista concedida en Lisboa, durante el primer Encuentro del Parlamento Internacional de los Escritores[i], Jacques Derrida, poco traducido al portugués, nos habla de la situación mundial del presente, de la deconstrucción, del fin de la filosofía, así como de los posibles caminos para el pensamiento y sus líneas de fuerza, de la democracia por venir.

 

¿Qué hace un filósofo en el Parlamento de los Escritores?

No participo sólo como filósofo en el Parlamento. Sin duda soy un filósofo, mi profesión es enseñar Filosofía, pero mis intereses también se extienden a otras áreas, como la escritura literaria, los media, el espacio público o la vida cultural en general. Por otro lado, lo que durante mucho tiempo me interesó en tanto que filósofo es aquello que generalmente se denomina deconstrucción, lo que significa un conjunto de cuestiones en el ámbito de la filosofía, acerca de su historia y de su origen. Y para formular tales cuestiones se requiere una formación filosófica, aunque también hay que situarse en un lugar que casi no es el filosófico, toda vez que los problemas «deconstructivos» se despliegan en un terreno relativamente exterior al de la filosofía.

Estoy en el Parlamento como filósofo pero también como escritor, como ciudadano y como persona que participa en la vida político-cultural a lo largo del mundo. Tengo sin embargo que asumir en el interior del Parlamento mi cultura filosófica o mi interés por la filosofía. El propio Parlamento propuso cuestiones de filosofía política: ¿qué es un ciudadano?, ¿qué es un Estado?, ¿qué es la técnica?, ¿qué es la lengua?, ¿qué es la palabra? Y seguramente todos los miembros del Parlamento, ante unas cuestiones provistas de dimensión filosófica, tuvieron que hacer un verdadero esfuerzo filosófico.

 

En su libro Du droit a la philosophie se manifiesta en contra del enclaustramiento o la circunscripción de la filosofía. ¿Percibe la filosofía como una posibilidad de actuar y de transformar las cosas? ¿Cómo comparte la «deconstrucción» esa idea general de filosofía?

La deconstrucción comprende muchos aspectos y dimensiones, pero desde el punto de vista de su pregunta realizar un trabajo deconstructivo afecta no sólo a los conceptos filosóficos sino también a las propias instituciones filosóficas, dado que también deconstruye las instituciones, las estructuras sociales de enseñanza y de investigación. El libro que cita protesta contra las limitaciones institucionales en el aprendizaje de la filosofía. En el ámbito francés, por ejemplo, se enseña Filosofía en la secundaria y nunca antes de una determinada edad. Por añadidura, su enseñanza entre otras disciplinas del ámbito académico es insuficiente.

Un conjunto de personas creamos, en 1974, el Grupo de Investigación sobre la Enseñanza de la Filosofía (GREPH) que discute de forma práctica y teórica, al mismo tiempo, las limitaciones del universo académico con el objetivo de transformar la situación de la formación filosófica en Francia. Se trataba de un trabajo político y filosófico sobre las instituciones: era una tarea deconstructiva.

 

La deconstrucción se presenta, entonces, como un ejercicio crítico, como una acción. Mientras que, en los Estados Unidos, es cada vez más usada como un método. ¿No supone esto la cristalización de la antítesis de lo que pretende ser la deconstrucción?

Sí. Varias veces he insistido en que la deconstrucción no debe reducirse a un método, a una técnica con sus reglas y sus recetas. Cada vez que esto ocurre surge una faz negativa que personalmente critico o denuncio. Ello no significa que se necesite prohibir todo tipo de enseñanza de la deconstrucción que emplee técnicas, como las tareas escolares, de modo que pueda ser aprendida, comprendida, leída y practicada. Existe un método, pero esto no es necesariamente el peligro. Afirmar que en los Estados Unidos la deconstrucción se transformó en un método supone generalizar algo que no es tan sencillo como parece. En varios sitios sufrió este efecto escolástico, transformándose en una especie de instrumento de aplicación mecánica; sin embargo, creo que la deconstrucción no puede reducirse a esos casos. Si fuese posible describir el complicado universo americano, captaríamos cómo la deconstrucción se modifica en consonancia con el lugar de que se trate. En algunas partes se percibe una apropiación transformadora, que inscribe la deconstrucción en nuevos campos que le son ajenos, como el derecho, la economía, la contabilidad, la empresa. Existen efectos negativos, aunque también hay transformaciones enriquecedoras que impiden que la deconstrucción adquiera esa arteriosclerosis metodológica que describió.

 

En la rueda de prensa, indicó que la deconstrucción no era simplemente una crítica, sino que es la justicia misma, y que ello era debido al ser posible una deconstrucción del derecho, a través de algo que, sin ser el derecho, solicitaba esa deconstrucción. ¿Qué es ese algo que fuerza la deconstrucción de las cosas?

Es lo otro; si podemos decirlo en una palabra es lo otro. Lo que llamo justicia es el peso de lo otro, que dicta mi ley y me hace responsable, me hace responder al otro, obligándome a hablarle. Así que es el diálogo con el otro, el respeto a la singularidad y la alteridad del otro lo que me empuja, siempre de una forma continua e inadecuada, a intentar ser justo con el otro (o conmigo mismo como otro). En consecuencia, me mueve no sólo a formular cuestiones sino para afirmar el que se presupone en todas las interrogantes. La pregunta no es la última palabra del pensamiento, tras ser dirigida a alguien o al serme dirigida. Supone una afirmación --, que no es positiva ni negativa, ni es un testimonio o declaración. Este sí consiste en comprometerse en oír al otro o hablar con él, es un sí más viejo que la propia pregunta, un sí que se presenta como una afirmación originaria sin la cual no es posible la deconstrucción.

 

En consecuencia, ¿estamos hablando de libertad?

Sí. Podemos llamarlo libertad, siempre que no se confunda con el concepto vulgar de libertad subjetiva. Pero existe ahí un momento de libertad.

 

Libertad, justicia, origen: ¿no son categorías metafísicas tradicionales?

No necesariamente. Ese puede ser el nombre de categorías metafísicas. Pero no hay categorías metafísicas en sí, sino que hay discursos...

 

Pero los discursos se sirven de categorías para elaborarse...

Hay un discurso metafísico sobre la justicia, sobre la libertad, y existe una forma de pensar la justicia que no es necesariamente metafísica. No hay conceptos que sean en sí mismos metafísicos o no metafísicos.

 

Cuando hablo de metafísica quiero decir la «tradición metafísica». ¿Todavía podemos operar con estas categorías filosóficas?

Pienso que la palabra justicia está aún viva, es operacional, siempre que se capte en determinado discurso. Pero no digo nada al pronunciar únicamente la palabra «justicia». Si me remito, por ejemplo, a mi libro Políticas de la amistad, lo que intento ahí es percibir ciertas facetas de Marx, comprender la palabra justicia en un sentido que espero que no sea vacío o sin valor, aunque éste dependa de la forma en que reinscribimos la palabra en nuestro discurso.

 

Entonces, ¿qué sería la justicia?

Es una relación que respeta la alteridad del otro y responde al otro, a partir del hecho de pensar que el otro es otro. Y no me parece poco este hecho: que el otro no es reducible a mí ni a mí mismo, lo que demuestra que hay una justicia irreductible a su representación jurídica o moral. Hay una larga historia del concepto griego de díke de sus interpretaciones. En algunos textos míos recorro otros muchos de Heidegger, Aristóteles o Nietzsche sobre la justicia, para sugerir que ésta no se reduce a la representación jurídica que le demos; y otro tanto sucede con las ideas de distribución, proporción y adecuación.

La justicia es algo interior a la justicia, de dentro [dedans], por eso no se reduce a la readecuación entre una falta y una condena. No es reducible, no es calculable, por oposición al Derecho: calcula con ese incalculable que es lo otro. No debemos pensar acaso en este otro como algo inefable; pues es preciso tener en cuenta el cálculo de manera que logremos contar mejor con lo incalculable. No quiero decir que sea preciso hacer estallar al Derecho para poder situarnos en la vida; lo que se requiere es transformarlo de modo que sea lo más justo posible. Y por esta razón existe una historia del Derecho, una historia política, y el concepto de derechos humanos...

 

Por eso existe un Parlamento de los Escritores.

Por ejemplo.

 

En la rueda de prensa, señaló que la palabra «parlamento» evocaba una solemnidad democrática, la de un lugar que surge ante la necesidad de crear un espacio público abierto y de discusión. ¿Nos enfrentamos con una época en la que es preciso crear una estructura, dentro de las existentes, para poder hablar?

Por eso se requiere volver a pensar (ya lo dije varias veces en el Parlamento) sobre el concepto actual de espacio público. El Parlamento, que no se instala en el espacio público, debe intentar pensar en la transformación que está ocurriendo, bien de la tecnología y los media o de otros factores, en el concepto de realidad del espacio público. Es preciso, por tanto, repensar sobre la democracia, una de las formas de tratar el espacio público, y sobre la palabra, el hecho de dirigirme libremente al otro, una de las condiciones del espacio público, que es lo que significa la palabra «parlamento».

 

¿Ello supone que conceptos democráticos como el de «parlamento» ya no se refieren a la situación presente y que usamos conceptos vacíos con respecto a su sentido originario?

No. Lo que quería decir con la palabra «parlamento», en el caso particular del Parlamento Internacional de los Escritores, es que se pide prestada a una tradición -a saber, el espacio de discusión, de deliberación democrática-, aunque, al mismo tiempo, cobra un sentido nuevo, a partir del momento en que existió el Parlamento Internacional de los Escritores... La palabra recibe la tradición pero la transforma.

 

Acaso podamos inferir la existencia de una democracia, cuando hablamos de espacio público y de parlamento. Así en el estado «espectacular-integrado» de Guy Debord. ¿Podemos hablar de democracia?

No. Es preciso transformarla. Creo que actualmente no hay democracia. Pero ella no existe nunca en el presente. Es un concepto que lleva consigo una promesa, y en ningún caso es tan determinante como lo es una cosa presente. Cada vez que se afirma que «la democracia existe», puede ser cierto o falso. La democracia no se adecua, no puede adecuarse, en el presente, a su concepto.

 

¿Por qué?

Desde luego, porque es una promesa, y entonces no puede ser sometida a cálculo, ni ser objeto de un juicio del saber que lo determine. Por otro lado, seria una cosa, aunque, partiendo de la libertad y del respeto a la singularidad del otro, el reto para la democracia es justamente no ser una cosa, sustancia y objeto. De ahí se deduce que no puede ser objeto de un juicio que lo predetermine. «La democracia que ha de venir», decimos siempre, y no «la democracia actual», que es inexistente. Esa promesa es lo que determina, por ejemplo, una institución como el Parlamento de los Escritores. Lo que no significa que la democracia vaya a estar presente mañana. Es algo que siempre está por venir.

 

Si no existe democracia y si es una promesa, ¿qué trabajo puede realizar la filosofía y la deconstrucción sobre la realidad?

Tenemos un poco de democracia, disponemos de una tradición y una idea de democracia. Cuando afirmo que nunca estuvo presente, actual y adecuadamente, ello no significa que no exista democracia. Hay una tendencia, signos, movimientos que sobresalen o dependen de la democracia. La palabra democracia no cayó del cielo. Tiene un sentido griego, tiene un sentido tomado de la historia, hubo revoluciones -lo que en absoluto es poco-, aunque esa palabra, actualmente, no corresponde a una situación plena y adecuada.

 

¿Es preciso transformar la realidad, es preciso «golpear» la realidad?

No existe acontecimiento sin un golpe [coup]. Un acontecimiento es algo que debe sorprender e interrumpir. Si no hay un corte [coupe] no hay decisión, y a partir de ese momento lo que aparece es el despliegue de un programa. Para que exista un acontecimiento es preciso que sea como un golpe, una interrupción, y que venga alguien a inscribirse y a marcar ese corte.

 

En Du droit a la philosophie escribió sobre la autonomía de la filosofía con respecto a toda finalidad externa, aunque al mismo tiempo abogaba por una filosofía crítica y activa. ¿Cómo es posible realizar este trabajo si tenemos unas instituciones mediadoras, si es preciso crear un parlamento; en suma, si no podemos actuar directamente sobre las cosas?

Pero la propia institución está hecha de un golpe y es un golpe: instituir cualquier cosa es lo que queda de una iniciativa absoluta [un coup]. Cuando se funda una institución se produce un acontecimiento que se prende en el pasado, que lo interroga, pero que, al mismo tiempo, inventa algo. Por lo demás, una institución no es una cosa. En su interior hay formas en conflicto que trabajan, y en la historia de la institución no existe sólo cierta conservación: cada momento institucional debe ser una refundación.

 

Comentó antes que no es suficiente ya el espacio público, ¿por qué el espacio público o el espacio de las instituciones ya no es satisfactorio?

Las instituciones no satisfacen porque son efectos de la censura, excluyen a las personas y las reducen al silencio. Por eso es preciso transformarlas.

 

¿Cómo?

¡Por favor! Consagro varias páginas y miles de minutos al día a esta cuestión. La transformación es diferente dependiendo del país y de la sociedad en cuestión; la situación francesa no es similar a la portuguesa, y es preciso tenerlo en cuenta. No puedo dar una receta general; supongo que debe darse el máximo de oportunidades al trabajo filosófico, lo que equivale a conocer la historia del país, la historia de su cultura y filosofía. Resulta complejo.

 

Entonces, ¿es posible transformar las instituciones a partir del pensamiento?

El pensamiento no es la palabra de la palabra. La palabra es pública, y todas las transformaciones políticas pasan por la palabra. ¿Conoce algún cambio político que no haya pasado por la palabra?

 

¿Qué podemos esperar de la deconstrucción o de la filosofía en general?

No puedo afirmar que la deconstrucción sea filosofía, como tampoco puedo decir que no lo sea. La deconstrucción mantiene con la filosofía una relación muy complicada que, al mismo tiempo, es de pertenencia y de herencia, de ruptura y de dislocación. De ahí que suponga una explicación con la filosofía. Ello implica que la deconstrucción interioriza la filosofía, a la vez que es una manera de hacer filosofía y no otra cosa. Hay aquí dos gestos que se entrelazan, uno muy filosófico y otro que no llamaré antifilosófico pero sí afilosófico. Si tiene un origen consiste en esta dualidad. La deconstrucción es muy filosófica y no es filosófica, y cuando digo esto no es para abusar de cierto virtuosismo sino porque es así.

 

¿Y la deconstrucción puede actuar sobre la realidad?

Espero que sea así. Heidegger sostiene que pensar es una Handlung, una acción. El pensamiento actúa si no lo reducimos a una mera representación especulativa. El pensamiento y también la palabra -esta última preformativa y, por tanto, transformadora-. Nunca opuse el pensamiento a la acción; y la distinción entre theoría y praxis es tardía... El pensamiento es un acto, lo que no quiere decir que este acto sea eficaz en el sentido de que, si yo quiero mover una silla, pienso: pensar en ella no basta, eso recibe el nombre de animismo. Pero no hay acción, sea política, científica o técnica sin pensamiento. Eso no es idealismo, y es difícil dar una respuesta aquí.

 

¿Y qué cabe esperar de la filosofía con respecto a este problema?

No es posible esperar una respuesta de la filosofía, si por respuesta se entiende una solución o una receta de la cual los filósofos afirmen: «¡esta es la verdad, esto es lo que se requiere hacer!» .

 

En el mundo de hoy, ¿qué lugar le corresponde entonces a la filosofía? ¿Qué le va a suceder a la filosofía?

La filosofía se transforma desde siempre, y va a continuar transformándose. Actualmente, después de cincuenta años en vías de una mudanza radical, se halla mucho más cerca de su fin... Con todo, la cultura no está finalizando. Pueden suceder muchas cosas en la filosofía. La deconstrucción es una de ellas.

Jacques Derrida
1994



[i] Esa sesión inaugural del Parlamento de los Escritores se celebró a finales de septiembre de 1994. Según expuso allí Derrida como vicepresidente, ante «el miedo a que se nos quiera reducir al silencio», se trata de inventar «un nuevo espacio en la historia y en el mundo».

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