Jacques Derrida

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EL PAPEL O YO, ¡QUÉ QUIERE QUE LE DIGA...!
(NUEVAS ESPECULACIONES SOBRE UN LUJO DE LOS POBRES)

Jacques Derrida

Les Cahiers de Médiologie
4. Pouvoirs du papier (segundo semestre de 1997). Palabras recogidas por Marc Guillaume y Daniel Bougnoux. Traducción de Cristina de Peretti y Paco Vidarte. Edición digital de Derrida en castellano.

 Jacques Derrida
Texto en francés

 

Les Cahiers de Médiologie.—Usted ha escrito libros con diferentes entradas, con varios niveles o pliegues, como para desbaratar la superficie del papel y la linealidad tradicional de lo escrito. Ha soñado de forma manifiesta con convertir la página en una escena (para la voz, pero también para el cuerpo), con abrir en ella una profundidad y, a menudo, un abismo. «L'écriT, l'écrAn, l'écrIN» (el escrito, la pantalla, el estuche) escribió usted con una fórmula que no era para ser oída sino para ser leída: ¿hasta qué punto no funciona ya el papel como un multimedia?, ¿hasta qué punto le habrá bastado a usted para comunicar su pensamiento?

Jacques Derrida.—Al venírseme encima todas estas preguntas sobre el papel, tengo la impresión (la impresión, ivaya palabra!) de que nunca me he preocupado de otro asunto: en el fondo, el papel, el papel, el papel. Podríamos demostrarlo, apoyándonos en documentos y en citas, «sobre el papel»: siempre he escrito, e incluso hablado sobre el papel, a la vez acerca del papel, sobre el papel mismo y con vistas al papel. Soporte, sujeto, superficie, marca, huella, grama, inscripción, pliegue, fueron también temas a los que estaba ligado por la certeza tenaz, desde siempre, aunque cada vez más justificada, confirmada, de que la historia de esta «cosa», esta cosa sensible, visible, tangible y, por lo tanto, contingente, el papel, habrá sido corta. El papel es evidentemente el «asunto» finito de un campo circunscrito, en el tiempo y en el espacio, de una hegemonía que delimita una época en la historia de la técnica y en la historia de la humanidad. El fin de esta hegemonía (su fin estructural, si no cuantitativo, su degeneración, su tendencia a la retirada) se ha acelerado bruscamente en una fecha que coincide más o menos con la de mi «generación»: el tiempo de una vida.

Otra versión, en resumidas cuentas, de La piel de zapa [La Peau de chagrin]. Heredero del pergamino de piel, el papel se retira, reduce, encoge inexorablemente a medida que el hombre envejece, y todo entonces se convierte en una cuestión de gasto y de ahorro, de cálculo, de velocidad, de economía política y, como en la novela de Balzac, de «saber», de «poder» y de «querer»[i].

Desde que comencé a escribir, la institución y la estabilidad del papel se han visto constantemente sacudidos por temblores sísmicos. Las bestias de escritura encarnizada que somos no podían permanecer sordas e insensibles a esto. Cada signo sobre el papel debía ser presentido como un signo precursor: anunciaba la «pérdida» de un soporte. El final del «subyectil» está cerca. De este modo también, sin duda, es como este cuerpo de papel le atañe tan directamente a nuestro cuerpo. Porque si nos importa el papel y todavía por mucho tiempo, si le atañe a nuestro cuerpo, y a través de todos los sentidos, y de todos los fantasmas, es porque su economía siempre ha sido más que la de un media (la de un simple medio de comunicación, la de la supuesta neutralidad de un soporte), pero también, paradójicamente, la pregunta que usted me hace lo sugiere, más que la de un multimedia. Siempre ha sido así, ya, virtualmente. Ciertamente, no multimedia en la acepción corriente y actual de esa palabra que, hablando en sentido estricto, supone en general la suposición, justamente, de un soporte electrónico. El papel tampoco es «en sí» multimedia, por supuesto, pero, tiene usted razón al subrayarlo, «ya funciona» para nosotros virtualmente como tal.

Sólo esto explica el interés, la inversión y la economía que todavía movilizará durante mucho tiempo. No es tan sólo el soporte de unas marcas sino el soporte de una «operación» compleja, espacial y temporal, visible, tangible y a menudo sonora, activa pero también pasiva (otra cosa distinta de una «operación», por consiguiente, el devenir-opus o el archivo del trabajo operativo). La misma palabra «soporte» implicaría muchas otras cuestiones, precisamente acerca del papel. No hay que fiarse ciegamente de todos los discursos que reducen el papel a la función o al tópos de una superficie inerte dispuesta debajo de unas marcas, de un substrato destinado a sostenerlas, a asegurar su supervivencia o su subsistencia. El papel sería entonces, de acuerdo con ese buen sentido común, un cuerpo-sujeto o un cuerpo-sustancia, una superficie inmóvil e impasible que subyace a las huellas que vendrían a afectarla desde fuera, superficialmente, como si fueran acontecimientos, accidentes, cualidades. Este discurso no es ni verdadero ni falso pero está repleto de todas las presuposiciones que, de forma no fortuita, se han sedimentado en la historia de la sustancia o del sujeto, del soporte o del hypokeimenon, pero también de las relaciones entre el alma y el cuerpo. Lo que hoy le sucede al papel, a saber, lo que aprehendemos al menos como una especie de retirada en curso, de reflujo con un ritmo aún imprevisible, no nos recuerda sólo que el papel tiene una historia corta pero compleja, una historia técnica o material, una historia simbólica de proyecciones y de interpretaciones, una historia enmarañada en la invención del cuerpo humano y de la hominización. También pone de manifiesto otra necesidad: no podremos pensar o tratar esta retirada sin una reflexión general y formalizada (también deconstructiva) sobre lo que habrá significado el trazo, por supuesto, y la retirada pero, ante todo, el estar-bajo, la sumisión o la sujeción de la subjetividad en general.

Para volver ahora a su pregunta, sí, el papel puede ponerse en funcionamiento al modo de un multimedia. Al menos cuando es algo para leer o escribir, porque también hay papel de embalaje, papel pintado, papel de liar, papel higiénico, etc. El papel con membrete (el papel de carta, si prefieren, el papel-máquina o el papel con iconos) puede perder ese destino o esa dignidad. Antes de ser o dejando de ser «soporte de escritura», se presta a cualquier otro uso, y ahí tenemos dos fuentes principales de evaluación. Concurrentes, éstas pueden a veces mezclarse para disputarse el mismo objeto: por una parte, la condición de un archivo sin precio, el cuerpo de un ejemplar irreemplazable, una carta o un cuadro, un acontecimiento absolutamente único (cuya rareza puede dar lugar a plusvalía y especulación), pero también el soporte de impresión, de re-impresión técnica y de reproductividad, de sustitución, de prótesis, por consiguiente también de mercancía industrial, de valor de uso y de intercambio, y finalmente de objeto que se puede tirar, la abyección del deshecho.

Inversión de una jerarquía siempre inestable: el «papel reluciente», en todas sus formas, puede convertirse en objeto de rechazo. La virginidad de lo inmaculado, de lo sagrado, de lo que está a salvo y de lo indemne, es también lo que se expone o se da a todo y a todos, los bajos fondos y el rebajarse de la prostitución. Ese «bajo fondo» que es el papel que subyace puede degenerar en montañas de papelotes, más dignos de la papelera o del cubo de la basura que del fuego. La sola palabra «papel» basta a veces para connotar, cuestión de tono, semejante degradación. El «papel de periódico», ya sospechoso en cuanto a la calidad y a la supervivencia de lo que en él se escribe, sabemos de antemano que puede degenerar en papel de embalaje o en papel para limpiarse el culo. (Por otra parte, la prensa escrita puede existir de ahora en adelante bajo dos formas simultáneas, en «papel» y en Internet, proponiéndose así, incluso exponiéndose a una «interactividad».) Un compromiso solemne, un pacto, una alianza firmada, un juramento escrito pueden volverse a convertir, en el momento del perjurio, en «papel mojado» (en francés «chiffons de papier» [literalmente, «trapos de papel»], una expresión tanto más extraña cuanto que, en un primer momento, la materia prima del papel —que en Occidente no tiene ni mil años ya que nos vino de China y del Oriente medio a la vuelta de las cruzadas— eran trapos, telas de mala calidad, retales de lino, de algodón o de cáñamo). Para denunciar un simulacro o un artefacto, una apariencia engañosa, se dirá por ejemplo un «tigre de papel» o, en alemán, un «dragón de papel». Lo que no es efectivo o sólo permanece virtual, se dirá, para acreditarlo o desacreditarlo, que sólo está «sobre el papel». «Este Estado no dispone de semejante ejército más que “sobre el papel”», «este gobierno ha construido tantas viviendas sociales o ha creado tantos puestos de trabajo para jóvenes sobre el papel». Crédito o descrédito, legitimación o deslegitimación se habrán expresado durante mucho tiempo mediante el cuerpo del papel. Una garantía vale lo que vale un papel firmado. La desvalorización o la «minus-valía», la «devaluación» del papel es proporcional a su fragilidad, al menor coste que se le supone, a la facilidad de su producción, de su emisión o de su reproducción. Se trata, por ejemplo, de la diferencia entre el papel moneda, más devaluable, y la pieza metálica de oro o de plata, y luego, entre el papel garantizado por un Estado o un notario, el «papel timbrado», y el «papel sin sellar» (enorme serie de sujetos conexos: el Capital, etc.) .

Vuelvo pues, por fin, decía, a su pregunta. Subyectil[ii] de una inscripción cuyos motivos fonéticos no están nunca ausentes; cualquiera que sea el sistema de escritura, el papel resuena. Bajo la apariencia de una superficie, el papel tiene en reserva un volumen, unos pliegues, un laberinto cuyos tabiques remiten los ecos de la voz o del canto que él mismo porta, pues el papel tiene también el porte, el alcance de un portavoz. (Tendremos que volver sobre este «porte/alcance» del papel). Puesto en funcionamiento en una experiencia que compromete al cuerpo y, ante todo, a la mano, al ojo, a la voz, al oído, el papel moviliza pues a la vez el tiempo y el espacio. A pesar de o a través de la riqueza y la multiplicidad de estos recursos, este multimedia siempre ha anunciado su insuficiencia y su finitud.

¿Qué podría bastar, retomo sus palabras, para «comunicar» un «pensamiento»? Si me instalo en la lógica de su pregunta, debo admitir provisionalmente, por convención, que en una situación en la que se tratara de «comunicar» un «pensamiento» (que existiría de este modo previamente a su «comunicación») y de comunicarlo confiándolo a un medio, a la mediación de un medium, aquí una huella inscrita sobre un soporte estable y más duradero que el acto mismo de la inscripción, entonces, y sólo entonces surgiría la hipótesis del papel, en la historia, al lado de o después de tantos otros soportes posibles. Es verdad entonces que mi experiencia de la escritura, como la de la mayoría de los seres humanos desde hace tan sólo unos siglos, habrá pertenecido a la época del papel, a ese paréntesis a la vez muy largo y muy corto, terminable e interminable. En las experimentaciones a las que usted alude, La diseminación, Tympan, Glas, pero también La tarjeta postal o Circonfesión (escritos «sobre» o «entre» la tarjeta, la página, la piel y el programa de ordenador), El monolingüismo del otro (que nombra y pone en juego un «tatuaje inaudito»), he tratado tanto de jugar con la superficie del papel como de desbaratarla. Al inventar o re-inventar unos dispositivos de maquetación y, ante todo, para abrirse paso a través de la superficie u ocuparla, había que intentar desviar, sobre el papel mismo, ciertas normas tipográficas. Había que darle la vuelta a ciertas convenciones dominantes, aquellas según las cuales, en las culturas en donde domina la escritura así llamada fonética, habíamos creído tener que apropiarnos de la economía histórica de ese soporte, plegándolo (sin plegarlo, aplanándolo justamente) al tiempo continuo e irreversible de una línea, de una línea vocal. Y monorrítmica. Sin privarme de la voz así grabada (lo que en efecto convierte al papel en una especie de multimedium audiovisual) he explotado en parte, sólo en parte, y en una especie de transacción continua, las posibilidades que el papel ofrece a la visibilidad, es decir, en primer lugar, a la simultaneidad, a la sinopsis, a la sincronía de lo que no pertenecerá jamás a un mismo tiempo: varias líneas o trayectos de discurso pueden de este modo cohabitar sobre la misma superficie, ofrecerse conjuntamente a la mirada en un tiempo que no es exactamente el de la proliferación unilineal, ni siquiera el de la lectura en voz baja, en una voz baja única. Cambiando de dimensión y plegándose a otras convenciones o contratos, algunas letras pueden entonces pertenecer a varias palabras. Saltan por encima de su pertenencia inmediata. Enturbian entonces la idea misma de una superficie plana, o transparente, o translúcida o especular. Para limitarnos al ejemplo[iii] que usted evocaba, la palabra TAIN [azogue] sobreimprime en efecto su visibilidad a l'écriT, l'écrAn, l'écrlN. Por otra parte, también se puede oír, no sólo verse: al nombrar la cr que se repite y atraviesa haciendo crujir, crispar o craquear las tres palabras, abriendo el huero crisol sin reflexión, el abismo sin «puesta en abismo» de una superficie que detiene la reflexión, dicha palabra designa al mismo tiempo lo que sobre una página archiva l'écrit [lo escrito], lo conserva, lo encripta o asegura su custodia en un écrin [estuche] pero continúa también, en este punto es en el que querría insistir, rigiendo la superficie del écran [pantalla].

La página sigue siendo una pantalla. Es uno de los temas de ese texto que también tiene en cuenta la numerología, incluso lo numérico y la digitalización de la escritura. Si la página es ante todo una figura del papel (del libro o del códice), ésta sigue hoy, de muchas formas, y no sólo por metonimia, ordenando un gran número de superficies de inscripción, allí precisamente donde el cuerpo de papel ya no está ahí en persona, por así decirlo, continuando de este modo su asedio de la pantalla, de la pantalla del ordenador y todas las navegaciones a vela o a tela en Internet. Incluso cuando se escribe en el ordenador, sigue siendo con vistas a la impresión final sobre papel, tenga ésta o no lugar: las normas y las figuras del papel —más que las del pergamino— se imponen a la pantalla (la línea, la «hoja», la página, el parágrafo, los márgenes, etc.). En mi programa tengo incluso una entrada llamada «Bloc de notas» que imita la agenda de bolsillo en la que puedo garabatear unas notas: visto en pantalla, se parece a un estuche dentro de la pantalla y puedo pasar sus páginas; éstas están a la vez numeradas y dobladas por una esquina; tengo también otra entrada, «Escritorio», aunque precisamente esta palabra, lo mismo que la «burocracia», pertenece a la cultura e incluso a la economía política del papel. Por no hablar de los verbos «cortar/pegar» o «borrar» que tiene también mi programa. Habiendo perdido toda referencia concreta y descriptiva con las operaciones técnicas efectuadas, estos infinitivos conservan también la memoria de lo desaparecido, el papel, la página del códice. El orden de la página, aunque sea a título de supervivencia, prolongará de este modo el sobrevivir del papel mucho más allá de su desaparición o de su retirada.

Prefiero siempre decir su retirada porque ésta puede marcar el límite de una hegemonía estructural, incluso estructurante, modelando solamente una reducción, sin que se produzca allí una muerte del papel... La palabra reducción resultaría asimismo bastante apropiada. Reconduciría la reducción del papel (sin final y sin muerte) hacia un cambio de dimensión pero también hacia una frontera cualitativa entre la ducción de producción y la ducción de reproducción. Pues, por el contrario, en ese mismo tiempo, a saber en el tiempo de la retirada o de la reducción, la producción del papel de reproducción, la transformación y el consumo del papel para imprimir pueden crecer cuantitativamente más amplia y más rápidamente que nunca. La reducción del papel no es una rarefacción. Por el momento, es sin duda lo contrario[iv]. Este crecimiento cuantitativo concierne en verdad al papel que se podría calificar de «secundario», aquel que no tiene nada que ver con la primera inscripción (el abrirse paso «primero» de una escritura) o bien solamente con la impresión mecánica o la reproducción de lo escrito o de la imagen. Lo que decrece sin duda, proporcionalmente, se retira y se reduce a toda velocidad, sería más bien la cantidad de papel, digamos «primario», el lugar de acogida para un trazado original, para la composición inaugural o la invención, la escritura con pluma, con lápiz, o incluso con máquina de escribir; en una palabra, el papel adecuado a todo lo que se sigue llamando «primera versión», «original», «manuscrito» o «borrador».

Retirada y reducción, estas dos palabras concordarían bastante bien con el encogimiento, con el convertirse en «piel de zapa» del papel. Antes de ser un constreñimiento, el papel habrá sido pues un multimedia virtual, sigue siendo la posibilidad de un texto múltiple y también de una especie de sinfonía, incluso de un coro. Lo habrá sido al menos de dos maneras.

Por una parte, es fuerza de ley, en razón de la transgresión misma que reclama un constreñimiento (estrechez de la extensión, fragilidad, dureza, rigidez, pasividad o impasibilidad casi muerta, rigor mortis del «sin respuesta», por oposición a la interactividad potencial del interlocutor de búsqueda que es ya un ordenador o un sistema Internet multimediático); y creo que las experiencias tipográficas a las que usted aludía, las de Glas, en particular, ya no me habrían interesado, ni las habría deseado en un ordenador y sin esos constreñimientos del papel, de su dureza, de sus límites, de su resistencia.

Por otra parte, yendo más allá del papel, las aventuras tecnológicas nos conceden una especie de futuro anterior; liberan nuestra lectura para una exploración retrospectiva de los recursos pasados del papel, para sus vectores ya multimediáticos. Esta mutación también es integradora, sin ruptura absoluta, y la suerte que tiene nuestra «generación» es la de conservar todavía el deseo de no renunciar a nada, que es la definición misma del inconsciente, como usted sabe. Con lo cual, el inconsciente o lo que aún denominamos así, es lo multimedia mismo.

Dicho esto, si hay que reconocer los recursos o las posibilidades «multimediáticas» del papel, evitemos el error más tentador pero también más grave: el de reducir el acontecimiento técnico, la invención de los dispositivos multimedia stricto sensu, en su objetualidad exterior, en el tiempo y en el espacio de su electro-mecanicidad, en su Lógica numérica o digital, a un simple desarrollo del papel, de sus posibilidades virtuales o implícitas.

 

C.M.—Un cuestionamiento mediológico recorre su obra desde su presentación de El origen de la geometría de Husserl y, por supuesto, en De la gramatología. Dicha mediología cuestiona en particular la forma-libro del pensamiento, su tipografía, su anchura, sus pliegues... Usted lee a Freud muy pronto, por ejemplo, en relación con «la pizarra mágica» del Wunderblock. Vuelve a hablar de ello en Mal de archivo, en donde plantea la cuestión de saber qué forma habría tomado la teoría freudiana en la época de la cinta magnética, del correo electrónico, de los faxs y de la multiplicación de las pantallas. ¿El psicoanálisis, por limitarnos a ese ejemplo eminente, estaría infiltrado hasta en sus modelos teóricos por la forma-papel del saber o, digamos, la grafosfera?

Jacques Derrida.—Sin duda. Esa hipótesis merece ser desplegada, de forma diferenciada, a la vez sistemática y prudente. Al decir «la forma-papel del saber o, digamos, la grafosfera», usted mismo marca una distinción indispensable. Lo que pertenece a la «grafosfera» implica siempre cierta superficie, incluso la materialidad de algún soporte, pero todo grafema no se imprime necesariamente sobre papel, ni siquiera sobre una piel, sobre la película de un filme o sobre un pergamino. El recurso pedagógico o ilustrativo a ese dispositivo técnico que fue el «bloc mágico»[v] plantea problemas de todo tipo sobre los que no puedo volver aquí, pero la puesta en obra del papel, propiamente dicha, sigue siendo sorprendente. Freud apuesta por el papel, ciertamente, como soporte y superficie de inscripción, lugar de retención de las marcas, pero al mismo tiempo trata de liberarse de éI. Le gustaría franquear su límite. Utiliza el papel, pero como si quisiera ir más allá del principio del papel. El esquema economicista que le guía entonces podría inspirarnos en toda reflexión sobre el soporte-superficie en general, sobre el soporte-superficie de papel en particular. Freud comienza evocando «la tablilla de escritura o la hoja de papel». Esta suple las deficiencias de mi memoria cuando le confío anotaciones escritas. Dicha «superficie» es entonces comparada con un «elemento materializado del aparato mnésico que normalmente porto invisible en mí». También es preciso subrayar el alcance de ese «yo porto». Pero esta superficie finita queda pronto saturada, me es preciso (portar) otra hoja virgen para continuar y entonces puedo perder mi interés por la primera hoja. Si, para continuar inscribiendo incesantemente nuevas impresiones, escribo con tiza sobre una pizarra, puedo ciertamente borrar, escribir, borrar de nuevo, pero sin conservar entonces una huella duradera. Double bind, doble banda del papel: «capacidad de recepción ilimitada y conservación de huellas duraderas parecen pues excluirse en los dispositivos mediante los cuales proveemos a nuestra memoria de un sustituto. Es preciso o bien renovar la superficie receptora, o bien aniquilar los signos registrados»[vi]. Entonces, en el mercado, el modelo técnico del Wunderblock permitiría, según Freud, superar ese doble constreñimiento y resolver esa contradicción, pero con la condición de relativizar, por así decirlo, y de dividir en sí misma la función del papel propiamente dicho. Sólo entonces «ese pequeño instrumento promete hacer más que la hoja de papel o la tablilla de pizarra». Porque el bloc mágico no es un bloc de papel sino una tablilla de resina o de cera castaño oscuro. Sólo está bordeado de papel. Una hoja fina y transparente se encuentra fijada en el borde superior de la tablilla pero está libremente superpuesta, flotando su extremo inferior. Ahora bien, esa misma hoja es doble, no reflexiva o plegada sino doble y dividida en dos «capas» (en cualquier caso una reflexión sobre el papel debería ser en primer lugar una reflexión sobre la hoja, sobre la figura, la naturaleza, la cultura y la historia de lo que se denomina una «hoja», de lo que se denomina así en ciertas lenguas, entre ellas la nuestra, y que sobreimprime de este modo en la «cosa» un gran diccionario de connotaciones, de tropos o de poemas virtuales: todas las hojas del mundo, empezando por las de los árboles —con los que, por otra parte, se hace papel— se convierten, como si estuvieran destinadas a ello, en hermanas o primas de aquélla sobre la cual hacemos «descansar» nuestros signos, antes de convertirse en los cuadernillos de un periódico o de una revista o en la hojarasca de un libro. Está el plegado de las hojas —reserva de una inmensa referencia a Mallarmé y a todos sus «pliegues»— al que me arriesgué en La doble sesión; pero están también todos los pliegues que le dan sus sentidos al vocablo «hoja». La palabra «hoja» es ella misma un portafolios[vii] semántico. Tendríamos que hablar también, si no olvidamos hacerlo más tarde, de la semántica del portafolios, al menos en nuestra lengua). La capa superior, vuelvo a ella, es de celuloide y por lo tanto transparente: una especie de filme o de película, una piel artificial; la capa inferior, por su parte, es una hoja de cera fina y traslúcida. Cuando se escribe sin tinta, con ayuda de un estilete puntiagudo y no sobre el papel de cera mismo, sino sólo sobre la hoja de celuloide, Freud evoca una vuelta a la tablilla de los antiguos. No podemos volver aquí, detalladamente, sobre las implicaciones y los límites de lo que denominé, en memoria de Kant, las «tres analogías de la escritura». Hay también otros límites en los que no pensó Freud. Pero presintió más de uno. El mismo consideraba esa técnica como un simple modelo auxiliar («es preciso que la analogía de semejante aparato auxiliar con el órgano que es su modelo llegue a su fin en algún momento», dice antes de llevarla no obstante aún más lejos). Quería únicamente subrayar, para lo que nos importa aquí, dos o tres puntos:

1. En Freud, ese «modelo» se encuentra en concurrencia con otros (un dispositivo óptico, por ejemplo, pero también otros más) o se complica con la escritura fotográfica (que implica otros soportes de casi-papel, la película del filme y el papel de revelado).

2. El papel ya está ahí «reducido» o «retirado», en retirada (en todo caso, el papel propiamente dicho, por así decirlo, pero ¿podemos hablar aquí del papel mismo, de la «cosa misma» llamada «papel» o solamente de sus figuras? Y ¿la «retirada» no ha sido acaso siempre el modo de ser, el proceso, el movimiento mismo de lo que llamamos «papel»? ¿EI rasgo esencial del papel no será la retirada de lo que se borra y se retira debajo de lo que un presunto soporte supuestamente sostiene, recibe o acoge? ¿El papel no está siempre, desde siempre, a punto de «desaparecer»? ¿Y no llevamos acaso el luto de este desaparecido en el momento mismo en el que le confiamos los signos nostálgicos y lo hacemos desaparecer bajo la tinta, las lágrimas y el sudor de ese trabajo, de un trabajo de escritura que es siempre trabajo de duelo y pérdida del cuerpo? ¿Qué es el papel mismo propiamente dicho? ¿Y la historia de la cuestión «¿qué es?» acaso no está siempre «en el borde», en vísperas o en el mañana de una historia del papel?

En todo caso, en el «bloc mágico», el papel no es ni el elemento ni el soporte dominante.

3. Se trata aquí de un aparato, y ya de una pequeña máquina con dos manos; lo que allí se imprime sobre papel no procede directamente del gesto único de una sola mano, se precisa una manipulación, incluso una manutención múltiple. División del trabajo, a cada mano su papel y su superficie, y su período. Estas últimas palabras de Freud pueden recordar al copista de la Edad Media (con su estilete en una mano, el rascador en la otra), pero también pueden anunciar el ordenador (sus dos manos, la diferencia entre los tres momentos de la primera inscripción «flotante», de la grabación y de la impresión sobre el papel): «Si imaginamos que mientras una mano escribe en la superficie del bloc mágico, otra levanta periódicamente de la tablilla de cera la hoja de cubierta, tendríamos ahí una forma de mostrar sensiblemente la manera en que he querido representar el funciona-miento de nuestro aparato de percepción psíquico».

Dicho esto, y no me olvido de su pregunta, si distinguimos entre lo que usted denomina la «forma-papel» del saber y la «grafosfera», no se puede decir que el psicoanálisis, todo el psicoanálisis, dependa, en sus modelos teóricos, del papel, ni siquiera de la figura del papel. La escena y la «situación analítica» parecen excluir por principio toda grabación sobre un soporte exterior (pero la inmensa cuestión del trazado así llamado metafórico en el alma, en el aparato psíquico, sigue ahí desde Platón). Aunque sea difícil imaginar lo que habrían sido, para el psicoanálisis de la época de Freud y de sus sucesores inmediatos, la institución, la comunidad y la comunicación científica sin el papel de las publicaciones y sobre todo de las toneladas de correspondencia manuscrita, sin el tiempo y el espacio que la forma «papel» o la sustancia «papel» rigen de este modo, la dependencia teórica de un saber psicoanalítico respecto de este medium no puede ser ni cierta ni, mucho menos, homogénea. Debe reservárseles un lugar y un concepto a las desigualdades de desarrollo (más o menos dependencia en este momento que en aquel otro, una dependencia de otro tipo en ciertos lugares del discurso, de la comunidad institucional, de la vida privada, secreta o pública, suponiendo que se las pueda distinguir con todo rigor, y éste es precisamente el problema). El proceso sigue en curso. No podemos volver aquí sobre los protocolos de cuestiones que ya he propuesto en Mal de archivo; pero el concepto mismo de «modelo teórico» podría parecer tan problemático como el de ilustración pedagógica (pizarra, gráfico sobre papel, volumen o aparato para papel, etc.). Hay ciertamente una multiplicidad de modelos concurrentes (ya sean más «técnicos» ópticos, lo hemos dicho, como un aparato de fotografía o un microscopio; gráfico, como el bloc mágico—; ya sean más «naturales» —engramas, huellas mnésicas y bio-gráficas o genético-gráficas sobre el soporte de un cuerpo propio: desde los primeros escritos de Freud—). Estos «modelos» pueden a veces, no siempre, prescindir del papel, pero pertenecen todos ellos a lo que usted denomina la «grafosfera», en el sentido más general que siempre intento darle a esas palabras. Las tradiciones pre-psicoanalíticas que Freud mismo evoca (el código jeroglífico como Traumbuch, por ejemplo) o aquellas a las que se le retrotrae (una poderosa filiación o afiliación judía, como lo subraya Yerushalmi[viii]) son técnicas de desciframiento. Se trata de una decodificación de marcas gráficas, con o sin-papel. Incluso cuando Lacan, para desplazarlos, vuelve a poner en marcha y en movimiento unos modelos lingüístico-retóricos, incluso en la época en que des-biologiza y des-afecta, por así decirlo, la tradición freudiana, incluso cuando convierte la palabra plena en su tema principal, sus figuras dominantes revelan lo que usted denominaría la grafosfera.

En cuanto al «modelo topológico» de la banda de Moebius ¿hasta qué punto sigue siendo una «representación» o una «figura»? ¿Depende irreductiblemente, en cuanto tal, de lo que se denomina un cuerpo de «papel»? ¿Una hoja cuyas dos caras (anverso/reverso) desarrollarían una sola y misma superficie? Se trata según Lacan, como usted sabe, de una división del sujeto sin «distinción de origen» entre saber y verdad. Ese «ocho interior» marca también «la exclusión interna [del sujeto] de su objeto»[ix]. Cuando Lacan responde en estos términos a la cuestión de la «doble inscripción», habría que preguntarse por el estatuto y la necesidad de sus tropos (¿son irreductibles o no? No sabría decirlo tan deprisa):

 

Ella [la cuestión de la doble inscripción] reside simplemente en el hecho de que la inscripción no muerde del mismo lado del pergamino, al venir de la plancha de impresión de la verdad o de la del saber.

Que esas inscripciones se mezclen era algo que simplemente había que resolver en la topología: una superficie en la que el anverso y el reverso estuvieran en condiciones de juntarse por doquier estaba al alcance de la mano.

Sin embargo, mucho más que por un esquema intuitivo, es por constreñir, digámoslo así, al analista en su ser, por lo que esta topología puede captarlo[x].

 

Sin hablar siquiera de la mano, del «alcance de la mano», de todos esos «esquemas intuitivos» que Lacan parece no obstante recusar, el pergamino (de piel) no es el papel, no es el sujeto o el subyectil de una máquina de imprimir. No es papel-máquina. Ambas «materias» pertenecen a épocas técnicas y a sistemas de inscripción heterogéneos. ¿Habría detrás de esas determinaciones particulares (el soporte de piel o el papel, otras también), más allá o más acá de estas mismas, una especie de estructura general, incluso casi trascendental? ¿Una estructura a la vez superficial, precisamente la de una superficie, y lo suficientemente profunda, lo suficientemente sensible sin embargo como para acoger o retener la impresión? Cuando se dice «papel», por ejemplo, ¿se nombra el cuerpo empírico que lleva este nombre convencional? ¿Se recurre ya a una figura retórica? ¿O se designa al mismo tiempo ese «papel casi trascendental» cuya función podría estar desempeña fiada por cualquier otro «cuerpo» o «superficie» con la condición de que comparta con el «papel», en el sentido estricto, ciertos rasgos (corporeidad, extensión, capacidad de retener la impresión, etc.)?

Se puede temer (pero ¿es ésta una amenaza?, ¿acaso no es también un recurso?) que estos tres «usos» del nombre «papel», del vocablo «papel» se sobreimpriman el uno en el otro del modo más equívoco, a cada instante. Y que se sobreinscriban así desde la figuración de la relación entre el significante y el significado «papel» (hasta el punto de que la cuestión «¿qué es?», en este caso, «¿qué es el papel?», tiene todas las posibilidades de extraviarse desde el momento en que se plantea. Podríamos, por otra parte, dedicarnos a demostrar, como lo sugerí hace un momento, que la cuestión «¿qué es?» tiene casi la edad del papel. Al igual que la filosofía y el proyecto de ciencia rigurosa, es apenas más vieja o más joven que nuestro papel).

Al tratarse del doblete significante/significado, recuerda usted además que Saussure, al tiempo que excluye vigorosamente la escritura de la lengua, no por ello dejaba de comparar la lengua misma con una hoja de papel.

 

La lengua es también comparable a una hoja de papel: el pensamiento es el anverso y el sonido el reverso [¡anda! ¿y por qué no lo contrario?]; no se puede cortar el anverso sin cortar al mismo tiempo el reverso; lo mismo que, en la lengua, no se podría aislar ni el sonido del pensamiento, ni el pensamiento del sonido; no llegaríamos a ello más que por una abstracción...[xi].

 

¿Qué hacer con esta «comparación»? ¿Modelo teórico? ¿«Forma-papel del saber»? ¿Pertenencia a la grafosfera? No olvidemos que el psicoanálisis pretende interpretar los fantasmas mismos, las proyecciones, las investiduras, los deseos que afectan tanto a las máquinas de tratamiento del papel como al propio papel. En el campo virtualmente infinito de esta sobreinterpretación, cuyos modelos y protocolos a su vez se deben volver a cuestionar, no hay por qué limitarse a las hipótesis psicoanalíticas. Ahora bien, éstas nos indican una serie de direcciones. Entre la época del papel y las técnicas de escritura multimediáticas que transforman de arriba a abajo nuestra existencia, no olvidemos que la Traumdeutung «compara» todas las complicadas maquinarias de nuestros sueños, al igual por otra parte que las armas, con órganos genitales masculinos. Y en Inhibición, síntoma y angustia, la hoja de papel blanco se convierte en el cuerpo de la madre, al menos mientras se escribe en ella con pluma y tinta:

 

Cuando la escritura, que consiste en hacer fluir de una pluma un quido sobre una hoja de papel blanco, ha adquirido la significación simbólica del coito o cuando el caminar se ha convertido en el sustituto de pisotear el cuerpo de la madre, se abandonan entonces tanto la escritura como el caminar porque ambos consistirían en ejecutar el acto sexual prohibido[xii].

 

Hemos olvidado hablar del color del papel, del color de la tinta, de su cromática comparada: un asunto enorme. Ello quedará para otra ocasión. Cuando no está asociado, como una hoja por otra parte, o como un papel de seda, al velo, a la vela o a la tela, lo «blanco» de la escritura, el espaciamiento, el intervalo, los «blancos que cobran importancia» abren siempre a un fondo de papel. En el fondo, el papel sigue siendo a menudo, para nosotros, el fondo del fondo, la figura del fondo sobre cuyo fondo se destacan las figuras y las letras. El «fondo» indeterminado del papel, el fondo del fondo en abismo, cuando también es superficie, soporte y sustancia (hypokeimenon), sustrato material, materia informe y potencia en potencia (dynamis), poder virtual o dinámico de la virtualidad, reclama una genealogía interminable de esos grandes filosofemas, rige incluso una anamnesis (deconstructiva, si se quiere) de todos los conceptos y de todos los fantasmas que se sedimentan en nuestra experiencia de la letra, de la escritura y de la lectura.

Más adelante me gustaría mostrar que esta cadena fundamental del «fondo» (soporte, sustrato, materia, virtualidad, potencia) no se deja disociar, en lo que denominamos «papel», de la cadena aparentemente antinómica del acto, de la formalidad de los «actos», de las «actas» y de la fuerza de ley, que asimismo la constituyen. Por el momento observo de pasada que la problemática filosófica de la materia se inscribe con frecuencia en griego en una hylética (de la palabra hyle que también quiere decir «madera», «bosque», «materiales de construcción», en resumen la materia primera a partir de la cual se producirá más tarde el papel). Y, como usted sabe, lo que Freud ha hecho con la serie semántica o figural «materia» — «madeira» — «bosque maderero» — «mater» «matter» maternidad, nos reconduce de nuevo a Inhibición, síntoma y angustia. ¿Se puede hablar aquí de abandono, de detención o de inhibición para designar la retirada en curso de cierta escritura, la retirada de la escritura acerada con la punta de una pluma sobre una superficie de papel, la retirada de una mano, de cierto uso de la mano único en todo caso? Si ahora se asociase esta retirada a un desenlace, a saber, el desatar que viene a deshacer el vínculo simbólico de esta escritura con el caminar, con el camino, con el abrirse paso, que viene a deshacer la intriga entre el ojo, la mano y los pies, entonces tal vez tendríamos que vérnoslas con los síntomas de otra fase histórica o historial, incluso, dirían entonces algunos, post-histórica. Otra época en todo caso estaría a punto de suspenderse, de suspendernos, de despachar otra escena, otro escenario, de mantenernos alejados y elevados por encima del papel: desde otro dispositivo de la susodicha prohibición. Cierta angustia formaría también parte del programa. Está ciertamente la angustia del papel en blanco, su virginidad de nacimiento o de muerte, de sudario o de sábana, su movimiento o su inmovilidad de fantasma, pero también puede haber la angustia de la falta de papel. Una angustia individual o colectiva. Me acuerdo de mi primera estancia en la URSS: los intelectuales carecían allí cruelmente de papel, para escribir y para publicar; era una de las graves dimensiones de la cuestión política; otros media debían suplir esta falta.

Otra época pues; pero una epokhé ¿acaso no es siempre la suspensión de una prohibición, una organización de la retirada o de la retención? Esta nueva época, esta otra reducción, correspondería asimismo a un desplazamiento original, ya, del cuerpo propio en desplazamiento, a lo que algunos se apresurarían tal vez a llamar otro cuerpo, incluso otro inconsciente. En cualquier caso, las palabras de Freud que acabo de citar pertenecen a un desarrollo sobre la erotización del dedo y del pie, de la mano y de la pierna. Mientras se fija sobre el sistema «papel» (apenas algunos siglos, un segundo en la historia de la humanidad), esa erotización furtiva pertenece también al muy dilatado tiempo de algún proceso de hominización. El tele- o ciber- sexo ¿cambian algo esto? Programa sin fondo. Programa de lo sin-fondo.

 

C.M.—Usted le ha prestado atención al movimiento de los sin papeles africanos y a su lucha para obtener a su vez papeles. Sin jugar con las palabras, esta historia nos recuerda hasta qué punto la identidad, el vínculo social y las formas de la solidaridad (interpersonal, mediática, institucional) pasan por ramificaciones de papel. Imaginemos ahora un escenario de ciencia ficción: todos los papeles, libros, periódicos, documentos personales... en los que apoyamos literalmente nuestras existencias desaparecen en un momento dado. ¿Podemos medir la pérdida, o la ganancia eventual, que resultaría de ello? ¿Acaso no hay que temer los efectos más enmascarados pero también más eficaces de las identificaciones y de las localizaciones electrónicas?

Jacques Derrida.—El proceso que usted describe no es ciencia ficción. Está ocurriendo ya. No se puede negar, lo que está en juego parece a la vez grave y sin límite. Es cierto que no se trata tanto de un estado, de un hecho acaecido cuanto de un proceso en curso y de una tendencia irrecusable que conllevará largo tiempo grandes «desigualdades-de-desarrollo», como suele decirse. No solamente entre las partes del mundo, los tipos de riqueza, los lugares de desarrollo tecno-económico, sino también en el interior de cada espacio social que deberá hacer que la cultura del papel cohabite con la cultura electrónica. Hacer un «balance» de esto es por lo tanto arriesgado. Porque el proceso se acelera y se capitaliza. Además, sus efectos son esencialmente equívocos, no dejan nunca de producir una lógica de compensación. La irrupción traumatizante de la novedad se amortiza siempre. Pero se trata, más que nunca, de que «el que pierde gana». La «ganancia» eventual sería demasiado evidente.

La «depaperización»[xiii] del soporte, si puede decirse, es en primer lugar la racionalidad económica de un beneficio: simplificación y aceleración de todos los procedimientos, ganancia de tiempo y de espacio, por consiguiente, almacenamiento, archivación, comunicación y debates facilitados más allá de las fronteras sociales y nacionales, circulación sobreactivada de las ideas, de las imágenes, de las voces, democratización, homogeneización y universalización, «mundialización» inmediata o transparente: por lo tanto, como suele pensarse, creciente reparto de los derechos, de los signos y del saber, etc. Pero, al mismo tiempo, otras tantas catástrofes: inflación y desregularización en el comercio de los signos, hegemonías y apropiaciones invisibles, tanto si se trata de lenguas como de lugares, etc. Que los modos de apropiación se tornen espectrales, se «desmaterialicen» (palabra muy engañosa que quiere decir que en verdad pasan de una materia a otra y se tornan incluso tanto más materiales, en el sentido de que ganan en dynamis potencial), que se virtualicen o se «fantasmaticen», que soporten un proceso de abstracción, esto no es en sí una novedad ni una mutación: se podría mostrar que siempre lo han hecho, incluso en una cultura del papel. La novedad es el cambio de ritmo y, una vez más, una etapa técnica en la externalización, en la incorporación objetual de esta posibilidad. Esta espectralización virtualizadora debe en adelante prescindir de unos esquemas cuya sedimentación nos parecía natural y vital por lo vieja que es, a la medida de nuestra memoria individual o cultural. Esos esquemas incorporados, una vez identificados con la forma y con la materia papel, son también miembros-fantasma privilegiados, suplementos de prótesis estructurantes. Desde hace varios siglos han sostenido, apuntalado y por lo tanto, en verdad, construido, instituido la experiencia de la identificación consigo mismo («yo, que puedo firmar o reconocer mi nombre sobre una superficie o un soporte del papel», «el papel es mío», «el papel es un yo», «el papel soy yo»). El papel se convertía con frecuencia en el lugar de la apropiación de sí por uno mismo, y luego, de un devenir-sujeto de derecho. De este modo, al perder ese cuerpo sensible de papel, tenemos la sensación de que perdemos aquello que, al estabilizar el derecho personal en un mínimo de derecho real, protegía a esa misma subjetividad. Incluso una especie de narcisismo primario: «el papel soy yo», «el papel o yo» (vel). Al delimitar al mismo tiempo el espacio público y el espacio privado, la ciudadanía del sujeto de derecho implicaba idealmente la autoidentificación por medio de un autógrafo cuyo esquema sustancial seguía siendo un cuerpo de papel. Todos los «progresos» del movimiento en curso tienden a reemplazar ese soporte de la firma, del nombre y en general de la enunciación autodeíctica («yo, que...», «yo, rubricado, autentificado por mi presencia, en presencia del presente papel»). Al sustituir esto por el soporte electrónico de un código numérico no cabe ninguna duda de que estos «progresos» producen una angustia más o menos sorda. Angustia que puede acompañar aquí o allá a una euforia animista y «todopoderosa» en la manipulación, pero angustia a la vez motivada y justificada. Motivada por la pérdida siempre inminente de los miembros-fantasma de papel de los que hemos aprendido a fiarnos, dicha angustia también está justificada ante los poderes de concentración y de manipulación, de expropiación informática (entramado electrónico a disposición casi instantánea de todas las policías internacionales —seguridad, banco, sanidad—, fichaje infinitamente más rápido e incontrolable, espionaje, interceptación, parasitaje, robo, falsificación, simulacro y simulación).

Estos nuevos poderes borran o difuminan las fronteras en unas condiciones y a un ritmo sin precedentes (una vez más, la extensión y el ritmo de la «objetualización» constituyen la novedad cualitativa o modal, ya que la «posibilidad» estructural siempre ha estado ahí). Estas nuevas amenazas con respecto a las fronteras (que también se denominan amenazas contra la «libertad») son fenomenales, conciernen a la fenomenalidad misma, tienden a fenomenalizar, a hacer sensible, visible o audible, a exponerlo todo al afuera. No afectan sólo al límite entre lo privado y lo público, a la vida política o cultural del ciudadano y al secreto de su fuero interno, ni siquiera al secreto en general; atañen a la frontera propiamente dicha, a la frontera en sentido estricto: entre lo nacional y lo mundial, incluso entre la tierra y lo extraterrestre, el mundo y el universo, puesto que los satélites forman parte de ese dispositivo de lo «sin-papel».

Pero aunque la autentificación, la identificación de uno mismo y del otro escape cada vez más a la cultura del papel, aunque la presentación de sí y del otro prescinda cada vez más del documento tradicional, cierta instancia legitimante del papel permanece aún intacta, al menos en la mayor parte de los sistemas de derecho y en el derecho internacional, tal y como prevalece hoy y todavía por algún tiempo. A pesar de las sacudidas sísmicas que ese derecho tendrá que sufrir pronto, en este punto o en otros, el último recurso jurídico sigue siendo todavía la firma con la «propia mano» portada por un soporte de papel irreemplazable. La fotocopia, el fac-símil (fax) o las reproducciones mecánicas no tienen valor autentificante, salvo en el caso de firmas cuya reproducción esté autorizada por convención —billetes de banco o cheques— a partir de un prototipo a su vez autentificable según un procedimiento clásico, a saber, la atestación que se supone posible, por uno mismo y por el otro, de la firma manual, «sobre papel» conformado, de un firmante considerado responsable y presente a su propia firma, capaz de confirmar de viva voz, «héme aquí, éste es mi cuerpo, vean esta firma sobre este papel, soy yo, es la mía, es yo, fulano de tal, firmo ante ustedes, me presento aquí, este papel que ahí queda me representa».

Y puesto que hablamos de legitimación, la publicación de libros sigue siendo (por buenas o malas razones) un poderoso recurso de reconocimiento y de crédito. La bibliocultura[xiv] seguirá haciendo la competencia, todavía durante un cierto tiempo, a muchas otras formas de publicación que se sustraen a las formas heredadas de la autorización, de la autentificación, del control, de la habilitación, de la selección, de la sanción, incluso de mil otras formas de censura. Se dirá eufemísticamente: se anuncia una nueva época del derecho. En verdad, nos estamos precipitando hacia ella a un ritmo aún incalculable. Pero, en esta revolución, no hay sino fases de transición. Unas economías de compensación vienen siempre a amortizar el duelo, y la melancolía. Por ejemplo: en el momento mismo en que se multiplican en la WWW las revistas electrónicas, se mantienen, se reafirman, en la universidad y en otros lugares, los procedimientos tradicionales de legitimación y las viejas normas protectoras, aquellas que siempre están vinculadas a la cultura del papel: presentación, maquetación, visibilidad de los comités patrocinadores y de selección que ya han funcionado en el mundo de la biblioteca clásica. Sobre todo, se lucha con vistas a la consagración final: la edición y venta del periódico electrónico, a fin de cuentas, sobre reluciente papel. Durante algún tiempo aún, un tiempo difícil de calibrar, el papel ostenta pues la sacralidad del poder, tiene fuerza de ley, habilita, incorpora, encarna incluso el alma de la ley, su letra y su espíritu. Parece indisociable de la custodia de la justicia, por así decirlo, de los rituales de legalización y de legitimación, del archivo de las cartas y de las constituciones, de lo que se denomina, en el doble sentido de la palabra, actas. Materia indeterminada pero ya virtualidad, dynamis como potencialidad pero también como poder, poder incorporado en una materia natural pero fuerza de ley, materia informal de información pero ya forma y acto/acta, acto/acta como acción pero también como archivo, éstas son las tensiones o contradicciones presumibles que hay que pensar bajo el nombre de «papel». Volveremos sobre ello dentro de un momento a propósito de los «sin papeles», no me olvido de su pregunta.

Ahora bien, si el seísmo en curso hace a veces «perder la cabeza» y el «sentido», ello no es porque sería sólo vertiginoso, amenazador el hecho de hacer perder la propiedad, la proximidad, la familiaridad, la singularidad («este papel soy yo», etc.), la estabilidad, la solidez, el lugar mismo del habitus y de la habilitación. Se podría pensar, en efecto, que el papel amenazado de desaparición de este modo aseguraba todo esto, muy cerca del cuerpo, de los ojos y de la mano. No, esta pérdida del lugar, estos procesos de deslocalización protética, de expropiación, de fragilización o de precarización ya estaban en curso: sabíamos que ya estaban iniciados, representados, figurados por el propio papel.

¿Qué es lo que hace entonces «perder la cabeza» a algunos, en verdad a todos nosotros, perder la cabeza y la mano, un cierto uso, un cierto hábito (habitus, exis) de la cabeza, de los ojos, de la boca y de las manos vinculados al papel? No se trata de una amenaza, una simple amenaza, un perjuicio, una lesión, un trauma inminentes, no, se trata del pliegue o de la duplicidad de una amenaza dividida, multiplicada, contradictoria, torcida o perversa, ya que esta amenaza habita la promesa misma. Por razones que me gustaría recordar, no se puede sino desear a la vez guardar y perder el papel, un papel protector y destinado a su retirada. Hay ahí como una lógica de lo auto-inmunitario cuyas consecuencias he tratado en otro lugar, especialmente en «Fe y saber...»[xv], de desplegar, de generalizar o de formalizar. El papel protege al exponer, al alienar y, en primer lugar, al amenazar con retirarse, lo cual en cierto modo siempre está haciendo. La protección misma es una amenaza, una agresión diferente de sí misma, y que entonces nos retuerce y nos tortura en un movimiento de barrena. Porque la «misma» amenaza introduce una especie de torsión que hace dar vueltas a la cabeza y a las manos, produce vértigo en la conversión de una contrariedad, de una contradicción interna y externa, en el límite, entre el afuera y el adentro: el papel es a la vez, al mismo tiempo, más sólido y más precario que el soporte electrónico, más próximo y más lejano, más y menos apropiable, más y menos fiable, más y menos destruible, protector y destructor, más y menos manipulable, más y menos protegido en su poder de reproductibilidad; garantiza una protección mayor y menor de lo propio o de lo apropiable, de lo manipulable mismo. Es más y menos habilitante. Esto nos confirma que la apropiación ha seguido siempre y por todas partes el trayecto de una re-apropiación, es decir, el padecimiento, el desvío, la travesía, el riesgo, la experiencia, en una palabra, de una ex-propiación auto-inmunitaria en la cual habremos tenido que confiar.

Como esta estructura de ex-apropiación parece irreductible y sin edad, como ya no está vinculada ni al «papel» ni a la electrónica, el sentimiento sísmico está ligado a una nueva figura aún no identificable, insuficientemente familiar, mal dominada, de la ex-apropiación, vinculada con una nueva economía, es decir, asimismo con un nuevo derecho y con una nueva política de las prótesis o de los suplementos de origen. Por eso, nuestro espanto y nuestro vértigo son a la vez justificados o irreprimibles, y vanos: en verdad, irrisorios. Por los motivos de los que hablábamos antes, esta amenaza nos retuerce, sin duda, nos tortura pero ella es también cómica, desternillante incluso, no amenaza a nada ni a nadie. Por muy grave que sea, la guerra no opone entre sí más que a fantasmas, es decir, a espectros. El papel habrá sido uno de ellos durante algunos siglos. Formación de compromiso entre dos resistencias: la escritura con tinta (sobre la piel, la madera o el papel) es más fluida y, por tanto, «más fácil» que sobre tablillas de piedra, pero menos etérea o líquida, menos flotante en sus caracteres, menos lábil también que la escritura electrónica, la cual ofrece no obstante, según otro punto de vista, capacidades de resistencia, de reproducción, de circulación, de multiplicación y, por consiguiente, de supervivencia que le están prohibidas a la cultura del papel. Pero usted sabe que se puede escribir directamente con pluma, sin tinta, por proyección desde una mesa sobre la pantalla del ordenador. Se rehace así, en un elemento electrónico, un simulacro de papel, un papel de papel.

Ya ni siquiera podemos hablar de «contexto» determinado con respecto a este seísmo histórico, que es más y algo diferente que una «crisis del papel». Lo que pone en cuestión es justamente la posibilidad de delimitar un contexto histórico, un espacio-tiempo. Se trata, pues, de una cierta interpretación del concepto de historia. Si ahora nos replegamos en «nuestros países», hacia el contexto relativa y provisionalmente estabilizado de la fase «actual», de la vida «política» de los Estados-naciones, la guerra contra los «sin papeles» da testimonio de esta incorporación de la fuerza de ley, como lo señalábamos más arriba, en el papel, en los «actos/actas» de legalización, de legitimación, de habilitación, de regularización vinculados a la posesión de «papeles»: poder habilitado para expedir «papeles», poder y derechos vinculados a la posesión, sobre uno mismo, junto a uno mismo[xvi], de atestaciones sobre papel autentificado. «El papel soy yo», el «papel o yo», «el papel: mi casa». De todos modos, ya se los expulse o se los regularice, a los «sin papeles» se les advierte que no se quieren «sin papeles» en el propio hogar. Y, cuando luchamos por los «sin papeles», cuando los apoyamos hoy en día en su lucha, exigimos aún que se les expidan papeles. Debemos permanecer en esta lógica. ¿Qué hacer si no? No reclamamos, al menos en este contexto, lo subrayo, la descalificación de los papeles o de la pareja derecho-papeles. Como la domiciliación, como el nombre, el «en casa» supone los «papeles». El «sin papeles» es un fuera de la ley, un no-sujeto de derecho, un no-ciudadano o el ciudadano de un país extranjero al que se le niega el derecho conferido, sobre papel, por un visado o un permiso de residencia, una póliza o un sello. La referencia literal a la palabra «papeles», en el sentido de la justificación legal, depende ciertamente de la lengua y de los usos de ciertas culturas nacionales (como en Francia o en Alemania). Pero, cuando se dice, por ejemplo en Estados Unidos, «undocumented» para designar casos análogos o «indeseables» semejantes, en unas problemáticas parecidas, se acreditan los mismos axiomas: el derecho está asegurado por la posesión de un «papel», de una tarjeta de identidad (ID), por portar un permiso de conducir o un pasaporte que uno lleva consigo, que se pueden mostrar y que garantizan el «sí-mismo», la personalidad jurídica del «heme aquí». No deberíamos tratar, ni siquiera abordar, estos problemas sin cuestionar lo que ocurre hoy con el derecho internacional, con el asunto de los «derechos del hombre y del ciudadano», con el devenir o el declive de los Estados-naciones. El seísmo concierne nada menos que a la esencia de lo político y de su vínculo con la cultura del papel. La historia de lo político es una historia del papel, si no una historia de papel, de aquello que habrá precedido y seguido a la institución de lo político bordeando el «margen» del papel. Pero una vez más, ahí se encuentran en funcionamiento unos procesos de transición técnica: la grabación de signos de identificación y de firmas está informatizada. Sin embargo, siempre está informatizada, ya lo dijimos, según las normas heredadas del «papel» que continúan asediando la electrónica; está informatizada para los ciudadanos y su estado civil (véase lo que ocurre con la policía de las fronteras), pero también puede estarlo para la identificación físico-genética de cualquier individuo en general (fotografía numerada y huellas genéticas). Ahí, ya somos todos «sin papeles».

 

C.M.-Acaba usted de dedicar, en forma de entrevista, con Bernard Stiegler, un libro a reflexionar sobre la televisión. Sin retomar en él la denuncia habitual de sus efectos perjudiciales, se muestra usted atento a algunas promesas y rendimientos de lo audiovisual porque la televisión supone a la vez un retraso y un adelanto con respecto al libro. Por otra parte, usted ha insistido frecuentemente acerca de la importancia del ordenador y del tratamiento de textos. Estas pantallas, por el momento, son muy distintas pero van a llegar a ser compatibles y pasamos normalmente de unas a otras en nuestra búsqueda de información. Usted mismo, trabajador encarnizado del papel, ¿se considera un nostálgico de este soporte o contempla, por ejemplo, para ciertos tipos de cartas, de debates o de publicaciones la posibilidad de pasar por el correo electrónico? ¿El archivo extraído de la intervención oral y «publicado» por ejemplo en Internet (cf. el curso de Deleuze en Internet desde hace algunas semanas) no hace aparecer un nuevo estatus de «escrito-oral»?

Jacques Derrida.—Sin duda, y este «nuevo estatus» se desplaza desde una posibilidad técnica a la otra, se transforma tan rápidamente desde hace años, es tan poco estático, que se convierte para mí, como para tantos otros, en una experiencia, en una prueba o en un debate en cada momento. Esta desestabilización del estatus «escrito-oral» no ha sido solamente un tema organizador para rní desde siempre, sino ante todo, y las cosas son aquí indisociables, el elemento mismo de mi trabajo. «Trabajador encarnizado del papel», dice usted. Sí y no. En cualquier caso, tomaré esta palabra, encarnizamiento, literalmente, según el código de la caza, del animal y del cazador. En este trabajo con papel, hay como un compromiso del cuerpo o de la carne —y del señuelo, ese gusto de la carne que un cazador le da al perro o a los pájaros de presa (simulacro, fantasma, trampa donde atrapar a la conciencia: estar presos del papel, etc.)—. Pero, pensemos en ello, este «estatus» era ya inestable bajo el dominio más incuestionable del papel, del papel únicamente, que se puede mirar asimismo como una pantalla. Para cualquiera que hable o escriba y, sobre todo, si se encuentra de algún modo destinado a ello, «especializado», por su profesión o por lo que sea, en el límite a veces indecidible entre el espacio privado y el espacio público (uno de los «temas» de La tarjeta postal), pues bien, el paso de lo oral a lo escrito es el lugar mismo de la experiencia, de la exposición, del riesgo, del problema, de la invención, y, en todo caso, siempre, de la inadecuación[xvii]. No se tiene necesidad de las «performances audiovisuales» de la televisión y de las máquinas de tratamiento de texto para hacer la experiencia de esta metamorfosis vertiginosa, la inestabilidad del estatus mismo. Y, por lo tanto, para experimentar, entre otros sentimientos de no-coincidencia o de inadaptación, algo de nostalgia. Esta siempre forma parte de ello. Ya había exilio en el papel, había «tratamiento de texto» en la escritura con pluma o con lápiz. No digo esto para neutralizar su pregunta o para huir de ella. ¿Nostalgia, otra nostalgia, «pena» por el papel mismo? Sí, por supuesto, podría multiplicar los signos de esto. El pathos del papel obedece ya a una ley del género, también está codificado[xviii] pero, ¿por qué no ceder a ello? Es la nostalgia inconsolable del libro (acerca de la cual no obstante yo ya había escrito, hace más de treinta años y en un libro, que tocaba a su «fin» desde hacía tiempo); es la nostalgia del papel antes de la impresión reproductible, del papel virgen durante un tiempo, sensible e impasible a la vez, amigable y resistente, muy solitario y acoplado a nuestro cuerpo, no sólo antes de toda impresión mecánica, sino antes de toda inscripción no-reproductible de mi mano; es la nostalgia de la página que se ofrece y sobre la cual una escritura más o menos inimitable se abre un camino con la pluma, una pluma que, colocada en el extremo de un portaplumas, no hace tanto tiempo, yo sumergía aún en la tinta, la nostalgia del color o del peso, del espesor y de la resistencia de una hoja, sus pliegues, el contrapunto de su anverso-reverso, los fantasmas de contacto, de caricia, de intimidad, de proximidad, de resistencia o de promesa (deseo infinito del copista, culto de la caligrafía, amor ambiguo por la rarefacción del escrito, fascinación del vocablo incorporado al papel). Se trata, en efecto, de fantasmas. La palabra condensa a la vez la imagen, la espectralidad, el simulacro, y la carga del deseo, la investidura libidinal del afecto, las mociones de una apropiación que tiende hacia aquello que permanece inapropiable, convocada por lo inapropiable mismo, el esfuerzo desesperado por mudar la afección en auto-afección. Estos fantasmas y estos afectos son la efectividad misma, constituyen la activación (virtual o actual) de mi compromiso con el papel. Éste no asegura nunca más que una casi-percepción de este tipo, de antemano nos expropia de ella, ya ha prohibido todo cuanto estos fantasmas parecen devolvernos y hacernos percibir, lo tangible, lo visible, la intimidad, la inmediatez. Cierta nostalgia es sin duda inevitable, una nostalgia que, por otra parte, amo y que me hace también escribir: se trabaja en la nostalgia, se la trabaja y ella puede hacer trabajar. La nostalgia no significa necesariamente, a la vista de lo que viene después del papel, rechazo o parálisis. En lo que concierne al biblion (papel de escribir, tablilla, bloc, cuaderno, libro), dicha «nostalgia» no se debe, por consiguiente, sólo a alguna reacción sentimental. Se justifica por la memoria de todas las «virtudes» enraizadas en la cultura del papel o la disciplina de los libros. Que estas virtudes o estas exigencias sean bien conocidas, incluso celebradas con frecuencia en un tono y con unas connotaciones reaccionarias, no debe impedirnos reafirmarlas. Soy de aquellos que querrían trabajar por la vida y la supervivencia de los libros, su desarrollo, su difusión, también por compartirlos; porque las «desigualdades» de las que hablábamos antes separan también a los ricos y a los pobres y uno de sus indicios es «nuestra» relación con la producción, con el consumo, con el «despilfarro» del papel; hay ahí una correlación o una desproporción sobre la que no deberíamos dejar de meditar. Entre los beneficios de un hipotético reflujo del papel, beneficios secundarios o no, paradójicos o no, sería preciso por otra parte contar la ventaja «ecológica» (por ejemplo, menos árboles sacrificados al convertirse en papel) y la ventaja «económica» o tecno-económico-política: privados de papel y de toda la maquinaria que le resulta indisociable, los individuos o grupos sociales podrían no obstante acceder mediante el ordenador, la televisión y la Web, a todo un entramado mundial de información, de comunicación, de pedagogía y de debate; usted sabe que, por muy costosas que sigan siendo, estas máquinas a veces penetran más fácilmente, son más apropiables que los libros. Por otra parte, se apoderan mucho más rápidamente, y de acuerdo con una desproporción gigantesca, del «mercado» propiamente dicho (compra, venta, publicidad) —del que ellas también forman parte—, que del mundo de la comunicación «científica» y que, a fortiori, con mucho, del mundo de las «artes y las letras», en su vínculo más resistente a las lenguas nacionales. Y, por consiguiente, con tanta frecuencia, a la tradición del papel.

Las letras, la literatura, la filosofía misma —al menos tal como creemos conocerlas— ¿sobrevivirían al papel?, ¿a un mundo donde dominaría el papel?, ¿al tiempo del papel?, ¿a «esos papeles que Françoise Ilamaba mis papelotes»[xix], cuadernos de notas, blocs, fragmentos pegados, numerosas fotografías? Si estas preguntas sin fondo parecen intratables, ello no se debe sólo al hecho de que, en efecto, nos faltan aquí el tiempo y el espacio. Ellas seguirían siendo de todos modos intratables como cuestiones teóricas en un horizonte de saber, en un horizonte sin más. La respuesta vendrá dada a partir de decisiones y de acontecimientos, de lo que hará la escritura de un por-venir inanticipable, de lo que hará por la literatura y por la filosofía, de lo que les hará.

Y, después, la nostalgia, incluso la «acción» en favor de la cultura libresca, no obliga a nadie a acatarla. Como muchos otros, hago de mi nostalgia mi razón y, sin renunciar a nada, intento, con un éxito siempre desigual, acomodar mi «economía» a todos los media sin papel. Utilizo el ordenador, por supuesto, pero no el correo electrónico y no «navego» por la Red. Aun cuando trate de todo esto a nivel teórico, en la enseñanza o en cualquier otro sitio. Abstención, abstinencia, pero también auto-protección. Una de las dificultades consiste en que, a partir de ahora, cualquier cosa dicha en público (y a veces cualquier gesto privado, cualquier «fenómeno») se puede «mundializar» una hora después sin que sea posible ejercer el más mínimo derecho de control. A veces resulta aterrador (siendo menos nuevo, todavía, en su posibilidad que en su poder, el ritmo y la extensión, la tecnicidad objetiva de su fenomenalidad); a veces resulta divertido. Esto exige siempre nuevas responsabilidades, otra cultura crítica del archivo, en dos palabras, otra «historia». Pero ¿por qué se sacrificaría una posibilidad en el momento de inventar otra? Decir «adiós» al papel, hoy, sería algo así como si un buen día hubiéramos decidido no hablar con el pretexto de que sabemos escribir. O no mirar ya más el retrovisor con el pretexto de que la carretera está delante de nosotros. Se conduce con dos manos, con los pies, y mirando tanto delante como detrás de nosotros, acelerando aquí, aminorando allá. Sin duda, no se puede mirar al mismo tiempo, en un único e indivisible instante, detrás y delante de uno pero se conduce correctamente pasando a toda velocidad, el tiempo de un guiño, del parabrisas al espejo. Dicho de otro modo, es la ceguera o el accidente, ya ve usted lo que quiero decir: el fin del papel no va a ocurrir de un día para otro.

Para terminar, dos observaciones aún sobre mi «spleen de papel». Por una parte, como sueño con una memoria absoluta, pues bien, cuando suspiro (es mi propia respiración) por la conservación en verdad de todo, mi imaginación continúa proyectando este archivo sobre papel. No sobre una pantalla, aunque ello me pueda suceder, sino sobre una cinta de papel. Una cinta multimediática, con frases, letras, el sonido y la imagen: todo. Ella conservaría la impresión de todo. Ejemplar único del que se harían copias. Sin que ni siquiera tuviera que levantar un dedo. Yo no escribiría, sino que todo se escribiría, por sí mismo, sobre la cinta misma[xx]. Sin trabajo, fin del «trabajador encarnizado». Pero lo que se dejaría escribir así no sería un libro, un códice, sino más bien una cinta de papel. Ella misma se enrollaría sobre sí misma, electrograma de todo cuanto (me) hubiera ocurrido, los cuerpos, las ideas, las imágenes, las palabras, los cánticos, los pensamientos, las lágrimas. Los otros. El mundo para siempre en la grabación fiel y polirrítmica de sí, así como de todas sus velocidades. El todo no obstante sin retraso y sobre papel, por eso se lo digo a usted. Sobre papel sin-papel. El papel está en el mundo que no es un libro.

Porque, por otra parte, sufro asimismo, hasta sofocarme, por un demasiado papel y éste es otro spleen. Otro suspiro ecológico. ¿Cómo salvar al mundo del papel? ¿Y su propio cuerpo? Sueño, por consiguiente, también vivir sin-papel, y a veces esto resuena en mis oídos como una definición de la «verdadera vida», de lo vivo de la vida. Los tabiques de la casa se tornan más espesos, no de papel pintado sino de estanterías. Muy pronto ya no pondremos un pie en el suelo: papel sobre papel. Amontonamiento, el entorno se convierte en papelotes, la propia casa se convierte en una papelería. Ya no hablo aquí del papel en el que, por desgracia, escribo muy poco con mi ilegible escritura de pluma sino de aquel que llamábamos hace poco «secundario», el papel impreso, el papel de reproductibilidad técnica, el que permanece, el papel que sigue [qui reste] al original. Inversión de la curva. Consumo este papel, acumulo mucho más en mi casa que antes de que hubiera ordenadores y otras máquinas que se consideran «sin-papel». Eso sin contar los libros. El papel, por lo tanto, me expulsa, fuera de mi propia casa. Me echa. Esta vez, es aut aut: el papel o yo.

Otro dilema de la hospitalidad para con el sin papeles: ¿quién es el huésped o el rehén del otro?

 


 

[i] Como se sabe, chagrin (palabra de origen turco) designa ya una piel curtida [«zapa»]. Pero, en la novela que termina, por otra parte, con una escena de papel quemado —«pedazo de carta ennegrecido por el fuego»—, Balzac juega con insistencia con la palabra chagrin [también, «pena», «tristeza»] (por ejemplo: «la tristeza que tú me impondrías no sería ya tristeza»). En el mismo «pedazo de zapa», el «talismán» de esa «piel maravillosa», se podían leer «unos caracteres incrustados en el tejido celular», unas «letras... inscritas o incrustadas», «impresas sobre la superficie», unas «frases... escritas...» «Esto, dice... mostrando la piel de zapa, es el poder y el querer reunidos». Más arriba: «Querer nos quema y Poder nos destruye; pero SABER deja a nuestra débil organización en un perpetuo estado de calma».

[ii] Si me permito aquí indicar que he tratado estas cuestiones bajo el título del «subyectil» siguiendo a Antonin Artaud («Forcener le subjectile», en Antonin Artaud. Portraits et dessins, por Paule Thévenin y Jacques Derrida, Gallimard, Paris, 1986), es ante todo para señalar un problema de derecho que afecta, de forma significativa, a la apropiación del papel. El sobrino de Artaud ha juzgado conveniente llevar a los tribunales a los autores de este libro con el pretexto de que él tenía un derecho moral sobre la simple reproducción de obras gráficas que no son en modo alguno de su propiedad, obras sobre las cuales, sobre el soporte de las cuales, sobre el papel o sobre el «subyectil» de las cuales su tío se había a veces encarnizado hasta quemar, agujerear, perforar el cuerpo de las mismas (son las célebres «suertes» [sorts] echadas o proyectadas por Artaud). Mientras dure el proceso, estas «obras» sobre papel, estos archivos únicos de una casi-destrucción no pueden ser legalmente reproducidos (en todo caso, ni en color, ni al tamaño de una página). En cuanto a la obra en la que los hemos recopilado, presentado, interpretado por primera vez, sobre ésta también ha recaído una prohibición tanto en su lengua de origen como en la traducción.

[iii] Cf. La dissémination, Le Seuil, Paris, 1972, pp. 348 ss. [trad. castellana de J. M. Arancibia, Fundamentos, Madrid, 1997, pp. 468 ss.].

[iv] No sé cuáles son las cifras actuales pero conviene indicar que, en 1970, cuando la mitad del papel producido estaba destinado a la «impresión», un habitante de Estados Unidos consumía 250 kg por año, un europeo menos de la mitad, un habitante de la URSS menos de una décima parte. Las cifras resultaban muchísimo más inferiores para Sudamérica, Africa y Asia. Parece poco probable que la tendencia se haya invertido. Pero será interesante evaluar la evolución diferencial de esa curva a lo largo de las últimas décadas y, sobre todo, a lo largo de los años venideros.

[v] He intentado hacer una lectura de este texto de Freud (Notiz über den «Wunderblock», 1924-1925) en «Freud et la scène de l’écriture», en L’écriture et la différence, Seuil, Paris, 1967 [trad. castellana de P. Peñalver, Anthropos, Barcelona, 1989].

[vi] S. Freud, Obras completas, trad. de J. L. Etcheverry, Amorrortu, Buenos Aires, 1996. Vol. XIX, pp. 243-244.

[vii] Portefeuille debería traducirse en castellano por «cartera», «billetera». No obstante, para no perder en ciertas ocasiones el juego del «portar» y toda su familia léxica, traduciremos algunas veces esta palabra por «portafolios» [N. de los T.].

[viii] Y. H. Yerushalmi, Freud’s Moses: Judaism Terminable and Interminable, Yale University Press, 1991.

[ix] J. Lacan, Écrits, ed. cit., pp. 856, 861 [trad. castellana, pp. 819, 840].

[x] Ibid., p. 864 [trad. castellana, p. 843].

[xi] F. de Saussure, Cours de linguistique générale, Payot, Paris, 1960, p. 157 [trad castellana de A. Alonso, Alianza, Madrid, 1994, pp. 141-142]. Subrayo «comparable». La misma comparación es retomada dos páginas más adelante.

[xii] S. Freud, «Inhibición, síntoma y angustia», en Obras completas, ed. cit. Vol XX, p. 85.

[xiii] Me he preguntado con posterioridad lo que me había soplado esta palabra desde la sombra de un presentimiento o de una intuición. Sin duda, su semejanza con «pauperización». Una ley de inversión o de perversión histórica parece ligar ambos fenómenos. El uso del papel en su fase o su forma digamos «primaria» (lo que denominé anteriormente la inscripción, el abrirse paso antes de la re-producción maquínica o mercantil) sigue siendo por el momento, en las sociedades o los grupos sociales más pobres, tan dominante como el uso directo de la moneda, sobre todo del papel moneda, por oposición a la tarjeta de crédito. Los «ricos» tienen una, incluso más de una, tarjeta de crédito, los «pobres», en el mejor de los casos, no tienen más que moneda, con la cual, por otra parte, ya ni siquiera pueden pagar, suponiendo que tengan suficiente para ello, en ciertos lugares, por ejemplo, en ciertos hoteles. A un nivel de riqueza un poco más elevado, el papel del cheque bancario o del cheque postal sigue siendo un indicio de pobreza relativa o de crédito limitado, si se lo compara además con la tarjeta de crédito. En todos estos casos, la «paperización» residual sigue siendo un indicio de pobreza, incluso de pauperización relativa. El papel es el lujo de los pobres. A menos que la fetichización de su estar «fuera de uso» no se convierta en una plusvalía para coleccionistas y en el objeto de nuevas inversiones especulativas (colecciones de manuscritos, de billetes o de sellos caducados).

[xiv] Biblion no significaba en un primer momento «libro», y menos aún «obra», sino un soporte de escritura (biblos, en griego, la corteza interna del papiro, por lo tanto, del papel, lo mismo que el latín liber designaba en primer lugar la parte viva de la corteza). Biblion quiere entonces decir «papel de escritura» y no libro, ni obra, ni opus, sólo la substancia de un soporte. Por metonimia, ha llegado a designar todo soporte de escritura: tablillas, cartas, correo. El biblióphoros lleva las cartas (no necesariamente libros u obras): cartero, tabelión, secretario, notario, escribano. Las metonimias hacen que biblion derive hacia el sentido de «escrito» en general (lo que ya no se reduce al soporte sino que se inscribe en el papiro mismo o tablilla, sin por ello ser un libro: no todo escrito es un libro). Luego, otro desplazamiento, la forma «libro»: desde el volumen, rollo de papiro, hasta el codex, encuadernación de cuadernillos con las páginas superpuestas. ¿Se le llamará por mucho tiempo biblioteca a un lugar que, en lo esencial, no reuniría ya libros en depósito? Aun cuando continuase albergando todos los libros posibles, y aun cuando su cantidad no decrezca, como se puede prever, aun cuando esa cantidad siguiese siendo mayoritaria, semejante espacio de trabajo, de lectura y de escritura seguirá estando dominado, en sus normas, por unos productos que ya no responden a la forma «libro», sino por unos textos electrónicos sin soporte de papel, por unas escrituras que ya ni siquiera serán corpus u opus, obras finitas y delimitables. Se abrirán procesos textuales sobre unas redes internacionales y se brindarán a la «inter-actividad» del lector convertido en coautor. Si se habla de biblioteca para designar ese espacio social ¿es sólo debido a un deslizamiento metonímico comparable al que hizo que se conservase el nombre de biblion o de liber para designar, en primer lugar, lo escrito, la cosa escrita, seguidamente el libro, cuando de hecho significaba en un principio la corteza del papiro o un fragmento de hyle sustraído a la corteza viva de un determinado árbol?

[xv] «Foi et savoir. Les deux sources de la “religion” aux limites de la simple raison», en La Religion, ed. cit. Este texto es retomado en la coll. «Points», Le Seuil, Paris, 2001.

[xvi] Había olvidado volver sobre el portafolios, sobre la palabra francesa portefeuille, que lo dice, más o menos, todo acerca de lo que se invierte con el papel, con la hoja de papel. Uso corriente: cuando su «figura» no designa un conjunto de documentos que autentifican un poder oficial, una fuerza de ley (la cartera ministerial), «portefeuille», «cartera», «billetero», nombra ese bolsillo dentro del bolsillo, ese bolsillo invisible que portamos lo más cerca de nosotros mismos, sobre nosotros, casi en contacto con el cuerpo. Prenda bajo prenda, efecto entre otros efectos. Ese bolsillo a menudo es de cuero, como la piel de un pergamino o la encuadernación de un libro. Más masculino que femenino, pensemos en ello, una cartera reúne, manteniéndolos a buen recaudo, escondidos lo más cerca de uno mismo, todos los «papeles», los más preciados papeles. Dan testimonio de nuestros bienes y de nuestra propiedad. Nosotros los protegemos porque ellos nos protegen (la protección más cercana: «éste es mi cuerpo, mis papeles, soy yo....). Están en lugar de, son el lugar de todo aquello cuyo resto, derecho y fuerza, la fuerza de ley, parece depender finalmente: nuestros «papeles» en tarjetas o en carnés, el carné de identidad, el carné de conducir, a veces la tarjeta de visita y la libreta de direcciones; además, el papel moneda, los billetes de banco, si se tienen. Ahora bien, hoy en día, los que pueden guardan también en su cartera tarjetas de crédito o de débito bancario. Estas desempeñan, ciertamente, una función análoga a la de los otros papeles, tienen una dimensión semejante a la de una tarjeta —manipulable, fácil de guardar, que se puede llevar consigo—, pero éstas también señalan el fin del papel o de la hoja de papel, su retirada o su reducción, más bien, en una cartera de porvenir metafórico. En efecto: 1) ellas ya no son de «papel», stricto sensu; 2) han perdido la flexibilidad relativa y la fragilidad de las «hojas»; 3) no son utilizables sino con la condición de una firma por venir y cada vez más a menudo, de una firma codificada (garantizada por los procedimientos que evoqué más arriba); y ya no portarán necesariamente un nombre propio; 4) aunque, en principio, sean menos fáciles de falsificar, están inmersas en un proceso de transformación y de sustitución mucho más rápido que sus equivalentes de papel. Un efecto entre otros: la mayoría de los «ricos» tienen a menudo menos dinero, menos papel moneda, en su cartera que ciertos pobres. En el transcurso de los dos últimos años, me han robado dos veces, la segunda vez en mi presencia, por así decirlo, cuando estaba en mi propia casa. Ahora bien, no me robaron más que dos cosas, estaba bien pensado, admirablemente calculado: mi ordenador portátil la primera vez, mi cartera [portefeuille] la segunda vez. Se llevaron de este modo lo que comportaba o condensaba virtualmente lo más dentro de lo menos, el menor tiempo, espacio y peso. Portaron consigo lo que se podía portar más fácilmente sobre sí: el sí mismo como otro, el «portafolios» y el «portátil». Dos épocas de la «importancia», del portar, del porte, del transporte y del comportarse. No hay reflexión (deconstructiva) sobre el «papel» que no tenga que detenerse en toda la importancia del portar, en más de una lengua. Piense usted en todos los usos, con o sin-papel, de la palabra «portátil» hoy en día: se puede extender a todas las palabras, mucho más allá de esos objetos técnicos que son el teléfono o el ordenador. También se dice que el papel «porta» una firma. Toda la dificultad se condensa en el punto en donde el portar y lo portátil, el soporte y lo que éste porta pertenecen al mismo cuerpo.

[xvii] Ni siquiera es indispensable para ello evocar la turbulencia multimediática del supuesto «monólogo interior», la audiovisualidad virtual de la experiencia más secreta y más silenciosa. ¿Acaso esa energía de la inadecuación no imprime su movimiento a cualquier entrevista, a ésta por ejemplo? ¿En dónde tiene lugar, en acto, y en qué tiempo, según qué medium? ¿Cuándo se convertirá su virtualidad flotante en un acto del que habría que levantar acta en los archivos que denominamos «actas»? ¿Sólo cuando se publique sobre papel en un número de Cahiers de Médiologie dedicado al papel? Sería un poco simple, verdadero y a la vez falso. El tiempo de esta virtualización y de esta actualización sigue multiplicándose sin cesar, para siempre heterogéneo. Kafka dijo un día lo siguiente (que yo leo, oscura incoincidencia y abismo de nostalgia, en un lugar de vacaciones, cerca de Angoulême, capital del papel, y no lejos de Burdeos, en exergo a una novela de Mauriac titulada justamente Un adolescente de otros tiempos): «Escribo de modo distinto a como hablo, hablo de modo distinto a como pienso, pienso de modo distinto a como debería pensar, y así hasta lo más profundo de la oscuridad».

[xviii] He intentado analizar el recurso «ontológico», por así decirlo, en Heidegger («La main de Heidegger», en Psyché. Inventions de l'autre, ed. cit., y en la entrevista sobre el «tratamiento de textos» con Louis Seguin, La Quinzaine littéraire, agosto de 1996). Pero conviene precisar que la nostalgia (en la que Heidegger sitúa a veces el resorte mismo de la filosofía) se dirige sobre todo hacia la escritura manual y no hacia el «papel», aun cuando Heidegger evoca la andadura o el sendero que allí traza una inscripción artesanal.

[xix] M. Proust, À la recherche du temps perdu. Le temps retrouvé, ed. cit., t. III, p. 1034 [trad. castellana, p. 406].

[xx] P. S. Lo que confieso aquí (pero ¿dónde está el mal?) sería un deseo (y ¿quién juzgaría que permanece insatisfecho?): el deseo de no tener ya que escribir yo mismo, de no tener que «encarnizarme» en este trabajo, de dejar que la cosa se escriba ella sola sobre el papel mismo. El no-trabajo, éste es, entre tantos y tantos otros, un rasgo que distinguiría a este «fantasma» o a este señuelo de aquel cuya inscripción (mucho más bella, además) descubro al instante en Le champ de mort (Fleurs de rêve I), Editions du Limon, Paris, 1997, p. 79. Es el título de la admirable autobiografía, por así decirlo, que Lebensztejn acaba de dedicar a Nerval. De ella escojo este P. S.: «P. S.». Añado, unos años más tarde, estas frases que he vuelto a encontrar en la Historia del Romanticismo de Théophile Gautier (p. 71): «Trabajaba caminando y, de cuando en cuando, se detenía bruscamente, buscando en uno de sus profundos bolsillos un cuadernito de papel cosido, escribía en él un pensamiento, una frase, una palabra, un recordatorio, un signo inteligible sólo para él y, cerrando el cuaderno, reemprendía su marcha con renovada energía. Era su forma de componer. Más de una vez le hemos oído expresar el deseo de caminar en la vida a lo largo de una inmensa cinta que se replegase poco a poco a su paso, sobre la cual anotaría las ideas que se le fueran ocurriendo por el camino, de modo que formaría al final del camino un volumen de una sola línea».

En un P. P. S., el autor de Zigzag (Flammarion, Paris, 1981), cita también esta carta de Ourliac sobre Nerval: «No se puede estar más loco de lo que él lo estuvo en esas ocasiones. Era un molino de palabras incoherentes. Le he escuchado mucho, le he examinado durante veladas enteras, ni una sola idea a derechas. ¡Yo le recordaba la literatura para desviarle —me dijo él— de la literatura! Ya la tengo, la he definido (es lo que dice de cualquier cosa de la que se le hable), aquí está, y me sacó un cuadrado de papel lleno de zigzags. Ocho días después, lo habían encerrado más furioso que nunca».

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