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Jacques Derrida

Traducción de Patricio Peñalver, en DERRIDA, J., «Cómo no hablar y otros textos», Proyecto A, Barcelona, 1997, pp. 81-116. Edición digital de Derrida en castellano.

 Emmanuel Levinas

-Él habrá obligado.

En el mismo instante, me estás oyendo, acabo de decirlo. Él habrá obligado. Si me oyes, ya eres sensible al extraño acontecimiento. No has sido visitada, pero como tras el paso de un visitable singular, ya no reconoces los lugares, incluso aquellos en los que sin embargo la pequeña frase -¿de dónde viene, quién la ha pronunciado?- deja todavía perderse su resonancia.

Como si, desde ahora, ya no habitásemos ahí, como si, a decir verdad, no hubiésemos estado nunca en nuestra casa. Pero no estás inquieta, eso que sientes, algo tan inaudito pero tan antiguo, no es un malestar, y si algo te afecta sin haberte tocado, no por eso se te priva de nada. Ninguna negación debería poder medirse, para describirlo, con lo que aquí pasa.

Fíjate, puedes de nuevo oírte completamente sola repitiendo las tres palabras («Él habrá obligado»), no dejas de oír su rumor y su sentido. Ya no estás sin ellas, sin esas palabras discretas, y por eso mismo ilimitadas, desbordantes de discreción. Yo mismo no sé ya dónde pararlas. ¿Qué las rodea? Los bordes de la frase quedan anegados en la bruma. Parece, sin embargo, muy neta y claramente recortada en su brevedad autoritaria, completa, sin apelación, sin la espera de ningún adjetivo, de ningún complemento, ni siquiera de ningún nombre: él habrá obligado. Pero justamente nada la rodea lo bastante para asegurarnos de sus límites. La sentencia no es evasiva, pero su borde se sustrae. De ella, de ese movimiento que no se resume en ninguna de esas, una, dos, tres palabras («Él habrá obligado»), de una, dos, cuatro sílabas, de ella ya no podrás decir que no sucede nada en este mismo momento. Pero ¿qué? Falta la orilla, los bordes de una frase pertenecen a la noche.

Él habrá obligado -alejado de todo contexto-.

Oyes bien, alejado, lo cual no impide, al contrario, la proximidad. Lo que ellos llaman un contexto, que viene a estrechar el sentido de un discurso, siempre más o menos, no está jamás simplemente ausente, simplemente es más o menos estricto. Pero no hay ahí ningún corte, ningún enunciado está jamás cortado de todo contexto, aquel no anula éste jamás sin resto. Así pues, hay que negociar, tratar, transigir con los efectos de borde. Hay incluso que negociar lo que no se negocia y desborda todo contexto.

Aquí, en este mismo momento en que heme aquí, intentando darte de entender, el borde de un contexto es menos estrecho, menos estrictamente determinante de lo que suele creerse, se tiene costumbre. «Él habrá obligado», he aquí una frase que puede parecer -terriblemente para algunos- indeterminada. Pero el alejamiento que se nos ofrece aquí no vendría tanto de una cierta esencia de borde, muy aparente («Él habrá obligado» sin sujeto nombrable, sin complemento, sin atributo, sin pasado ni futuro identificables en esta página, en este trabajo en el momento en que te las entiendes para leerla actualmente). Más bien de causa de un cierto adentro, de lo que se dice y del decir de o que se dice en la frase, y que, desde dentro, si puede decirse de nuevo, desborda infinitamente, de un golpe, todo contexto posible. Y esto en el mismo momento en que, por ejemplo en un trabajo -pero tú no sabes todavía lo que quiero decir con esa palabra, trabajo (ouvrage)-, lo completamente otro que habrá visitado esta frase negocia lo no-negociable con un contexto, negocia su economía como la de lo otro.

Él habrá obligado.

Debes encontrarme enigmático, un poco complaciente o perverso en la cultura del enigma, cada vez que repito esa pequeña frase, siempre la misma, y, a falta de contexto, cada vez más oscura. No, lo digo sin pretender producir efecto, es justo la posibilidad de esa repetición lo que me interesa, lo que te interesa también de ti antes incluso de que tengamos que encontrarla interesante, y quisiera aproximarme lentamente (de ti, quizás, pero según esa proximidad que liga, diría él, a primera vista, con el otro desparejado, antes de todo contrato, sin que ningún presente pueda juntar ningún contacto), aproximarme lentamente a esto, que ya no llego a formalizar desde el momento en que el acontecimiento («Él habrá obligado») habrá desafiado precisamente, en la lengua, esta potencia de formalizacion. Él habrá obligado a comprender, digamos más bien a recibir puesto que la defección, una defección más pasiva que la pasividad, forma parte del juego en este caso, él habrá obligado a recibir completamente de otro modo la pequeña frase. Que yo sepa él no la ha pronunciado jamás tal cual, eso importa poco. Él habrá obligado a «leerla» completamente de otro modo. Y para hacernos (sin hacer nada) recibir de otro modo, y recibir de otro modo el de-otro-modo, no ha podido actuar de otro modo más que negociando con el riesgo: en la misma lengua, en la lengua de lo mismo, puede siempre recibirse mal ese dicho de otro modo.

Antes incluso de esta falta, su riesgo contamina toda proposición. ¿En qué se convierte entonces esa falta? Y si ésta es inevitable ¿de qué clase de acontecimiento se trata? ¿Dónde tendrá éste lugar?

Él habrá obligado. Por alejado que resulte, ciertamente hay contexto en esta frase.

Lo oyes resonar, en este mismo momento, en este trabajo.

Lo que llamo así -este trabajo- no está, sobre todo no está dominado por el nombre de Emmanuel Levinas.

En su ánimo, más bien le está dado. Está dado según su nombre, en su nombre tanto como de su nombre. Hay, pues, ocasiones múltiples, probabilidades, no puedes evitar acudir a ellas, de que el sujeto de la frase «Él habrá obligado» sea Enmanuel Levinas.

Pero no es seguro. E incluso si se pudiese estar seguro de eso, ¿se habría respondido así sin embargo de la cuestión: quién es «Él» en esta frase?

Después de un título extraño que parece una cita cifrada en sus comillas invisibles, la situación de esta frase «princeps» no te deja todavía saber de título de qué lleva Él una mayúscula. Quizás no sólo de título del incipit, y en esa hipótesis de otra mayúscula o de la mayúscula del Otro, está atenta a todas las consecuencias. Éstas arrastran al juego del irreemplazable Él, que se somete de la sustitución, como un objeto, en lo irreemplazable mismo. Él, sin cursivas.

Me pregunto de dónde viene que deba dirigirme a ti para decir esto. Y ¿por qué, después de tantos ensayos, de tantos fracasos, heme aquí obligado a renunciar a la neutralidad anónima de un discurso propuesto, en su forma al menos, a no importa quién, pretendiéndose dominar a sí mismo y a su objeto en una formalización sin residuos? No pronunciaré tu nombre, no lo inscribiré tampoco, pero tú no eres anónima en el momento en que heme aquí diciéndote esto, enviándotelo como una carta, dándotela de oír o de leer, importándome infinitamente más dártela que lo que ella podría trasmitir, en el momento en que me llega de ti el deseo que tienes de la carta, en el momento en que me dejo dictar por ti lo que querría darte desde mí mismo. ¿Por qué? ¿Por qué en este mismo momento?

Supón que al darte -poco importa qué-, quiera darle de él, a Enmanuel Levinas. No tributarle algo, por ejemplo, un homenaje, ni siquiera entregarme a él, sino darle algo que escape del círculo de la restitución o de la «cita» («La proximidad -escribe él no entra en ese tiempo común de los relojes que hace posible las citas. La proximidad es trastorno»). Querría hacerlo sin falta, con un «sin-falta» que no pertenece ya al tiempo ni a la lógica de la cita. Haría falta, pues, que, más allá de toda restitución posible, mi gesto actuase, sin deuda, en la ingratitud absoluta. La trampa está en que entonces estoy rindiendo homenaje, el único homenaje posible a su obra, a lo que su obra dice de la Obra: «La obra pensada hasta el fondo exige una generosidad radical del movimiento que, en lo Mismo, va hacia lo Otro. La Obra exige, por consiguiente, una ingratitud del otro». Lo habrá escrito dos veces, dos veces en apariencia literalmente idéntica, en La huella del otro y en La significación y el sentido. Pero no puede hacerse, volveré de esto, la economía de esta serialidad.

Supón, pues, que quiera dar, a E.L., y más allá de toda restitución. De mi parte o de la suya. Tendré que hacerlo, sin embargo, conforme a lo que él habrá dicho de la Obra en su obra, en la Obra de su obra. Seguiré estando cogido en el círculo de la deuda y de la restitución con las que habrá que negociar lo no-negociable. Me debatiré interminablemente y desde siempre, y antes incluso de haberlo sabido, hasta el momento en que afirmaría quizás la disimetría absolutamente anacrónica de una deuda sin préstamo, sin reconocimiento, sin restitución posible.

Según la cual él habrá inmemorablemente obligado, antes incluso de llamarse con el nombre que sede, antes de pertenecer al género que sea. La conformidad del con comforme no es ya pensable en la lógica de la verdad que domina -sin poder mandar sobre ellas- nuestra lengua y la lengua de la filosofía. Si, para dar sin restituir, debo conformarme a lo que dice de la Obra en su obra, a lo que da en ésta también como nuevo trazado del dar, si más precisamente debo conformar mi gesto a lo que hace la Obra en su Obra, que es más viejo que su obra, y cuyo Decir, según sus mismos términos, no se reduce a lo Dicho, henos aquí empeñados, antes de cualquier empeño, en una increíble lógica, formal y no formal. Si restituyo, si restituyo sin falta, estoy en falta. Y si no restituyo, dando más allá del reconocimiento, corro el riesgo de la falta. Por el momento dejo a esta palabra -la falta- toda la libertad de estos registros, desde el crimen a la falta de ortografía: en cuanto al nombre propio de lo que se encuentra aquí en juego, en cuanto al nombre propio de lo otro, eso vendrá a ser quizás lo mismo. ¿Habrá que inventarlo, el nombre de lo otro? Pero ¿qué quiere decir inventar?, ¿encontrar, describrir, desvelar, hacer venir allí donde aquel estaba, sobrevenir allí donde aquel no estaba? ¿Siempre sin prevenir?

Ya estás prevenida, ese es el riesgo o la ocasión de esa falta que me fascina o me obsesiona en este mismo momento, y en lo que puede convertirse un escrito fallido, una carta fallida (ésta que te escribo), lo que puede quedar de ella, lo que da que pensar de un texto o de un resto la ineluctable posibilidad de una falta o un fallo como ése. Ineluctable desde el momento en que la estructura de «falibilidad» es a priori más vieja que todo a priori. Si alguien (Él) te dice desde un principio: «no me devuelvas lo que yo te dé», estás en falta antes incluso de que haya acabado de hablar. Basta con que lo oigas, con que empieces a comprender y a reconocer. Has empezado a recibir su conminación, a rendirte a lo que dice, y mientras más le obedezcas no restituyéndole nada mejor le desobedecerás y te volverás sordo a lo que te dirige. Esto podría parecer una paradoja lógica o una trampa. Pero es «anterior» a toda lógica. He hablado por error de trampa hace un instante. Esto no se siente como una trampa más que a partir del momento en que, por voluntad de dominio y de coherencia, se pretendiese escapar a la disimetría absoluta. Sería una manera de reconocer el don para rehusarlo. Nada es más difícil que aceptar un don. Ahora bien, lo que «quiero» «hacer» aquí es aceptar el don, afirmarlo y reafirmarlo como lo que he recibido. No de alguien que habría tenido la iniciativa de eso, sino de alguien que habría tenido la fuerza de recibirlo, de reafirmarlo. Y si es así como yo te doy (a mi vez), eso no formará una cadena de restituciones, sino otro don, el don del otro. La invención del otro. ¿Es eso posible? ¿Habrá sido eso posible? Pero ¿no debe haber tenido ya lugar eso, antes que todo, para que la cuestión pueda surgir de ahí, cosa que la hace caduca por anticipado?

El don no es, no se puede preguntar «qué es el don», pero es con esa condición como habrá habido bajo ese nombre o bajo otro un don.

Supón, pues: más allá de toda restitución, en la ingratitud radical (pero, cuidado, no sin que importe cuál, no la que sigue perteneciendo al círculo del reconocimiento y la reciprocidad), deseo (ello desea en mí pero el ello no es no-yo neutro) intentar dar a E.L. ¿Esto o aquello? ¿Tal o cual cosa? ¿Un discurso, un pensamiento, un escrito? No, eso seguiría dando lugar a intercambio, comercio, reapropiación económica. No, sino darle el dar mismo del dar, un dar que ni siquiera sea ya un objeto o un llamado presente, puesto que todo presente permanece en la esfera económica de lo mismo, ni un infinitivo impersonal (así, hace falta que el «dar» horade aquí el fenómeno gramatical dominado por la interpretación corriente de la lengua), ni alguna operación o acción lo bastante idéntica a sí misma como para volver a lo mismo. Este «dar» no debe ser ni una cosa ni un acto: de una cierta forma debe ser alguno (o alguna) que no sea yo: ni él («él»). Extraño, ¿no?, este exceso que desborda la lengua en todo instante y que sin embargo la requiere, la pone en movimiento incesante en el mismo momento de atravesarla. Esta travesía no es una transgresión, el paso de un límite cortante, la misma metáfora del desbordamiento no le conviene ya desde el momento en que implica todavía alguna linealidad.

Antes incluso de que lo intente o desee intentarlo, supón que el deseo de este don sea reclamado en mí por el otro, sin que no obstante esté obligado a eso, al menos antes de toda obligación de coacción, contrato, gratitud o reconocimiento: un deber sin deuda, una deuda sin contrato. Esto tendría que pasar al margen de él, o tendría que pasar con no importa quién. Pero eso exige a la vez este anonimato, esta posibilidad de sustitución indefinidamente equivalente, y la singularidad, no, la unicidad absoluta del nombre propio. Más allá de cualquier cosa, de todo lo que podría extraviarlo o seducirlo hacia otra cosa, más allá de todo lo que podría regresar a mí de una manera u otra, un don tal tendría que ir derecho a lo único, a lo que su nombre habrá nombrado únicamente, a eso único que habrá dado su nombre. Ese derecho no depende de ningún derecho, de ninguna jurisdicción trascendente al don mismo, es el derecho de lo que él llama, en un sentido que quizás no comprendes todavía porque él trastorna la lengua cada vez que la visita, la rectitud o la sinceridad.

Eso que su nombre habrá nombrado o dado únicamente. Pero (pero habrá que decir siempre pero en cada palabra) únicamente en otro sentido que el de la singularidad que guarda celosamente su propiedad de sujeto irreemplazable en un nombre propio de autor o de propietario, en la suficiencia del yo seguro de su firma. Y supón en fin que en el trazado de ese don cometa una falta, que la deje, como suele decirse, deslizarse, que no escriba rectamente, que no llegue a dar como hay que hacerlo (pero hay que, hay que entender de otro modo el hay que) o que no llegue a darle a él un don que no sea de él. No estoy pensando en este mismo momento en una falta sobre su nombre, su nombre de pila o su nombre patronímico, sino en tal defecto de escritura que acabaría por constituir una especie de falta de ortografía, un mal tratamiento infligido a su nombre propio, lo haga yo o no en conciencia, adrede.

Como en esta falta está implicado tu cuerpo, y como, lo acabo de decir, el don que le haré viene de ti que me lo dictas, entonces tu inquietud se acrecienta. Esa falta, ¿en qué podría consistir? ¿Se la podrá evitar nunca? Si fuese inevitable -y en consecuencia irreparable a fin de cuentas -¿por qué habría que pedir su reparación? Y sobre todo, sobre todo, en esta hipótesis, ¿qué es lo que tendría lugar? Quiero decir: ¿qué pasaría (y al margen de qué, de quién)? ¿Cuál sería el lugar propio de este texto, de este cuerpo fallido? ¿Tendrá propiamente lugar? ¿Dónde? ¿Dónde deberíamos, tú y yo, dejarle ser?

-No, no dejarlo ser. Enseguida tendremos que darle de comer, de beber, y tú me escucharás.

-¿Tiene lugar el cuerpo de un texto fallido? Él, él tiene una respuesta a esta cuestión. Eso parece. No debe haber protocolo a un don, ni preliminares que se demoren en las condiciones de posibilidad. O bien entonces los protocolos deben ya hacer don. Así pues, es a título de protocolo, y sin saber hasta qué punto es probable que haya ahí un don, como quisiera en primer término interrogar por su respuesta a la cuestión del texto fallido. Su respuesta es en primer término práctica. Trata la falta, trata con la falta, escribiendo: de una cierta manera y no de otra. El interés que pongo en la manera como escribe sus trabajos puede parece fuera de lugar: escribir, en el sentido corriente de esta palabra, producir frases y componer, explotar una retórica o una poética, etc., no es lo que a él le importa en última instancia; eso es para él un conjunto de gestos subordinados. Y sin embargo, la obligación que se encuentra en juego en la pequeña frase de hace un momento, creo que se anuda en una cierta manera de ligar: no sólo el Decir a lo Dicho, como dice él, sino el Escribir a lo Dicho y el Decir a lo escrito, y de ligar, ceñir, encadenar, entrelazar según una estructura serial de un tipo singular. Acerca de lo que yo mismo enlazo a esa palabra serie insistiré más tarde.

Así pues, ¿cómo escribe él? ¿Cómo lo que escribe produce trabajo y Obra en el trabajo? ¿Qué hace, por ejemplo y por excelencia, cuando escribe en presente, en la forma gramatical del presente, para decir lo que no se presenta y no habrá sido jamás presente, como que el llamado presente no se presenta más que en nombre de un Decir que lo desborda, por fuera y por dentro, infinitamente, como una especie de anacronía absoluta, la de algo completamente otro que, siendo inconmensurablemente heterogéneo a la lengua del presente y al discurso de lo mismo, deja ahí sin embargo una huella: siempre improbable, pero cada vez determinada, ésta y no otra? ¿Qué hace para inscribir o dejar que se inscriba lo completamente otro en la lengua del ser, del presente, de la esencia, de lo mismo, de la economía, etc., en su sintaxis y en su léxico, bajo su ley? ¿Qué hace para dar lugar, inventándolo, a eso que, más allá del ser, del presente, de la esencia, de lo mismo, de la economía, etc., permanece absolutamente extraño a ese médium, absolutamente desligado de esa lengua? ¿No habrá que invertir la cuestión, al menos aparentemente, y preguntarse si esta lengua no estará desligada de ella misma, y así, abierta a lo completamente otro, a su propio más allá, de tal suerte que se trataría menos de excederla, esta lengua, que de tratar de otro modo con sus propias posibilidades? Tratar de otro modo, es decir, calcular la transacción, negociar el compromiso que dejará intacto lo no-negociable y actuar de forma que la falta, consistente en inscribir lo completamente otro en el imperio de lo mismo, altere lo mismo lo suficiente como para absolverse de sí misma. Esa es a mi juicio su respuesta; y esta respuesta de hecho, si se puede decir, esta respuesta en acto, en obra más bien en la serie de las negociaciones estratégicas, esta respuesta no responde a un problema o a una cuestión, responde al Otro -para el Otro- y aborda la escritura orientándose a ese para-el Otro. Es a partir del Otro como entonces la escritura da lugar a, y produce, acontecimiento, inventa el acontecimiento, por ejemplo, éste: «Él habrá obligado».

Es esta respuesta, la responsabilidad de esta respuesta lo que yo querría interrogar a su vez. Interrogar no es la palabra, sin duda, y sigo sin saber calificar lo que pasa aquí entre él, tú y yo, que no pertenece al orden de las cuestiones y las respuestas. Sería más bien su responsabilidad -y lo que él dice de la responsabilidad- lo que nos interroga por encima de todos los discursos codificados sobre el tema.

Así pues, ¿qué hace él? ¿Cómo actúa cuando, bajo una falsa apariencia de presente, en un más-que-presente, habrá escrito esto, en donde leo lentamente para ti, en este mismo momento, escucha, lo que dice de Psyché, del «psiquismo como grano de locura».

 

La responsabilidad para con el Otro -a contrapelo de la intencionalidad y del querer que la intencionalidad no alcanza a disimular- no significa el desvelamiento de algo dado y su recepción o percepción, sino mi exposición al otro, que es previa a toda decisión. Reivindicación del Mismo por el otro en el corazón de mí mismo, tensión extrema del mandato que el otro ejerce en mí sobre mí, toma traumática del Otro sobre el Mismo, tensa hasta el punto de no dejar al Mismo tiempo de esperar al Otro. [...] El sujeto se aliena en la responsabilidad en los trasfondos de su identidad con una alienación que no vacía al Mismo de su identidad, sino que lo constriñe ahí, con una asignación irrecusable, se constriñe como persona allí donde nadie podría reemplazarlo. La unicidad, fuera de concepto, psiquismo como grano de locura, el psiquismo que es ya psicosis, no un Yo, sino yo bajo asignación. Asignación a identidad para la respuesta de la responsabilidad en la imposibilidad de hacerse reemplazar sin carencia. A este mandamiento mantenido sin relajo sólo puede responder «heme aquí», en donde el pronombre «yo» está en acusativo, declinado antes de toda declinación, poseído por el otro, enfermo,[i] idéntico. Heme aquí -decir propio de la inspiración que no es ni el don de bellas palabras, ni de cánticos-. Constricción a dar, a manos llenas, y por consiguiente a la corporeidad. [...] Subjetividad del hombre de carne y sangre, más pasiva en su extradición al otro que la pasividad del efecto en una cadena causal; pues está más allá de la actualidad misma que es la unidad de la apercepción del yo pienso, arrancarse-a-sí-mismo-para-otro en el dar-al-otro-el-pan-de-su-boca; no una relación formal, anodina, sino toda la gravedad del cuerpo extirpado de su conatus essendi en la posibilidad del dar. La identidad del sujeto se acusa aquí no por medio de un descansar sobre sí, sino por una inquietud que me persigue fuera del núcleo de mi sustancialidad.

 

(Habría querido considerar lentamente el título del trabajo que acabo de citar, Autrement qu’étre ou audelá de l’essence [De otro modo que ser o más allá de la esencia]: en una singular locución comparativa que no forma una frase, un adverbio [de-otro-modo] prevalece desmesuradamente sobre un verbo [y qué verbo: ser] para decir un «otro», que no puede formar, ni siquiera modificar un nombre o un verbo, ni ese nombre-verbo que corresponde siempre a ser, para decir un «otro» que no es ni adjetivo ni nombre, sobre todo no la simple alteridad que pondría de nuevo el de-otro-modo, esta modalidad sin sustancia, bajo la autoridad de una categoría, de una esencia, de un ser de nuevo. El más allá de la verbalización [constitución en verbo] o de la nominalización, el más allá de la symploké que liga los nombres y los verbos para producir el juego de la esencia, ese más allá deja una cadena de huellas, otra symploké, ya «en» el título, más allá de la esencia, sin dejarse incluir en él sin embargo, deformando más bien la curvatura de sus bordes naturales.)

Lo que acabas de oír, el «presente» del «Heme aquí» entregado al otro y declinado antes de toda declinación. Este «presente» era ya muy complicado en su estructura, se diría casi que estaba contaminado por aquello mismo de lo que habría tenido que apartarse. No es el supuesto firmante del trabajo, E.L., quien dice «Heme aquí», yo actualmente. Él cita un «heme aquí», tematiza lo no-tematizable (para utilizar ese vocabulario al que habrá atribuido una función conceptual regular -y un poco singular- en sus escritos). Pero más allá del Cantar de los cantares o del Poema de los poemas, la cita de cualquiera que dijera «heme aquí» debe marcar esta extradición en que la responsabilidad por el otro me entrega al otro. Ninguna marca gramatical en cuanto tal, ninguna lengua, ningún contexto bastarán para determinarlo. Esta cita-presente que, en cuanto cita, parece borrar el acontecimiento presente de un «heme aquí» irreemplazable, sirve también para decir que en «heme aquí» el Yo no se presenta ya como un sujeto presente a sí, que se hace presente a sí desde sí mismo (yo-me): está declinado, antes de toda declinación, «en acusativo» y él.

-¿Él o ella, ya que se requiere la interrupción del discurso? ¿No es «ella» en el Cantar de los cantares? ¿Y quién sería «ella»? ¿Es eso indiferente? ¿Quién es E.L.? ¿Emmanuel Levinas? ¿Dios?

Casi siempre, en él, así es como fabrica su trabajo, interrumpiendo el tejido de nuestra lengua y tejiendo después las propias interrupciones, de manera que otra lengua viene a trastornar ésta. No la habita: la encanta. Otro texto, el texto de lo otro viene entonces en silencio, según una cadencia más o menos regular, a dislocar la lengua de traducción, a convertir su versión, a hacer que se dé la vuelta, a plegarla a aquello precisamente que pretende introducir. Aquella lengua la desasimila. Pero entonces, esta frase traducida y citada del Cantar de los cantares, de la que habría que recordar en primer término que es ya una respuesta, y una respuesta más o menos ficticia en su retórica, y encima una respuesta dada para ser a su vez citada, trasmitida, comunicada en discurso indirecto, en donde el acusativo encuentra mejor su verosimilitud gramatical (distintas traducciones lo trasmiten con mayor o menor exactitud: «He abierto a mi amado; / pero mi amado se había ido, había desaparecido. / Estaba fuera de mí cuando me habló [...]. Le he llamado y él no me ha respondido [...]. Los guardias de las murallas me quitaron el velo. / Muchachas de Jerusalén, os conjuro / que si encontráis a mi amado le digáis..., / ¿qué le diréis?... / Que estoy enferma de amor». O bien: «Yo misma abro a mi amado / pero mi amado se ha marchado ya. / Salgo a su llamada: / lo busco y no lo encuentro. / Lo llamo: no me responde. [...] / A mí, me quitan el manto, / los guardianes de las murallas. Os conjuro, hijas de Jerusalén: si encontráis a mi amado, ¿qué le anunciaréis? / -Que enferma de amor, yo...») esta frase traducida y citada (en nota, para abrir así y deportar allí el texto principal) es a una boca de mujer de donde se arranca para ser entregada al otro. ¿Por qué no lo precisa en este trabajo?

Sin duda porque eso resulta, en este contexto y de acuerdo con su propósito más urgente, secundario. Así pues, no parece que él responda a esta cuestión al menos aquí. En el pasaje que cita el «heme aquí» y que a mi vez yo te he leído la estructura de los enunciados se complica con la «constricción a dar». Lo que se encuentra citado ahí es lo que ninguna cita debería ya poder amortigua lo que cada vez no se dice más que una vez y desde ese momento excede, no el decir sino lo dicho en la lengua. La frase describe o dice lo que, en el interior de lo dicho, interrumpe éste, lo hace de golpe anacrónico al decir, a la vez negocia entre lo dicho y el decir e interrumpe la negociación, negociando enseguida la interrupción misma. Esta negociación trata con una lengua, con el orden de gramática y de un léxico, con un sistema de coerciones normativas que tiende a prohibir lo que hay que decir aquí, a saber, la constricción a dar y la extradición de la subjetividad al otro. La negociación tematiza lo que no se deja tematizar en el trayecto mismo de esta transacción, fuerza a la lengua a contraerse con lo extraño, con aquello que ella sólo puede incorporarse, sin llegar a asimilársela De golpe, de forma apenas legible, el otro falta a su compromiso en la negociación contaminante, marca furtivamente la fractura de un decir que, aun no estando ya dicho en la lengua, no queda sin embargo reducido al silencio. El enunciado gramatical está ahí, pero se ha dislocado para hacer sitio, aunque sin domicilio, a una especie de agramaticalidad del don asignado a partir del yo en acusativo, etc. La lengua prohibidora está prohibida pero continúa hablando, no puede hacerlo pero ya no puede más que continuar extrañamente interrumpiéndose, desconcertada por lo que la atraviesa en un solo paso, la arrastra después tras él aun dejándola en el mismo lugar. De ahí la función esencial de una cita, la singular operación que lleva a cabo y que consiste en, citando lo irrecitable, acusar a la lengua, al citarla a toda ella para que comparezca a la vez como testigo y como acusada en sus límites, ofrecida a un don, como un don al que ella no puede abrirse por sí misma. No se trata, pues, simplemente de una trasgresión, de un simple paso más allá de la lengua y de sus normas. No es un pensamiento del límite, al menos no ese límite demasiado fácilmente reprentado por medio de la palabra «más-allá», tan necesaria para la transacción. El paso más allá de la lengua requiere la lengua o más bien el texto como lugar de las huellas para un paso que no está (presente) en otra parte. Por eso el movimiento de esta huella al pasar más allá de la lengua no es clásico, no instrumetaliza, no secundariza el logos. Éste sigue siendo indispensable como el pliegue que se pliega al don, y como la lengua de mi boca cuando le arranco el pan para dárselo al otro. Es también mi cuerpo.

Se podría afinar más, pero importa poco, la descripción de esta estructura discursiva. Cualquiera que sea su complicación, el ejemplo que acabamos de encontrarnos se mantiene todavía dentro de límites bastante estrictos. Debido a la cita de primer grado, de alguna manera, del «heme aquí» que no es la exhibición complaciente del yo sino la exposición sin reserva de su secreto que se mantiene secreto, el presunto firmante, E.L., no dice directamente Yo en el texto. Habla del «yo pienso» ciertamente de otro modo, y algunas veces se mantiene irreductible la indecisión en cuanto a saber si dice «yo» o el «yo» (por ejemplo: «La identidad del sujeto se acusa aquí no por medio de un descansar sobre sí, sino por una inquietud que me persigue fuera del núcleo de mi sustancialidad». Más arriba, en el mismo libro, escribe: «No he hecho nada y siempre he estado encausado: perseguido. La ipseidad, en su pasividad sin arché de la identidad, es rehén. La palabra Yo significa heme aquí respondiendo de todo y de todos» [La exposición, IV. La sustitución, 4]), de acuerdo con una retórica que puede parecer tradicional en el discurso filosófico. Pero en el pasaje que has oído no hay nada que señale un cierto presente de la inscripción, en este mismo momento, el mantenimiento fenoménico de la escritura, el «estoy diciendo ahora que estoy diciendo (el Decir)» o «estoy escribiendo ahora que estoy escribiendo (el Decir)», lo que estáis leyendo en este mismo momento. Al menos no está tematizado. Cuando eso ocurra, y eso ocurre, habrá que complicar una vez más los protocolos de la negociación con las potencias contagiosas o contaminantes de una lengua reapropiadora, de la lengua de lo Mismo, extraña o alérgica a lo Otro. Y producir o reconocer en ella los síntomas de esta alergia. Sobre todo cuando algo así como un «he aquí lo que pasa en este momento», «he aquí lo que quiero decir y cómo lo digo en este trabajo», «he aquí como escribo algunos de mis libros» viene a describir la ley de esta negociación y al mismo tiempo a interrumpirla no sin referir la interrupción. Pues esta negociación no es una negociación como cualquier otra. Ésta negocia lo no-negociable y no con tal o cual compañero o adversario, sino con la negociación misma, con el poder negociador que cree que puede negociar todo. Esta negociación (que interrumpe pasivamente, casi se diría ociosamente, la actividad negociadora, que la ciega con una doble negación) debe negociar el tratamiento de lo no-negociable para reservarle a éste su ocasión, es decir, para que dé y no se reserve intacto, como lo mismo.

He aquí un ejemplo de esto (yo mismo me limitaré a algunos ejemplos, habida cuenta de la economía regulada en este mismo momento por el tiempo de escritura, el modo de composición y la factura editorial de este trabajo). Escucha:

 

Pero ¿acaso la razón de la justicia, del Estado, de la tematización, de la sincronización, de la re-presentación del logos y del ser no termina por absorber en su coherencia la inteligibilidad de la proximidad en la que se ilumina? ¿No es necesario subordinar ésta a aquella, ya que el mismo discurso que en este montento desarrollamos [la cursiva es mía, J.D.] vale por su Dicho, puesto que al tematizarlo sincronizamos los términos, formamos un sistema entre ellos, utilizamos el verbo ser, situamos en el ser toda significación que pretenda significar más allá del ser? ¿O bien habrá que reclamar la alternancia y la diacronía como tiempo de la filosofía? [...]

 

Y un poco más lejos, lo siguiente, en donde advertirás, en torno al «en este mismo momento», la metáfora del hilo reanudado. Ésta pertenece a una fábrica muy singular, la de una relación (en el sentido de relato, esta vez, relación de lo mismo que recupera en sus nudos las interrupciones de la Relación con el Otro) por medio de la cual el logos filosófico se reapropia, recupera en su tela la historia de todas sus rupturas:

 

Toda contestación e interrupción de este poder del discurso es inmediatamente relatada e invertida por el propio discurso. Así, éste vuelve a comenzar desde que se lo interrumpe [...]. Este discurso se afirmará como coherente y uno. Al relatar la interrupción del discurso o mi arrobamiento en el discurso, reanudo su hilo. [...]. ¿Y no estamos nosotros, en este mismo momento [la cursiva es mía, J.D.] a punto de cortar la salida a la que tiende todo nuestro ensayo y de encerrar en un círculo por todas partes nuestra posición? Las palabras excepcionales mediante las que se dice la huella de la pisada y la extravagancia del acercamiento -Uno, Dios- se convierten en términos, vuelven al vocabulario, y se ponen a disposición de los filólogos, en lugar de desmontar el lenguaje filosófico. Incluso se refieren sus explosiones. [...]. Así significa el equivoco indesmallable que teje el lenguaje [De otro modo que ser..., pp. 213-215; tr. esp. modificada, pp. 247-250].

 

En la cuestión que acaba de plantearse («¿Y no estamos nosotros, en este mismo momento...?») el «en este mismo momento» sería la forma envolvente, la tela de un texto que recupera incesantemente en él todas sus desgarraduras. Pero dos páginas más adelante, el mismo «en este mismo momento», dicho de otra manera en el texto, cogido en otro encadenamiento-desencadenamiento, viene a decir algo totalmente diferente, a saber, que «en este mismo momento» tiene lugar la brecha interruptora, ineluctable, en el mismo momento en que la relación discursiva, el relato filosófico pretende reapropiarse la desgarradura en el continuum de su textura:

 

[...] los intervalos no son recuperados. El discurso, que suprime las interrupciones del discurso relatándolas, ¿no mantiene la discontinuidad bajo los nudos en los que se reanuda el hilo?

Las interrupciones del discurso reencontradas y relatadas en la inmanencia de lo dicho se conservan como en los nudos de un hilo reanudado, huella de una sincronía que no entra en el presente, que se rehúsa a la simultaneidad.

Pero el último discurso, en el que se enuncian todos los discursos, lo vuelvo a interrumpir al decírselo a aquel que lo escucha y que se sitúa fuera de lo Dicho que dice el discurso, fuera de lo que éste abarca. Lo cual es verdadero también respecto al discurso que en este mismo momento [la cursiva es mía] estoy en trance de sostener. Esta referencia al interlocutor horada de un modo permanente el texto que el discurso pretende tejer tematizando y envolviendo todas las cosas. Al totalizar el ser el discurso como Discurso aporta así un desmentido a la misma pretensión de totalización [pp. 216 y 217; trad. p. 251].

 

Con dos páginas de intervalo, de un intervalo que ni puede ni debe reducirse y que constituye aquí una serialidad absolutamente singular, el mismo «en este mismo momento» no parece repetirse sino para dislocarse sin remisión. Lo «mismo» del «mismo» de «en este mismo momento» ha señalado su propia alteración, aquella que desde siempre lo habrá abierto a lo otro. El «primero», aquel que constituía el elemento de la reapropiación en el continuum, habrá sido obligado por el «segundo», el otro, el de la interrupción, antes incluso de producirse y para producirse. Habrá formado texto y contexto con él, pero en una serie en la que el texto compone con su propia (si se puede decir todavía) desgarradura. El «en este mismo momento» no compone con él mismo más que según una anacronía desmesurada, inconmensurable consigo misma. La textualidad singular de esta «serie» no encierra al Otro, por el contrario, se abre desde la irreductible diferencia, la pisada o la huella anterior a todo presente, anterior a todo momento presente, anterior a todo lo que creemos entender cuando decirnos «en este mismo momento».

Esta vez, el «en este mismo momento», que sin embargo se ha citado (re-citado de una página a otra para marcar la interrupción del relato), no habrá sido, como el «heme aquí» de hace un instante, una cita. Su iteración pues es iterable y está repetido en la serie- no es del mismo tipo. Si la lengua está ahí a la vez (como dirían los teóricos de los speech acts) utilizada y mencionada, la mención no es de la misma especie que la del «heme aquí» que se encontraba también, hace un instante, citado, en el sentido tradicional de este término. Es, pues, un extraño acontecimiento. En él las palabras describen (constatan) y producen (realizan) indecidiblemente. Un escrito y un escribir implican inmediatamente el «yo-ahora-aquí» del escritor. El extraño acontecimiento lleva consigo una repetición serial, pero se repite de nuevo en otra parte, como serie, regularmente. Por ejemplo, al final de «Le non de Dieu d’apres quelques textes talmudiques» (Archivio di Filosofía, Roma, 1969). La expresión «en este mismo momento» o «en este momento» aparece ahí dos veces, con tres líneas de intervalo, ofreciéndose la segunda como repetición deliberada, si no estrictamente citadora, de la primera. La alusión calculada señala ahí en todo caso el mismo momento (que es cada vez ahora) y la misma expresión, aunque entre un momento y otro el mismo momento no sea ya el mismo. Pero si no es ya el mismo, el asunto no está en que, como en la «certeza sensible» de la Fenomenología del espíritu, el tiempo ha pasado (desde que escribí Das Jetzt ist die Nacht) y que el ahora no es ya el mismo ahora. El asunto está primeramente en otra cosa, en la cosa como Otro. Escucha, es de nuevo el alma, o psyché:

 

Responsabilidad que, antes del discurso que se apoya en lo dicho, es probablemente la esencia del lenguaje.

 

[Entrecorto aquí mi lectura para admirar ese «probablemente»: que no tiene nada de empírico o de aproximativo, que no hace perder ningún rigor al enunciado que determina. Como responsabilidad (ética anterior a la ontología), la esencia del lenguaje no pertenece al discurso sobre lo dicho, el cual sólo puede determinar seguridades. Aquí la esencia no define el ser de lo que es, sino lo que debe ser o habrá sido, y que no puede ser probado en la lengua del ser presente, en la lengua de la esencia en cuanto que ésta no soporta ninguna improbabilidad. Aunque el lenguaje sea también aquello que, al acompañar a la presencia, a lo mismo, a la economía del ser, etc., no tendrá seguramente su esencia en esta responsabilidad que responde (a) del otro como pasado que no habrá sido jamás presente, «es» sin embargo esa responsabilidad lo que pone en movimiento el lenguaje. No habría lenguaje sin esa responsabilidad (ética) pero no es jamás seguro que el lenguaje se rinda a la responsabilidad que lo hace posible (a su esencia simplemente probable): siempre puede (y es incluso probablemente, hasta un cierto punto, ineluctable) traicionarlo y tender a encerrarlo en lo mismo. Hace falta que esta libertad para traicionar le sea dejada para que pueda rendirse a su esencia que es la ética. La esencia por una vez, la única vez, se ve entregada a la probabilidad, al riesgo y a la incertidumbre. A partir de lo cual la esencia de la esencia queda por pensar de nuevo desde la responsabilidad del otro, etc.]

 

Ciertamente se objetará: si entre el Alma y lo Absoluto puede existir otra relación que la tematización, el hecho de hablar de ello y de pensarlo en este mismo momento [la cursiva es mía, J.D.] el hecho de envolverlo con nuestra dialéctica, ¿no significa eso que pensamiento, lenguaje y dialéctica son soberanos con respecto a esa Relación?

Pero el lenguaje de la tematización, del que hacemos uso en este momento [la cursiva es mía, J.D.], quizás esa Relación tan sólo lo ha hecho posible, y aquel es meramente ancilar.

 

Un «quizás» («quizás esa Relación tan sólo lo ha hecho posible...») afecta de nuevo a esta afirmación: ésta concierne sin embargo a una condición de posibilidad, justo aquello que la filosofía sustrae a todo «quizás». Este consuena con el «probablemente» de hace un instante, y el «sólo» del hacer posible se lee además de dos maneras, quizás: 1) no se ha hecho posible más que por medio de esa Relación (forma clásica de un enunciado sobre la condición de posibilidad); 2) se ha hecho solamente posible (probable), lectura que corresponde mejor al orden sintáctico corriente, y a la inseguridad del quizás.

Habrás notado que los dos casos del «en este momento» están inscritos e interpretados, están producidos de acuerdo con dos gestos diferentes. En el primer caso, el momento presente está determinado a partir del movimiento de una tematización presente, de una presentación que pretende envolver en ella a la Relación que sin embargo la excede, pretende excederla, precederla, desbordarla. Ese primer «momento» hace que lo otro vuelva a lo mismo. Pero el otro, el segundo «momento», si bien es la excesiva relación de la psyché lo que lo hace posible, no es ya más, no habrá sido jamás un presente «mismo». Su «mismo» es (habrá sido) dislocado por aquello mismo que habrá sido (probablemente, quizás) su «esencia», a saber, la Relación. Aquel es anacrónico, en sí mismo disparatado, no se cierra ya sobre sí mismo. No es lo que es, en esta extraña, y solamente probable, esencia, más que dejándose de antemano abrir y deportar por la Relación que lo hace posible. Ésta lo habrá hecho posible; y al mismo tiempo imposible como presencia, mismidad, esencia segura.

Hay que precisarlo. Entre los dos casos del «en este momento» no hay sin embargo una relación de distinción. Es el «mismo» momento el que se repite y el que se divide cada vez en su relación con su propia esencia, con la responsabilidad que lo hace posible. En el primer caso, E.L. tematiza la tematización que envuelve, recubre, disimula la Relación. En el segundo caso, E.L. tematiza lo no-tematizable de una Relación que no se deja ya envolver en el tejido de lo mismo. Pero aunque haya entre los dos «momentos» un intervalo cronológico, retórico, lógico -e incluso ontológico, en la medida en que el primero pertenece a la ontología y el segundo escapa a ésta haciéndola posible-, es el mismo momento el que se escribe y se lee en su diferencia, en su doble diferencia, la una, que pertenece a la dialéctica, y la otra, que difiere (de) la primera, que la desborda infinitamente, y por anticipado. El segundo momento lleva un avance infinito sobre el primero. Y sin embargo es el mismo.

Pero hace falta una serie, un comienzo de serie de ese «mismo» (al menos dos instancias) para que la escritura de dislocación de lo Mismo hacia la Relación tenga una ocasión y una posición. E.L. no habría podido dar a entender la esencia probable del lenguaje sin esa singular repetición, ese citar o ese re-citar que hace venir lo Mismo a lo otro, más bien que volverse lo Mismo a lo Otro. He dicho una «ocasión», puesto que nunca se está coaccionado, incluso si se está obligado, a leer lo que se da aquí a leer. Ciertamente, parece claro, y dicho claramente, que en la segunda instancia, el «en este momento» que determina el lenguaje de la tematización se encuentra a su vez, no se puede decir ya que determinado, sino trastornado, en su significación corriente de presencia, por esa Relación que lo hace posible abriéndolo (habiéndolo abierto) a lo Otro, fuera de tema, fuera de presencia, más allá del círculo de lo Mismo, más allá del Ser. Esa abertura no abre algo (que tendría una identidad) a otra cosa. Quizás no es ni siquiera una abertura, sino más bien lo que ordena hacia lo Otro, a partir de la orden del otro, un «en este mismo momento» que no puede ya volver a sí mismo. Pero no hay nada que fuerce a leer así. Cabe siempre interpretarlo sin ir más allá, puesto que el más allá no abre a nada que sea. Cabe siempre hacer que el segundo «en este momento» vuelva al primero, lo envuelva de nuevo, cabe ignorar el efecto de serie o reducirlo a un concepto homogéneo de la serialidad, ignorar lo que esa serialidad comporta de singularmente diferente, y fuera de serie. Entonces todo volvería a ser lo mismo.

Pero ¿qué quiere eso decir? ¿Que triunfaría la dialéctica del primer momento? Ni siquiera. La Relación habrá tenido lugar sin embargo, habrá ya hecho posible la relación (como relato de las interrupciones) que pretende volver a coser todo en el texto discursivo. Todo volvería a ser lo mismo, pero el mismo puede igualmente también ser ya el otro, el del segundo «en este momento», el de -probablemente- la responsabilidad. De ahí se sigue que la responsabilidad en cuestión no está solamente dicha, nombrada, tematizada en una u otra instancia de «este momento»: esa responsabilidad es en primer lugar la tuya, la de la lectura a la que «este momento» está dado, confiado, entregado. Por consiguiente tu lectura no es ya una simple lectura que descifra el sentido de lo que se encuentra ya en el texto, sino que tiene una iniciativa (ética) sin límite. Esa lectura se obliga libremente a partir del texto del Otro, del que hoy se diría abusivamente que aquella lo produce, o que lo inventa. Pero que esa lectura se obligue libremente no significa ninguna autonomía. Tú eres el autor del texto que lees aquí, sin duda, eso puede decirse, pero permaneces en la heteronomía absoluta. Eres responsable del otro, que te hace responsable. Que te habrá obligado. E incluso si no lees como hay que hacerlo, como E.L. dice que hay que leer, más allá de la interpretación dominante (la de la dominación) que forma cuerpo con la filosofía de la gramática y la gramática de la filosofía, la Relación de dislocación habrá tenido lugar, ahí ya no puedes hacer nada, y sin saberlo habrás leído eso que habrá hecho posible, solamente, desde el Otro, lo que pasa: «en este mismo momento».

He aquí la extraña fuerza de un texto que se entrega a ti sin defensa aparente; la fuerza no está en lo escrito, desde luego, en el sentido corriente de ese término, sino que obliga a lo escrito en cuanto que ella solamente lo hace posible. El trastorno que aquella refiere (la Relación que aquella relata al Otro proporcionando el relato) no es jamás seguro, perceptible, demostrable: ni una conclusión demostrativa ni una mostración fenoménica. Ningún trastorno controlable por definición, nada legible en el interior de la lógica, de la semiótica, de la lengua, dentro de la gramaticalidad, del léxico, de la retórica, con sus criterios internos, presuntamente internos, pues nada hay menos seguro que los límites rigurosos de un tal interior.

Hace falta que ese elemento interno haya sido agujereado, horadado (calado), desgarrado, y además más de una vez, de forma más o menos regular, para que esta regularidad de la desgarradura (yo diría la estrategia de la desgarradura, si esa palabra estrategia no siguiese haciendo alusión demasiado -para él, no para mí- al cálculo económico, a la astucia de la estratagema y la violencia guerrera allí donde por el contrario hay que calcularlo todo para que el cálculo no dé razón de todo) haya obligado a recibir la orden que dulcemente te ha sido dada, confiada, de leer así y no de otro modo, de leer de otro modo y no así. Lo que yo quisiera darte aquí (de leer, de pensar, de amar, de comer, de beber, y como tú quieras) es lo que habrá dado él, y cómo da «en este mismo momento». El gesto es muy sutil, casi imperceptible. A la vista de lo que con él se pone en juego, debe permanecer casi imperceptible, solamente probable, no para ser decisivo (cosa que no debe ser) sino para responder de la ocasión ante el Otro. También el segundo «en este momento», el que da su tiempo a este lenguaje que «quizás tan sólo ha hecho posible esa Relación» con lo otro que toda presencia, no es otro que el primero, es el mismo en la lengua, lo repite con algunas lineas de intevalo y su referencia es la misma. Y sin embargo todo habrá cambiado, la soberanía se habrá vuelto ancilar. El primer «momento» daba su forma o su lugar temporal, su «presencia» a un pensamiento, un lenguaje, una dialéctica «soberanos con respecto a esta Relación». Entonces habrá -quizás, probablemente- pasado esto: que el segundo «momento» haya forzado al primero hacia su propia condición de posibilidad, hacia su «esencia», más allá de lo Dicho y del Tema. Aquel habrá desgarrado por anticipado pero con posterioridad en la retórica serial- la envoltura. Pero esta desgarradura misma no habrá sido posible sino según una cierta escotadura del segundo momento y una especie de contaminación analógica entre las dos, una relación entre dos inconmensurables, una relación entre la relación como relato ontológico y la Relación como responsabilidad del Otro.

Él ama aparentemente la desgarradura pero detesta la contaminación. Pero lo que mantiene en vilo su escritura es que hay que acoger la contaminación, el riesgo de contaminación, encadenando las desgarraduras, recuperándolas regularmente en el tejido o el texto filosófico de un relato. Esa recuperación es incluso la condición para que el más allá de la esencia conserve su oportunidad contra la costura envolvente de lo temático y de lo dialéctico. Hay que salvar la desgarradura, y para eso hay que oponer costura contra costura. Hay que aceptar regularmente (en serie) el riesgo de la contaminación para dejarle su oportunidad a la no-contaminación de lo otro por la regla de lo mismo. Su «texto» (y yo diría incluso el texto sin borrar un idioma irreemplazable) es siempre ese tejido heterogéneo que entrelaza, sin juntar, la textura y la no textura. Y que (como escribió en otro lugar otro, muy próximo y muy alejado) «se aventura a tramar el absoluto desgarramiento, desgarra absolutamente su propio tejido que se ha vuelto a hacer sólido y servil por darse de nuevo a leer». Propongo este acercamiento sin complacencia, para intentar pensar una necesidad: aquella que, sin ser formalizable, reproduce regularmente la relación de lo formalizable con lo no-formalizable.

Las «metáforas» de la costura y de la desgarradura obsesionan su texto. ¿Se trata solamente de «metáforas» desde el momento en que aquellas envuelven o desgarran el elemento mismo (el texto) de lo metafórico? Por el momento esto no tiene importancia. En todo caso aquellas parecen organizarse de la manera siguiente. Llamemos con una palabra, la interrupción (de la que él se sirve a menudo), a aquello que pone fin regularmente a la autoridad de lo Dicho, de lo temático, de lo dialéctico, de lo mismo, de lo económico, etc., a aquello que se desmarca de esta serie para ir derecho más allá de la esencia: al Otro, hacia el Otro. La interrupción habrá venido a desgarrar el continuum de un tejido que tiende naturalmente a envolver, a volver a cerrarse, a volver a coserse, a recuperar sus propias desgarraduras, a hacer precisamente como si éstas siguiesen siendo suyas y pudiesen volver a él.

Por ejemplo, en El nombre de Dios..., el primer «momento» parece el continuum de un tejido que «envuelve» el más allá en lo mismo y que prohíbe la interrupción. Ahora bien, en la frase siguiente, pero en el lenguaje de la tematización, el otro momento, el momento de lo Otro, señala la instancia de la desgarradura según una Relación que habrá hecho «solamente posible» el continuum mismo, que en consecuencia no habrá sido (no habrá de ser) el continuum que parecía ser. El futuro absolutamente anterior de esta desgarradura -como pasado absolutamente anterior- habrá hecho posible el efecto de costura. Y no a la inversa. Pero con la condición de dejarse contaminar, recuperar, recoser en aquello que él ha hecho posible. De lo que se sigue que la recuperación no es ya más lógica que la interrupción. De otro modo que ser...:

 

¿Puede la simple lógica volver, a coser las desgarraduras del texto lógico? Es en la asociación de la filosofía y del Estado, de la filosofía y de la medicina, donde se supera la ruptura del discurso. El interlocutor que no se pliega a la lógica se ve amenazado de prisión o de asilo, o bien sufre el prestigio del maestro y la medicación del médico. [...] Es gracias al Estado por lo que la razón y el saber son fuerza y eficacia. Pero el Estado no descuenta ni la locura sin retorno, ni siquiera los intervalos de la locura. No desata los nudos, sino que los corta. Lo Dicho tematiza el diálogo interrumpido o el diálogo aplazado por silencios, por fracasos o por delirios; pero los intervalos no se recuperan. ¿No mantiene el discurso que suprime las interrupciones del discurso relatándolas, la discontinuidad bajo los nudos en que se reanuda el hilo? Las interrupciones del discurso, vueltas a encontrar- y relatadas en la inmanencia de lo dicho, se conservan como en los nudos de un hilo reanudado, huella de una diacronía que no entra en el presente, que rechaza la simultaneidad [p. 216; tr. pp. 250-251].

 

Tanto si corta como si reanuda, el discurso de la filosofía, de la medicina o del Estado guarda a pesar suyo la huella de la interrupción. A pesar suyo. Pero para re-marcar la interrupción, cosa que hace la escritura de E.L., hay también que reanudar, a pesar suyo, en el libro, que no está intacto de filosofía, de medicina y de lógica estatal. Es muy fuerte la analogía entre el libro, la filosofía, la medicina, la lógica y el Estado. «El discurso interrumpido que recupera sus propias rupturas es el libro. Pero los libros tienen su destino, forman parte de un mundo que no engloban, pero que reconocen al escribirse, y al imprimirse, y al hacerse prologar y al hacerse preceder de pró-logos. Se interrumpen y apelan a otros libros, y se interpretan a fin de cuentas en un decir distinto de lo dicho.»

Ahora bien, él escribe libros, que no deben ser libros de Estado (de filosofía, de medicina, de lógica). ¿Cómo lo hace? En sus libros, como en los otros, la interrupción deja sus marcas, pero de otro modo. En ellos se forman nudos, que reparan las desgarraduras, pero de otro modo. Dejan aparecer lo discontinuo en su huella, pero como la huella no debe concentrarse en su aparecer, aquella puede seguir pareciendo la huella que lo discontinuo deja en el discurso lógico del Estado, de la filosofía, de la medicina. Así pues, la huella tiene que «presentarse» en ellos, sin presentarse, de otro modo. Pero ¿cómo? ¿Cómo se entrega al otro de otro modo este libro, este libro, el que componen los suyos más allá de toda totalidad? Entre un momento y otro -la diferencia habrá debido ser infinitamente sutil- aquel que recupera lo otro en sus mallas debe dejar otra huella de la interrupción en sus mallas y, al tematizar la huella, hacer otro nudo (dejado a la discreción del otro en la lectura). Pero otro nudo resulta insuficiente, hace falta otra cadena de nudos múltiples que tengan la singularidad de que no anuden hilos continuos (como finge hacerlo un libro de Estado), sino de que anuden hilos cortados que guardan la huella (quizás, probablemente) casi inaparente, de interrupciones absolutas, de lo ab-soluto como interrupción. La huella de esta interrupción en el nudo no es nunca simplemente visible, sensible, segura. No pertenece al discurso y no llega a éste más que desde el Otro. Esto es verdad también para el discurso de Estado, cierto, pero aquí la no-fenomenalidad debe obligar, sin forzar, a leer la huella como huella, la interrupción como interrupción, según un como tal que no sea ya reapropiable como fenómeno de la esencia. La estructura del nudo debe ser otra, aunque se parezca mucho. No estás nunca forzada a leerla, a reconocerla, no acaece sino por ti, a quien está entregada, y sin embargo habrá obligado, completamente de otro modo, a leer lo que no se está obligado a leer. Él no hace sólo, como todo el mundo, como el Estado, la filosofía, la medicina, nudos e interrupciones en su texto. Digo como todo el mundo pues si hay interrupción en todas partes hay nudos por todas partes. Pero hay en su texto, quizás, una complicación nodal suplementaria, otra manera de reanudar sin reanudar.

¿Cómo representar ese suplemento de nudo? Él debe encadenar los nudos de tal forma que el texto se sostenga, pero también de forma que las interrupciones, y en número (una sola no basta jamás), «queden»: no que quede un resto presente o aparente o sustancial, lo cual sería para ella otra manera de desaparecer, sino lo bastante trazadora en su pisada como para dejar la mayor oportunidad a la huella del otro. Pero para esto un solo nudo que guarde la huella de una sola interrupción no basta, ni una cadena que exhiba la huella de un solo hiato. Una sola interrupción en un discurso no realiza su labor, y se deja reapropiar inmediatamente. El hiato debe insistir, de ahí la necesidad de la serie, de la serie de nudos. La paradoja absoluta (de lo absoluto), es que esta serie, inconmensurable con ninguna otra, serie fuera de serie, no anuda hilos sino interrupciones entre los hilos, huellas de intervalos que el nudo debe sólo remarcar, dar para remarcar. Para nombrar esa estructura he escogido la palabra serie, para anudar a ella a mi vez series (fila, sucesión, hilera consecuente, encadenamiento ordenado de una multiplicidad regular, entrelazamiento, línea, descendencia) y seira (cuerda, cadena, lazo, cordón, etc). Se aceptará la ocasión de encontrar en la red de la misma línea uno al menos de los cuatro sentidos del sero latino (entrelazar, trenzar, encadenar, atar) y el eirv griego que dice (o anuda) el entrelazamiento del cordón y del decir, la symploké del discurso y del lazo. Esta serie ab-soluta permanece sin un solo nudo, pero anuda una multiplicidad de nudos reanudados, que no re-anudan hilos sino interrupciones sin hilo que dejen abierta la interrupción entre las interrupciones. Esta interrupción no es un corte, no depende de una lógica del corte sino de la de-stricturación absoluta. Por eso la abertura de la interrupción no es jamás pura. Y para distinguirse, por ejemplo, de lo discontinuo como síntoma en el discurso de Estado, no puede romper el parecido más que no siendo no importa cuál, y en consecuencia determinándose también en el elemento de lo mismo. No importa cuál: es aquí donde se sitúa la enorme responsabilidad de una obra -en el Estado, la filosofía, la medicina, la economía, etc-. Y el riesgo es ineluctable, está inscrito en la necesidad (otra palabra para decir el lazo que no se puede cortar) de la estructura, la necesidad de encadenar los momentos, aunque sean de ruptura, y de negociar la cadena, aunque sea de forma no dialéctica. Ese riesgo está él mismo regularmente tematizado en su texto. Por ejemplo, y tratándose precisamente de abertura: «¿Cómo pensar la abertura a lo otro que el ser sin que la abertura, como tal, signifique enseguida una reunión en coyuntura, en unidad de la esencia, donde enseguida se hundiría el sujeto mismo a quien se desvelaría esa reunión, tendiéndose el lazo con la esencia enseguida en la intimidad de la esencia?», etc. (De otro modo que ser...).

Hay, pues, varias maneras de encadenar las interrupciones y los pasos más allá de la esencia, de encadenarlos no simplemente en la lógica de lo mismo sino en el contacto (en el contacto sin contacto, en la proximidad) de lo mismo y de Otro; hay varias maneras de confeccionar tal indesmallable más bien que tal otro, pues el riesgo reside en que no valen igual todos. Ahí se siguen negociando una filosofía, una estética, una retórica, una poética, una psicagogia, una economía, una política: entre, si pudiese decirse todavía, el más acá y el más allá. Con una vigilancia que se diría probablemente de cada instante, para salvar la interrupción sin que al guardarla a salvo se la pierda todavía más, sin que la fatalidad de reanudamiento venga estructuralmente a interrumpir la interrupción, E.L. asume a este respecto riesgos calculados, tan calculados como es posible. Pero ¿cómo calcula? ¿Cómo calcula lo Otro en él para dejar sitio a lo incalculable? ¿Cuál habrá sido el estilo de este cálculo, si se debe llamar estilo a este idioma que marca la negociación con un sello singular e irreemplazable? ¿Y si los testimonios que da al otro de lo Otro, lo que le constituye a él mismo, según su propia palabra, en rehén, no son absolutamente irreemplazables?

Lo que llamo aquí el riesgo de la negociación obligada (pues si no se negocia la interrupción es todavía más seguro que aquella se interrumpe y que abandona lo no-negociable al mercado), aquello hacia lo que quizás se vuelve su atención en último extremo, es también lo que él llama la inevitable «concesión» («“Va más allá” es ya hacer concesiones al lenguaje ontológico y teorético, como si lo más-allá fuese todavía un término o un ente o un modo de ser o el contrapeso negativo de todo eso». De otro modo que ser..., p. 123; tr. p. 161), el riesgo siempre amenazante de la «traición» (p. 214; ir. p. 249) o de la «contaminación» («... he aquí las proposiciones de este libro que nombra lo más allá de la esencia. Noción que ciertamente no podría pretender originalidad, pero cuyo acceso no ha perdido nada de su antigua escarpadura. Las dificultades de la ascensión -y sus fracasos y sus repeticiones- se inscriben en una escritura que, sin duda también, atestigua el sofoco del investigador. Pero oír un Dios no contaminado por el ser es una posibilidad humana no menos importante y no menos precaria que sacar el ser del olvido en el que habría caído en la metafísica y en la ontoteología», p. X; tr. p. 42. Cf. también El nombre de Dios, p. 160). Cediendo por una parte a lo arbitrario, el del ejemplo en la serie, por otra parte, a la economía del discurso que encadeno aquí, tematicemos la «contaminación». Habitualmente ésta implica la mancha y el envenenamiento en el contagio de un cuerpo impropio. Aquí habrá bastado el simple contacto, desde el momento en que este habrá interrumpido la interrupción. El contacto sería a priori contaminante. Todavía más grave, el riesgo de contaminación aparecería antes del contacto, en la simple necesidad de anudar juntas unas interrupciones como tales, en la serialidad misma de las huellas y la insistencia de las rupturas. E incluso si esta cadena inaudita no reanuda hilos sino hiatos. La contaminación entonces no es ya un riesgo sino una fatalidad que hay que asumir. Los nudos de la serie contaminan sin contacto, como si a distancia los dos bordes restableciesen la continuidad gracias al simple estar frente a frente sus líneas. Además no se trata ya de bordes puesto que ya no hay línea, sólo puntas enhebradas absolutamente separadas de una orilla a la otra de la interrupción.

Una vez anudada, la punta de cada hilo queda sin contacto con la otra, pero la contaminación habrá tenido lugar entre los bordes (interno y externo), entre las dos puntas aproximadas de lo mismo y de lo otro, el uno manteniendo al otro en la diacronía del «momento».

El cordón de la obligación tiene empleo. No es una trampa, he dicho por qué hace un instante. Su estrictura incomparable contamina una obligación por medio de la otra, la que desliga por medio de la que liga, sin reciprocidad sin embargo. Jugando -apenas, quizás-, se diría que la obligación liga y desliga. Él habrá obligado: ligado y desligado, ligado desligando «conjuntamente», en la «misma» seriatura, la misma dia-sincronía, en una vez serial, ese «varias veces» que no habrá tenido lugar más que una vez. Ligado/desligado una obligación que obliga, una religión y una ob-ligación que desliga pero que, sin constituir simplemente ob-stáculo u ob-jeción a la ligadura, abre la religión en el desligamiento mismo.

Este cordón de la obligación sostiene el lenguaje. Lo mantiene, le impide que se deshaga pasando a través del ojete de una textura: alternativamente dentro y fuera, abajo y arriba, por un lado y por otro. Lo hace a medida, ciñe regularmente el cuerpo en su forma. Es dejando actuar a ese cordón como él habrá obligado.

Pero ¿quién es ese «él»? ¿Quién dice el «hay que» de esta obligación que se retira para estar entregada a tu discreción?

He aquí ahora otro ejemplo. Él habla de «este libro», aquí mismo, de la fábrica de «este trabajo», del «presente trabajo», repitiéndose esas expresiones como antes el «en este momento» pero entrelazándose esta vez con una serie de «hay que». Un «yo» y un «heme aquí» se deslizan ahí sin cesar desde la cita a una oscilación interminable entre el «uso» y la «mención». Se trata de las dos últimas páginas de De otro modo que ser... (Dicho de otro modo, cap. VI, Afuera, p. 232; tr. p. 265). De ahí destaco lo siguiente, no sin alguna abstracción artificial: «La significación el-uno-para-el-otro, la relación con la alteridad ha sido analizada en el presente trabajo [la cursiva es mía, J.D.] como proximidad, la proximidad como responsabilidad por el otro, y la responsabilidad por el otro como sustitución: en su subjetividad, en su porte mismo de sustancia separada, el sujeto se ha mostrado expiación-por-el-otro, condición o incondición de rehén». Interrumpo un instante: «en el presente trabajo» se ha presentado, pues, lo impresentable, una relación con lo Otro que hace fracasar toda reunión en la presencia, hasta el punto de que ningún «trabajo» puede enlazarse o cerrarse sobre su presencia, no puede tramarse o encadenarse para formar libro. El presente trabajo hace presente de aquello que no puede darse más que fuera de libro. E incluso fuera de marco. «El problema desborda el marco de este libro». éstas son las últimas palabras del último capítulo de Totalidad e infinito (inmediatamente antes de las «Conclusiones»). Pero lo que desborda acaba de anunciarse -es el anuncio mismo, la consciencia mesiánica- sobre el borde interno de este enunciado, sobre el marco del libro si no en él. Y sin embargo lo que se labra con el presente trabajo no forma obra más que fuera del libro. La expresión «en el presente trabajo» imita la tesis y el código de la comunicación universitaria, es irónica. Debe ser lo más discretamente posible: seguiría habiendo demasiada confianza y complacencia en romper ese código con estrépito La efracción no pone en ridículo, realmente hace el presente de este «trabajo presente».

Prosigamos: «Este libro interpreta el sujeto como rehén y la subjetividad del sujeto como sustitución que rompe con la esencia del ser. La tesis se expone imprudentemente al reproche de utopismo en medio de una opinión en la que el hombre moderno se toma por un ser entre los seres, cuando su modernidad estalla como una imposibilidad de permanecer en sí mismo. Al utopismo como reproche -si el utopismo es reproche, si algún pensamiento escapa al utopismo- este libro se escapa recordando que lo que tuvo humanamente lugar no ha podido jamás quedar encerrado en su lugar». Así pues, « la tesis» no se plantea, se expone, imprudentemente y sin defensa, y sin embargo esa vulnerabilidad misma es («hace falta esa debilidad», leeremos más adelante) la provocación a la responsabilidad por el otro, aquella da lugar a ésta, en un tener-lugar de este libro, en el que el esto no se encierra ya sobre sí mismo, sobre su propio tema. La misma dehiscencia que abría la serie de los «en este momento», hela aquí operando en «el presente trabajo», «este libro», «la tesis», etc. Pero la serie se complica siempre por el hecho de que el equívoco indesmallable, la contaminación, dentro de un instante se dirá la «hipocresía», está a la vez descrita y denunciada en su necesidad por medio de «este libro», por medio de «este presente trabajo», por medio de «la tesis» y en ellos, fuera de ellos en ellos pero consagrados en ellos a un afuera que ninguna dialéctica podrá reapropiarse en su libro. Así (cursiva mía en: hace falta, hacía falta):

 

[...] cada individuo es virtualmente un elegido), llamado a salir, a su vez -o sin esperar su vez- del concepto del Yo, de su extensión en el pueblo), llamado a responder de responsabilidad: yo, es decir, heme aquí para los otros, llamado a perder radicalmente su sitio, su abrigo en el ser, llamado a entrar en la ubicuidad que es también una utopía. Heme aquí para los otros; respuesta enorme cuya desmesura se atenúa de hipocresía desde el momento en que entran en mis propios oídos, advertidos como están de la esencia del ser, es decir, de la forma como este lleva su juego. Hipocresía denunciada de inmediato. Pero las normas a las que se refiere la denuncia se han oído en la enormidad del sentido y en la plena resonancia de su enunciado, verdaderas como un testimonio irrefrenable. De eso no hace falta, en todo caso, menos, para el poco de humanidad que adorna la tierra [...]. Ahí hace falta un desajuste de la esencia mediante el que ésta no sólo repugne la violencia. Esa repugnancia sólo atestigua el estadio de una humanidad debutante o salvaje, presta a olvidar sus asqueos, a investirse de «esencia del desajustes», a rodearse como toda esencia, inevitablemente celosa de su perseverancia, de los honores y virtudes militares. Para el poco de humanidad que adorna la tierra, hace falta un aflojamiento de la esencia en segundo grado: en la justa guerra hecha contra la guerra, temblar -hasta estremecerse- en todo instante, por causa de esa justicia misma. Hace falta esa debilidad. Hacía falta ese aflojamiento sin cobardía de la virilidad para el poco de crueldad que repudiaron nuestras manos. Ese es el sentido, principalmente, que debían sugerir las fórmulas repetidas en este libro [la cursiva es mía, J.D.] relativas a la pasividad más pasiva que la pasividad, a la ficsión del Yo hasta en mí, a su consumación para el otro sin que, de las cenizas de esta consumación, pueda renacer el acto.

 

Interrumpo de nuevo. ningún fénix hegeliano tras esta consumación. Este libro no es singular sólo porque no se unifica como ningún otro. Su singularidad está en esta serialidad, encadenamiento ab-soluto, riguroso pero con un rigor que sabe aflojarse como hace fàlta para no volverse a hacer totalitario, o incluso viril, y para entregarse a la discreción del otro en el hiato. Es en esta serialidad y no en otra (la fila en su colocación homogénea), en esta serialidad de trastorno, como hay que entender cada filosofema descolocado, desencajado, desarticulado, inadecuado y anterior a sí mismo, absolutamente anacrónico a lo que se dice de él, por ejemplo, «la pasividad más pasiva que toda pasividad» y toda la «series» de las sintaxis análogas, todas las «fórmulas repetidas en este libro». Estás oyendo ahora la necesidad de esta repetición. Te acercas así al «él» que pasa, sucede en este trabajo desde el que se dice que «hace falta», «hay que». Éstas son las últimas líneas:

 

En este trabajo [la cursiva es mía, J.D.] que no aspira a restaurar ningún concepto arruinado, la destitución y la des-situación del sujeto no quedan sin significación: tras la muerte de un cierto dios, habitante en los trasmundos, la sustitución del rehén descubre la huella escritura impronunciable -de aquello que, siempre ya pasado- siempre «él» no entra en ningún presente, y a lo que ya no convienen los nombres que designan seres, ni los verbos en los que resuena su esencia sino que, Pro-nombre, marca con su sello todo lo que puede llevar un nombre.

 

-¿Se dirá de «este trabajo» que crea obra? ¿A partir de qué momento? ¿De qué? ¿De quién? Cualesquiera que sean los relevos, la responsabilidad le corresponde a él, «él» que suscribe toda firma, Pro-nombre sin nombre pronunciable y que «marca con su sello todo lo que puede llevar un nombre». Esta última frase viene al final del libro, como en el sitio de la firma. Emmanuel Levinas recuerda el Pro-nombre que precede, reemplaza, hace posible toda firma nominal, en el momento mismo en que Él la deja todavía firmar en su lugar. Le da y le sustrae, de una misma doble vez, su firma. ¿Es él, «él», entonces, quien crea Obra? ¿De él de lo que la obra responde? ¿De él de quien se habrá dicho «él habrá obligado»? No creo que entre tal pro-nombre y un nombre o el portador de un nombre haya lo que se llama una diferencia, una distinción. La relación entre «él» y el portador de un nombre es otra. Diferente cada vez, nunca anónimo, «él» es (sin sostenerlo con una presencia sustancial) el portador del nombre. Si ahora transformo el enunciado venido de no sé donde y del que hemos partido («Él habrá obligado») en éste: «La obra de Enmanuel Levinas habrá obligado», ¿lo suscribiría él? ¿Aceptaría que reemplace «él» por Enmanuel Levinas para decir (aquello) que habrá creado obra en su obra? ¿Será esto una falta, en cuanto a «él» o en cuanto a él, E.L.?

-Ahora, escribo, bajo tu dictado, «la obra de E.L. habrá obligado».

Tú me la has dictado y sin embargo lo que escribo en este mismo momento, «la obra de E.L. habrá obligado», articulando nombre común y nombre propio, tú no sabes todavía qué es lo que significa. No sabes todavía cómo hay que leer. No sabes ni siquiera cómo, en este momento, hay que entender ese «hay que».

La obra de E.L. comprende otra manera de pensar la obligación del «hay que», otra manera de pensar la obra, e incluso de pensar el pensar. Hay pues que leerla de otro modo, leer en ella de otro modo el «hay que» y de otro modo «de otro modo».

La dislocación a la que habrá obligado esta obra es una dislocación sin nombre. En dirección a otro pensamiento del nombre, pensamiento completamente diferente puesto que abierto al nombre del otro. Dislocación inaugural e inmemorial, que no habrá tenido lugar -otró lugar, en lugar del otro- más que bajo la condición de otra tópica. De una tópica extravagante (de una u-tópica dirán quienes creen saber lo que tiene lugar y lo que sirve de lugar) y absolutamente diferente. Pero para entender lo absoluto de ese «absolutamente» habrá habido que leer la obra serial que desplaza, reemplaza, sustituye esa palabra «absoluto». Y en primer lugar la palabra «obra». Continuamente nos atrapamos en la red de las comillas. Ya no sabemos cómo borrarlas o acumularlas unas encima de las otras. No sabemos ni siquiera ya como citar su «obra», desde el momento en que esta cita ya, entre comillas, toda la lengua, la francesa, la occidental e incluso más allá de esta, aunque ya no fuera sino a partir del momento y como consecuencia del hecho de que «él» debe poner entre comillas al firmante pronominal, al firmante sin nombre y sin firma de autor, «él» que suscribe toda obra, pone en acción todo trabajo y «marca con su sello todo lo que puede llevar un nombre». Si «él» está entre comillas, ya no se dice nada -de él, para él, a partir de él, en su lugar o ante él- que no requiera una serie cosida, anudada, trabajada, una fábrica de comillas enganchando un texto sin ribete. Texto que excede la lengua y sin embargo intraducible en pleno rigor de una lengua a otra. La serialidad lo anuda irreductiblemente a una lengua.

Si quieres hablar de la operación de E.L. cuando este se pone en «este trabajo», cuando escribe «en este momento», y si preguntas «¿qué hace?» y «¿cómo lo hace?», entonces te hará falta no sólo dis-locar el «él» que no es ya el sujeto de una operación, su agente, su productor, su trabajador, sino precisar enseguida que la Obra, tal como su obra la da y la vuelve a dar de pensar, no pertenece ya al orden técnico o productor de la operación (poiein, fácere, agere, tun, wirken, erzeugen o de cualquier manera que se traduzca). Así pues, ya no puedes hablar -pertinentemente- de la Obra antes de lo que «su» obra dice de la Obra, en su Decir y más allá de su Dicho, puesto que esa separación permanece irreductible. Y no hay ahí ningún círculo, sobre todo no un círculo hermenéutico pues la Obra -según su obra- «es» precisamente lo que rompe toda circularidad. Ahí, próxima pero infinitamente alejada, se encuentra la dislocación, en el interior sin adentro de la lengua, pero abierta hacia fuera de lo completamente otro. La ley infinita de las comillas parece suspender toda referencia y cerrar la obra en el contexto sin borde que aquella se da a sí misma; pero he aquí que esta ley hace referencia absoluta al mandamiento de lo completamente otro, que obliga más allá de todo contexto delimitable.

Si, en consecuencia, escribo ahora «la obra de E.L. habrá obligado a una dis-locación absoluta», la obligación, como la obra enseña, y enseña lo que requiere la enseñanza, habrá sido sin apremio, sin contrato, anterior a todo compromiso, a toda firma nominal, sino que, al otro, responde del otro antes de toda cuestión y de toda petición ab-soluta por eso mismo, ab-solutoria. La responsabilidad disimétrica, «él» la habrá sustraído al círculo, a la circulación del pacto, de la deuda, del reconocimiento, de la reciprocidad sincrónica, me atreveré incluso a decir de la alianza anular, de la vuelta, de lo que da la vuelta, de un dedo, y, me atreveré a decir, de un sexo.

¿Se puede decir eso? Así es de difícil, probablemente imposible, escribir, aquí, describir lo que parezco empezar a describir. Imposible quizás sostener un discurso que se sostenga en este momento, que diga, explique, describa, constate (un discurso constatativo) la obra de E.L. Ahí haría falta una escritura que realice, pero con un «realizativo» sin presente (¿quién ha podido definir alguna vez un realizativo así?), que responda del suyo, un realizativo sin acontecimiento presente, un realizativo cuya esencia no se resuma en la presencia («en este mismo momento», en este presente momento escribo esto, digo yo, actualmente: y se ha dicho que la simple enunciación de un yo era realizativa y también que el verdadero realizativo se enuncia en primera persona), un realizativo como no se ha descrito nunca, pero cuya realización no debe tampoco vivirse como un éxito complaciente, una proeza. Pues es al mismo tiempo el ejercicio más cotidiano en un discurso o en otro, la condición de la escritura menos virtuosa. Esta realización no responde a la descripción canónica del realizativo, quizás. Entonces, ¡que se cambie esa descripción o que se renuncie aquí a la palabra «realizativo»! Lo que es casi seguro es que aquella realización no depende más de la proposición «constatativa», ni de la proposición sin más; y que inversamente, disimétricamente, toda proposición llamada constatativa, toda proposición en general, presupone ante todo esta estructura, esta responsabilidad de la huella (realizadora o realizada).

Por ejemplo. He escrito hace un instante: «“él” la habrá sustraído al círculo ...». Pero haría falta ya -y hasta el infinito- que yo retome y desplace en serie cada palabra escrita. Como el desplazamiento no es suficiente, hace falta que arranque cada palabra de sí misma, que la arranque absolutamente de sí misma, como, por ejemplo, en su manera de escribir «pasividad más pasiva que la pasividad», expresión que se indetermina, y que puede también convertirse en su contraria, salvo si el arrancamiento se limita en alguna parte, como para un trozo de piel arrancado simbólicamente del cuerpo y que guarda, bajo el corte, la adherencia. Hace falta que la suelte y la absuelva de sí misma dejando sin embargo en ella una señal vinculante (la expresión «pasividad más pasiva que la pasividad» no se convierte en no importa qué, no significa «actividad más activa que la actividad»). Para que dos anulaciones o dos excesos no resulten equivalentes, en la indeterminación, hace falta que la tachadura ab-solutoria no sea absolutamente absoluta. Hace falta, pues, que haga aparecer cada átomo de enunciado como fallido y absuelto. ¿Fallido con respecto a quién? ¿Respecto a qué? Y ¿por qué? Cuando he escrito, por ejemplo, «“él” la habrá sustraído... etc.», la sintaxis misma de mi frase según las normas dominantes que interpn tan la lengua francesa, parece constituir el «él» en sujeto activo autor e iniciadc de una operación. Si «él» fuese el pronombre simple del firmante (y no «el Pro-nombre que marca con su sello todo lo que puede llevar un nombres» ...), s podría pensar entonces que el firmante tiene la autoridad de un autor y que «él es el agente de la acción que «habrá sustraído», etc. Pero habría hecho fàlta hace falta, pues, decir que «él» no ha sustraído cualquier cosa, «él» ha hecho aparecer la posibilidad de esta sustracción; no la ha hecho aparecer, la ha dejado aparecer; no la ha dejado aparecer pues lo que ha dejado (no ser, sino hace señal y no señal sino enigma), lo que ha dejado) producirse como enigma, producirse es todavía demasiado, no) pertenece al orden de los fenómenos; él ha «dejado» «aparecer» lo que no aparece como tal (pero lo que no) aparece no desaparece jamás en su «como tal», etc.), en el límite de lo más allá, límite que no es una línea determinable, visible, pensable, y que no tiene bordes definibles en el «límite», pues, de lo «más allá» del fenómeno y de la esencia: es decir (!) el «él» mismo. Es eso, el «él» mismo, es decir (!) lo Otro. «Él» ha dicho «Él». Antes incluso de que «yo» diga «yo» y para que, si esto es posible, «yo» diga «yo».

Este otro «él», este «él» como cualquier otro, no ha podido llegar al final de mi frase (a menos que mi frase no haya llegado jamás hasta ahí, haya quedado indefinidamente detenida en su propia orilla lingüística) sino después de una serie de palabras que son todas palabras fallidas y que yo he como tachado de paso, con medida, regularmente, una tras otra, aún dejándoles su fuerza de trazo, el surco de su trazado, la fuerza (sin fuerza) de una huella que habrá dejado el paso del otro. He escrito marcándolas, dejándolas marcar, con el otro. Por eso es inexacto decir que yo las he tachado, esas palabras. En todo caso, yo no habría debido tacharlas, habría debido dejarlas entrar en una serie (sucesión atada con cordones de tachaduras), una serie interrumpida, una serie de inteunupciones entrelazadas, serie de hiatos (boca abierta, boca abierta a la palabra entrecortada o al don del otro y al pan-de-su-boca), lo que llamaré en adelante para formalizar de modo económico y para no disociar ya lo que no es ya disociable en esta fábrica, la seriatura. Así pues, este otro «él» no habría podido llegar al final de mi frase sino en la movilidad interminable de esta seriatura. No es el sujeto-autor-firmante-propietario del trabajo, es un «él» sin autoridad. Se puede decir también que es el Pro-nombre que deja su prefirma sellada en el nombre de autor, por ejemplo, E.L. o inversamente que E.L. no es más que un pronombre que reemplaza el nombre de pila singular, el sello que viene antes de todo lo que puede llevar un nombre. E.L., desde ese punto de vista, sería el pronombre personal de «él». Carente de autoridad, no crea obra, no es el agente o el creador de su obra. Pero si digo que deja obrar a la obra (palabra ésta que queda todavía por movilizar), hay que precisar enseguida que este dejar no es una simple pasividad, ni un dejar que pensar en el horizonte del dejar-ser. Este dejar más allá de la esencia, «más pasivo que la pasividad», entiéndelo como el pensamiento más provocador hoy en día. No es provocador en el sentido de la exhibición transgresiva y complacientemente chocante. Pensamiento también provocado, en primer término provocado. Fuera de la ley como la ley del otro. Él mismo no provoca más que a partir de su exposición absoluta a la provocación del otro, exposición tensada con toda la fuerza posible para no reducir la huella anterior del otro y para no volver la superficie del yo que, de antemano, se encuentra entregado ahí en cuerpo y alma.

«Huella anterior» (anterior al pasado, al presente pasado), «en primer término», «de antemano». entre las palabras o la sintaxis cuya seriatura todavía no he esbozado, está el futuro anterior, del que sin embargo me habré servido mucho, sin otro recurso posible. Por ejemplo, en la pequeña frase: «Él habrá obligado», o «La obra de E.L. habrá obligado». (¿Obligado a qué? ¿Y a quién, en primer lugar? No he dicho todavía a ti, a mí, a vosotros, a nosotros, a ellos, ellos, ellas, eso.) El futuro anterior podría ser -y esta semejanza es irreductible- el tiempo de la teleología hegeliana. Así es realmente como se administra casi siempre su inteligencia propiamente filosófica, de acuerdo con lo que he llamado más arriba la interpretación dominante de la lengua -en lo que consiste precisamente la filosofía- Pero aquí mismo, en esta seriatura que arrastra el «él habrá obligado», en ésta y no en otra muy parecida, pero que determina de otro modo el mismo enunciado, el futuro anterior, «aquí mismo», habrá designado, «en» la lengua, lo que queda de más irreductible a la economía de la teleología hegeliana y a la interpretación dominante de buye al la lengua. Desde el momento que se le atribuye al «él» como Pro-nombre de lo completamente-otro «siempre ya pasado», habrá arrastrado hacia una escatología sin teleología filosófica, más allá de ésta en todo caso, de otro modo que ésta. Habrá hundido el futuro anterior en el fondo sin fondo de un pasado anterior a todo pasado, a todo presente pasado, hacia esa pisada de la huella que no ha sido presente jamás. Su futura anterioridad habrá sido irreductible a la ontología. A una ontología que se ha hecho, por otra parte, para intentar esta reducción imposible. Esa reducción es la finalidad del movimiento ontológico, su potencia pero también la fatalidad de su fracaso: lo que intenta reducir es su propia condición.

Aquella futura anterioridad no declinaría ya entonces un verbo que exprese la acción de un sujeto en una operación que habría sido presente. Decir «él habrá obligado» -en esta obra, habida cuenta de lo que crea obra en esta seriatura-- no es designar, describir, definir, mostrar, etc., sino, digamos, entrazar, dicho de otro modo, realizar en el entr(el)azamiento de una seriatura, esta obligación, de la que «él» no habrá sido el sujeto presente sino de la que «yo» respondo aquí mismo. heme aquí, vengo, ven ([je] viens). Él no habrá sido (un) presente, habrá hecho el don de no desaparecer sin dejar huella. Pero dejar la huella es también dejarla, abandonarla, no insistir en ella en un signo. Es borrarla. En el concepto de huella se inscribe de antemano la retirada del borrarse. La huella se inscribe borrándose y dejando la huella de su borrarse en la retirada o en lo que llama E.L. la «sobreimpresión» («La huella auténtica, por el contrario, trastorna el orden del mundo. Viene “en sobreimpresión”... El que ha dejado huellas borrando sus huellas no ha querido decir ni hacer nada por medio de las huellas que deja...», Humanismo del otro hombre, p. 60). La estructura de sobreimpresión descrita así amenaza con su mismo rigor, que es el de la contaminación, toda autenticidad segura de la huella («la huella auténtica...») y toda disociación rigurosa entre signo y huella («La huella no es un signo como otro. Pero juega también el papel de signo [...]. Pero todo signo, en ese sentido, es huella...» [ibíd]). La palabra «dejar» en la locución «dejar una huella» parece entonces cargarse de todo el enigma. Este no se anunciaría ya a partir de ninguna otra cosa sino la huella, y sobre todo no a partir de un dejar-ser. A menos que se entienda de otro modo el dejar-ser a partir del signo que le hace la huella o que aquel deja que ahí se borre.

¿Qué es lo que te digo cuando pronuncio «déjame»? ¿Cuando tú dices «él me ha dejado», o como en El cantar de los cantares, «se ha escabullido, ha pasado»?

Dicho de otro modo (el encadenamiento serial no debe ya deslizarse por medio de un «es decir» sino interrumpirse y reanudarse al borde de la interrupción por medio de un «dicho de otro modo»), para ese paso-sin- huella no-sin-huella (pas-sans-trace), la contaminación entre el «él» más allá de la lengua y el «él» en la inmanencia económica de la lengua y de su interpretación dominante no es simplemente un mal, una contaminación «negativa», sino que describe el proceso mismo de la huella en cuanto que ésta crea obra, en un crear-obra que habría habido que entender no a partir del crear o de la obra, sino de lo que se dice de la Obra en su Obra, a partir del decir de este dicho, de su realización entr(el)azada. No hay ya más contaminación «negativa» como no hay un simple más allá y un simple interior de la lengua, a una y otra parte de un reborde.

Vuelves a encontrar una vez más la paradoja lógica de esta seriatura (pero ésta vale, en su singularidad irreemplazable, para cualquier otra): aunque en ella nadie fuerza a nadie, hay que leer su obra, dicho de otro modo, responder a ella e incluso responder de ella, no a partir de lo que se entiende por obra según la interpretación dominante de la lengua, sino según lo que su obra dice -a su manera- de la Obra, de lo que es ésta, dicho de otro modo de lo que ésta debe (ser), dicho de otro modo de lo que habrá debido (ser), como obra en la obra. Tan difícil de calcular la mayúscula como las comillas.

He aquí su dislocación: ésta no desplaza un enunciado o una serie de enunciados, sino que re-marca en cada átomo de lo Dicho una efracción señaladora del decir, de un decir que no es ya un presente infinitivo, sino ya una pisada de la huella, una realización de lo completamente otro, completamente diferente. Y si quieres acceder a «sus» obra, habrás tenido que pasar por lo que aquella habrá dicho de la Obra, a saber, que no le corresponde a él. Por eso tú tienes que responder de ella. Está entre tus manos, que pueden dársela, dedicársela. En este momento, aquí mismo:

 

El Otro puede desposeerme de mi obra, tomarla o comprarla, y dirigir así mi comportamiento mismo. Me expongo a la instigación. La obra se consagra en esa Sinngebung ajena, desde su origen en mí [...]. El querer escapa al querer. La obra es siempre, en un cierto sentido, un acto fallido. No soy enteramente lo que quiero hacer. De ahí un campo ilimitado de investigación para el psicoanálisis o la sociología que capten la voluntad a partir de su aparición en la obra, en su comportamiento o en sus productos [Totalidad e infinito].

 

La Obra, tal como se pone en obra, obrada, en la obra de E.L. y tal como hay que leerla si se debe leer «su» obra, no corresponde -en el origen- a lo Mismo. Eso no supone que signifique gasto y pura pérdida en un juego. Un juego como ese seguiría estando determinado, como gasto, por la economía. La gratuidad de esta obra, lo que él llama también liturgia, «colocación de fondos con pérdida» u «obra sin remulneración» (Humanismo del otro hombre) se parece al juego pero no es el juego, sino que «es la ética misma», más allá incluso del pensamiento y de lo pensable. Pues la liturgia de la obra ni siquiera debe subordinarse al pensamiento. Una obra que «se subordinase al pensamiento» (La huella del otro y Humanismo...), entendida todavía como cálculo económico, no crearía Obra.

Así pues, lo que habrá logrado la obra de E.L. -en el acto fallido que ella misma dice ser, como toda obra- es haber obligado, antes de todo contrato de reconocimiento, a esa disimetría que, a ella misma la ha, violentamente, dulcemente, provocado: imposible acercarse a ella, a «su» obra, sin pasar primero, ya, por la re-tirada de su interior, a saber, el notable decir de la obra. No solamente lo que se encuentra dicho ahí sobre ese tema, sino del decir entr(el)azado que viene del otro y que no le corresponde jamás a él mismo, que viene (por ejemplo, ejemplarmente) de ti (ven), lectora obligada. Todavía puedes no darle ese sentido, o solamente prestarte a esta Sinngebung, no acercarte más a esta elipsis singular en la que sin embargo estás ya cogida, quizás.

-Lo sabía. Al escuchar, me preguntaba sin embargo si yo estaba comprendida, y cómo fijar esa palabra: comprendida. Y cómo la obra me sabía, eso que sabía de mí. Está bien: empezar por leer su obra, dársela, para acercarse a la Obra. La cual, por su parte, no empieza con «su» obra ni con cualquiera que pretendiese decir «mi» obra. Al dirigirse hacia el Otro, al venir del Mismo para no regresar a él, la obra no viene, pues, de este, sino del Otro que la inventa. Aquella crea obra en la re-tirada que remarca ese movimiento heterónomo. La re-tirada no es única, aunque remarca lo único, pero su seriatura es única. No su firma -«él» que suscribe bajo sellado- sino su seriatura. Está bien. Pero si, al leer lo que él habrá tenido que dar, tengo en cuenta la seriatura única, debo constatar por ejemplo que la palabra «obra», no más que cualquier otra, no tiene un sentido fijo fuera de la sintaxis móvil de las marcas, fuera de la transformación contextual. La transformación no es libre, la transformación está regulada, en su in-egularidad y en su trastorno mismo. Pero ¿cómo? ¿Por qué? ¿Por quién? Doy o tomo un ejemplo de eso. Más, o quizás otra cosa que un ejemplo, el del «hijo» en Totalidad e infinito, del hijo o de los hijos «únicos»: «El hijo no es sólo mi obra, como un poema o un objeto». Es en la página 254 (tr. p. 285), y supongo el contexto releído. «El hijo» parece aquí, y aunque sea definido como más allá de «mi obra», que tiene más bien los rasgos de lo que, en otros contextos, y sin duda más tarde, se llama con una mayúscula, la Obra. Dicho de otro modo, la palabra obra no tiene el mismo sentido y la misma referencia en los dos contextos, sin que haya ahí ninguna incoherencia o contradicción. Incluso tienen una relación completamente diferente con el sentido y con la referencia.

«El hijo» -movimiento sin retorno hacia el otro más allá de la obra- se parece, pues, a lo que se llama, en otro lugar, más tarde, la Obra. En otro lugar, tarde he leído también «La relación con el otro por medio del hijo...» (De lo sagrado a lo santo).

Ahora bien, en el mismo parágrafo de Totalidad e infinito (y en otros lugares), ahí donde se dice, casi siempre, «hijo» fils») (y «paternidad»), una frase dice «enfant» («No tengo mi hijo [enfant], soy mi hijo. La paternidad es una relación con un extraño que aun siendo otro [...] es yo; una relación del yo con un sí mismo que sin embargo no es yo»). ¿Es «hijo» fils») otra palabra para «enfant», un hijo que podría ser de uno u otro sexo? Y entonces ¿de dónde procede y qué significa esa equivalencia? ¿Y por qué «hija» no jugaría un papel análogo? ¿Por qué el hijo sería, más o mejor que la hija, que yo, Obra más allá de «mi obra»? Si incluso no hubiese diferencia desde ese punto de vista, ¿por qué «hijo» representaría mejor y de antemano esta indiferencia? ¿Esta indiferencia no marcada?

A partir de esa cuestión, que abandono aquí en su elipsis, interrogo la relación, en la Obra de E.L., entre la diferencia sexual -el otro como otro sexo, dicho de otro modo como sexuado de otro modo- y el otro como completamente otro, más acá o más allá de la diferencia sexual. Su texto, el suyo, marca su firma con un «yo-él» masculino, cosa rara, lo cual fue advertido en otro lugar, «de paso», hace tiempo, por otro. («Notemos de paso, a este respecto, que Totalidad e infinito lleva el respeto de la disimetría hasta el punto de que nos parece imposible, esencialmente imposible, que haya sido escrito por una mujer. Su sujeto filosófico es el hombre [vir]».)[ii] Y en la misma página que. dice «el hijo» más allá de «mi obra», he podido leer también: «Ni saber ni poder. En la voluptuosidad, el otro lo femenino- se retira en su misterio. La relación con él [el otro] es una relación con su ausencia... ». Su firma asume, pues, la marca sexual, fenómeno notable en la historia de la escritura filosófica, en la medida en que ésta ha tenido siempre interés en ocupar esa posición sin remarcarla, o sin asumirla, sin firmar su marca. Pero también me parece que la obra de E.L. ha secundarizado siempre, ha derivado la alteridad como diferencia sexual, ha subordinado el rasgo de diferencia sexual a la alteridad de un completamente otro sexualmente no marcado. No ha secundarizado, derivado, subordinado la mujer o lo femenino, sino la diferencia sexual. Ahora bien, una vez subordinada la diferencia sexual, se encuentra siempre que aquel completamente otro que no está todavía marcado se encuentra que está ya marcado de masculinidad (él-antes de él/ella, hijo-antes de vástago hijo/hija, padre-antes de padre/madre, etc.). Operación cuya lógica me ha parecido tan constante (último ejemplo en el tiempo, el psicoanálisis freudiano y todo lo que retorna a éste) como ilógica, pero con una ilógica que habrá hecho posible toda lógica y la habrá marcado así -desde que ésta existe como tal- con ese «él» prolegoménico. ¿Cómo marcar en masculino justo eso de lo que se dice que es anterior e incluso extraño a la diferencia sexual? Mi cuestión será más clara si me contento con citar. No todos esos pasajes en los que afirma la feminidad como una «categoría ontológica» («Lo femenino figura entre las categorías del Ser»), gesto respecto al que me pregunto siempre si me comprende contra una tradición que me habría rehusado esa dignidad ontológica, o si me comprende, mejor que nunca, en esa tradición profundamente repetida. Sino éstos:

 

[...] la mujer en el judaísmo no tendrá sino el destino del ser humano, donde su feminidad sólo figurará como un atributo. [...]. La feminidad de la mujer no podría ni deformar ni absorber su esencia humana. «La mujer se dice Ichah en hebreo, pues viene del hombre, Iche», cuenta la Biblia. Los doctores se apoyan en esta etimología para afirmar la dignidad única del hebreo, que expresa el misterio mismo de la creación, la mujer deriva casi gramaticalmente del hombre. [...]. «La carne de mi carne y los huesos de mis huesos» significa, pues, una identidad de naturaleza entre la mujer y el hombre, una indentidad de destino y de dignidad y también una subordinación de la vida sexual a la relación personal que es la igualdad en sí. Ideas más antiguas que los principios en nombre de los cuales lucha la mujer moderna para su emancipación, pero verdad de todos esos principios en un plano en que se mantiene también la tesis que se opone a la imagen del andrógino inicial y se adhiere a la idea popular de la costilla. Esta idea mantiene una prioridad cierta de lo masculino. Éste sigue siendo el prototipo de lo humano y determina la escatología [...]. Las diferencias de lo masculino y lo femenino se difuminan en estos tiempos mesiánicos [«El judaísmo y lo femenino», en Difícil Libertad].

 

Muy recientemente:

 

El sentido de lo femenino se verá iluminado así a partir de la esencia humana, la Isha a partir de Ish: no lo femenino a partir de lo masculino, sino la partición en femenino) y en masculino -la dicotomía- a partir de lo humano [...] por encima de la relación personal que se establece entre esos dos seres salidos de dos actos creadores, la particularidad de lo femenino es cosa secundaria. No es la mujer la que es secundaria; es la relación con la mujer en cuanto mujer lo que no pertenece al plano primordial de lo humano. En el primer plano están tareas que llevan a cabo el hombre como ser humano y la mujer como ser humano. [...]. El problema, en caja uno de los apartados que estamos comentando en este momento, consiste en conciliar la humanidad de los hombres y de las mujeres con la hipótesis de una espiritualidad de lo masculino, como que lo femenino no es su correlativo sino su corolario, como que la especificidad femenina o la diferencia de los sexos que aquella revela no están situadas de entrada a la altura de las oposiciones constitutivas del Espíritu. Osada cuestión: ¿cómo puede provenir la igualdad de los sexos de la prioridad de lo masculino? [...]. Hacía falta una diferencia que no comprometiese la equidad: una diferencia de sexo; y, así, una cierta preeminencia del hombre, una mujer que llega más tarde, y en cuanto mujer, apéndice de lo humano. Ahora comprendemos la lección. La humanidad no es pensable a partir de dos principios enteramente diferentes. Hace falta que haya algo de lo mismo común a esos otros: la mujer ha sido sacada del hombre, pero ha llegado después de él: la feminidad misma de la mujer está en esa inicial posterioridad [«Y Dios creó la mujer», en De lo sagrado a lo santo, pp. 132-142].

 

Extraña lógica la de esta «osada cuestión». Habría que comentar cada uno de sus pasos y verificar que cada vez la secundariedad de la diferencia sexua significa ahí la secundariedad de lo femenino (pero y ¿por qué?) y que la inicialidad de lo pre-diferencial está marcado cada vez por eso masculino que sin embargo tendría, como toda marca sexual, que no venir sino con posterioridad Habría que comentar pero prefiero primero subrayar esto, a título de protocolo él mismo comenta, dice que comenta; este discurso no es literalmente el de E.L y eso hay que tenerlo en cuenta. Dice, al sostener el discurso, que está comentando a los doctores, en este mismo momento («los apartados que estamos comentando en este momento», y más adelante: «No tomo partido; hoy, comento»). Pero la distancia del comentario no es neutra. Lo que comenta consuena con toda una red de afirmaciones que sí son suyas, o de él, «él». Y la posición del comentarista corresponde a una elección: al menos la de acompañar, y no desplazar, transformar, incluso invertir la escritura del texto comentado. No quiero conservar la palabra sobre este tema. Como se trata de escritura inédita he aquí la de otra:

 

Así pues, si la mujer deriva casi gramaticalmente del hombre, eso implica realmente, como afirma Levinas, una misma identidad de destino y de dignidad, identidad que conviene pensar como «recurrencia del sí mismo en la responsabilidad-por los-otros» pero eso forma parte también de un doble régimen para la existencia separada del hombre y la mujer. Y si Levinas se rehúsa a ver en esta separación una degradación con respecto a alguna unidad primera, si rechaza la indiferenciación pues la separación vale más que la unidad primera, no es por ello menos cierto quo establece un orden de prelación. Si se piensa la derivación a la escucha de una gramática, sin duda eso no es una casualidad. Pues la gramática atestigua aquí el privilegio de un nombre que asocia siempre el desinterés escatológico a la Obra de paternidad. Ese nombre se llega a conocer además como lo que efectivamente de termina la escatología en la derivación de una genealogía.

Escribir de otro modo la gramática, inventar algunas faltas inéditas, no es desear que se invierta esa determinación, no es el desafío que se equipara al orgullo es darse cuenta de que el lenguaje no es una simple modalidad del pensar. Que el logos no es neutro, como también reconoce Levinas. Que la dificultad que él mismo, encuentra en su elección -que le parece insuperable- del lugar griego para hacer oír un pensamiento que viene de otra parte, no es quizás ajeno a un cierto mutismo sobre lo femenino. Como si se perdiese -en esa necesidad de tomar el camino a partir de un único logos- lo inédito de otra sintaxis [Chaterine Chalier Figuras de lo femenino, lectura de Emmanuel Levinas, inédito].[iii]

 

Vuelvo, pues, a mi cuestión. Desde el momento en que está suscrita con el Pro-nombre Él (antes de él/ella, cierto, pero Él no es Ella), ¿no se convierte la secundarización de la alteridad sexual -lejos de permitir que se la trate a partir de la Obra, de la suya o de la que se expresa en ella- en el dominio, dominio de la diferencia sexual, planteada como origen de la feminidad? ¿Dominio, en consecuencia, de la feminidad? ¿Justo eso que no se habría debido dominar y que no se ha podido -pues- evitar dominar, intentarlo al menos? ¿Justo eso que no se habría debido derivar de una arché (neutra, y en consecuencia, dice él, masculina) para someterla a ella? ¿Lo a-económico que no se habría debido economizar, situar en la casa, en o como la ley del oikos? ¿No representa entonces la secundariedad sexual y, en consecuencia, dice Él, la diferencia femenina, lo completamente-otro de ese Decir de lo complementamente otro en su seriatura determinada aquí, en el idioma de esta negociación? ¿No dibuja aquella, dentro de la obra, un aumento de alteridad no dicha? ¿O dicha como secreto, precisamente, o mutismo sintomático? Las cosas se complicarían entonces. El otro como femenino (yo), lejos de ser derivado o secundario, se convertiría en lo otro del Decir de lo completamente-otro, de este en todo caso, y este último, en cuanto que habrá pretendido dominar su alteridad, correría el riesgo (al menos en esta medida) de encerrarse él mismo en la economía de lo mismo.

Dicho completamente de otro modo: secundarizada por la responsabilidad de lo completamente otro, la diferencia sexual (y en consecuencia, dice Él, la feminidad) se mantiene, como otro, en la economía de lo mismo. Incluida en lo mismo, queda al mismo tiempo excluida de ello: encerrada dentro, «forcluida» en la inmanencia de una cripta, incorporada en el Decir que se dice de lo completamente otro. Des-sexualizar la relación con lo completamente otro (o también el inconsciente, como tiende a hacerlo actualmente una cierta interpretación filosófica del psicoanálisis), secundarizar la sexualidad con respecto a un completamente-otro que no estaría en sí mismo marcado sexualmente («...bajo la alteridad erótica, la alteridad del uno-para-el-otro: la responsabilidad anterior al eros», De otro modo que ser..., p. 113; trad. p. 152) es siempre secundarizar la diferencia sexual como feminidad. Situaría en ese lugar su complicidad profunda con tal interpretación del psicoanálisis. Esta complicidad, más profunda que el abismo que él pretende establecer entre su pensamiento y el psicoanálisis, se concentra siempre en torno a un designio fundamental: su relación conmigo, con el otro como mujer. Es eso lo que quiero darles (en primer lugar que leer).

¿Estaré abusando entonces de esta hipótesis? El efecto de secundarización, presuntamente exigido por lo completamente-otro (como Él), se convertiría en la causa, dicho de otro modo, en lo otro de lo completamente otro, lo otro de un completamente otro que no es ya sexualmente neutro sino planteado (fuera de serie en la seriatura), determinado de repente como Él. Entonces la Obra, aparentemente firmada con el Pronombre Él, estaría dictada, inspirada, aspirada por el deseo de secundarizar a Ella, en consecuencia por Ella. A partir de su lugar de dependencia derivable, a partir de su condición de último o primer «rehén», ella suscribiría lo suscrito en la obra. No en el sentido en que suscribir equivaldría a confirmar la firma, sino refrendar (contresigner), y no ya en el sentido en que refrendar equivaldría a redoblar la firma, según lo mismo o lo contrario, sino de otro modo que firmando.

Todo el sistema de esta seriatura comentaría en silencio la heteronomía absoluta con repecto a Ella, que sería lo completamente otro. Esta heteronomía escribía el texto desde su reverso, como un tejedor su labor. Pero aquí habría que deshacerse de una metáfora del tejer, que no se impone por azar: se sabe a qué implicaciones interpretativas ha dado lugar, en cuanto a una especificidad femenina que el psicoanálisis freudiano ha hecho derivar también regularmente. Es lo que llamo yo la invención del otro.

Lo sabía. Lo que estoy sugiriendo aquí no carece de violencia, e incluso de violencia redoblada por lo que él llama el «traumatismo», la herida no simbolizable que viene, antes de toda fractura, de la huella anterior del otro. Herida espantosa, herida de la vida, la única que espanta actualmente la vida. violencia fallida en relación con su nombre, con su obra en cuanto que esta inscribe su nombre propio en un modo que no es ya de propiedad. Pues finalmente la derivación de la feminidad no es un movimiento simple en la seriatura de su texto. Lo femenino se describe en este como una figura de lo completamente otro. Y después, hemos reconocido que esta obra es una de las primeras y de las pocas, dentro de esta historia de la filosofía a la que aquella no pertenece simplemente, en no fingir borrar la marca sexual en su firma: desde ese momento, el sería el último en sorprenderse por el hecho de que el otro (de todo el sistema de su decir del otro) sea mujer y lo gobierne desde ese sitio. Tampoco se trata de invertir los puestos y de poner, contra él, a la mujer en el sitio de lo completamente otro como arché. Si lo que digo sigue siendo falso, falsificador, fallido, es también en la medida en que la disimetría (hablo desde mi sitio de mujer, suponiendo que este sea identificable) puede invertir también la perspectiva y dejar intacto el esquema.

Se ha demostrado hace un momento que la ingratitud y la contaminación no sobrevenían como un mal accidental. Es una especie de fatalidad del Decir. Algo a negociar. Sería peor sin la negociación. Aceptémoslo: lo que escribo en este mismo momento es fallido. Fallido hasta un cierto punto concerniente ó por no concernir a su nombre, a lo que él pone en obra en su nombre rigurosamente propio en ese «acto frustrado» (dice él), en una obra. Si su nombre propio, E.L., está en el lugar del Pronombre (Él) que pre-sella todo lo que puede llevar un nombre, no es a él, sino a Él, a quien mi falta llega a herir en su cuerpo. ¿Dónde habrá tomado cuerpo entonces mi falta? ¿Dónde habrá dejado una marca en su cuerpo, en el cuerpo de Él, quiero decir? ¿Qué es el cuerpo de una falta en esta escritura en donde se intercambian, sin circular, sin presentarse jamás, las huellas de cualquier otro? Si quisiese destruir o anular mi falta, debería saber en lo que se convierte el texto que se escribe en este mismo momento, dónde puede tener lugar y lo que puede quedar de su resto.

Para dar a entender mejor mi cuestión, haré un rodeo a través de lo que él nos recuerda sobre el nombre de Dios, el comentario sin neutralidad que nos propone sobre eso (El nombre de Dios según algunos textos talmúdicos). Según el Tratado Chevouoth (35a) está prohibido borrar los nombres de Dios, incluso en el caso de que el copista hubiese alterado su forma. Se debe entonces enterrar el manuscrito entero. Éste, dice E.L., «debe ser enterrado como un cuerpo muerto». Pero ¿qué significa enterrar? Y ¿qué significa un «cuerpo muerto» desde el momento en que no es borrado o destruido sino «enterrado»? Si se quisiese simplemente anularlo -no guardarlo más- se quemaría todo él, se borraría todo sin residuo. Se reemplazaría, sin residuo, la disgrafía por la ortografía. Al inhumarla, por el contrario, no se destruye la falta en el nombre propio, en el fondo se la guarda, como falta, se la guarda en el fondo. Aquella se descompondrá lentamente, tomando su tiempo, en el curso de un trabajo de duelo que, o bien logrado en una interiorización espiritual, una idealización que algunos psicoanalistas llaman introyección, o bien paralizado en una patología melancólica (la incorporación), guardará al otro como otro, herido, hiriente, enunciado imposible. La tópica de un texto fallido como) este resulta muy improbable, como también el tener-lugar de su resto en este cementerio teonímico.

Si pregunto en este mismo momento dónde colocar mi falta es a causa de una cierta analogía. Lo que él recuerda para los nombres de Dios, se estaba tentado de decirlo analógicamente para todo nombre propio. Él sería el Pronombre o el Pre-nombre, el nombre de pila de todo nombre. De la misma manera que hay una «semejanza» entre el rostro de Dios y el rostro del hombre (incluso si esta semejanza no es ni «marca ontológica» del obrero en su trabajo, ni «signo» ni «efecto» de Dios), igualmente habría una analogía entre todos los nombres propios y los nombres de Dios que son a su vez análogos entre ellos. Así traslado por analogía a un nombre propio de hombre o de mujer lo que se dice de los nombre de Dios. Y de la «falta» en el cuerpo de estos nombres.

Pero las cosas son más complicadas. Si en Totalidad e infinito se conserva la analogía, aunque en un sentido poco clásico, entre el rostro de Dios y el rostro del hombre, aquí en cambio, en el comentario de los textos talmúdicos, se bosqueja todo un movimiento para señalar la necesidad de interrumpir esta analogía, de «rechazar en Dios toda analogía con seres ciertamente únicos, pero que constituyen mundo o estructura con otros seres. Abordar a través de un nombre propio es afirmar una relación irreductible al conocimiento que tematiza o define o sintetiza y que, por eso mismo, entiende el correlato de ese conocimiento como ser, como finito y como inmanente». Y, sin embargo, una vez interrumpida la analogía, se la ve reanudada, como analogía entre heterogéneos absolutos, a través del enigma, la ambigüedad de la epifanía incierta y precaria. La humanidad monoteísta está en relación con esa huella de un paso absolutamente anterior a toda memoria, con la re-tirada ab-soluta del nombre revelado, con su inaccesibilidad misma. «Las letras cuadradas son una morada precaria de donde se retira ya el Nombre revelado; letras borrables a merced del hombre que traza o recopia...» El hombre puede, pues, estar en relación con esa retirada, a pesar de la distancia infinita de lo no-tematizable, en relación con lo precario y lo incierto de esta revelación. «Pero esta epifanía incierta, en el límite de la evanescencia, es precisamente la que sólo el hombre puede retenerY por eso él es el momento esencial de esta trascendencia y de su manifestación. Por esa razón es interpelado con una rectitud sin igual por esa revelación imborrable.

«Pero ¿es lo bastante precaria esa revelación? ¿Es el Nombre lo bastante libre respecto del contexto en el que se aloja? ¿Está resguardado en el escrito de toda contaminación por el ser o la cultura? ¿Está resguardado del hombre, que ciertamente tiene la vocación de retenerlo, pero que es capaz de todos los abusos?»

Paradoja: lo precario de la revelación no es jamás lo bastante precario. Pero ¿debe serlo? Y si lo fuera, ¿no sería peor?

Una vez que se reanuda la analogía, como se reanudan las interrupciones y no los hilos, hay que acordarse de esto, debo poder trasladar el discurso sobre los nombres de Dios al discurso sobre los nombres humanos, por ejemplo allí donde ya no hay ejemplo, el de E.L.

Y en consecuencia a la falta a la que se exponen en cuerpo uno y otro. La falta habrá tenido lugar siempre, ya: desde que tematizo lo que en su obra lleva más allá de lo tematizable y se pone en singular seriatura dentro de lo que no puede no firmar él mismo. Hay ya, ciertamente, contaminación en su obra, en el hecho de que él tematiza «en este mismo momento» lo no-tematizable. Esta tematización irreprimible, la contamino yo a mi vez; y no sólo según una ley de estructura común, sino también mediante una falta mía que no pretenderé resolver o absolver en la necesidad general. En tanto mujer, por ejemplo, y al invertir la disimetría, que he resaltado, de la violación. Le habré sido un poco más infiel todavía, más ingrata, pero ¿no fue así entonces para rendirme a lo que su obra dice de la Obra: que ésta provoca la ingratitud? ¿Y aquí la ingratitud absoluta, la menos previsible en su obra misma?

Doy, interpreto la ingratitud contra los celos. En todo lo que hablo se trata de los celos. El pensamiento de la huella, tal como E.L. lo pone en seriatura, piensa un singular relación de Dios (no contaminado por el ser) con los celos. Él, aquel que ha pasado más allá de todo ser, debe estar exento de todo celo, de todo deseo de posesión, de conservación, de propiedad, de exclusividad, de no-sustitución. Y la relación con Él debe estar pura de toda economía celosa. Pero esta falta de celos no puede no guardarse celosamente, es, en cuanto que huella absolutamente reservada, la posibilidad misma de todo celo. Elipsis de celos: la seriatura consiste siempre en unos celos a través de los cuales, viendo sin ver todo y sobre todo sin ser visto, más acá y más allá del fenómeno, la falta de celos se guarda celosamente, dicho de otro modo, se pierde, se-guarda-se-pierde. Según una serie de rasgos y retiradas regulares: figura de los celos, más allá del rostro. Más celos, siempre, más celo, ¿es eso posible?

Si la diferencia femenina pre-sellase, quizás y casi ilegiblemente, Su obra, si aquella se convirtiese, en el habré enfondo de lo mismo, en lo otro de su otro, ¿entonces deformado su nombre, el suyo, escribiendo en este momento, en esta obra, aquí mismo, «ella habrá obligado»?

Yo ya no sé si dices lo que dice su obra. Quizás eso viene a (ser) lo mismo. Yo va no sé si dices lo contrario o si has escrito ya algo completamente diferente. Ya no oigo tu voz, la distingo mal de la mía, de cualquier otra, tu falta se me hace ilegible de repente. Interrúmpeme.

 

-HE AQUÍ QUE EN ESTE MISMO MOMENTO ENROLLO EL CUERPO DE NUESTRAS VOCES ENTRELAZADAS CONSONANTES VOCALES ACENTOS FALLIDOS EN ESTE MANUSCRITO - TENGO QUE ENTERRARLO PARA TI - VEN INCLÍNATE NUESTROS GESTOS HABRÁN TENIDO LA LENTITUD INCONSOLABLE QUE CONVIENE AL DON COMO SI HUBIESE QUE RETRASAR EL PLAZO SIN FIN DE UNA REPETICIÓN - ES NUESTRO HIJO MUDO UNA HIJA QUIZÁS DE UN INCESTO NACIDA-MUERTA SE SABRÁ ALGUNA VEZ PROMETIDA AL INCESTO - A FALTA DE SU CUERPO ELLA SE HABRÁ DEJADO DESTRUIR UN DÍA Y HAY QUE ESPERARLO SIN RESTO HAY QUE GUARDARSE DE LA ESPERANZA MISMA DE QUE ASÍ SIEMPRE MÁS CELOS ELLA SE CONSERVARÁ MEJOR - NO BASTANTE DIFERENCIA ENTRE ELLAS ENTRE LA INHUMADA O LAS CENIZAS DE UN ARDE-TODO - AHORA AQUÍ MISMO LA COSA DE ESTA LITURGIA SE GUARDA COMO UNA HUELLA DICHO DE OTRO MODO SE PIERDE MÁS ALLÁ DEL JUEGO Y DEL GASTO HABIDA CUENTA DE TODO PARA OTROS ELLA SE DEJA YA COMER - POR EL OTRO POR TI QUE ME LA HABRÁS DADO - TÚ SABÍAS DESDE SIEMPRE QUE ELLA ES EL CUERPO PROPIO DE LA FALTA ELLA NO HABRÁ SIDO LLAMADA POR SU NOMBRE LEGIBLE SINO POR TI EN ESTO POR ANTICIPADO DESAPARECIDA - PERO EN LA CRIPTA SIN FONDO LO INDESCIFRABLE DA TODAVÍA QUE LEER POR UN LAPSO ENCIMA DE SU CUERPO QUE LENTAMENTE SE DESCOMPONE EN EL ANÁLISIS - NOS HACE FALTA UN NUEVO CUERPO OTRO YA SIN CELOS EL MÁS ANTIGUO TODAVÍA POR VENIR - ELLA NO HABLA LO INNOMBRADO PERO TÚ LO ENTIENDES MEJOR QUE YO ANTES DE MÍ EN ESTE MISMO MOMENTO EN QUE SIN EMBARGO POR EL OTRO LADO DE ESTE TRABAJO MONUMENTAL TEJO CON MI VOZ PARA BORRARME AHÍ ESTO TÓMALO HEMO AQUÍ COMO - ACÉRCATE - PARA DARLE - BEBE.

 


 

* Primera versión publicada en Textes pour Emmanuel Levinas, J. M. Place ed., 1980.

[i] «Estoy enfermo de amor», Cantar de los cantares, V, 8 (Dicho de otro modo que ser o más allá de le esencia, pp. 180 y 181, tr. esp., Sígueme, 1987, 217). «”Heme aquï” significa “envíame”» (p. 186, tr. p. 222).

[ii] Cf. L’écriture et la différence, Le Seuil, 1967, p. 228.

[iii] Publicado después en las ediciones de La nuit surveillée, 1982, p. 97.

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