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Tener oído para la filosofía

Jacques Derrida
Entrevista de Lucette Finas con Jacques Derrida en La Quinzaine littéraire, 16-30 de noviembre de 1972.*
Traducción de Cristina de Peretti, en El tiempo de una tesis: Deconstrucción e implicaciones conceptuales, Proyecto A Ediciones, Barcelona, 1997, pp. 39-47. Edición digital de Derrida en castellano.

 Jacques Derria

 

LUCETTE FINAS: Jacques Derrida, sus Márgenes constan de once textos, uno más diez. La différance (con a) es el segundo, justo después de la apertura del Tímpano. Un cierto eco, entre el público, reconduce el conjunto de su texto al ruido (silencioso) de esta falta de ortografía. La différance -innombrable ya que, como usted señala, no hay un nombre para ello- intriga. ¿Se trata de una cuña clavada en el concepto? ¿Se trata de un concepto exacerbado, en el sentido, también, del arrebato? ¿Del fuera de sí? ¿Por qué, desde las primeras páginas, apunta la différance hacia la «tumba de lo propio», hacia la «economía de la muerte» y hacia «la muerte del dinasta»?

JACQUES DERRIDA: Cuña y tabique -intente agarrarse a ellos- no son ni palabras ni cosas. Divididos, analizados, recompuestos, habrán engendrado todo aquello a lo que me incita su pregunta.

Al interrogar los límites de la filosofía, al preguntarse si tienen la forma de márgenes al analizar la metafísica como un texto, es preciso a la vez transformar la noción de texto y solicitar el tabique tras el cual se protege y se constituye la historia de la filosofía. ¿Qué es el sentido? ¿Qué es un concepto? ¿Qué es lo que confiere derecho a la pregunta «qué es...» ? Este es el espacio en el que indaga la différance la cual, como usted ha señalado, abre los Márgenes (no lejos del Tímpano) y no tiene ya, por consiguiente, el sentido de un concepto. O, por el contrario, sí, el de un concepto exacerbado, agujereado. Ya no es el concepto hegeliano que sale de sí mismo en sí mismo. Al reventar el tabique hacia lo otro del concepto, se intenta dar un golpe o hacer un tajo a fin de violentar todo tipo de cadenas seculares que, quizá, han hallado en el pensamiento hegeliano su representación, su forma y su fuerza más resistentes. La marca différance (interposición activa del aplazamiento, operación incesante del diferir y generación, sin origen, de las diferencias) desconstruye los valores de concepto, de palabra y de significante. Ya no es, por lo tanto, un signo ni opera nunca de frente, por simple inversión, sino -cual cuña- esquinadamente. Forjando, imprimiendo, borrando sellos, efigies, firmas, tipos, trabaja en las esquinas. Ataca por las esquinas. Atacar, combatir, aquí, ya no se reduce a la práctica de un discurso, a una crítica conceptual que, preocupada por la «verdad», arbitra entre varias tesis. El ataque está dirigido contra el orden mismo del concepto y debería dejar sus puntas móviles y sus barrenas hundidas en el espesor parietal de lo semántico: para operar una fractura hacia aquello que la metafísica llamaría lo «real» (a la vez opuesto y homogéneo con respecto al concepto), pero que nosotros ya no podemos designar de este modo precisamente porque dicha homogeneidad no tiene ya aquí nada que hacer. Esta perforación que reinscribe, desplaza consigo el orden mismo de lo teórico, implica no poder ser resumida en tesis filosóficas. Renunciemos a ello desde el primer momento.

Si dicha fractura no fuese practicada efectivamente, las ruidosas salidas fuera del discurso, del lenguaje o de la escritura en sentido obsoleto, e incluso fuera de la ideología en general, terminarían convirtiéndose en charla doméstica, en fraseología revolucionaria, en bullicio escolar, en una serie de tracas, en cualquier caso, en entretenidas, es decir -y eso es imperdonable-, en aburridas operaciones dentro de una combinatoria semántica determinada, dentro de un código de connotaciones poético-políticas archivadas: en resumen, siempre en tesis «universitarias» o en gesticulaciones «literarias», espectáculo cuyo programa, impreso hace ya mucho tiempo, nos descorazona de antemano y nos induce, finalmente, a no molestarnos más.

Acabo de nombrar un sistema de complicidades ideológicas e institucionales. A pesar de algunas oposiciones superficiales (para la galería), a veces gracias a ellas, el funcionamiento de dicho sistema es muy coherente. Grande, vieja y pesada soldadura histórica de un aparato. Quizá, no estoy nada seguro de ello, la différance le habrá asestado algún golpe; quizá habrá golpeado su sentido: por medio de una escritura que, con un pasaje, ha quedado impresa en los Archivos de la Sociedad Francesa de Filosofía. Dicho gazapo afectaba, como usted recordará, al título de una comunicación en el anfiteatro de la Sorbonne en enero de 1968. En ese momento se lo consideró como una especie de metedura de pata un tanto cuneiforme, como unos graffiti «obscenos», según me dijeron, en un muro venerable.

Pero el trabajo que la cuña realiza esquinadamente debería ser pertinente con el concepto, aun cuando no se regule por él. Hoy en día se olvida que es preciso meterle mano: para no contentarse con dar vueltas a su alrededor (la galería) dejando el orden en su sitio, incluso consolidándolo, lo cual ocurre con los discursos periféricos e incompetentes. Pertinencia muy particular: lo que de este modo mete mano a la semántica conceptual, lo que choca con su póliza general (que, por fin, respira cuando se le dice que uno no quiere saber nada del asunto, que uno no entiende nada al respecto y que, para no comprometerse, se transmiten los poderes al especialista) debe ser sólo tangente a ellas, proliferando mucho más allá de esta toma o de este contacto. De este modo se define una relación intratable con el orden descontruido: implacablemente minucioso pero apenas practicable según las normas dadas y los códigos en vigor. No hay metáfora para ello. Un movimiento semejante no se agota en la crítica discursiva a la que también procede: generativo (différance), afirmativo, seminal, operando por medio de injertos, de hibridaciones, de expropiaciones, de exportaciones, sin límite regional, pasando fuera del código, a lo que es heterogéneo, precisamente porque hace saltar -o bailar- la referencia. Lo diseminal, la diferencia seminal (ni este es el atributo o el adjetivo ni aquella un nombre o una esencia) no se reduce ni a la originariedad arqueológica que siempre ha tachado, dividido, espabilado, ni a la productividad espontánea (creación teológica o manifestación de la parousia, puesta al día o puesta en forma).

 

L.F.: Si el trabajo de la différance impide que el concepto descanse sobre si mismo, el texto que usted hace resulta irreductible a todo esfuerzo por ponerlo en forma de tesis. Hablar, siempre y cuando no sea por comodidad, de las «ideas» de usted, de su «pensamiento» ¿no es una manera de no haberse enterado de nada? ¿No es olvidar al filósofo alterado que hay en usted? ¿Y no cree usted que si uno no se da de golpes con su escritura (casi) no le lee?

Además, hay una «cosa» que llama la atención, quizá sin razón, cuando se pasa de La doble sesión al Tímpano. En el primer texto escribe: «nada hay más perverso que esa penetración desgarradora que deja un vientre virgen». Y, en el segundo, evoca usted «lo sangrante de una escritura diseminada». ¿En qué se ha convertido aquello que no era más que simulacro, sangre blanca? ¿Qué está ocurriendo? ¿Debemos entender que su relación con el acontecimiento ha cambiado y que, a cada pasada y a cada repaso, en una especie de economía abusiva, la différance asesta finalmente un golpe? ¿Hace estallar el tímpano?

J.Derrida: ¿-Qué ocurre- pues? A esta pregunta sobre la llegada -palabra de intensa flotación-, estoy por contestarle, de forma algebraica, que nada puede pasar que no llegue a la cuestión «qué es...»: que no la aborde por fin para anclarse en ella o, por el contrario, que no le aseste un buen golpe. En el primer caso, cuando se puede contestar a la pregunta ¿qué es...?, no pasa nada, no ocurre nada que no haya sido ya anticipado bajo su forma más general: el ser. Nada de sorpresas absolutas. En el segundo caso, lo que pasa, el acontecimiento, la irrupción de lo que ocurre no es nada de lo que se pueda decir: esto es (ente), esto es un roble en el cual se reconoce (Hegel) el desarrollo de una bellota. Este acontecimiento, el resultado de una bellota totalmente otra, es lo que me interesa.

En cierto modo, no pasa nada, al menos ninguna ruptura, entre La diseminación y Márgenes (De la filosofía: de philosophia, subtítulo, es el verdadero título de la obra, espero que esto se olvidará lo más pronto posible). La forma y el trayecto de estos textos excluyen toda categoría de corte o de continuidad. Acontece, sin embargo, que de un libro al otro, a tal ensayo del otro (Tímpano, por ejemplo, Qual Quelle, Firma acontecimiento contexto), algo (¿qué? ¿Un miembro: ¿Un espacio? ¿Un lecho? ¿Un animal?) ha quedado comprimido. Guardo esta «palabra» para mí o, mejor, se la entrego, la expongo a la suerte o al trabajo de la crecida, el único que está ante nosotros, abierto por usted. Lo que se comprime de este modo desborda el orden de la tesis o de los objetos tratados. Busca quizá en sí mismo la inscripción de lo que «allí ocurre»: la de un acontecimiento, sigamos llamándolo de esta forma, el único, el imprevisible, sin horizonte de espera, sin maduración teleológica, roble sin bellota, pero de un acontecimiento -pues- escandaloso o llamativo, explosivo, que disloca y resquebraja todas las categorías que hasta aquí lo cernían, la presencia, la conciencia, la percepción, el discurso, la enunciación: la negación del texto en general. Un acontecimiento tal no tiene un zócalo arqueológico, arrastra y hace saltar su seguridad, su código o su mesa; no se produce, no se presenta, no se le puede descubrir, como un traumatismo, más que por sus efectos posteriores. Lo inanticipable (para la conciencia discursiva) exige una nueva lógica de lo re-primido. A propósito de los efectos de timbre tímpano y de firma, Qual Quelle sitúa una «lógica paradoja del acontecimiento»: debería llevar una cuenta abierta de un irremplazable que no se «produce» más que perdiéndose tajante, textualmente, en la iteración: firma, acontecimiento, con texto. El excedente de La diseminación ya marcaba esta pluralización que fractura, al hacerlo llegar, el acontecimiento mismo de lo único. Es preciso desconstruir el sistema de la presencia, del origen, de la arqueología o de la producción para hacer llegar, y no sólo para pensar o enunciar, el acontecimiento. Habría incluso que decir: el acontecimiento (es lo que) desconstruye. Blanchot: «¿Acaso ocurre esto? -No, esto no ocurre. -Algo viene, no obstante» (La espera el olvido). Quizá, por medio de una estrategia de la elipsis y de la insistencia, los textos anteriores o exteriores a los Márgenes imprimían más el «nada ocurre», al menos cada vez que era preciso separar el acontecimiento de su horizonte, es decir, de su definición filosófica: este «acontecimiento», himen, crimen, suicidio, espasmo (de risa o de gozo) en el que no pasa nada, en el que el simulacro es una transgresión y la transgresión un simulacro, todo en él describe la estructura misma del texto y hace efectiva su posibilidad. Al menos esto es lo que ahora hay que demostrar. La operación que ya no pertenece al sistema de la verdad no manifiesta, no produce, no desvela ninguna presencia (La diseminación). Desde ese momento, aunque ya no hubiera ni virginidad ni tampoco blanco (sin blanco), aunque el himen fuera siempre simul marcado como desgarradura y consumación sangrante, el alcance más insistente seguía quizá siendo negativo, crítico, blanco, aunque de un blanco singularmente indecidible (sens blanc, sans blanc, sang blanc, cent blancs, semblant, etc.; «sentido blanco, sin blanco, sangre blanca, cien blancas, semblante, etc.»). En esta frase, lo indecidible actúa ante todo como suspensión de la pareja, de la pareja de oposiciones. Es la primera jugada de lo in-decidible: respecto a la pareja que destruye. Puede, entonces, ocurrir lo que ocurre en el himen roto o injertado. La cuestión, siempre, de lo que rasga simultáneamente el velo en movimiento, plegado, levantado, alzado tanto de la verdad como de la virginidad: la virginidad en la que el deseo se irrita. Hay, diría Freud, un tabú de la verdad en cuyos márgenes es preciso poder escribir. Llega, pues: «lo sangrante de una escritura diseminada», sí, que viene a «apartar los labios» y a «violar la embocadura filosófica», viola un tímpano perdiendo en él el estilo, es decir multiplicándolo (sanglant, cent glands, sans gland; «sangrante, cien bellotas, sin bellota»: la bellota, nunca mejor dicho, en sánscrito, por lo visto y contra Hegel, es lo que cae). En cambio, la sangre, ¿acaso no es aún la virginidad?, desaparece con ella. Hay notas explicativas, en los Márgenes, sobre lo que pasa y se comprime, del himen al tímpano, sobre lo que hay que arriesgar para tener oído para la filosofía. Y para proporcionar, en el transcurso de esta otoscopia u otografía -digamos otoanálisis-, los instrumentos más que los objetos.

Todo ello trata, en efecto, de la economía. Y ahí es donde hay abuso. La «economía abusiva» de la différance sería el tema -o no- de toda esta andadura analítica que pone al descubierto las oposiciones de lo impropio y de lo propio (o de lo próximo), los valores de propiedad en general, de monumento, de custodia y de sepultura (oikos, oikesis); pero también, al mismo tiempo, prácticamente, esta andadura abusa, fractura o viola la ley de lo propio, la barrera de la economía restringida y circulante. Desde la llaga siempre abierta de un sin-fondo, o de un sin-reserva, quita la marca, malversa, expropia los lugares, los códigos, los límites, maltrata las líneas y márgenes de todo tipo. Lo que socava, lo que también viene a socavar esta escritura un poco vacía, como una fragua, es el desfondamiento de lo propio en todas las regiones en donde, como diría un filósofo, se produce: economía política, restringida, economía sexual, economía semio-lingüística, economía retórica, etc. Ahora bien, la primera prohibición que hay que levantar para afectar, por debajo, al nervio de dicha cuestión, es la autoridad filosófica que querría subordinar a sí misma las «regiones» del gran cuerpo enciclopédico, sojuzgando, catalogando la cuestión de lo propio como una especie ontológica. En los Márgenes, por medio de un movimiento oblicuo que aquí no puedo dibujar, trato de deformar dicho orden, de dislocarlo.

 

L.F.: ¿Entre La diseminación y Márgenes, no hay, pues, más que una ruptura de entrega? No obstante la densidad «literaria» parece más intensa en aquella. Y, en esta, la densidad «filosófica». Ahora bien, el trabajo de la différance ataca esta distinción que siempre nos están remachando. Parece que vibra en su punto álgido en Tímpano ¿Y que todo Márgenes retumba con ello?

J.Derrida: En apariencia, por supuesto, La diseminación se explica sobre todo con textos llamados «literarios»: pero asimismo para interrogar el «tener-lugar» -o no- de lo literario. En apariencia, por supuesto, Márgenes bordea o cruza, se mantiene a la vista de la filosofía. Esta es la dirección: historia de la filosofía, institución o universidad filosófica desde un paraje alejado -o no- de lado. A menudo se trata de discursos de provocación, recibidos además como tales, ante auditorios universitarios solemnes que, a veces, enarbolan la bandera francesa (Colegio de Francia, Sociedad Francesa de Filosofía, Sociedades de Filosofía de Lengua Francesa) o no. He considerado que dicha provocación, que afectaba a la institución y, por consiguiente, explícitamente a la política, debía (para no dejarse asimilar de antemano en la simple forma de su enunciación) practicar una desviación de lenguaje, una escena con el gesto mismo de abrir los labios, una sangría con la escritura y la puesta en juego de su firma. Ambos libros no tienen, pues, como cubierta común la articulación apacible y académica de la literatura con la filosofía, revisada y corregida por la facultad de letras y ciencias humanas. Antes bien, interrogan la frontera y el paso, la complicidad de oposición que ha podido constituirse entre estos distritos de nuestra cultura. Esta cuestión pasa al cuerpo del trabajo, para romperlo contra esta tipografía discontinua, heterogénea; no se plantea jamás en una respuesta o en una tesis; no se extiende en una esas disertaciones subversivas en las que se trata de todo en seis horas, como en la agregación de filosofía, salvo del género de escritura al que uno sigue dedicándose linealmente y sin problemas.

Abra el Tímpano. Verá que, injertado en el himen de La diseminación, describe fuera de libro, entre otros movimientos, una auscultación práctica, activa, escrita, del oído, no de la polisemia sino de la diseminación, con pérdida de sentido o de sangre, no de la palabra sino del tejido pletórico marcado tímpano (tímpano, typtein, timbre, etc.): tela tensada, natural o no, instrumento de música orgiástica (tamboriles, batutas) que la impresión del texto hace razo/reso/nar con sus preguntas (cajas, coletillas), órgano laberíntico del oído sometido al escalpelo otológico, figura de arquitectura religiosa (triángulo-circular), frontispicio, archivolta o pórtico a la entrada de un libro, ruedas hidráulicas y máquinas-herramientas de todo tipo: sirviendo una de ellas, en los talleres de imprenta, a preservar la virginidad del margen y la inmaculada concepción del libro. Un cierto derramamiento de lo simbólico canaliza, arrastra consigo todas las cuestiones en barbecho: la voz y la diseminación, la escritura y el fenómeno, el gazapo económico de la différance, el oírse‑hablar, el efecto de propiación, etc. No puedo esquematizar aquí la oblicua relación con los Rayajos de Leiris: ya no hay margen derecho y estable, ambos textos se rompen al límite el uno del otro. Fuerzas de horadamiento, perforación y stretto sin arquitrabe: destruir gráfica, prácticamente, la seguridad del texto principal, la oposición centro/periferia, lleno/vacío, dentro/fuera, alto/bajo (peso de las notas a pie de margen). Deseo limítrofe, y hambre de margen, comerse el límite sin asimilarlo: no creo que guste. A menos que en ello se lea asimismo una introducción a Ámsterdam en donde el Tímpano fue dibujado. Se hallarán ahí guías, planos, reproducciones de cuadros. Spinoza ha dicho demasiado poco del laberinto y del caracol de esta ciudad, que también habla de la filosofía.

Esto es lo que yo trato de entender/oír por dicho tímpano. Digo yo, lo digo porque todo lo que escribo, se ve enseguida, es terriblemente autobiográfico. Incorregiblemente. Además, ya sabe usted que me he empeñado en firmar este libro de mi puño y letra, e incluso varias veces, para que se sepa sin lugar a dudas que soy yo quien lo ha hecho. Parece ser que hay que volver al discurso, al habla viva, al sujeto y a su implicación en el discurso: me someto a ello. La diseminación ya tenía como uno de sus subtítulos: «vuelta al sobrehilado». No se trataba sólo de un mal recuerdo del colegio.

 

L.F.: Hace un momento recordábamos la dificultad de la différance. La de la diseminación ha tomado el relevo. Esto tiende a suplir aquello en el eco. Estamos ante un desalojo perpetuo. Pero parece que la diseminación ocupa persistentemente la escena. ¿Tendrá, pues, dicho indecidible un cierto poder de decisión?

J.Derrida: Esta palabra tiene suerte («juguemos aquí, naturalmente, con la semejanza fortuita, con el parentesco de puro simulacro entre seme y semen» el sentido y la semilla). Tiene el poder económico de condensar, al tiempo que despliega sus redes, la cuestión de la différance semántica (el nuevo concepto de escritura) y de la deriva seminal, la imposible reapropiación (monocéntrica, paterna, familiar) del concepto y del esperma. Cruce asimismo de la ciencia de la escritura y de la ciencia genética. Dicho cruce me parece hoy necesario. Ahora bien, la diseminación no es un «concepto clave», como tampoco lo es márgenes (es la «misma» palabra que marca y marcha y esa interminable oscilación entre el más y el menos [que nada] de marca forma el campo, el soporte y el objeto de estos textos) ni lo es tampoco ese glosario barroco y móvil de «palabras» operativas con las que hay que arreglárselas durante cierto tiempo. Estas «palabras» sin identidad tienen al menos en común el concederle vacaciones a la hipóstasis semántica, el mandar a paseo, para espabilarla, una práctica deseosa de identificarse en un discurso, en un querer-decir o en un enunciado. Firma acontecimiento, contexto analiza las premisas metafísicas de la teoría anglosajona -y profundamente moralizante- del realizativo, de los speech acts, de los actos o acontecimientos discursivos. Dichas premisas sustentan en Francia -creo yo- la hermenéutica de Ricoeur y la arqueología de Foucault.

En el momento en que pone en cuestión estos valores, la desconstrucción no debe abrumarse con tesis, contenidos, demostraciones lineales. Por supuesto, son necesarios y los hay pero es algo que no afecta al principio. La práctica debe marcarse: no sólo en la «página», siempre desbordada en sus márgenes por el texto general, sino atravesándola efectivamente en tanto que lugar de discurso. Intentemos, por ejemplo, re-marcar una malla (macula, medalla) o recortar un trozo, el más visible, en un texto que se desliza de este modo, casi de un extremo al otro: casi no se habrá leído nada del Tímpano, más bien se habrá dejado que actúe desde la otra escena o con otro alcance, el del inconsciente, si lo único que de él se retienen son las tesis, las discusiones teóricas (aquello de lo que se tiene conciencia y que está hecho para ser rápidamente asimilado) sin seguir el gozne sobre el que gira lentamente, procediendo a golpe de pues, a fin de anunciar el pues del comienzo de La différance y de provocar los efectos anagramáticos de golpes jamás marcados en la superficie pero que resuenan de desterrar toda procedencia asignable: eco de un golpe de gong ilocalizable en el discurso o en la página, tímpano de los tarahumaras, violencia de lo que penetra, desgarra y hace crujir las telas tensas, por ejemplo, de un tambor (dentellada, perf/ore, etc.). Un trabajo de este tipo, que me retiene casi continuamente, está calculado, en la mayor medida posible, para escapar a la conciencia cursiva o discursiva del lector modelado por la escuela. Los efectos de este cálculo han sobrepasado hasta aquí mis esperanzas.

L.F.: ¿Calculado para pasar desapercibido? Pero ¿la explosión de su texto es solitaria, permanece disimulada, o es penetrante su estrépito? Sin caer en la ingenuidad de preguntarle si la différance es políticamente revolucionaria, uno puede plantearse cuál es el impacto de su trabajo, cuál es su relación con la realidad. ¿Acaso su texto no es más que un texto, al margen de la realidad histórica, económica, política, sexual?

J.Derrida: Es la objeción de las patas de mosca. ¿Acaso no se intenta hoy, por todas partes, basándose en intereses que habría que analizar, reducir el concepto transformado, generativo y generalizado, de huella, de texto o de escritura, tal como todo tipo de trabajos lo han impuesto estos últimos años, a unas pequeñas letras sobre un papel? ¿Acaso no se lanzan las acusaciones más trasnochadas agarrándose a ese viejo concepto cuyo diagnóstico había propuesto De la gramatología? El texto general carece de márgenes, en el sentido establecido de la palabra; atraviesa de forma infraestructural todo lo que la metafísica llama la «realidad» (histórica, económica, política, sexual, etc., en el sentido establecido de dichas palabras) en la medida en que esta está constituida por relaciones de fuerzas diferenciales y en conflicto, de huellas, pues, sin ningún centro de presencia o de dominio. Según una necesidad previsible y ya escrita, todo el proceso teórico en el que se planteó la elaboración de este nuevo concepto de texto, en el curso de estos últimos años, habrá de verse cubierto, reprimido por el reflujo de una especie de ola, de un género que aún está por determinar. Algo de este proceso crítico no puede ser asimilado por un organismo cuya intolerancia es preciso seguir analizando. No creo que haya que clamar contra la reacción llena de confusiones, ni que haya que rechazar la regresión o la denegación (siempre es necesaria y, de forma muy periódica, existen reglas al respecto) sino que interrogar prácticamente, de modo muy diferenciado, a todos los niveles de determinación o de sobredeterminación, en todas partes en donde esto está trabajando, más o menos, o en absoluto.

L.F.: ¿Puede insistir en la cuestión que usted denomina, con una palabra-cajón de sastre, el falogocentrismo? ¿Sobre el alcance de la misma en su empresa general de desconstrucción?

J.Derrida: Con este término -falogocentrismo- trato de absorber, de hacer desaparecer el guión mismo que une y vuelve pertinentes el uno para con la otra aquello que he denominado, por una parte, logocentrismo y, por otra, allí donde opera, la estratagema falocéntrica. Se trata de un único y mismo sistema: erección del logos paterno (el discurso, el nombre propio dinástico, rey, ley, voz, yo, velo del yo-la-verdad-hablo, etc.) y del falo como «significante privilegiado» (Lacan). En los textos que publiqué entre 1964 y 1967, el análisis del falogocentrismo estaba únicamente preparado. Siempre va de la desconstrucción práctica del motivo trascendental en sus formas clásicas (significado trascendental, idealismo trascendental) o modernas (el falo o significante trascendental del psicoanálisis lacaniano o el «materialismo» «trascendental», incluso el «inconsciente trascendental» de El Antiedipo).

L.F.: La desconstrucción, que usted retorna constantemente, del «motivo trascendental» exigía que denunciase usted como primera medida el rebajamiento de la escritura, en la civilización llamada occidental, y su papel de sirviente, de mero registro, frente a la voz preponderante, presente. De ahí a concluir que usted invertía los términos y rebajaba la voz, no hay más que un paso, que fue franqueado. Ahora bien, aunque la voz queda boquiabierta-y-espantada por la huella ¿acaso no es ella asimismo espantosa-al-abrirse paso? O, mejor, ¿no puede decirse que la violencia de la huella porta voz como porta pluma? Esto nos lleva a sus juegos de palabras, que deberían denominarse para mayor precisión partos sonoros.

J.Derrida: No son juegos de palabras. Eso no me ha interesado nunca. Más bien fuegos de palabras: consumir los signos hasta la ceniza, pero antes y con mayor violencia, por medio de la locuacidad irritada, dislocar la unidad verbal, la integridad de la voz, abrir o espantar, como usted sugiere, la tranquila superficie de las «palabras» sometiendo su cuerpo a una ceremonia gimnástica (remito de nuevo a aquellos a quienes les interese la palabra y la operación a las potentes irrupciones de la crecida), ceremonia a la vez alegre, irreverente y cruel (en la que se baila con sus pedazos), a un trabajo económico: el mayor rendimiento sintáctico o semántico posible con el menor gasto (que, por ejemplo, la lectura de las últimas frases de cada parte, en La doble sesión, pueda contar con diez a doce maneras), siempre y cuando se marque esto, en la esquina de la fábrica polisémica, una trampa sin fondo cuyo contorno resulta imposible determinar o describir.

Y, no obstante, ello canta, hace cantar: «a voz en grito» decía La diseminación; «música hematográfica» o «partitura inaudita» en los Márgenes. Lo verdaderamente fingido: es pretender resistir al juego de palabras. Y mucho antes del sondeo freudiano, la ingenuidad se dejaba ya sorprender al querer desbaratar, para cortar por lo sano, el cálculo del Witz. No se puede poner sordina a todo aquello que resuena al caer, nunca mejor dicho (como una bellota, cae que ni pintado), sobre el tambor de las lenguas.

 



*  Texto aparecido en La Quinzaine littéraire, 16-30 de noviembre de 1972. Recogido posteriormente en W.A. A., Écarts. Quatre essais à propos de Jacques Derrida, París, Fayard, 1973 [Annexe Il].

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