Jacques Derrida

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SOBRE EL MARXISMO.
DIÁLOGO CON DANIEL BENSAÏD

Jacques Derrida

E
n Staccato, programa televisivo de France Culturel, del 6 de julio de 1999; traducción de Cristina de Peretti y Francisco Vidarte. Edición digital de Derrida en castellano.

 

 

A. Spire:Jacques Derrida, usted nunca ha sido marxista, pero ha experimentado la necesidad, e incluso la urgencia, hace ya cuatro años, de publicar una obra de tono comprometido, que cogió a todo el mundo a contratiempo. Ese libro, titulado Espectros de Marx, reclama una vuelta a Marx o, al menos, a cierto espíritu de Marx.

Daniel Bensaïd, usted es profesor de filosofía en la universidad de París VIII. Se puede decir que es usted un intelectual comprometido, que ha publicado muchas obras, entre las cuales hay que citar Walter Benjamin (Plon, 1990), Marx intempestif (Fayard, 1995) y, más recientemente, Le parí mélancolique, métamorphose de la politique, politique des métamorphoses (también en Fayard).

¿La verdadera actualidad de Marx acaso no reside, paradójicamente, en su forma de concebir la historia —es decir, al contrario de lo que a menudo se piensa— no como un estricto determinismo mecánico sino, de hecho, como el lugar de todos los posibles, el lugar de todas las incertidumbres? ¿No sería Marx en cierto modo —un poco como lo es, por lo demás, Jacques Derrida— un filósofo del contratiempo?

 

D. B.: —Sí, se trata de un tema que, además, nos reúne; pero partiré precisamente de uno de los puntos del texto de Jacques Derrida que evoca la cuestión siempre nueva del capital. En efecto, esta reiterada novedad del capital es también la que provoca asimismo la novedad y la actualidad renovada de Marx. Finalmente, la vitalidad de uno se nutre de la vitalidad del otro.

En lo que respecta a la actualidad de Marx, creo que procede de su relativa inactualidad en su siglo. Él es evidentemente un hombre y un pensador del siglo XIX, pero también está más allá y en otra parte en esas cuestiones claves. Ha aludido usted a la de la Historia. En mi opinión, a Marx se le convierte con demasiada frecuencia en un filósofo perteneciente al gran linaje de las filosofías especulativas de la Historia. Considero, por el contrario, que se desmarca de esas filosofías de la Historia en los textos de 1844-1846, se dedica a otra cosa, a una teoría del conflicto, por lo tanto, de la incertidumbre, lo cual no quiere decir que todo sea posible. Se trata, una vez más, de otro problema.

 

J. Derrida: En primer lugar, estoy muy contento de encontrarme aquí con Daniel Bensaïd. No nos conocíamos, nuestras historias, nuestras trayectorias a la vez intelectuales y políticas no son las mismas, pero resulta bastante significativo que nos crucemos en el motivo de la intempestividad, de la anacronía. En efecto, creo que Marx no era un filósofo de la Historia en el sentido en que se suele entender en general; que estaba atento política y filosóficamente a la heterogeneidad de los tiempos, de las cualidades temporales, de los regímenes de causalidad económicos, políticos, jurídicos. En esta maraña de tiempos Marx es alguien que pensó la intempestividad no sólo como una forma de perturbar el tiempo lineal y homogéneo sino también como condición de la acción política. Desde este punto de vista, permanece muy ajeno a la tradición filosófica.

Una de las muchas cosas que me han gustado de las obras de Daniel Bensaïd es lo que dice de Marx como «meteco», como extranjero. Dice que Marx es «el meteco del concepto». Dicho de otra forma, resulta difícil de apropiar, de asimilar en la tradición filosófica. Una de las cosas contra las que intenté pronunciarme en la obra a la que usted aludía es la tendencia, en el momento en que el comunismo se vino abajo, de volver a un determinado Marx que se considera inofensivo. Usted ha hablado de vuelta a Marx. Yo no propongo una vuelta a Marx como un gran filósofo canónico al que por fin se va a poder incluir dentro de la inmensa tradición de los grandes filósofos clásicos. Aunque siempre resulta necesario un trabajo universitario sobre Marx, existe un riesgo de domesticación, de neutralización de la inyunción revolucionaria de Marx. Y es contra esa neutralización contra la que consideré que tenía que protestar. Evidentemente, todo esto resultaba intempestivo en el gesto que nos ha reunido a Daniel Bensaïd y a mí. Hemos publicado más o menos al mismo tiempo unos textos acerca de la intempestividad de Marx porque, en el terreno histórico del momento en el que la muerte del marxismo, la muerte del comunismo, estaban en boca de todos, en todas las retóricas políticas, era necesario levantar acta de ese extraño trabajo de duelo político que se apoderó de toda la humanidad. Una frase maníaca y jubilosa: «Bravo, se terminó, es la victoria del neocapitalismo, del neoliberalismo», se convirtió en el motivo más poderoso de la retórica política. Contra eso es contra lo que me pareció que los filósofos o los ciudadanos que somos teníamos la responsabilidad de protestar.

Ha dicho usted que yo nunca he sido marxista. Es verdad si eso quiere decir que nunca he sido miembro del partido comunista o de un partido marxista ortodoxo. Dudamos al decir que no somos marxistas porque Marx ha sido el primero en reivindicarlo. ¡Parece como si nos tomásemos por Marx cuando decimos «no soy marxista»! No diré que no soy marxista, pero es cierto que, como toda la gente de mi generación, sin ser marxista, me he alimentado naturalmente de toda la herencia marxista y he intentado decirlo en un momento justamente intempestivo, en cierto modo, tal y como he podido en todo caso evaluarlo.

 

 

Pr.:Al mismo tiempo, usted lleva a cabo una determinada lectura de Marx y habla de una labor de discriminación dentro de la herencia de Marx, en el sentido de que hay que conservar, según usted, el lado de crítica radical de la sociedad mercantil y de sus fundamentos.

Daniel Bensaïd, pienso que, para usted, hay una pluralidad de lecturas de la obra de Marx pero que, al mismo tiempo, considera que todas las lecturas no son legítimas.

 

D. B.: —Tengo que confesarlo. Me he sentido bastante seducido por la lectura que Jacques Derrida hace de Marx y me decía que una lectura tan inteligente debía finalmente tener algo que ver con Marx, que no podía ser totalmente ajena a él, a pesar de presentarse como una problemática un poco despistante para mí, más tradicional. De hecho, pensaba especialmente en algunas lecturas: la lectura de Marx como filósofo positivista, por ejemplo. No cabe duda de que forma parte del optimismo científico de la época. Pero está en otro sitio y, en cualquier caso, su relación con Auguste Comte es de incompatibilidad radical. Por otra parte, pensaba en la lectura de Marx como filósofo de la Historia. Creo que, en realidad, aquello en lo que, siguiendo vías distintas, hemos puesto el acento —a mí también me resulta difícil declararme marxista, hoy en día espero ser fiel al nombre propio de Marx— es en un acontecimiento dentro de la teoría, pero marxista…, el pasado pesa tanto, está tan asociado a unas formas de ortodoxia, que resulta difícil reconocerse dentro de él.

Lo que me interesa es que las lecturas que hoy permiten reactivar una comprensión o un alcance crítico de Marx son lecturas excéntricas, o «metecas», por retomar el término. Esas cuantas páginas de Blanchot sobre los tres lenguajes de Marx dicen mucho más y de una forma mucho más acertada que muchas de las glosas y de las tesis del pasado, incluso sobre la postura de Marx en relación con la cuestión del saber, por ejemplo, que no es un asunto trivial pero que, en Francia, normalmente, se ha recibido como un vulgar determinismo económico o como una ideología banal. Siempre son francotiradores, Merleau-Ponty, Blanchot, los que, habiendo abierto vías de acceso a Marx, nos permiten hoy dialogar con él o reanudar ese diálogo.

 

 

Pr.: —Jacques Derrida, en cierto modo parece usted quizás un tanto marxista, ya que, en el momento en que apareció Espectros de Marx, presentó usted su texto como un libro de insurrección. Ahora bien, es cierto que en esa obra hay una auténtica escritura panfletaria, en ella nos encontramos con la indignación, la rebelión que usted apunta asimismo en Marx. ¿Está usted furioso?

 

J. Derrida: Si estuviese furioso, estaría en contra de un fácil consenso que entierra tanto el pensamiento de Marx como aquello que, no sólo en su insurrección sino también en algunos principios de sus análisis del capital, puede resultarnos todavía necesario. El análisis de lo que hoy se denomina la mundialización, la globalización como dicen los americanos, suscita unas cuestiones que, sin ser literalmente las cuestiones de Marx, pueden ser fieles a cierto espíritu marxiano. A la vista de lo que llamo «las diez plagas» del orden mundial, considero que hay que rebelarse contra el desconocimiento en el que se nos mantiene. Lo que he tratado de hacer es, por un lado —porque el gesto de este libro es bastante bífido—, analizar el campo actual de los males del orden mundial, el trabajo de duelo del horizonte marxista, incorporando así una especie de psicoanálisis del campo político apelando a un principio psicoanalítico, al análisis de los fantasmas, pero transformando, politizando el propio mensaje freudiano. Por consiguiente, analizar el trabajo de duelo que está en curso en la actual mundialización. Por otro lado, y sobre todo en la segunda parte del libro, y dado que la referencia a Shakespeare, a Hamlet, recorre todo el texto, he intentado reconocer en el propio Marx un movimiento de retroceso o de miedo ante lo espectral mismo. Sobre todo en su polémica con Stirner. Miedo a partir del cual reintroduce un deseo que yo denomino ontológico y apela a la efectividad real y a la conjura del espectro.

En el fondo, este libro es ante todo una reflexión sobre esta categoría de espectralidad que me interesa desde hace mucho tiempo. De ello pueden encontrarse en mi trabajo premisas muy antiguas, ya que el espectro no es sólo el fantasma, el (re)aparecido, lo que a contratiempo vuelve a recordarnos una herencia, sino también lo que no está ni muerto ni vivo, lo que no es real ni irreal, lo cual reintroduce la dimensión de lo fantasmático dentro de lo político y nos ayuda asimismo a entender algunas estructuras del espacio público actual, los medios de comunicación, la virtualización de los intercambios, etc. Éste es uno de los motivos principales de este ensayo. Esa categoría de espectralidad puede ser muy fecunda y, por consiguiente, es uno de los hilos conductores del libro.

 

 

Pr.:Por otra parte, se puede establecer una relación entre el lado espectral de Marx y la cuestión de la hospitalidad, ya que Marx fue un gran exiliado, un eterno perseguido; se puede decir incluso que fue una especie de indocumentado infatigable. ¿Es ésa una vuelta a Marx pensador de lo político, pero de una política del oprimido, de una política reducida a la dimensión del Estado que permite que los que son mantenidos a distancia del Estado entren en la política?

 

J. Derrida: Creo que, en efecto, se trata de la cuestión de la relación y de la distinción entre político y estatal. Y de lo que a la vez transgrede el Estado-nación singular al tiempo que permanece bajo la autoridad de la figura del Estado. Ahora bien, se trata quizá de pensar el acontecimiento, lo que llega, lo que viene, el arribante, en su singularidad. El arribante no es necesariamente, en tanto que arribante y que por lo tanto reclama la hospitalidad, un ciudadano o un sujeto político. La cuestión del acontecimiento se plantea, por consiguiente, en los límites de lo cosmopolítico. Creo que se puede leer en Marx, a veces gracias a él, a veces en contra de él, un pensamiento de los límites de lo político [de lo político-estatal] a partir de la irrupción del arribante absoluto. Lo mesiánico no se limita necesariamente al mesías en su figura judaica o cristiana, sino que abre hacia aquel que llega allí donde no se le espera, aquel que puede venir o no venir: un visitante más que un invitado. 

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