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ALGUIEN SE ADELANTA Y DICE...
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Jacques Derrida

Traducción de Julio Díaz y Carolina Meloni, en Espectografías (desde Marx y Derrida) edición de Cristina de Peretti, Madrid, 2003. Edición digital de Derrida en Castellano.

 

NADINE EGHELS: ¿Cuándo se publicó Espectros de Marx?, y ¿cómo fue recibido?

JACQUES DERRIDA: Al principio era un texto «hablado», una conferencia que abrió un coloquio. Se publicó unos meses más tarde, en 1993. Pero ¿sabemos acaso cómo es «recibido» un libro? ¿Por quién, en primer lugar? ¿Por los compradores o por los lectores? ¿A qué ritmo? ¿Durante cuánto tiempo? También para los libros, es preciso a veces contar con una justa anacronía. El tiempo del libro puede-ser un contratiempo, un tiempo fuera de sus goznes, out of joint, como dice Hamlet. Un libro nunca es contemporáneo de sí mismo, de su aparición ni de su publicación. Sólo puedo decirle algo «objetivo»: por razones que quedan por analizar, y en comparación con la mayor parte de mis otros libros, éste ha sido más rápida y más ampliamente, digamos, difundido, comprado y traducido. No digo «leído». Supongo que esto significa algo. ¿Qué? Pues bien, disculpe esta evasiva o esta economía: la respuesta reside quizás en el libro. Requeriría demasiado tiempo para una entrevista.

 

N. E.: ¿En el momento que escribió el libro se hablaba ya de una «vuelta a Marx» o, al menos, de una relectura de su obra?

JACQUES DERRIDA: No se hablaba de ello en absoluto, pero este libro es todo salvo una «vuelta a Marx». La reafirmación de la herencia de un cierto Marx, de un cierto «espíritu» de Marx, es, en este libro, un gesto político, una responsabilidad que no consiste, sobre todo, en restaurar algún «marxismo», en salvar o en rehabilitar a un desaparecido, sino por el contrario en permanecer crítico con respecto a todos los dogmatismos que se han adueñado de la tradición marxista, y a veces, incluso, en oponerse a cierta filosofía, a una lectura únicamente filosófica de Marx. Es preciso decir también que, desde el desmoronamiento de algunos Estados supuestamente comunistas, los estudios marxianos tendían la mayoría de las veces (no siempre pero a menudo) a un cierto academicismo. Se apresuraban a neutralizar la virulencia política de Marx, la urgencia de sus inyunciones revolucionarias, esforzándose en representarlo, con un gesto de reconciliación, como un gran clásico cuyas cenizas debían incorporarse al Panteón en el canon de los «grandes filósofos». Pero es preciso también hacer justicia a algunos marxistas que han sabido resistir esta tentación. Algunos, solitarios, han continuado vigilando y trabajando, cambiando el terreno y perturbando el nuevo consenso, en un momento difícil, de forma valiente, crítica e innovadora.

 

N. E.: ¿Cómo se puede explicar el actual resurgimiento del interés por Marx?

JACQUES DERRIDA: Pues simplemente, tontamente, si puede decirse, por lo que pasa en el mundo. Y no era tan imprevisible. El acceso que ahí he intentado privilegia también la hipótesis de un «trabajo de duelo», con todas las paradojas que el psicoanálisis nos enseña o en las cuales se enreda a veces al respecto (culpabilidad, triunfo maníaco o melancolía, idealización, interiorización, ventriloquia, etc., ¡todo un teatro!). ¿Acaso no está el fantasma entonces más «presente» y no es más obsesivo que el que está vivo? He tratado de elaborar estas hipótesis planteando la cuestión de un duelo «político» y de someterla a la prueba de un análisis de la fase actual (geo-política, geo-económica, tele-tecno-mediática, etc.). Ese «trabajo de duelo» no es sólo el de los «marxistas» o el de las sociedades así llamadas «comunistas»; también atormenta a los peores adversarios del comunismo, a los cruzados del anti-marxismo, a los grandes sacerdotes del neoliberalismo económico. Los que cantan el triunfo final del mercado capitalista han perdido a su «enemigo», su fantasma ya no llena aforos. Esta difícil prueba requiere unos reajustes peligrosos. Una de mis cuestiones fue la siguiente: ¿cómo transformar el discurso, especialmente el discurso psicoanalítico, que en general concierne a los individuos, para analizar una fase de duelo «mundial», incluso una melancolía geo-política? ¿Cuáles son los signos que hay que interrogar, concretamente en la «crisis» (que es más que una crisis) que atraviesa hoy la susodicha «mundialización» (del mercado y del resto)?; mundialización que, por lo demás, no se mundializa mundialmente, por así decirlo, ni igualmente para todo el mundo, lo cual torna también sospechosa esta nueva noción así como la retórica que la explota. Trato de plasmar todo esto en el «cuadro» de lo que denominé las «diez plagas» del nuevo orden mundial. Por lo demás, he jugado, tan seriamente como ha sido posible, a poner en escena el número 10: las diez plagas, el Decálogo o los diez Mandamientos, la tabla de las diez categorías de Aristóteles, los diez fantasmas entre Stirner y Marx. La decena lo organiza todo. La figura del Diez se convierte en una especie de personaje, y me preguntaba si Jean-Pierre Vincent no le iba a dar una especie de carne alegórica o de voz sobre el escenario: «Aparición del Diez, el fantasma de Diez, enmascarado, se adelanta: “Soy tu Diez, ¡sígueme!”». Al tiempo que convoca muchos fantasmas, aparecidos, espíritus, este ensayo despierta también a aquellos que obsesionaban al propio Marx, un Marx que fue, por lo demás, un gran admirador de Shakespeare. De manera que este libro está también, y quizá en primer lugar, vuelto hacia Shakespeare, Timón de Atenas y Hamlet. Otro personaje, otro aparecido, al lado del viejo «Diez», sería la Mesa, la figura de la Mesa. Hablaremos quizás de ella y del hecho de que ésta también habla.

 

N. E.: ¿Cómo se inscribe este libro con relación a sus obras precedentes, hay ruptura o continuidad respecto de ellas?

JACQUES DERRIDA: En todo caso, no percibo en éste ni ruptura teórica ni cambio político. En parte lo explico en el libro: mis referencias a Marx, en todo caso fuera de la enseñanza, seguían siendo hasta aquí —es cierto— raras, discretas, indirectas. Sobre todo cuando comencé a publicar, en el momento que, en mi medio intelectual, el marxismo era muy potente. Por graves razones, a la vez teóricas y políticas, creía entonces que no debía ni ceder a la ortodoxia ni atacarla frontalmente desde lo que corría el riesgo de ser interpretado como otra ortodoxia. Me ha parecido que, en la urgencia política de hoy, por el contrario, era preciso asumir una nueva responsabilidad. A este respecto, sí, hay un cambio. Se debe al tiempo y al contratiempo políticos. Pero, a pesar de esta nueva forma de tomar la palabra, a pesar de un discurso aparentemente más directo, más transparente, creo que una profunda continuidad lógica e incluso temática vincula este libro con todos aquellos que lo han precedido. En mis textos, desde hace décadas, hay espectros por todas partes. En aquéllos la espectralidad ha sido siempre, cómo decirlo, un tema de reflexión (sin espejo, ¡como los fantasmas!) y un tema al que se le llama por su nombre...

 

N. E.: En algunos pasajes la escritura parece destinada a la oratoria más que a la lectura. ¿Se debe esto sólo al hecho de que se trataba, en primer lugar, de una conferencia?

JACQUES DERRIDA: Incluso cuando no son conferencias, mis textos privilegian el tono de dirigirse a alguien, de la interpelación, de la palabra viva que procura tener en cuenta la situación y al presunto destinatario, aquí ahora. Es cierto que, esta vez, la puesta en escena del propio teatro, por así decirlo, el teatro dentro del teatro (filosófico o político), es aquello mismo que está en juego al dirigirse a alguien, el movimiento y la motivación del apóstrofe: la interpelación, la provocación. El concepto de espectro irradia por sí mismo una intensidad escénica, es inmediatamente teatral. Habla y hace hablar a todo el mundo, nos ventrilocua, igual que respiramos. No sólo a causa de la referencia a Shakespeare, al teatro dentro del teatro de Hamlet, sino porque todo el espacio teatral parece pertenecer a la espectralidad. Depende de su lógica, lo mismo que los personajes, los actores y sus voces, que son a la vez visibles e invisibles, aquí y allá, allá y en otra parte, apareciendo y desapareciendo en su aparición misma, encarnados y descarnados, presentes con una presencia que no es la suya, una presencia a la vez sensible e insensible, incorpórea y corpórea, etc. Dicho esto, si bien hay una teatralidad inmediata e inmanente del fantasma, y si este libro es en este sentido «teatral», éste no ha sido escrito, como bien lo sabe usted, «para el teatro». Aunque podamos ser sensibles a su teatralidad intrínseca, y en esta misma medida, jamás hubiese imaginado que algún día se llevaran fragmentos suyos a un escenario, en el «verdadero» teatro del afuera. Pero lo que escribo, es cierto, se construye a menudo deliberadamente como una escena, con sus actos, su ritmo, su espaciamiento o su espaciosidad, la multiplicidad de las voces. Estas voces responden a menudo, directa o indirectamente, en coro o en disonancia a la inyunción de un espectro, aunque sólo sea en la figura, al menos, del pensador o del poeta con el cual me explico, por así decirlo. En Espectros de Marx, por no poner más que este ejemplo, la cuestión del fetichismo de la mercancía privilegia la teatralidad en la escritura, pero también en el objeto de la descripción: esa famosa Mesa de la que habla Marx, ese personaje, esa marioneta loca o terca, se yergue y comienza a bailar cuando se convierte en valor de cambio o en mercancía. Escapa de su creador y de su usuario. También se trata a Marx como un personaje de novela-cine-teatro familiar --que reaparece hoy, ante nosotros, con su vida privada, sus padres simbólicos, su hermano enemigo Stirner, etc.—; aquél se debate, en El Dieciocho Brumario, con todos los teatros revolucionarios anteriores, sus personajes, sus máscaras y su vestuario, desde 1789 a 1848, esperando la Comuna. Ahí hay un coro, narraciones, predicciones, un preludio, entradas en escena, salidas, desenlaces esperados o inesperados, suspense, toda una dramatización...

 

N. E.: Desde el comienzo del libro, el tono está dado: «Alguien se adelanta y dice...». Esto podría ser una definición del actor.

JACQUES DERRIDA: He privilegiado, en efecto, los elementos más teatrales. En primer lugar, adelantándome yo mismo como otro, desde la primera palabra, como lo haría una especie de personaje ficticio, la figura figurada bajo la máscara de una hipótesis, yo como «alguien que se adelanta y dice...». Lo he hecho más de una vez, también últimamente, en El monolingüismo del otro («Imagínalo, figúrate a alguien... que vendría a decirte...: «No tengo más que una lengua, no es la Mía»). Después, en el texto de Marx, he seleccionado quizás los episodios más dramáticos, el soliloquio tumultuoso, por así decirlo, de La ideología alemana, el altercado con Stirner por ejemplo, la lectura de las dos Revoluciones francesas como fracasos, no cabe duda, pero también como «repeticiones generales» antes del estreno: repeticiones del pasado (griego o latino, incluso en las máscaras y el vestuario —y es un fracaso, una comedia formal—), pero también la repetición con vistas a la Revolución por venir, la anticipación de una Comuna que triunfaría, de una revolución social efectiva, etc.

 

N. E.: ¿Cómo reaccionó usted cuando Jean-Pierre Vincent le propuso convertir Espectros de Marx en el punto de partida de su espectáculo?

JACQUES DERRIDA: Me sorprendió y se lo agradezco, sin tener idea alguna de lo que él iba a hacer. Me asombré mucho cuando leí el texto final del dispositivo teatral. Pero enseguida pensé que ese Karl Marx Théâtre inédit era, por parte de Vincent, un gesto contundente y valiente, una iniciativa teatral y política, una oportunidad, pero también una necesidad..., el «buen contratiempo», el contratiempo que es preciso, como debe ser, en el teatro y en política... Lo esperábamos sin esperarlo...

 

N. E.: En su libro cita usted a Shakespeare; Hamlet (o, mejor, los Hamlet o las Ofelias, la problemática es la de una generación) es quien, en el espectáculo, convoca a Derrida. A partir de esa inversión, el discurso filosófico adquiere verdaderamente cuerpo sobre el escenario del teatro.

JACQUES DERRIDA: A veces me ha resultado más placentero dejar que me provocasen Timón de Atenas o Hamlet que este o aquel texto filosófico, en ocasiones incluso Marx... The time is out of joint, esta frase tan a menudo traducida de mil formas, esta sentencia casi intraducible, es una expresión singular en boca de Hamlet en un momento único, pero también, a la vez, un enjambre de cuestiones que no deja tranquilo al pensamiento: sobre el tiempo y el contratiempo, la presencia del presente, la historia y el destino, la culpa y la herencia, la justicia, el orden...

 

N. E.: Sin embargo, se trata de Marx...

JACQUES DERRIDA: Bajo la mirada espectral de Marx, de todos sus espectros y de los que anunció, a la escucha de su palabra («Un espectro asedia Europa, el espectro del comunismo», dice el comienzo del Manifiesto), he intentado proseguir de otro modo una larga trayectoria cuya cartografía han habitado los espectros. Estos están por doquier en lo que escribo desde hace treinta años. Coincidencia: he actuado incluso en Ghost Dance, una película de Ken McMullen, el cineasta inglés. Fue en 1982, y Marx ya era un personaje, la principal referencia de la película. Algunas escenas se rodaron cerca de su tumba en el cementerio de Highgate, bajo su mirada, por así decirlo, ante su busto teatralizado. Entre Londres y París, la Comuna no estaba lejos. Yo interpretaba a un profesor a quien una joven estudiante (Pascale Ogier) viene a preguntarle si cree en los fantasmas. La pregunta estaba prescrita en el escenario, pero improvisé la respuesta. McMullen la conservó. Esta improvisación filmada convocaba, en el teatro de los fantasmas, toda la modernidad de las imágenes y de lo «virtual», el cine, la televisión, la fotografía... El fantasma no es extraño a la técnica y, aunque pertenece al pasado, es también una promesa, está prometido al porvenir que él promete.

 

N. E.: Es la primera vez que uno de sus textos se interpretará en el teatro.

JACQUES DERRIDA: Sí, algunos de ellos se han grabado, como suele decirse, «con la voz» —a veces— de algunos actores, pero ninguno había sido puesto en escena, quiero decir, sobre lo que se llama normalmente un escenario de teatro...

 

N. E.: ¿Nunca ha tenido ganas de escribir para el teatro?

JACQUES DERRIDA: Unas ganas soterradas, sin duda, a las cuales he tenido que buscar coartadas, sustitutos, disfraces. Tengo una relación difícil con el teatro, tal y como es, una especie de reticencia (he tratado de explicarlo en algunos textos sobre Artaud, Genet o Mallarmé). Quizás en nombre de un no-teatro, quizás también soñando con otro teatro, con otro compromiso del cuerpo, con otro cuerpo a cuerpo...

 

N. E.: ¿Cómo explica esta agitación actual en torno a Marx?

JACQUES DERRIDA: A semejante «agitación», que no es, por lo demás, únicamente francesa, se le podría encontrar más de una explicación pasajera. Lo que viene de más lejos que una agitación precisa causas más profundas, en verdad sísmicas y geopolíticas. Otros análisis serían, por lo tanto, necesarios. Traté, en Espectros de Marx, de situar todo lo que debilita la retórica del neoliberalismo y a veces la vuelve indecente hasta la obscenidad: cuando aquélla finge ceder a la euforia, cuando celebra con acentos de júbilo el vínculo entre el mercado y la democracia. Para los nuevos análisis y los nuevos compromisos que nos esperan, para el porvenir, por consiguiente, no se trata de una «vuelta a Marx» —que, por lo demás, jamás habría interesado ni a Marx ni a los marxistas lúcidos—, pero quizás tenemos algo que esperar o que aprender de cierto «espíritu» de Marx, de cierta forma de rechazar, de desobedecer, de criticar, de denunciar pero también de analizar, de afirmar y de prometer. Cuestión de justicia también, e incluso, más allá del viejo teatro y de la vieja iconografía revolucionaria, más allá de las representaciones de la gran noche, el compromiso de otras revoluciones...

 

N. E.: Esto es también lo que nos proponemos: no un espectáculo sobre Marx, sino un viaje de ida y vuelta hacia Marx y, después, hacia nosotros.

JACQUES DERRIDA: El título, Karl Marx Théâtre inédit, traduce muy bien lo que sin duda me guiaba también en Espectros de Marx: no la reposición en escena de Marx para una nueva representación, no un nuevo «teatro marxista» sino otra alianza entre lo teatral y lo político. Es una vieja historia, como usted sabe, pero no carece de porvenir si el teatro transforma su relación con la otra escena política, si se convierte él mismo, más allá de la representación, en un nuevo espacio político. No simplemente contra la representación política tradicional, por ejemplo la representación parlamentaria y todo lo que se articula con ella (los partidos, los sindicatos, etc., que deben permanecer vivos), pero sí de otro modo y de una manera asimismo indispensable. Que, a partir de entonces, el teatro se deje afectar por lo que sucede, pero también que afecte y haga que algo suceda: no con obras teatrales inéditas que dormirían en bibliotecas, sino con una forma inédita de hacer teatro, otra forma de interpretar, de operar la puesta en marcha, de hacer el teatro. Sobre el escenario del mundo habrá que interpretar a Marx, de nuevo, interpretarlo bien, habrá que interpretarlo de otra manera. Lo inédito nos espera, allí mismo, repitámoslo, allí donde ya no sabemos qué nos espera...

 

 


 

[i] Entrevista de Nadine Eghels a Jacques Derrida, publicada en francés en Marx en jeu, Descartes & Cie, Paris, 1997, pp. 53-65.

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