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LA DEMOCRACIA, PARA OTRO DÍA

Jacques Derrida

Versión íntegra
de una conversación (con Oliver Salvatori y Nicolas Weil) publicada en forma abreviada en Le Monde de la Révolution française, n. 1 (mensual, enero 1989). Traducción de Patricio Peñalver en DERRIDA, J., El otro cabo. La democracia, para otro día, Ediciones del Serbal, Barcelona, 1992, pp. 85-101. Edición digital de Derrida en castellano.

 Derrida

- ¿Qué es hoy la opinión pública?

 

- ¿Hoy? La silueta de un fantasma, la obsesión de la consciencia democrática. El fantasma tiene derechos y poderes. Pero ¿cómo ajustar exigencias contradictorias? ¿Por qué debe precaverse la democracia parlamentaria de aquello que, sin embargo, se parece a la fuente de su legitimidad? Sí, tienen ustedes razón en precisar: hoy, en el día (a la luz) de hoy. Por lo que se refiere al ritmo, al medium y en primer lugar a la historia de la opinión pública, se trata de la cuestión del día (de la luz).

l. La opinión presta a las «opiniones públicas» el vicio o la virtud de la imprevisibilidad: «móviles y cambiantes», «dificiles de manejar», decía ya La carta a d’Alembert. Como los «dados», aquéllas desafían a la vez «a la fuerza y a la razón». De hecho y de derecho, la opinión puede cambiar de día en día. Literalmente efímera, no tiene estatuto, puesto que no está sujeta a la estabilidad, ni siquiera a la constancia en la inestabilidad, pues tiene a veces «fases largas». Una primera ambigüedad proviene de ese ritmo: si tuviese un lugar propio (pero ahí está toda la cuestión), la opinión pública sería el forum de una discusión permanente y transparente. Se opondría a poderes no democráticos, pero también a su propia representación política. Esta no se adecuará jamás a aquélla: respira, delibera y decide a otros ritmos. Se puede también temer la tiranía de movimientos de opinión. La velocidad, el «día a día», incluso en la «duración larga», afecta a veces al rigor de la discusión, al tiempo de la «toma de consciencia», con paradójicos retrasos de la opinión sobre instancias representativas. A propósito de la pena de muerte se cree saber (pero esto sobre todo por medio de sondeos) que las mayorías no serían hoy las mismas: l. en el Parlamento, 2. en una consulta por referéndum, 3. con ocasión de «sondeos de opinión» o de encuestas sociológicas. De discordancias o diferencias de ritmo no faltan ejemplos. Para reconocer el derecho de voto de los inmigrados, en las elecciones locales, la campaña lanzada por SOS Racisme debe informar y convencer a una opinión que, a continuación, sería oída por la mayoría parlamentaria; pero el presidente de la República, candidato entonces, había anunciado ya su «opinión» personal sobre este asunto, y más aún, había dado su parecer sobre la situación actual; en realidad, sobre el retraso de la opinión e incluso del Parlamento, lo cual no deja de tener efecto sobre una y otro. Desconcertante topología. ¿Cómo identificar aquí la opinión pública? ¿Tiene ésta lugar? ¿Dónde se presta a ser vista, y como tal? La errancia de su cuerpo propio es también la ubicuidad de un espectro. Éste no está presente como tal en ninguno de esos espacios. La opinión pública, que desborda la representación electoral, no es el derecho ni la voluntad general, ni la nación, ni la ideología, ni la suma de las opiniones privadas analizadas según técnicas sociológicas o las instituciones modernas de sondeo. No habla en primera persona, no es ni objeto ni sujeto («nosotros», «se»), se la cita, se la hace hablar, se la somete a ventriloquía («país real», «mayoría silenciosa», «moral majority» de Nixon, «mainstream» de Bush, etc.), pero esta «media» conserva a veces el poder de resistir a esos medios «capaces de dirigir la opinión pública», a ese «arte de cambiarla», poder que no tienen, dice de nuevo Rousseau: «ni la razón, ni la virtud, ni las leyes».

2. Ahora bien, este dios de una politología negativa no puede dar signos de vida, a plena luz, sin un cierto medium. El ritmo cotidiano, que le es esencial, supone la difusión masiva de algo así como un periódico, un diario. Este poder tecnoeconómico le permite a la opinión constituirse y reconocerse como opinión pública. Aunque estas categorías parecen hoy poco adecuadas, se considera que el periódico asegura un lugar de visibilidad pública capaz de informar, formar, reflejar o expresar, y así de representar a una opinión que encontraría ahí el medio de su libertad. Esa correlación entre lo cotidiano - escrito o audiovisual - y la historia de la opinión pública desborda ampliamente lo que se llama la «prensa de opinión». Precisos y peligrosos, cada vez más «afinados», los sondeos se ajustan a un ritmo que no será jamás el de las representaciones políticas o sindicales. Ahora bien, esos sondeos se publican en la prensa, que frecuentemente es la que toma y puede tomar la iniciativa de hacerlos. Se sabe, en fin, y el periódico produce la novedad de esa noticia tanto como la refiere, que la opinión pública no es ya en nuestros días lo que ha sido ayer y desde los comienzos de su historia.

3. Pues el fenómeno no ha sido jamás natural, es decir universal. No más, por otra parte, que la cotidianidad como categoría mayor del ritmo social. Antes de preguntarse por la supuesta «realidad» de la opinión pública hoy, como por la cinematografía de su silueta, hay que recordar que el fantasma tiene una historia: europea, reciente, y fuertemente escandida. El discurso sobre la opinión, ciertamente, es viejo como el mundo: dóxa u «opinión» (no es exactamente lo mismo) tienen sin duda equivalentes en culturas no occidentales. Pero la historia de la opinión pública parece ligada, por su parte, al discurso político de Europa. Es un artefacto moderno (las premisas de las Revoluciones americana y francesa proporcionan aquí la referencia más visible), incluso si un «tiempo fuerte» ha sido preparado por la tradición de una filosofía política. Bajo ese nombre o bajo algún otro, no creo que se haya hablado de la opinión pública - tomándosela en serio - sin el modelo de la democracia parlamentaria, y en tanto que un aparato de leyes (en Francia: desde el artículo XI de la Declaración de los Derechos Humanos a la Ley de 1881 sobre la Libertad de Prensa) no haya permitido o prometido la formación, la expresión y sobre todo la «publicación», justamente, de esa opinión aparte de las representaciones políticas o corporativas.

Si bien no es electoral en su momento mas propio, la opinión, como su nombre indica, está llamada a pronunciarse por medio de un juicio. Éste no es jamás un saber, sino una evaluación comprometida, un acto voluntario. Tiene siempre la forma del «juicio» (sí o no), que debe ejercer un poder de control y de orientación sobre esta democracia parlamentaria. Pero desde el punto de vista de la decisión propiamente política, esta considerable potencia se mantiene siempre «en potencia». Y dentro de fronteras invisibles: no tiene lugar ni dentro ni fuera. Se sitúa fuera de la representación estatutaria, pero ese afuera sólo puede ser reconocido como el de una opinión pública independiente dentro de democracias parlamentarias y estructuras representativas: con vistas a un voto posible y a una intervención dentro de o sobre la representación. Momento paradigmático: los «Cahiers de Doléances» (Libro de Quejas)*. Lugar de un electorado potencial, la opinión pública es una asamblea de ciudadanos llamados a decidir, mediante un juicio, sobre temas que son competencia de las representaciones legales, pero también sobre temas que escapan a éstas, al menos provisionalmente, en una zona que se está ampliando hoy y que se diferencia de manera acelerada, planteando así serias preguntas: sobre el funcionamiento actual de la democracia liberal, si no sobre sus principios. Recuerden las manifestaciones en favor de la «escuela privada», las «coordinadoras» de estudiantes o de enfermeras, los debates en torno a la RU 486, al sida, a la toxicomanía o los preservativos, e incluso a la película de Scorsese (estoy hablando aquí de la palabra, de la declaración o la manifestación, ese elemento de la opinión, y no de las bombas destinadas a acabar con ella). Pero todo aquello que no pertenece al orden del juicio, de la decisión, y sobre todo de la representación, escapa a la vez a las instituciones democráticas actuales y a la opinión pública como tal. Esas dos cosas están conjuntadas por la posibilidad de evaluación en la forma del juicio que decide (sí o no), y que se lleva a cabo en una representación. Las encuestas de opinión intentan escapar a esa ley, por una parte desbordando los temas electorales y las decisiones inmediatamente políticas, por otra parte multiplicando las evaluaciones en términos de porcentajes (más o menos) más bien que en forma de alternativa (sí o no). Pero un discurso no concierne a la opinión pública como tal a no ser que se anticipe a un debate legislativo, y a no ser que el «más o menos» anuncie un «sí o no». ¿En qué se convierte entonces esa reserva de experiencia, de evaluación e incluso de determinación (las «modas», los «gustos», las «costumbres»), que no depende del juicio (sí o no) y de la representación, en todos los sentidos de esa palabra? Es ahí donde cabe plantearse preguntas sobre la autoridad de la opinión -no en sus contenidos, sino en su forma de juicio pre-electoral- e incluso sobre la distinción privado/público, cuyo rigor se verá siempre amenazado por el lenguaje, por sí solo, y desde la primera señal. ¿Qué lugar público -y en consecuencia politico- conceder a ese tipo de preguntas?

Un «gobierno de opinión» puede hacer jugar la opinión, inventarla o invocarla contra las representaciones instituidas. Pero esto sólo puede hacerse y decirse en democracia, al menos formal. Una dictadura popular o un régimen totalitario no son gobiernos de opinión (y lo que hoy sale a la luz en la URSS es quizás muy sencillamente una opinión pública). Los nuevos medios para «mantenerse al día», para tomar el pulso de la opinión a un ritmo cuasi-diario, autorizan y obligan a un cierto poder (por ejemplo el de un jefe de Estado, o incluso el de un gobierno democrático) a tener en cuenta una evolución antes y al margen de su expresión en el Parlamento, en los partidos y los sindicatos; autorizan y obligan a descubrir desplazamientos de mayoría antes de las elecciones, e incluso antes de un referéndum. No es que la opinión sea el depósito amorfo de una espontaneidad salvaje que desbordaría las organizaciones (partidos, sindicatos, etc.). Ni pasivas ni activas, las recientes «coordinadoras» de estudiantes o de enfermeras no fueron «manipuladas», ni dependían tampoco de una espontaneidad desorganizada. Son necesarias, así pues, otras categorías para conducir el análisis - y la acción política - más allá de esa alternativa sumaria. Pasa lo mismo con las relaciones con las instituciones, y sobre todo con la prensa: la opinión pública no se expresa, si por eso se entiende que aquélla existe en algún foro interior, antes de manifestarse a plena luz, como tal, en su fenomenalidad. Es que es fenoménica. Tan escasamente está producida o formada, o bien influenciada o modificada, como simplemente reflejada o representada por la prensa. Esas interpretaciones ingenuas o groseras tienen raíces en un potente discurso filosófico. ¿No será dar prueba de responsabilidad el intentar en primer lugar reconsiderar aquellas interpretaciones? Tarea filosófica y política, teórica y práctica, tarea difícil pero también peligrosa, pues corre el riesgo de afectar al concepto mismo de representación, a la «idea de los representantes», que Rousseau llamaba «moderna». Pero, ¿no tiene un demócrata la responsabilidad de pensar los axiomas o los fundamentos de la democracia, la responsabilidad de analizar sin descanso sus determinaciones históricas, aquellas que pueden delimitarse en 1989, y también las que no?

Pues de lo que se trata es del porvenir de la democracia. La dimensión del espacio «público» accede sin duda a su modernidad filosófica con las Luces, las Revoluciones francesa o americana, o discursos como los de Kant, que liga la Aufklärung -el progreso de las Luces y de la luz- a la libertad de hacer un uso público de la razón en todos los dominios (aunque la razón no se reduzca a la «opinión», a la que tiene también que criticar). En esta. modernidad post-revolucionaria, la mutación tecno-económica de los media marca otra división. Desde el final de la Primera Guerra Mundial, sobre todo en Alemania, las crisis que la radio podía introducir en el espacio tradicional de una democracia parlamentaria han dado lugar a graves debates (cf. La crítica de la opinión pública de Tönnies, en 1922, o los trabajos de C. Schmitt, cuya influencia sigue estando viva, se le cite o no, a derecha y a izquierda, en todos los análisis del espacio público, por ejemplo en Habermas. No podemos entrar en esto, y no olvidemos las coerciones de la prensa: no son sólo cuantitativas, llegan a imponer modelos de legibilidad. Todos los problemas que estamos discutiendo en este mismo momento se concentran en algo que tengo que confiar aquí a un telegrama elíptico. ¿Puede hablarse seriamente de la prensa en la prensa? Sí y no, de contrabando). Esos debates no están agotados: piensen en los efectos inmediatamente internacionales de la televisión del mañana en una opinión pública que se consideraba en primer término nacional. Piensen en las trasformaciones que introduce una técnica de sondeos que puede literalmente acompañar, o mejor, producir el acontecimiento televisivo («L’heure de la verité»). Esta técnica puede, ciertamente, como la prensa, dar la palabra a minorías privadas de representación institucional, corregir errores e injusticias; pero esta «democratización» no representa jamás legítimamente y sin filtraciones, repitámoslo, una «opinión pública». La «libertad de prensa» es el bien más precioso de la democracia, pero en la medida al menos en que no se ha hecho justicia, efectivamente, en las leyes y las costumbres, a las cuestiones que acabamos de plantear, esa «libertad» fundamental está todavía por inventar. Cada día. Por lo menos. Y con ella, la democracia.

 

- ¿ Qué sistema inventar, entonces, para que la prensa formalmente libre no funcione como censura?

 

- Es en el capítulo «De la censura» donde El contrato social trata precisamente de esa «especie de ley» que es el «juicio» de la opinión pública. Pero, ¿puede uno confiar aquí en la oposición forma/contenido? ¿Basta con dar un contenido a la forma para hacer progresar la libertad de prensa, es decir, un derecho que no podrá darse nunca sin obligaciones y sin el reconocimiento de una libertad «ante la prensa»? Hay que mantener el rigor formal, sin el que ningún derecho queda protegido, y en consecuencia hay que inventar dispositivos más finos, una legislación más diferenciada, mejor ajustada a las mutaciones tecno-económicas del «libre-mercado». Tarea infinita: no sólo porque habrá siempre cosas que hacer, mas o mejor, sino a causa de una contradicción principial. Una democracia debe tener cuidado, ciertamente, de que la censura (en el sentido legal: esta «crítica que tiene a su disposición la fuerza» pública, dice Kant) no recupere el terreno perdido. Hay que luchar también contra los efectos de «censura» en el sentido amplio, contra una «nueva censura», si se puede decir así, que amenaza a las sociedades liberales, contra las acumulaciones, las concentraciones, los monopolios, en una palabra, todos los fenómenos cuantitativos que pueden marginalizar o reducir al silencio aquello que no se ajusta a su escala. Pero no se puede tampoco abogar simplemente por la pluralidad, la dispersión, el fraccionamiento, la movilidad de los lugares de filtración o de los sujetos que disponen de éstos. Pues esas fuerzas socio-económicas podrían de nuevo abusar de esas marginalizaciones y de esa ausencia de forum general. ¿Cómo abrir la avenida de grandes debates, accesibles a la mayoría, de forma al mismo tiempo que se enriquezcan la multiplicidad y la cualidad de los discursos públicos, de las instancias de evaluación, de las «escenas» o lugares de visibilidad, etc.? ¿Apuesta? ¿Aporía? Imposible y necesaria, esta invención sólo puede anunciarse a partir de otro imperativo: la unidad o la «centralidad» del forum democrático no debe confundirse con la de la masa, la concentración, la homogeneidad o el monopolio. Ahora bien, la «nueva censura», y ésa es la fuerza de su astucia, combina concentracción y fracciónalización, acumulación y privatización: despolitiza. Más perceptible en el medio audio-visual, esa terrible lógica no se confina en él. Dicha lógica actúa desde el momento en que una interpretación, es decir, una evaluación selectiva informa de un «hecho». Ninguna información escapa a ella.

Esto es demasiado evidente en lo que se llama la prensa «cultural» (artes, literatura, filosofía, etc.) y en esas evaluaciones «finas» sobredeterminadas, sobrecodifïcadas, que no inducen inmediatamente la opinión pública como juicio político o decisión electoral. Cada vez que una institución mediática regula fenómenos de mercado a una escala masiva, confisca y censura también masivamente, dogmatiza, cualesquiera que sean su eclecticismo real o su liberalismo de fachada, sus virtudes o sus vicios, ya cautive, ya aburra, ya se la encuentre distinguida, vulgar, o las dos cosas a la vez. Cuando a un solo juez, se piense lo que se piense de tal o cual de sus talentos, se le confía aquí o allá un monopolio de evaluación, de filtración, de exposición a la plena luz, determina las ventas en los supermercados de la cultura. Así, una obra queda relegada lejos de la corte, hacia la noche de un recinto quasi privado, si no cumple las condiciones de visibilidad en ese gran pequeño espejo que fascina deformando, filtra y desvía hacia él tanta energía, interrumpe la conversación, pliega el cuerpo y la mirada social a una nueva fisiología, proyecta en fin al extranjero los últimos iconos de la cultura nacional. Hoy, con esta escala, de un libro tienen que venderse y, distingamos, leerse, más de diez mil ejemplares para ser otra cosa que una correspondencia confidencial y casi privada. Resultado: las investigaciones llamadas «difíciles», rebeldes al estereotipo de la imagen o de la narración, poco sometidas a las normas de la cultura así representada en su «media» (en singular, la «opinión» significa siempre la «media») quedan excluidas de la escena: ocultadas, privadas de la luz, del día. En consecuencia, se las juzga, cada vez más, «oscuras», «difíciles», o «ilegibles» y así se convierten en aquello que se dice que son y se quiere que sean: inaccesibles. El ciclo se acelera. Se diga lo que se diga de la calidad de nuestros media «culturales», ¿es casualidad que nuestro país sea uno de los países de Europa en los que se lee menos, que nuestras bibliotecas estén en un estado desastroso, casi inconfesable, y que, problema indisociable, la Escuela y la Universidad, lugares privilegiados para la «formación del juicio», tengan que soportar estas carencias?

Pero de nuevo aquí, no simplifiquemos. Quizás haya que contar también con otros ritmos y otros trayectos. Quizás no haya que dejarse fascinar por la inmediatez cuantitativa. Como la Escuela, la prensa participa en la calidad de la democratización. El acceso a la media es a menudo un progreso. Algunos periódicos pueden, según los casos, para lo mejor o para lo peor, acentuar o denunciar evaluaciones oficiales (por ejemplo las de los cuerpos académicos). En fin, ¿es ilimitado el poder mediático? Éste se encuentra también evaluado día a día por un público que no es siempre silencioso. En tanto heterogéneo, puede a veces criticarse a sí mismo, desde un lado a otro de su gran cuerpo. ¿Acaso no se lo juzga finalmente sobre la base de un tiempo más largo y según criterios que le resultan necesariamente indescifrables? Si contribuye a éxitos de masa que se olvidan al mes siguiente, ¿no se precipita él mismo también al olvido? Las avanzadas intempestivas que escapan a su rejilla de legibilidad pueden imponerse un día sin discusión posible. Para el camino futuro de una obra es bien sabido que la calidad de diez lectores juega a veces un papel más determinante que la actualidad de diez mil compradores. ¿Qué harían nuestras grandes máquinas mediáticas de Rimbaud o de Lautréamont, de Nietzsche o de Proust, de un Kafka o de un Joyce de 1989? Estos fueron al principio salvados por un puñado de lectores (índice de audiencia mínimo), pero ¡qué lectores! Quizás esta analogía se resiente ya de anacronismo, ¡ay!, pues la historia intrínseca de estas aventuras estuvo ligada sin duda a su exterior y, denegado o no, a una estructura -de ahora en adelante caducada- del «espacio público». Pero la tirada corta conserva una oportunidad: casi privada, tiene sin embargo acceso al espacio público. Entre los dos, el samizdat. Habida cuenta de estos ritmos y de estas diferencias cualitativas, la porosidad de una frontera entre lo «privado» y lo «público» parece más incalculable que nunca. Cada acontecimiento trata con la ley, como los contrabandistas y los resistentes. El paso no está nunca garantizado. La opinión pública no es una media incalculable, pero hay en ella algo incalculable. Sólo que lo incalculable, si lo hay, no se presenta jamás, no es, no es jamás, el tema de ninguna objetivación científica o filosófica.

La única elección no es, pues: o concentración o dispersión. La alternativa sería más bien entre lo unilateral o lo multilateral en las relaciones de los media con el «público», con los «públicos». La responsabilidad, a saber, la libertad de la prensa y ante la prensa, dependerá siempre de la efectividad de un «derecho de respuesta» que le permita al ciudadano ser más que la fracción (privada, en suma, y cada vez más) de un público «pasivo» y consumidor, necesariamente lesionado por eso mismo. ¿Hay democracia sin reciprocidad?

 

- ¿Cómo darle al derecho de réplica una extensión así?

 

Francia es uno de los pocos países que reconocen el derecho de rectificación (por parte de los poderes públicos, a los que está reservado) y, más ampliamente, el derecho de réplica. Es un derecho fundamental. Pero no puede ser ejercido (en estricto derecho, no hablo de moral o de política) más que en condiciones muy restrictivas. El error o la falsificación, la omisión, la violencia interpretativa, la simplificación abusiva, la retórica de la insinuación, la idiotez también, siguen quedando casi siempre sin réplica pública e inmediata, en la radio, en la televisión o en los periódicos. Y dede luego, de forma masiva, en los libros. Incluso cuando las dificultades jurídicas o técnicas no desaniman ya de entrada, una réplica queda en general neutralizada por el lugar, el encuadre y las dilaciones. Mientras que el derecho de réplica no alcance toda su extensión y toda su efectividad (de nuevo la tarea infinita), la democracia seguirá siendo limitada. ¿Sólo en la prensa? Ciertamente, pero hoy en día la prensa está en todas partes: ésta (se) da en todo caso (por) el dia mismo, ((por) la luz misma). La prensa da a luz al espacio público, a su publicidad. Da a luz al día mismo (a luz a la luz misma). Así, pues, el derecho de réplica apenas existe ¿Por qué se finge tan a menudo (ficción de la democracia) ignorar la violencia de esa disimetría, y aquello que en ésta es o no reductible? ¿Por qué la hipocresía, la denegación o la ceguera ante esta evidencia excesiva? ¿Por qué ese exceso de evidencia es a la vez claro como el día y la cara más nocturna de las democracias tal como éstas son, en el presente?

Considerando que la buena voluntad (indispensable) no será suficiente para cambiar las cosas, las cuales no dependen ya de una lógica de la simple «consciencia» y de un concepto jurídico, es decir, inadecuado, de la responsabilidad, considerando que los dispositivos técnicos y la legalidad formal (indispensables y perfectibles) no acabarán jamás con esa desmesura, considerando que, en cuanto se trata de la respuesta y de la responsabilidad, de la dirección y de la llegada a destino, etc., los conceptos filosóficos que hemos heredado no han bastado jamás, no se debería recordar la Revolución francesa a no ser apelando a algunas otras. Memoria de una promesa, esta apelación busca un nuevo tono. No será ya sin duda «revolucionario», y tiene que tomar su tiempo, más allá de la «jornada revolucionaria». Nada se lo garantiza, y no puedo decir más en una página.

«Un esfuerzo más.»

Y una palabra más, si me Lo permiten, esa misma que me han ofrecido al comenzar, hoy. Los días están ya contados: a otra velocidad, se anuncia el día en que el día, la luz, toca a su fin. Se anuncia el día en que el día (La visibilidad de la imagen y de la publicidad de lo público, pero también la unidad del ritmo cotidiano, pero también la fenomenalidad de lo político, pero también quizás al mismo tiempo su esencia misma) no será ya la ratio essendi, la razón o la ración de los efectos telemetateóricos de los que acabamos de hablar.

¿Ha sido el día alguna vez la medida de todas las cosas, como se finge creer?

En su primera edición, esa opinión, apenas me atrevo a decir esa ficción, sigue siendo la cosa mejor repartida del mundo.


 

* Cuadernos en los que eran consignadas las peticiones de los Diputados en los Estados Generales de 1789 (N. del T.).

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