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El monologo final

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Trascripción del monologo de Derrida

Mi deseo más tenaz sería recomenzar, revivir todo, lo bueno y lo malo, eso que ahora sé que fue malo: el sufrimiento, una vez ocurrido, es la posibilidad de esta sublimación, de esta transfiguración, de esta alquimia que hace que el recuerdo de un sufrimiento se vuelva un buen recuerdo. Entonces tendría ganas de repetirlo. Y eso es la sombra de la muerte, el miedo, la angustia y la tristeza de la muerte que viene: que me gustaría recomenzar y otra vez y otra vez y otra vez, las mismas cosas, sin siquiera inventar cosas nuevas. Revivir lo que viví.

Ahí es donde se detiene la bendición: he aquí el matiz, la precisión que me gustaría aportar, es que cuando algo del pasado que fue bueno o malo, en el pasado, continua hoy y continua mañana dando frutos o teniendo resultados negativos, cuando lo negativo continua proliferando y viviendo e incluso sobreviviéndome, en ese momento, ya no, no quiero recomenzar.

Entonces cuando el mal tiene un futuro, cuando el mal pasado tiene un futuro, si puedo decirlo así, en ese momento no puedo decir que maldigo pero ya no bendigo, no bendigo.

Lo que es trágico en la existencia y no sólo en la mía, es que la significación de lo que vivimos, y que cuando la vida es larga implica muchas cosas, la significación de lo que hemos vivido no se determina más que a último momento, es decir, en el momento de la muerte, por decirlo así. Hasta último momento puede ocurrir que lo que viví o creí vivir como algo bello, bueno, noble, y que por tanto implica este deseo de repetir, que algo venga a mostrarme que eso fue malo, que había allí una mentira, una falta, el germen de una catástrofe. Y entonces, en el último segundo descubro algo que corroe o pervierte toda la memoria feliz que conservo.

Me gustaría anunciarme a mí, a mi madre, que desde siempre ya no me escucha, lo que hay que saber antes de morir, es decir, que no sólo yo no conozco a nadie, no encontré a nadie, no tuve ni noticias en la historia de la humanidad de nadie, espere, espere, nadie que haya sido más feliz que yo, y afortunado, eufórico, es verdad a priori, ¿no?, ebrio de goce ininterrumpido, pero que además yo permanecí como el contraejemplo de mí mismo, también constantemente triste, privado, destituido, decepcionado, impaciente, celoso, desesperado, decepcionado, impaciente, celoso, desesperado y sí de hecho ambas certezas no se excluyen, entonces ignoro como arriesgar la más mínima frase sin dejarla caer por tierra, en silencio, por tierra su léxico, por tierra su gramática y su geología, como decir otra cosa que un interés tan apasionado como decepcionado por estas cosas, la lengua, la literatura, la filosofía, otra cosa que la imposibilidad de decir todavía como lo hago aquí, “yo, yo firmo”. [Este último párrafo es una lectura del fin del periodo 50 de Circonfesión]

MALDICIÓN. Ultima escena: el Actor confiesa a la Autora no maldecir nunca. Aunque tampoco bendice. Escena indescifrable. Para el Espectador y quizá para el Actor mismo. ¿Qué quiere decir exactamente? Habla entonces del pasado. Bendecir parece significar para él lo siguiente: convocar el eterno retorno de lo que fue, aun cuando no fuera, en su presente, dichoso. Cuesta ya, lo observé más arriba, cierto esfuerzo creerlo. ¿Cómo no maldecir aquello que decimos no poder o no querer bendecir? ¿Por quién se toma? ¿De dónde pretende sacar este remedio? ¿Y este derecho a la neutralidad, este suspense entre bendecir y maldecir? ¿Ni bendecir ni maldecir, realmente? ¿Ni siquiera virtualmente? ¿Ni bien ni mal, más allá del bien y del mal? Tenemos la impresión de que se precia de no haber hecho nunca mal, de jamás haber deseado mal a nadie, en el fondo, aun cuando sea incapaz de hacer o de querer el bien. Tenemos la impresión de que tuviera en mente un ejemplo, uno al menos, muy singular, una maldición posible y de la que sabría, por virtud, abstenerse. Una especie de baldosín mal ajustado de su pasado, como aquél del que más arriba hablamos, pero que esta vez tampoco llegaría a querer, y sólo podría, por un último sobresalto ético, neutralizar. Y entonces se trataría, por supuesto, de alguien, antes que de algo.

Me tentaría, a destiempo, ligar este enigma de la a-dicción (ni bendición ni maldición) con lo que declara un poco antes o después, ya no lo sé, a saber, que hasta el último momento no se sabrá decidir si esto estuvo bien o mal, si fue feliz o desdichado. Parece por tanto designar, al decir «hasta el final» o «hasta el último momento», el instante de la muerte, e incluso creo que nombra la muerte. Pero como también habla de un mal que tendría un porvenir y que podría sobrevivirle (aquello que no sabría bendecir), la muerte no es el nombre más seguro para este fin último. Y este pensamiento no sabría entonces pertenecer a la clásica y trivial y tranquila evidencia de la muerte que, como dice el otro (esto es justamente el cine) «transforma la vida en destino». No, lo que él querría decir, me parece, lo que habría dicho si la cámara le hubiese dejado el tiempo de ser sutil y precisar, es otra cosa.

¿Qué, entonces? Y bueno, una vez más, lo que me es más propio, indesarraigablemente propio, nunca me pertenecerá. Nunca. Por ejemplo, nada me es más próximo ni más íntimo, más inexpropiable que el sentimiento de mí, la percepción sensible que tengo de mí mismo, por ejemplo, de mi ser-dichoso o desdichado, jovial o triste, etc. Fuerza de la evidencia, de la certidumbre y de la verdad del cogito, etc. Ahora bien, lo que parece querer decir el Actor, en ese instante, sobre la playa de Almería, es que no hay cogito que aguante. Otro habrá estado allí (ninguna necesidad de Genio Maligno para esto, a menos que el Genio Maligno sea esto, este instante en el sur de España), otro u otra capaz siempre, un día u otro, a contraluz, de demostrar que ha habido un error, mentira, traición, perjurio, y que la «felicidad» habrá sido «desgracia», el bien una causa del mal por venir o incluso una catástrofe presente. Porque la sensación de felicidad, su apariencia o su experiencia inmediata, el goce mismo, fue lo más elemental y lo más solitario (un rayo de sol o el surgir de las cosas en la simplicidad de la mañana, una nota musical, un silencio en la noche, cierto gusto en la boca), todo ese «bien» depende de un testigo virtual, descansa, por poco que esto sea, en la asistencia del otro. Es decir, en un acto de fe, en una experiencia de fe anterior al acto incluso, y previo a todo discurso. Y no hay fe sin la posibilidad de una traición —cuya verdad siempre puede esperar. Por eso hemos hablado tanto de traición, en el posible origen de la verdad, en el origen de la posibilidad de la verdad. Sin esta posibilidad, ni siquiera habría certidumbre, ni sentimiento inmediato de su propio estado, de su desdicha o de su misma felicidad, de su mismo goce —y de lo que hay en mí de más auto-afectivo. Tal certidumbre no está, nunca está más que dada previamente, en el futuro anterior de lo que se llama. De lo que se llama: el otro. El otro, tan manido en los últimos años del último milenio, tal vez sea esto: tan sólo que nunca sabré si sabré un día si habré sido dichoso o desdichado, si estuvo «bien» o «mal».

De donde los enunciados infinitamente e indefinidamente contradictorios del Actor que se aleja, al fin, de espaldas, junto al mar pero con un fondo de colinas desérticas, en el sur de España. Después de haberse presentado como «yo, el contra-ejemplo de mí mismo», va a perderse en el horizonte, toma distancia, hacia la imposibilidad de firmar, «la imposibilidad de decir aún, como lo hago aquí, yo, firmo».

Traducción posible, por lo suyo que va de suyo: el sentido de «mi vida» «para mí», si tal expresión tiene un sentido, permanece para siempre, desde el origen, una vez por todas, llegado del otro, expuesto ante todo a la llegada —imprevisible— del otro, y por tanto a la fe en el otro. Hospitalidad y catástrofe, retorno siempre posible —uno de los hilos del filme. Mi oblación, oblación de mí.

Yo: en principio el huésped y el rehén del otro, diría otro (Levinas, por ejemplo). Soy el oblato. Esta fe, previa a todo acto de fe, en el principio de todo auto de fe, de todo «credo», «creo sin creer», «nunca creo incluso cuando creo», una vez por todas, tal sería la esencia del cine. Su terrorífica virtud. Su revelación, su mesianidad (no digo mesías ni mesianismo, una vez más). Y es el apodo de Dios —que nunca fue nombrado sino por su apodo, en todos los lugares de culto del mundo. Creencia que se alza —de la creencia como creencia, y siempre en «Dios». Milagro y cine. En el comienzo el cine de Dios, el cine como la verdad de Dios —o Dios como la verdad del cine. Mediador teofánico (Teófilo o Teodoro) en la procesión fílmica de todos los padres. Justo en el medio, entre el héroe y el cura. Cine de la Trinidad, del Edipo o del Espíritu Santo. Teología y teodicea —del cine. Jacques Derrida, Cartas sobre un ciego. Punctum Caecum, en Jacques Derrida y Safaa Fathy: Rodar las palabras. Al borde de un filme

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