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LOS ÚLTIMOS MARRANOS
Jacques Derrida

 Traducción y notas: Héctor Astudillo del Valle. Edición digital de Derrida en castellano.

Encendido de las velas del shabbat a escondidas, en Belmonte, Portugal. Frédéric Brenner

Encendido de las velas del shabbat a escondidas, en Belmonte, Portugal.

 

Como ya se sabe, «marrano» (del árabe moharrama, cosa prohibida) es el nombre dado a los judíos que, a pesar de convertirse, continuaban practicando los ritos de la ley judaica, en secreto. El siguiente texto es la aportación de Jacques Derrida a «Diáspora: tierras natales del exilio»[i], libro que recoge unas fotografías de Frédéric Brenner. Con la nota autobiográfica insertada en él, y escrito un año antes de su muerte, este comentario de Derrida nos sirve hoy para guardar, en cierto modo, su memoria.

 

Velan. No esperan nada, parece, más que el shabbat o el Mesías. Intensa relación con el tiempo mismo. Velan, tan pacientemente, sin decir palabra, por el tiempo que pasa sin pasar. Velan ambos, en silencio, como si velasen también al silencio, y por un tiempo de silencio. Embargo ante la imagen de los Últimos Marranos.

Sus poses difieren: ella arrodillada, él sentado, ensimismado, meditativo, el rostro orientado de otro modo, vuelto cada uno hacia otra fuente de luz, velan. Sin una palabra. El silencio no es aquí el efecto normal de una fotografía siempre muda. No, el fotógrafo enfoca un «callarse» determinado, vigilante, vigilado, un saber-callarse incluso, a saber lo que hace falta saber para saber guardar un secreto. Velan la vigilia del sábado, a la apertura del shabbat.

Imaginen un marrano de la Argelia francesa que quisiese rendir homenaje, en cuerpo a cuerpo, a la riqueza polisémica de la palabra francesa «veilleuse»[ii]. (Me acuerdo, yo que juego ahora a presentarme como un marrano portugués, de todos los ritos de la luz, desde la tarde del viernes, en El Biar. Vuelvo a ver el instante en el que, habiendo tomado todas las precauciones, habiendo encendido mi madre la veilleuse, la vela mariposa cuya pequeña llama flotaba en la superficie de un vaso de aceite, era preciso de repente no tocar ya el fuego, ya no encender una cerilla, ante todo no para fumar, ni poner el dedo en un interruptor [¡vaya, se distingue uno por encima del sombrero negro del hombre! La electricidad y la fotografía habrán marcado la irrupción de las luces, la época de las Luces de un nuevo marranismo, a no ser que anuncie su fin]. Las cosas cambiaron desde entonces, incluso para mis padres, en una generación, y el exilio en Francia no dejó de tener algo que ver en ello.)

El hombre y la mujer permanecen desvelados. Estos vigías velan en secreto, para mantenerlo, la llama de su secreto: la vela misma [veilleuse]. Él parece meditar más que una vida, más allá de la vida misma, de los siglos de ferviente resistencia, de repliegue sobre el hogar de una fe irredentista. Velada fúnebre (wake, pero ceremonia sin fiesta, esta vez, y sin júbilo): no al lado de un muerto o de un moribundo sino de un mortal que se esconde todavía, de un secreto mortal.

La melancolía del hombre es visible. ¿Es legible? Puede firmar la memoria enduelada de lo que él recuerda y por lo que él vela todavía, pero ella puede también llorar la amnesia, el olvido de aquello mismo que hubiese hecho falta procurar velar – y que amenaza con extinguirse al próximo soplo de la historia. «Somos pequeños, modestos, incultos, pobres, parecen decir, nuestra memoria es más grande que nosotros. Nos acordamos apenas de lo que tenemos en memoria. Ya no sabemos con suficiente claridad de qué pasado somos en memoria. Pero somos en memoria.»

El secreto de esta ceremonia queda tan expuesto, tan vulnerable y vacilante como la llama de una mariposa [veilleuse], un resplandor efímero precisamente, es decir consagrado a no durar más que un día, entre dos noches sin fin. El que vela, la que vela y la vela [veilleuse] velan la noche, sobre la noche, toda la noche.

 


 

[i] Brenner, Frédéric, Diaspora: terres natales de l’exil, París, Éditions de La Martinière, 10/10/2003.

[ii] Veilleuse es una candela que se afirma sobre una ruedecilla de corcho para que flote en un vaso con aceite, lo que en castellano se llama “mariposa”; aunque también puede designar una “lamparilla de noche” o incluso el piloto de un automóvil. Hay dos expresiones significativas que contienen dicha palabra: la mettre en veilleuse: poner punto en boca, callarse; mettre en veilleuse: poner a media luz, limitar una actividad, poner a funcionar “a medio gas”. Veilleuse es también el femenino de veilleur (vigilante).

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