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«PERO..., NO, PERO..., NUNCA..., Y SIN EMBARGO..., EN LO QUE SE REFIERE A LOS MEDIA»  (LOS INTELECTUALES. TENTATIVA DE DEFINICIÓN POR SÍ MISMOS. ENCUESTA
[i])
Jacques Derrida

Respuesta a una encuesta de la revista
Lignes, n.° 32, octubre de 1997. Tradución de Cristina de Peretti y Paco Vidarte. Edición digital de Derrida en castellano.

 Jacques Derrida

 

1. PERO, en primer lugar, perdón por comenzar así, ¿cómo no protestar?, ¿cómo no protestar de entrada contra el formato requerido para la respuesta a esta mina de preguntas temibles? ¡Dos o tres páginas! ¿Luego, contra la forma «encuesta»? ¿Y contra los plazos impuestos?

Sin sospechar de sus intenciones, por supuesto, uno puede inquietarse de este solo hecho: en su «figura» al menos, esta plantilla ¿no corre el riesgo de reproducir los constreñimientos en los que nos debatimos con frecuencia?, ¿las normas contra las que nosotros (algunos de nosotros al menos) luchamos para asumir dignamente lo que intentamos, con qué dificultad, hacer que se reconozca, a saber, las legítimas exigencias de «intelectuales»? De no ser por mi amistad hacia Lignes (que será desde ahora el contenido principal, por consiguiente el acto de esta respuesta, el saludo que me importa), ni siquiera hubiera intentado plegarme a estas «reglas». Quizás incluso habría rechazado, por deber «político», una concesión presentida por las exigencias de ciertos mercados y poderes «mediáticos», los mismos sobre los que nos proponen ustedes que tomemos partido. Ya conocen, nos es tan familiar, su técnica de intimidación y de respuesta prefigurada (inyunción, seducción, legitimación: si ustedes quieren ser clasificados —y legibles y visibles como (intelectuales» a la vista, intelectuales inteligibles—, entonces respondan a las preguntas que ya hemos formulado, vengan y comparezcan ante nosotros, los hemos elegido). Como debo hacer a menudo para dar testimonio a mi manera, hubiera permanecido entonces en silencio. Y, luego, cuando se tiene la ocasión, muy rara, de apaciguar una buena conciencia política ganando tiempo, ¡de acuerdo!

 

2. No, PERO ahora, para no ceder excesivamente a esta «buena conciencia» voy a intentar «responder». En los plazos, incluso (no creo mucho en ello) en el espacio que amigablemente se propone. Después de todo, la urgencia telegráfica obliga a veces a esclarecer las cosas. Formalizándolas de un plumazo, a veces se evitan los rodeos y las evasivas. Primer axioma: suponiendo (siguiendo las palabras de su pregunta, que se hacen eco de un lenguaje supuestamente común y recibible) que haya algo que se pueda definir hoy con algo de rigor como el «intelectual», con la mayor frecuencia en masculino; suponiendo, luego, que dicho «intelectual» pueda asignarse o ver cómo se le confiere alguna «función» (otra de sus palabras), pues bien, hay (quizás, quizás) alguien en mí que decide (quizás) callarse. Digo «alguien en mí» porque nosotros somos varios, ya sabe, y «yo» comenzaría por reivindicar esta pluralidad, al borde de los vértigos, especialmente jurídicos o políticos, que ya «en mí» me vuelve loco: ¿puedo formar conmigo una comunidad y, lo que es más, otra cosa aún, una comunidad cívica en un foro interior que no llega a cerrarse sobre sí mismo?, ¿a identificarse con ella?, a evitar traicionarse o perjurar? Alguien, en mí pese a mí, se autoriza, por tanto, a no responder a esta «función» del «intelectual», como a su definición recibida. Por tanto, a esta responsabilidad, a este responder-de-sí dando cuentas ante una instancia ya instituida. Este «alguien en mí pese a mí» conserva la infinita pretensión de querer participar en la constitución misma de dicha instancia. Querría compartir su responsabilidad y no sentirse responsable ante cualquier tribunal. Ahora bien, este «alguien» que no «funciona», ni siquiera «trabaja» (o no trabaja, no se deja trabajar, no se hace trabajar más que en el sentido funcional de esta palabra), este «alguien» que se siente a la vez irresponsable respecto de dicha función y, bajo otro respecto, hiper-responsable, responsable hasta la hipérbole insostenible, aplastado por una responsabilidad desmesurada, me permito hacer referencia a él insistentemente. ¿Por qué? Porque éste toma en mí una parte tal vez no despreciable (me atreveré a decir la que «me» interesa más, a mí?, ¿la que aprecio o la que me importa más?) en lo que escribo, leo, digo, pienso, enseño y, con frecuencia, no siempre, de forma pública: actividades todas, no obstante convendrán ustedes en ello, en las que creemos poder reconocer lo que se llama un «intelectual». Cuando éste piensa, enseña, dice, lee o escribe, trabaja también a su modo, este «alguien en mí pese a mí» se afana (hay asimismo una tarea, un deber y una responsabilidad) para no «funcionar» más: ni como un «intelectual», ni siquiera (si (intelectual» define esencialmente una pertenencia: social, política, cultural) como el miembro de una comunidad (cultura, nación, lengua, religión, etc.), como el ciudadano de un Estado-nación (aunque fuera un (ciudadano del mundo»), ni siquiera como un «hombre» (de ahí mi interés inextinguible por el «animal», cuestión decisiva, que habrá que desarrollar en otro lugar, con mucho más tiempo y espacio).

Para este «alguien en mí» (firmado, fulano), estos conceptos y las prescripciones vinculadas con ellos seguirán siendo siempre temas, problemas, incluso presuposiciones sometidas, en su forma general o en las determinaciones particulares que se les puede dar, a un cuestionamiento, a una crítica, a una «deconstrucción», si ustedes quieren, cuya necesidad corresponde a una afirmación incondicional.

Por tanto en un lugar de resistencia y de restancia absolutas.

Más que escogerla yo activamente, esta afirmación me atraviesa, es ella la que instituye este «alguien en mí». Queda, entonces, que negocien todos los otros en mí, aún bastante numerosos. La palabra negociar resulta fea a veces, la escojo adrede. Sin esperar, es preciso en efecto pasar por las transacciones necesarias para la cohabitación inevitable entre este alguien (el cual, por su parte, no podría transigir en ningún caso) y algunos otros, entre los cuales está el «intelectual» que me encuentro ser también y cuyas «funciones», cargas y responsabilidades pretendo también asumir, por muy difíciles que sean, en un espacio histórico inestable y turbulento.

¿Cuál es entonces la primera dificultad?, ¿la más general?, ¿la que determina todas las demás?, ¿la que confina en verdad a una prueba de lo imposible? Consistiría, me parece, en entenderse con alguien que tiene por ley no aceptar ningún trato. Equivaldría cada vez, día tras día, de modo cada vez único e irreemplazable, a tratar, a razonar tratados con alguien que nunca transigirá, que siempre se resistirá a todo compromiso posible, reclamando finalmente ser la fuente y el fin, la unidad, si ustedes quieren, de todos estos otros.

Kant habría dicho (pero esto permanece para mí, para siempre, como un lugar cargado de objeciones potenciales) que hay ahí un «yo pienso» que «acompaña todas mis representaciones». ¿Qué se inscribe aquí bajo esta palabra, «pensar» (noción que no hay que hipostasiar, verbo que vale por otro, de una lengua a otra, para señalar algunos límites o diferencias esenciales)? Esto mismo, el «pensamiento», que no se deja reducir, por ejemplo, ni al saber, ni a la filosofía, ni a la literatura, ni a la política. Otras tantas competencias o poderes indispensables, como sabemos, para cualquier «estatus» del «intelectual». En todo caso, no hay nada de fortuito en que yo comience por estas distinciones en el momento de firmar y de decir «yo, firmado fulano».

 

3. NUNCA la tarea de una definición rigurosa del intelectual me ha parecido de hecho tan imposible como hoy. La petición misma de una definición así exigiría pues una justificación arriesgada. Tal «definición» habrá tenido siempre dificultades para garantizarse, desde generaciones, desde los tiempos, muy recientes en suma, en los que se habla de «intelectuales» en Europa. Queda suspendida bajo tres condiciones al menos, que nunca han dejado de hacerse cada vez más precarias.

 

a) Por una parte, un cierto tipo de poderes y de saberes supuestos, es decir legitimados —por una fracción dominante e institucional de la sociedad— y ligados todos a un arte o a una técnica de la toma de palabra, a un poder retórico, es decir, a una cultura del humanismo o de las humanidades, a veces a una disciplina académica (filosofía, letras, derecho, etc.) o a las instituciones de las bellas artes (literatura, sobre todo, y la figura de referencia, ante todo en Francia, fue la del escritor-prosista-comprometido, en nombre de responsabilidades universales o de «derechos del hombre», en el debate público, sobre cuestiones de derecho, más precisamente sobre cuestiones de justicia, allí donde los tribunales, incluso el derecho mismo, desfallece: «Voltaire-Zola-Sartre»; ¿por qué se duda siempre en Francia cuando se trata de ir más allá de esta trinidad canónica? Como es poco probable que haya ahí simple degeneración o dimisión, es preciso encontrar otras causas y, con ellas, lo presumo, la respuesta potencial a todas sus preguntas; estos «intelectuales-comprometidos» hablan siempre en cuanto laicos; laico es su compromiso; no se dirá de un sacerdote, de un rabino, de un mufti, activos y politizados, que son «intelectuales-comprometidos»: monseñor Gaillot no aparece como un «intelectual comprometido», menos aún el padre Pierre; ¿por qué el linaje de estos laicos pertenece a una gran familia de escritores-abogados que se prestan de oficio allí donde la defensa no está garantizada por los procedimientos estatutarios y las fuerzas dominantes de la sociedad, incluso de la humanidad?, etc.).

Que este derecho a la palabra y a la escritura, en nombre de la justicia, sea de entrada, y de esta forma, reivindicado, asignado, reservado, especializado, esto es lo que puede parecer inquietante, sea cual fuere la nobleza de las justas causas en nombre de las cuales uno se alza de este modo. Las delicias secundarias, la «promoción» o la «legitimación» que la glotonería de dichos «intelectuales» puede esperar de ello son con la mayor frecuencia, para mí, objeto de una desconfianza, a veces de un asco, insuperables.

b) Por otra parte, un reparto entre la manifestación privada y la manifestación política, una cierta configuración de los lugares de la palabra pública (calle, cafés, periódicos, revistas, radio, televisión, lo que la acompaña y lo que la sigue, porque la hegemonía de una cierta televisión está en declive, la sucesión está abierta). Este reparto y esta configuración están hoy en día en vías de dislocación radical.

c) Finalmente, una división supuesta del trabajo entre el intelectual y el no-intelectual (el manual) que data del siglo XIX, en la misma época en la que una «función del intelectual» comienza a ser reconocida bajo ese nombre. Marx ha contado mucho, en teoría, con esta división del trabajo, pero esto no debe impedirnos considerarla insostenible hoy día, al menos en el rigor de su concepto, incluso si permite aproximarse empíricamente a realidades masivas o de masa. Más que nunca la simple tecnicidad y, a fortiori la «alta tecnología» o teletecnología que de cerca o de lejos rige todo trabajo, o lo que queda de él, hace así de cada trabajador, ciudadano o no, un «intelectual». No se le deberían negar ni responsabilidades ni derechos, incluso aunque no se le reconozcan (punto 1) las antiguas «competencias» (retóricas) ni aunque las vías de acceso mediáticas le sigan estando vedadas (punto 2).

Deduzco de ello que, salvo si traiciona su «misión» (nueva traición de los laicos), un intelectual reconocido (1 y 2) nunca debería escribir o tomar públicamente la palabra, a partir de entonces, ni «actuar» en general, sin poner en cuestión lo que parece caer por su propio peso, sin buscar asociarse con los que están privados de este derecho a la palabra y a la escritura, sin exigirlo para ellos, directamente o no. De ahí la necesidad de escribir en otros tonos, de cambiar los códigos, los ritmos, el teatro y la música.

 

4. Y SIN EMBARGO, en el momento en el que una definición convenida del «intelectual» me parece cada vez más contestable, cuando reafirmo la necesaria disociación entre lo que «yo» pienso, digo, escribo, (etc.) y esta «cultura» que legitima y reclama, en condiciones tan dudosas, lo que ella llama «intelectuales», no creo deber renunciar a las responsabilidades, derechos y poderes que me son aún, a título de «intelectual», reconocidos. Por muy limitados que sean. Los reivindico incluso para luchar también contra un «anti-intelectualismo» cada vez más amenazador, para darle ese poco de crédito (de «autoridad», dicen ustedes) que permanece al servicio (más allá del deber o de la deuda, me explico sobre esto en otro lugar). Al servicio tanto de los «sin voz», como de lo que se anuncia y se da a «pensar» —que está siempre, de otra manera, «sin voz» (punto 2)—. Porque, por razones que habría analizado si me hubieran dado ustedes más espacio, el «intelectual» (el escritor, el artista, el periodista, el filósofo) es por todas partes en el mundo la víctima de persecuciones hoy en día nuevas y concentradas (ver los proyectos del Parlamento Internacional de Escritores). De ahí la doble inyunción, la antinomia, la imposible transacción de la que hablaba antes.

Este «imposible» me paraliza quizás demasiado a menudo, pero veo en ello también la figura de una puesta a prueba, de un aguante necesario como tal y fuera del cual nada sucedería (si debe haber historia y si se puede dar tiempo): ninguna decisión, ninguna responsabilidad, ningún «compromiso», ningún acontecimiento, nada que estuviera por venir, nada que se hubiera de inventar, cada día, cada vez, por cada cual, sin norma, sin horizonte de anticipación, por tanto, sin criterios establecidos, sin reglas dadas al saber o al juicio determinante, sin garantía, ya fuera dialéctica, sino según el «peligroso quizás» del que habla Nietzsche.

Al imprimirle a la palabra «intelectual» la torsión necesaria aquí, digamos que un o una intelectual se califica como tal y justifica su inteligencia supuesta en el solo instante de este compromiso inventivo: en la transacción que suspende, pero sabe también aplicarse —inteligentemente— a analizar, criticar, deconstruir (es ésta una competencia que se cultiva) los horizontes y los criterios garantizados, las normas y las reglas existentes sin dejar nunca un lugar vacío, no obstante, es decir, abierto al simple retorno de cualquier poder, investidura, lenguaje, etc. Por consiguiente, inventando o proponiendo nuevas figuras (conceptuales, normativas, criteriológicas) según nuevas singularidades.

 

5. EN LO QUE SE REFIERE A LOS MEDIA de masas, casi todos estos «compromisos» se precipitan hacia el lugar enigmático así denominado y hacia el que tienen ustedes razón en efecto de convocar nuestra atención. Se trata ahí en efecto del nombre de la transformación, hasta de una rápida y profunda revolución de la res publica, de sus límites en desplazamiento (el frente entre fuerzas de todas clases, y las fronteras entre lo político y sus otros). He aquí aún, en dos palabras, ya que he desbordado el número de signos permitido, algunos «axiomas».

 

a) Que «el intelectual» (ver más arriba) se esfuerce en no perder nunca de vista, gracias a los media y respecto de ellos, lo macrodimensional, que no se reduce a lo que propaga de ello el dogma de la mundialización. Ejemplos:

1) los cientos de millones de analfabetos, la malnutrición masiva, raramente tenida en cuenta por los campeones mediáticos de los derechos del hombre, las decenas de millones de niños que mueren cada año por el agua, el entre 40% y 50% de mujeres que padecen malos tratos permanentemente, y con frecuencia mortales, etc., etc.; la lista no tendría fin;

2) las concentraciones en monopolios transnacionales y transestatales de poderes capitalistas en la apropiación de los media, multimedia y producciones de teletecnologías, incluso de los lenguajes que están a su servicio.

 

b) No olvidemos que la televisión, en plena revolución, no es ni mucho menos lo que algún día será y ya está desbordada por los multimedia poderosos de otro modo y virtualmente diversificables. No tiene, pues, ningún sentido estar «contra» la televisión, los periodistas y los media en general (que pueden, por otra parte, jugar un papel «democrático» indispensable, por muy imperfecto que sea). Menos sentido y dignidad tiene aún condenar el «espectáculo» o la «sociedad del espectáculo». ¿Dónde iríamos sin espectáculo? ¿Dónde iría la sociedad?, ¿y la literatura, y el resto, etc.? ¿Qué se nos quiere imponer? ¿Qué damos la sensación de querer? Hay espectáculos y espectáculos, sin duda, mercados y mercados, uno puede liberar del otro; uno puede también liberar, contra el otro, posibilidades de acontecimientos o de invenciones dignas de este nombre. La retórica estereotipada contra la «sociedad del espectáculo», como el bombardeo de consignas —«Debord»—, se convierte en una especialidad siniestra de platós televisivos y de columnas periodísticas. Con frecuencia se la explota con cinismo y arrogancia por los peores actores de espectáculos cataplásmicos y en efecto pasados de moda.

¿Basta entonces con hacer zapping? ¿No es mejor hacer todo lo posible para trabajar con profesionales? ¿Con aquellos, entre ellos, que al menos tienen competencia, capacidad crítica y gusto? ¿Para intentar introducir lo inédito en los contenidos y en las técnicas de estos nuevos media, en particular en Internet, el WWW, etc.? ¿En todas partes, en todo caso, donde se prepara (aquí o allá no sin crueldad) un teatro irreductible, hasta irredentista, de publicaciones y de debates?[ii]. ¿Para hacer vivir ahí las exigencias de invención y de acontecimiento (punto 3)? ¿La diversidad y la apertura máximas? ¿Para recordar ahí el respeto que pueden inspirarle a todo «intelectual» el tiempo, el ritmo, la memoria y las «virtudes» heredadas de la cultura del libro (cuerpo y volumen del papel, letra, literatura, filosofía, saber, ciencia y conciencia, un cierto tiempo de la lectura o de la escritura, como de todo cuanto depende de ello)? ¿No es urgente elaborar ahí nuevos derechos internacionales que, tanto como sea posible, no vengan a restaurar los antiguos poderes de legitimación, de sanción y censura, aquellos que reinan aún en los media actuales tanto como en la edición, en la universidad y en otras instituciones, públicas y privadas, nacional-estatales e internacionales? ¿Habrá unas «funciones del intelectual», debería haberlas en este otro espacio político, en la nueva internacional que busca así su concepto? ¿Y se busca tal vez sin concepto? ¿Incluso más allá del saber?

 

Ya está, me parecerían bien aún otros 5 x 5 epígrafes y subepígrafes para desarrollar, otras mil preguntas que proponer, pero la ración se ha sobrepasado ya ampliamente, perdón una vez más.

 


 

[i] Respuesta a una encuesta de la revista Lignes, n.° 32, octubre de 1997. La presentación de la encuesta precisaba la pregunta planteada, en espera de una respuesta de «dos o tres folios»:

«Le rogamos que defina usted mismo, brevemente, lo que es para usted, hoy en día, un intelectual; el que usted mismo piensa (deber) ser; ¿qué relación establece entre la “función” de intelectual y el trabajo que usted lleva a cabo en su propia disciplina; si es gracias a la autoridad que ésta le confiere con lo que usted se siente justificado (pero no intervendría usted, en ese caso, más que en el campo restringido que permite el conocimiento de su campo de estudio?) o si esta autoridad le autoriza un campo de intervención ampliado...; qué queda para usted de eso que en su día fue definido (de modo diverso, por otra parte) con los títulos sucesivos de la responsabilidad y del compromiso; qué se ha visto modificado en todo ello por la importancia que ha adquirido entre tanto el humanitarismo; quién se ha visto sobre todo cambiado por la importancia tan considerable que han adquirido los mass media? No pudiendo evitarse, por supuesto, la cuestión de los media, ¿en qué medida piensa usted que esta función se ha visto cambiada entre tanto y qué relaciones ha establecido usted con ellos?.

[ii] Imaginemos la fundación de un nuevo Estado en un sitio de Internet (con o sin las instancias clásicas: constitución, voto, asamblea, poderes legislativos, ejecutivos, judiciales independientes, etc.; con o sin reconocimiento por la comunidad internacional, al cabo de un proceso más o menos tradicional, etc.). ¿Qué distinguiría entonces a este Estado? ¿El hecho de que sus sujetos-conciudadanos nunca se habrían visto ni encontrado? Pero nosotros nunca hemos visto ni nos hemos encontrado con la inmensa mayoría de los franceses; por otra parte, los sujetos de Internet podrán verse un día en pantalla; prácticamente ya pueden. ¿Entonces qué? ¿Los «habitantes» de este Estado virtual no tendrían historia ni memoria comunes? Pero nadie puede garantizar que todos los ciudadanos de un país compartan plenamente alguna. Salvo las que implica una lengua más o menos compartida, a veces poco compartida (sobre esta medida del reparto, habría demasiado que decir aquí). Este Estado virtual, en el doble sentido de esta palabra, ¿estaría privado de territorio? Si, he aquí sin duda una distinción pertinente. Revela una fantasmática o una ficción constitutivas: la ocupación supuestamente legítima de un territorio fijo, si no la presuposición de autoctonía habrá condicionado hasta ahora la pertenencia cívica, en verdad el ser mismo de lo político, su vinculación con el Estado-nación, si no con el Estado.

Esta situación está a punto de dejarse descalabrar por una sacudida que llamaríamos sísmica si esta figura no dependiera aún demasiado del suelo. Más que un temblor de tierra, sentimos venir una sacudida respecto del suelo y de lo telúrico.

Un Estado virtual cuyo lugar sería un sitio de Internet, un Estado sin suelo ¿será éste, he aquí la cuestión que nos orienta, un Estado intelectual? ¿Un Estado cuyos ciudadanos serían esencialmente intelectuales, intelectuales en cuanto ciudadanos? ¿Cuestión de ciencia-ficción? No lo creo en absoluto. Hay quizás muchos casi Estados virtuales de este tipo desde hace mucho tiempo. Tal vez también esté inscrito en el concepto de Estado. ¿Ahora bien, es algo bueno un Estado-Intelectual?

Otro modo, otro tiempo de la vieja pregunta: ¿cómo no convertirse, virtualmente, en un intelectual de Estado?

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